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El teatro para niños de Alejandro Robinopor Beatriz Trastoy El teatro destinado a los niños constituye un discurso estético peculiar, no sólo por sus específicas condiciones de enunciación (funciones en las primeras horas de la tarde de los días feriados, anuncios sectorizados en las carteleras de espectáculos publicadas en diarios y revistas), sino porque, desvalorizado por la crítica y el público en general, no ha sido objeto, al menos hasta el momento, de estudios capaces de conceptualizarlo a la luz de las teorías aplicadas a otros aspectos del arte escénico. En efecto, aún resta establecer si el llamado teatro para niños constituye realmente un género en sí mismo, y, de ser así, determinar cuáles son las convenciones que lo particularizan. Sin embargo, es posible señalar que dicho teatro adolece de los mismos defectos atribuibles a cualquier otra expresión escénica: habría, por ejemplo, un teatro comercial y un teatro didáctico, entre otras muchas variantes. El primero, que prolifera en las salas de Buenos Aires especialmente durante el receso escolar de invierno, suele ser tanto la transposición escénica de ciertos programas exitosos de televisión, como la obra de gran espectáculo centrada en el virtuosismo de cantantes y bailarines y en deslumbrantes escenografías y vestuarios. Las canciones pegadizas se alternan con algún elemental paso de comedia, en el que predominan los diminutivos y los falsetes, como patético remedo del habla infantil, a fin de lograr una participación puramente emocional y acrítica por parte de los pequeños espectadores. A su vez, el teatro de intención didáctica se muestra tan inoperante como aquel que se dirige a los adultos: neutralizados los conflictos y las tensiones en historias trivialmente edulcoradas, este tipo de espectáculos transmiten mensajes unívocos, en los que no hay espacio para la creación ni para la imaginación. Pero también existe (¿por qué no?) un teatro para niños hecho con la seriedad y el riesgo que supone todo creación artística. Precisamente en esta línea de búsqueda de un lenguaje dramático y escénico capaz de conjugar la preocupación estética y el compromiso ético se encuentra el teatro de Alejandro Robino. Abogado y procurador por formación, Robino (n.1963) hizo de la práctica teatral, la música y la escritura dramática su verdadera elección de vida. Se desempeña como actor, asistente dirección, director, productor ejecutivo, dialoguista y autor. Interesado en la labor social, se dedica también a la realización de programas de extensión teatral dedicados a los ancianos. En este sentido ha presentado ponencias en numerosos congresos sobre gerontología y geriatría y, en el marco de la Universidad de Buenos Aires, coordinó seminarios sobre los derechos de la vejez y el rol de las organizaciones intermedias en la tercera edad. Infancia y ancianidad son, por lo tanto, dos ejes clave (aunque no excluyentes) en las tareas de creación e investigación de Alejandro Robino. A lo largo de cuatro meses de representaciones diarias en las que también se desempeñó como director, su tríptico Puerto Robot (1992) fue presenciado por la nada despreciable cifra de setenta mil espectadores; La hija de Capitán Aníbal, que obtuvo mención en el "III Premio Internacional de Dramaturgia Infantil"(1994) realizado en Cádiz, con auspicio del Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral (CELCIT) y en el Certamen Provincial A. Roggiano de Chivilcoy, provincia de Buenos Aires, fue fruto de su participación en el taller de dramaturgia del Teatro Municipal General San Martín, en donde se estrenó en versión libre, durante 1995. Un año después, por un conflicto de orden institucional, ocho de los integrantes de dicho taller decidieron liberarse de toda estructura burocrática y nuclearse, primero, bajo la extraña denominación de Caraja-ji, y, más tarde, bajo el no menos desconcertante nombre de Chela Samer.La producción dramatúrgica del grupo -integrado, además de Robino, por Carmen Arrieta, Alejandro Tantanián, Rafael Spregelburd, Javier Daulte, Alejandro Zigman, Jorge Leyes e Ignacio Apolo- parece indicar, pese a su notable diversidad estética, una particular tendencia a la revalorización de la palabra, postergada y cuestionada por las experiencias renovadoras surgidas en el teatro argentino a partir de la reinstauración de la democracia, a mediados de los años 80. Como miembro del grupo, Robino publicó Crónicas de sangre, una historia de coraje y cobardías, de traiciones y heroísmo, que amalgama espacios y tiempos en un viaje hacia América desde la España desangrada por la guerra civil; una historia en la que las absurdas paradojas del destino humano están rubricadas por el siempre oprobioso estigma del fratricidio. El principio constructivo de las obras de Alejandro Robino concebidas para el público infantil es también el viaje en tanto búsqueda del objeto de deseo, pero, sobre todo, en tanto transcurrir obstaculizado por pruebas cuya superación lleva al crecimiento personal, al ingreso a una adultez plena y feliz. En La hija del capitán Aníbal, Georgina se ve compelida a buscar la enigmática palabra que