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“País
de ciegos”.
Esta
es una de las catorce escenas de la obra. 3.
(En Planta baja) DIEGO y EL OBISPO jugando al Sapo. EL
CORO, sin que parezca ser visto por los otros, es un conjunto de 5 ó 6
extraños y oscuros personajes, mezcla de mendigos con fantoches, con rumores,
movimientos y contorsiones a veces espasmódicos, a veces elásticamente
agusanados, acompañará el juego con sus rumores, básicamente alrededor del
sapo. En el primer piso, SOLEDAD, por momentos, y con temor a ser descubierta,
escucha por la rejilla el diálogo de Diego con el Obispo. Obispo: Vamos...Vamos que pierdo concentración en el juego... Diego:
(Pausa
corta) Créame, Monseñor. Miro a la bruja a los ojos, fijamente, y
creo reconocerlos. Se parecen a los de otras que ya escucharon el chasquido de
los leños en el quemadero. Obispo:
Bueno... Eso es bastante lógico. El mal que las toca es siempre el mismo. Diego:
Exacto. Eso es. Vestido de rubia o morena. De indígena o de imaginero.
Siempre el mismo. Obispo:
Tu turno. Diego:
Sí.
(Continúa arrojando) Estuve pensando mucho en el tema. Estudiándolo
a fondo. Obispo:
Más te valdría poner un poco de cabeza en el juego. Se me está tornando
demasiado fácil. (Pausa
corta)
En qué estábamos? Diego:
No alcanza con quemar a los herejes, Monseñor. El mal persevera aún
después de las llamas. No hay cómo destruirlo de manera definitiva. (Ahora
el coro comienza lentamente a tornarse voraz respecto de los platillos que ellos
dirigen al sapo. Sus miembros se estiran y sus bocas se agrandan, como si
quisieran tragarlos) Obispo:
(Risueño)
Esto, después de todo, no es una mala noticia. Al fin y al cabo esa es la misión
que nos justifica. Diego:
Hablo en serio, Monseñor. El
mal que creemos quemar, vuela hacia otros tiempos. Y anida en otras
almas. El fuego espanta a la perversión. Pero siempre en busca de nuevas
tripas. Obispo:
Al grano. Entonces? Diego:
Necesitamos un lugar. Una especie de basurero. Un alma que cobije esos
odiosos desperdicios.
(Ahora se eleva un rumor impactante del Coro. Diego parece percibir algo. Luego
lo descarta) Obispo:
Y esto cómo se lograría? Diego:
Administrando esos ojos de los brujos. De los pervertidos. En ellos se
concentra toda la maldad que los posee. Es por eso que cuando sus carnes
crepitan en el brasero, su mirada permanece inmóvil de furia. Sin un pestañeo
apenas. Y esto no es todo. También he comprobado que... Obispo:
Estás jugando como cuando eras niño.
(Después de arrojar, pausa corta) Te confieso que si no fueras mi
amigo y el Comisario Real de esta comarca, me hubiese preocupado bastante por
tus nervios. Diego:
Los míos? Obispo:
Claro. Sabes bien que más de un colega tuyo del Santo Oficio ha
terminado con la sesera sin rumbo. Diego:
En todo pueblo hay un rengo. Obispo:
Es cierto. Pero con uds. sucede algo especial. Se mecen tan cerca del fuego que
la cabeza parece abrazárseles lentamente. Hasta toparse con el hospicio. Diego:
Nadie podría presentar tantos casos como yo. Ni tantas evidencias. Obispo:
Ni mostrar tanta soberbia.
Diego:
Cuando se trata de la victoria sobre el mal no hay lugar para la
soberbia. Obispo:
Habría un cargo más contra tí. No hay nada peor para
el humor del obispo que alguien lo deje ganar con el fin de lograr sus
favores. Diego:
Ya lo veo. (Pausa)
Estoy solo en ésto. Obispo:
Nunca vuelvas a repetirme eso. No olvides nunca que el Rey es tu jefe.
Pero tu dueña es la fe. Y nada de lo que me has referido podría ni siquiera
comenzar a evaluarse sin la necesaria venia de la Santa Madre Iglesia. Diego:
Pero... Obispo:
Es necesario que el tiempo limpie el barro del oro. Diego:
Y mientras tanto contemplamos pacientemente cómo el maligno sigue
multiplicándose a nuestro alrededor... Obispo:
Diego... Diego... En el apresuramiento anida el
error. Debes aprender un poco el ejemplo de nuestra Iglesia. Cuántos
siglos deben esperar nuestros espíritus más nobles para que la santidad corone
sus cabezas? (Pausa)
Seguimos jugando o qué? Diego:
Es ud. el que juega. Obispo: (Después
de tirar, pausa corta) No puedo, ni quiero descartar que tus ideas
puedan tener asidero. Pero... reflexiona. Eres un hombre respetado en tu oficio.
Qué sucedería si alguien conociera tus teorías y estuvieses errado? Podrías
perder tu investidura. Algún colega envidioso de tu posición podría señalarte
el camino del asilo. O lo que es aún peor... El de las llamas.
(Después de arrojar un platillo) Yo mismo tendría que...dejar de
anotarme tantos como éste. En cambio, si estuvieses en lo cierto... Diego:
Lo escucho. Obispo:
Que pasaría con nuestra iglesia y con la doctrina que tantos siglos nos
ha costado sostener? Habría que replantear muchas cosas. Casi todo. Y tan luego
desde aquí, la otra punta de la civilización.
(Pausa corta y como reflexionando) El mal concentrado en un alma que
les daría cobijo... Diego:
Exacto. (Después
de arrojar)
Obispo:
No sé, no sé. Resulta monstruoso de sólo pensarlo. Qué clase de
desdichado sería el elegido para recibir
a los demonios?
Además, qué harías con él después? Diego:
También a eso lo he estudiado. Es cuestión de confinar a un hombre
simple e ignorante. Algún mestizo quizás... Obispo:
Un inocente condenado a las tinieblas por toda la eternidad... Diego:
O un elegido para la más sublime de las tareas...(La luz baja). Fin
del fragmento de País
de ciegos.
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