Para que...


PARA QUÉ QUIERO UNA LINTERNA SI ME ILUMINAN LAS ESTRELLAS?

Otra comedia  de Mercedes Farriols

Prólogo:

"Para qué quiero una linterna se me iluminan las estrellas", la escribí manuscrita en papeles desordenados bajo la luz de las estrellas, la luna y los reflejos de las luces de la calle y los edificios cercanos que iluminaban mi ventana, un atardecer que cortaron la luz. Pero como prólogo escribí este cuento.

"Para qué quiero una linterna si me iluminan las estrellas" (Cuento para que te den ganas de leer la obra. O te evites perder el tiempo)

Esa tarde, llegué a mi casa, seis y cuarto de la tarde y me encuentro en la puerta del edificio, una multitud molesta de gente rezongando por un corte de luz no previsto... no anunciado. Y, en el barrio de Belgrano, se supone que los cortes de luz deben ser ordenadamente previstos, si no, ¿para qué vivimos en Belgrano?

No sin antes contener un poquito a mis vecinos, conocidos o no -a algunos mandándolos a tomar un cafecito en el bar de enfrente, a otros a caminar un poco-, emprendí alegremente el lento ascenso hasta el piso 22º en el cual habito. "¡Ella es joven!" -masculló una vecina de 30 años sin registrar mis 43 en medio de la infeliz manada apesadumbrada.

Ya en mi departamento con la lengua afuera pero feliz por el ejercicio extra para mis glúteos que siempre lo agradecen para no decaer en su firmeza, al abrir la puerta, me di cuenta que el día todavía era día y la claridad entraba por las ventanas con toda intensidad. Me duché, tomé mate, ordené un poco el característico desorden que siempre me acompaña y no tomé ningún recaudo por el corte de luz que nos amenazaba a las 19 horas ya pasadas.

De pronto, un rezongo constante de mi vecina más cercana por las escaleras, me trajo a mi cruda realidad: "¡Qué desgracia! ¡Me duele la rodilla! ¡Qué vamos a hacer! ¡Quién sabe cuándo se les ocurre darla! ¿Para qué pagaremos los impuestos si hacen con nosotros lo que quieren?" Al sentir todos esos conceptos en tan pocos escalones, salí y le dije: "¿Necesitás ayuda? ¿Tenés una velita?" -tratando de no irritarla más de lo que estaba. "Mal, ¿cómo querés que esté? Y no, no tengo vela, dicen que tener las velas de cera trae mala suerte. Tengo esta linterna. ¡Menos mal!".

Estaba realmente descompuesta, fuera de sí. Cerró la puerta con suficiente violencia mordiendo sus propias palabras y zambulléndose en ese triste encierro pero decididamente no sé si peor que su triste encierro cotidiano.

 De pronto, la ráfaga de mi sombría vecina, me hizo preguntar: "Y yo... ¿tengo una vela?" Busqué medio minuto con cierta desesperación en el  maravillosamente desordenado, primer cajón de la cocina donde encuentro un martillo cuando busco una aguja y cuando busco el martillo descubro el pegamento doble contacto, y antes de sellarme los dedos, desistí.  

Se hacía indefectiblemente de noche, y yo, no había reflexionado sobre ello. ¡Qué inconsciencia!  Envuelta en una toalla, me agarró la desesperación: no estaba cambiada.  ¿Qué me iba a poner? En dos horas tenía que salir. ¿Qué iba a ser de mí? Busqué otra vez la vela, ahora en el segundo cajón de la cocina donde  me enredé con las lucecitas del arbolito de navidad que nunca logro desenredar hasta llegado el 8 de diciembre, momento en que las cuelgo, lo suficientemente enredadas. Resultado: cero vela. Mi desesperación aumentaba con la ineluctable llegada de la noche. ¿Qué zapatos ponerme?  ¿Cómo me voy a maquillar?

¡¡¡¡Una linterna!!!!! Claro, cómo no lo había pensado. Si mi vecina Zulema tenía una linterna, yo también tendría que tener una linterna. Es lo que corresponde. Linterna. A ver. Se hace de noche. Necesito una linterna. ¡No! Mejor me cambio ya mismo que todavía hay claridad y me voy. Sí, tengo que salir. Me voy en seguida. Me voy a un bar. ¡Claro! En ese bar de enfrente hay luz. ¡Qué suerte que tienen los de enfrente! No les cortaron la luz. Pueden hacer su vida normal.

¡¡¡¡La linterna!!!! ¿Dónde tengo una linterna? Tengo que arreglar estos cajones. Algo tiene que querer decir que yo tenga los cajones de la cocina en este caos existencial, ¿no? Este vestido... con estos zapatos... No, mejor un jean. Se hace de noche. ¿Qué hago? ¿Qué va a ser de mí? ¿Cómo yo no tengo una linterna? ¿Dónde estaba la linterna? Alguna vez la tuve, estoy segura. No puedo ir con jeans a la Recoleta un viernes a la noche. Tiene que ser un vestido. Pero un vestido... los zapatos. ¿Qué zapatos? ¿Medias? Ya hace frío. Estamos en otoño. Tengo que ponerme medias. ¡Este cajón! No son sólo los cajones de la cocina. Los de la ropa interior son un desastre. Y sin luz. ¿Qué me pongo? ¿Dónde tengo la linterna? Por ahí tengo suerte y la encuentro en el cajón de las medias. ¡¡¡¡¡Ahhhhhhh!!!!- grité en un lamento ahogado.

Son las 7 y media, me quedan dos horas de encierro, no me vestí y la maldita linterna que no aparece. Ese era el trágico panorama de mi vida.

Cuando de pronto, sólo fue girar la mirada hacia el ventanal del living y descubrir que ya era de noche. Era de noche y yo veía. Buscaba ropa, transitaba el departamento cómodamente, no me tropezaba, no tenía accidentes mortales, seguía sacando ropa del ropero y desordenando todos los cajones como era mi costumbre. Y todo con total normalidad. Y sobre todo, yo buscaba la milagrosa lintera como una pelotuda. Y veía. ¿Cómo que veía? Si habían cortado la luz. Si mi vecina se lamentaba. ¡El edificio entero se lamentaba! ¡Todo el barrio emulando un coro griego se lamentaba! Pero yo veía. Algo andaba mal. ¿Por qué veía? ¿Y por qué mandato endemoniado yo buscaba la linterna si yo veía?

Recorrí lentamente mi pequeño living con mis ojos de gato. ¡Claro, de pronto soy gato -me dije! Recorrí el dormitorio,  la pequeña cocina, el lavadero... Volví a la inmensidad del living y fue allí que, mirando hacia el infinito del cielo, descubrí: ¡¡¡las estrellas!!! ¡¡Las estrellas me iluminan!!

De pronto sentí una quietud indescriptible. Me senté en mi sillón frente a la computadora y me puse a contemplar la ciudad. "¡Las estrellas me iluminan!" Las luces de la ciudad entera me iluminaba y yo desesperadamente angustiada por una minúscula linterna probablemente sepultada entre cubiertos, cachibaches o algún destornillador todo oxidado. "¡Las estrellas me iluminan!"- me repetía. Y en cualquier momento se sumaría la salida de esa galleta inmensa color crema. La prepotente luna llena que me emocionaría poniéndome la piel de gallina con su lento despertar de dinosaurio desperezándose desenfadada.

Y entonces dije: "Para qué quiero una linterna si me iluminan las estrellas"


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