Extraño
oficio el del dramaturgo: “tirarle letra” a los actores para que estos se
lucan sobre un escenario, acaparando aplausos y laureles.
Apasionante
oficio el del dramaturgo: a solas con sus fantasmas se siente Dios creando
complejas criaturas, en un marco de acciones y circunstancias que las llevarán
por un destino inexorable hacia el final que él haya dispuesto.
Misterioso
oficio el del dramaturgo: bajar hasta los infiernos del subconsciente o elevarse
hasta las alturas de los poetas, en busca de esa chispa fugaz que algunos llaman
inspiración, y que no siempre se deja atrapar por los intrépidos que salen a
buscarla.
Extraño,
apasionante y misterioso oficio que personalmente no cambiaría por ningún
otro, ya que en él están contenidos todos los oficios de la tierra, y todas
las vidas que de otra manera me resultaría imposible vivir.