Sobre "EL ESCRITOR, EL AMOR Y LA MUERTE"


Un hecho real ocurrido en 1992 es la base de esta novela: en Buenos Aires, un dentista llamado Domínguez asesinó a toda su familia. Con esa historia básica que articula la novela, se alternan pasajes centrados en una comisaría de Buenos Aires, cuyos protagonistas principales son el comisario Pizzini y el sub-comisario Magri, quienes introducen el hampa policial y su corrupción, lo que incluye asesinatos y violaciones. Al final los dos causes narrativos se encuentran, pues Pizzini y Magri tienen a su cargo el crimen de Domínguez.

Hay además un segundo nivel narrativo, o una ficción dentro de la ficción: son los cuentos que acumula el dentista en pequeños cuadernos durante su vida y que terminan constituyendo su verdadera pasión. La destrucción de estos cuadernos será uno de los factores determinantes de la tragedia.

Quizá el mérito mayor de la escritura de Medina es lograr facetas conmovedoras en personajes capaces de la mayor degradación.

La familia de Domínguez es un vivo ejemplo de contradicciones y violencia psicológica. Cristina, la segunda de las hijas, le dice a su padre "no servís ni para perro" (p. 45). Sin embargo, minutos después, ya en la soledad reflexiona: "Hubiera querido, como cuando era chica, tener un viejo piola, y no la mierda en que lo hemos transformado. (...) Pensar que escribo gracias a papá que cuando era chiquita me regaló las poesías de Alfonsina Storni... Y ahora lo odio (p. 46).

La relación con Liliana, la mayor, es si se quiere más terrible y oscura: "Domínguez va a rogar que bajen el volumen, que está con pacientes, pero se queda mirando el cuerpo de Liliana moviéndose sensualmente, por un momento parece olvidar que la que baila es su hija y hay deseo en sus ojos. Liliana, que descubre su presencia, lo mira con asco sin dejar de provocarlo, le saca la lengua y la mueve con burla y desprecio" (p.576).

La negrura de esta vida familiar se matiza con los recuerdos que guarda Domínguez de amores juveniles y que articulan un claroscuro con la abyección en la que se precipita el personaje. La destrucción de sus cuadernos, que terminan por ser el centro de su vida, provoca el impulso de exterminar a la familia. Es curioso, pero a lo largo de la lectura se anticipa este momento. Son demasiados los odios y las tensiones explicitados como maldiciones por la mujer y las hijas, para que esos cuadernos pudieran sobrevivir. El relato jerarquiza el único bien que conserva Domínguez, para destruirlo luego. En este aspecto puede decirse que la construcción de la historia responde a un patrón clásico, para lograr una novela negra y apasionante como pocas.

R. C., EL PAÍS, Montevideo, 9-VII-1999


Argentina no se destaca por su producción de escritores malditos. Los hay de todas las naturalezas pero ninguno que haya rescatado, con un estilo despojado de eufemismos, la cruda experiencia de la marginalidad. Ya desde 1972 con la publicación de Las Tumbas, Enrique Medina viene perfilando esta literatura sin anestesia que le valió, durante la década del 70 y principios de los 80, la prohibición o, en el mejor de los casos, el boicot. Con "El escritor, el amor y la muerte" recientemente publicada por Planeta, Enrique Medina retoma su extraño oficio de micro cirujano, enunciando. Declamando, articulando cada impresión sobre las realidades argentinas como si fueran los miembros abiertos de una rana agonizante.

Lo que comenzó como un guión para televisión sobre el comentado caso del dentista platense que en 1992 mató a las cuatro mujeres con quienes vivía, terminó transformándose en una novela vertiginosa, desbordante, y despiadada. Pero ese múltiple asesinato es sólo un punto de partida para una ficcionalización libérrima, un pretexto de Medina para construir una demostración casi fenomenológica de los pasos que pueden conducir a una persona a matar, o a un país entero a caer en el abismo. Desde el principio sabemos cómo va a terminar la historia. Pero no es el suspenso lo que nos mantiene leyendo sino el ritmo del lenguaje y la versatilidad de los recursos narrativos. La inclusión de historias (en general de una morbosidad entre sádica y escatológica) escritas por el protagonista Heriberto Domínguez, y los discursos de todos los personajes secundarios, logran mantener, a lo largo de 607 páginas, el interés y la tensión de la lectura. La aceleración de la novela reside, más que en la intriga, en este armado en abanico, impredecible, creado por un autor que se sabe dueño de una mano ganadora y que nos va descubriendo, una por una, lentamente, todas las cartas del juego. El escritor, el amor y la muerte, no es una novela de trama, ni de personajes ni de atmósferas. Es una novela de voces; y aunque intuyamos que todas las voces no son sino una sola, la del autor, Medina logra producir una ópera polifónica, una sinfonía de aguafuertes porteñas que no tienen nada de aguadas pero sí toda la fuerza de un drama asfixiante. Porque con una misantropía digna de Jonathan Swift pero aún más descarnada, Medina nos persuade de que el hombre es la única degradación de la naturaleza, el mundo un prostíbulo de cuarta, y el haber nacido argentinos la verdadera tragedia. En contraste con eso que algún genio de la propaganda política acuñó como "La estética menemista" y que tiene su más alto representante en Federico Klemm, Medina instaura definitivamente la estética del resentido, de la marginación, del hartazgo. Medina es el narrador de una Argentina que no es ni buena ni mala sino, como decía Borges del peronismo: incorregible. Por eso nadie como Medina ha logrado hacerse eco de esos latidos subterráneos y estertóreos de esta Argentina violenta, y sólo él ha intentado pegarle el tiro final, consciente de que un pueblo violento morirá de una muerte violenta; o lo que es peor, entrará en un estado de eterna moribundez.

Pablo Baler, BUENOS AIRES HERALD, 28-III-1999


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