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Nelly Luciani se
desplaza y mueve en el escenario con la misma naturalidad y fluida impulsividad
con que concibe y elabora sus poemas que se nutren, temáticamente, de cosas y
hechos que pueden haber soñado o le han sucedido, pero que si son sueños no se
mezclan o confunden con pesadillas de duendes y fantasmas, sino que fecundizan
ternura, pasiones sentimientos, en renovada incubación, y que alcanzan a ser
una estremecida revelación en su voz de envolventes de no importa si caprichoso
aunque siempre armonioso ritmo, eludiendo toda distorsión aparatosa, soslayando
toda contorción espectacular, expresiones todas estas que reflejan el encendido
entusiasmo que se agita dentro de ella como si de un manantial vivo brotarse
incesablemente una vitalidad generosa, prodiga en emoción, comprensión y
solidaridad humana.
El
misterioso origen de su inspiración, la imponderable causa de atributos tan
curiosos y fuera de lo común, quizá respondan a una existencia incorpórea, de
remotos designes, que se manifiestan en Nelly Luciani en una rebeldía interior
que la libera de someterse a normas preestablecidas, a socorridos cánones a
imperativos aniquiladores de toda espontaneidad, veneradores de la gracia y el
privilegio de ser poeta e interprete de su propia poesía en plena libertad de
la oración y la recreación.
Origen
y principio de la visión de su vida poética, del efecto sin efecto con que
cultiva su arte de interpretar, todo nervios, todo temblor, toda vibración, se
desprende de Nelly Luciani la sensación de una personalidad que atrae e imanta
poderosamente, a ratos enardecedores, a través de un recital que tiene mucho de
intimista y no poco de confidencial, sin por ello poder atractivo de interés
general, a juzgar por los constantes y sostenidos aplausos con que la numerosa y
enfervorecida audiencia premio las dos partes de su programa, un jalón de
acierto y éxito, en el itinerario artístico emprendido por Nelly Luciani.
Roberto
A. Talice (homenaje)
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