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De todas las
noches
Monica Viñao PERSONAJES
Negro total. Es de noche. Las voces de ROBERTO e IRENE se escuchan desde la oscuridad. ROBERTO Al marido se le ha metido en la cabeza que ella tiene un amante. Su furia es incontrolable. Se le ha metido en la cabeza. Se dirige a la cocina sin decir palabra. Abre un cajón. Saca un cuchillo. El más filoso. El que se usa para cortar la carne. Se acerca a su mujer. La arrastra de los pelos hasta el dormitorio. La tira sobre la cama. Con una mano sostiene el cuchillo en el aire…en el aire lo sostiene. Con la otra sigue prendido de la mujer. IRENE Ella suplica. ROBERTO El marido se le monta encima. Nunca quisiste escucharme, dice. Nunca. Y la mutila. Le corta las orejas. Para que aprendas, dice. Le arranca la nariz. Mete sus dedos en las cavidades de los ojos de ella. IRENE La mujer se ahoga en su propio grito. ROBERTO El marido la mantiene bien sujeta. Agarrada entre sus piernas. Su sexo se pone duro. IRENE Perra, dice. ROBERTO Suelta el cuchillo. Lo suelta y la penetra. La abraza. Se derrama adentro de ella. Gime. IRENE Gime. ROBERTO Le dice que la ama. Que la ama más que nunca. Besa las heridas de ella. Bebe su sangre. IRENE El amor deja marcas. Comienza a clarear. La luz tenue del amanecer se filtra por la ventana disipando en parte la oscuridad de la habitación. Es un dormitorio con pocos muebles. Un ambiente decorado en tonos muy claros. Una alfombra color arena cubre gran parte del espacio. La cama matrimonial es baja y está desordenada. Hay una bandeja con restos de comida, un paquete de cigarrillos abierto, un cenicero lleno de colillas, una botella de whisky medio vacía y un vaso. En una esquina un enorme jarrón con flores de color naranja perfuman el ambiente. Son de tallo larguísimo. Parecen pájaros a punto de levantar vuelo. Un gran ventanal abierto de par en par comunica con la terraza. De a ratos, la brisa que viene del exterior ondula suavemente la cortina. IRENE está acostada hecha un ovillo entre las sabanas. Parece un bulto negro. Se escucha el primer canto del muecín llamando a la oración. Son las cuatro de la mañana. Ella suspira. Da algunas vueltas en la cama. Finalmente se incorpora y se sienta en el borde con las piernas flexionadas. Su pelo negro cae a ambos lados del rostro. Tiene una expresión cansada y círculos violáceos alrededor de los ojos. ROBERTO, está confortablemente sentado en un sillón. Viste un elegante traje oscuro.
IRENE Me despierto porque alguien canta. Su canto es casi un grito. O un lamento. Son las cuatro de la mañana. Las cuatro en punto. Amanece lentamente. Mis pensamientos pesan. Él duerme. Yo estoy sentada inmóvil mirándolo desde hace horas, con las manos así plegadas sobre las rodillas. Soy un bulto negro. La mía es una espera obstinada. El amor mutila. Algunas mujeres lo saben. Las del coro que me recibe en el aeropuerto. Apretadas unas contra otras. Como si eso las protegiera! Parecen estar esperándome desde siempre. Ocultan sus cicatrices debajo de sus trapos negros. Se ocultan. Y tal vez por eso adivino que son mujeres. A simple vista no hay rubias. Ni morochas. Ni pelirrojas. Atrapada adentro de las telas……. una se vuelve impersonal adentro de las telas. Uniforme. También aquí, algunas enloquecen. Otras incluso se matan. Vestidas así y profiriendo esos grititos parecen una bandada de cuervos. No puedo saber si cantan o lloran. Si mendigan o se ofrecen. Unos minutos antes de que el avión aterrice, la voz por el altoparlante nos comunica a las pasajeras que debemos cubrirnos. Cubrirnos?! Debe haber una confusión. Yo no soy una de ellas. No pertenezco. Mi marido... Somos extranjeros. Roberto….! ROBERTO Irene….! No es para tanto. Sí. Me olvidé de comentártelo. Se me pasó. Tengo cosas más importantes en qué pensar, mi amor. La misión.
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