le devuelva a su padre desvanecido en el aire tras proferir un conjuro mágico que nadie logra reproducir. En busca del sol, por su parte, narra las peripecias del zapatero Wilfredo quien, a fin de dar prueba del amor que siente por la bella Mariana, está dispuesto a capturar al sol para que sus rayos iluminen el cuarto de la joven el día en que comience la primavera. En ambas piezas, estrechamente relacionadas entre sí por expresos vínculos intertextuales, el sistema de personajes está articulado en torno de diferentes niveles de realidad: por un lado, junto a Wilfredo y Mariana se agrupan seres fantásticos (Dante, el duende vigilante; Georgina, la bruja que, harta de que las maldades le salgan mal, quiere volverse hada; y el dragón Benamino, cantante lírico que desea recuperar su voz perdida tras un chapuzón en el lago helado), seres del mundo natural humanizados (el sol, una margarita, un nogal) e, inclusive, objetos que asumen el lugar de compañeros de ruta como el zapato Heraldo, escudero de Wilfredo, cuyos fraseos musicales, que todos parecen comprender, no sólo ponen en relieve el valor escénico de los lenguajes sonoros sino también el de la palabra, significativa por su ausencia. De manera similar, en La hija del capitán..., la vasta galería de personajes humanos (Aníbal, Georgina, la madrina, los marineros, el príncipe Marto, el secretario Erario, la bailarina Rina, la contadora Dora, el Zar Sartén, el poeta Tito y el leñador Piero) interacciona con otros personajes del ámbito de la fantasía, como el genio Eugenio y la Sirena Malena. Si en el juego actancial que da sentido a la estructura dramática, alguno de ellos es en principio oponente, la bondad, la sagacidad y la tenacidad de los respectivos protagonistas los modificará paulatinamente hasta transformarlos en sinceros y voluntariosos ayudantes. Por otro lado, las respectivas historias de búsquedas no son otra cosa que representaciones teatrales a cargo de un grupo de actores trashumantes, bajo la tutela de un estrafalario director. Mientras que la literatura dedicada a los niños y adolescentes recibe el calificativo de infantil, los espectáculos teatrales, concebidos para un público similar, suelen denominarse para niños. Si bien el adjetivo que modifica directamente al sustantivo en el primer caso, y la construcción preposicional, en el segundo, son semánticamente equivalentes, la diferencia que el uso impone no parece ser consecuencia de azarosas combinaciones lingüísticas. En efecto, la lógica del consumo literario ofrece a sus realizadores la nada despreciable ventaja de la postergación: cuando el libro de cuentos o de poemas no es adecuado para la edad del niño, puede guardarse a la espera de que su destinatario crezca y lo valore debidamente. Por el contrario, el ineludible aquí y ahora del teatro impone (casi urge) focalizar con mucha mayor precisión al potencial receptor, determinar con claridad para quién se hace el espectáculo. Pensar al niño-espectador como una entidad homogénea es desatinado e impracticable. ¿Cómo saber cuáles son las fantasías, los gustos, las necesidades, las expectativas de cada edad, de cada sexo, de acuerdo con la pertenencia social y cultural?. Y lo peor, ¿cómo complacer a ese otro público cautivo, el del adulto (también heterogéneo) que acompaña a los niños y que es quien, en definitiva, toma por ellos la decisión de asistir o no al teatro? Aunque consciente de esta difícultad intrínseca del llamado teatro para niños, Alejandro Robino no adecua su escritura dramática a un modelo esterotipado de espectador infantil ni cede ante ciertas concesiones demagógicas, gratas a los empresarios de espectáculos, que consisten en seducir al público adulto con alusiones a la realidad política y social más inmediata, con guiños cómplices y excluyentes, con ironías que los más chiquitos no pueden comprender. Por el contrario, logra conciliar gustos, necesidades, competencias y expectativas tan diversas como son las del público adulto y las de los niños, a través del empleo de estrategias diegéticas precisas, capaces de interesar por igual a espectadores de las más diferentes edades. En efecto, las historias de sus piezas se cuentan en tres niveles: el primero es el más elemental, ya que tiene en cuenta la capacidad de comprensión de los más chiquitos. Basado esencialmente en la fuerza narrativa de las imágenes, dicho nivel se estructura en torno de la sucesión de ámbitos y de las canciones que cierran cada escena. Así, del taller del zapatero Wilfredo se pasa al jardín que rodea la casa de Mariana, y luego, ya en plena búsqueda del sol, al bosque de nogales en donde se encuentra el árbol que da la mágica nuez de la alegría, al lago inmenso y profundo en cuyo fondo helado duerme el astro deseado, a la cumbre de la escarpada y resbaladiza montaña para retornar, finalmente, al pie del balcón de la joven. En un segundo nivel, destinado a los niños un poco más grandes, la historia se apoya sobre todo en el aspecto semántico que despliegan los parlamentos de los personajes; se trata, en efecto, de una intriga básica que, con toques de poesía y de humor, progresa y se dosifica hasta el desenlace y en la cual el tiempo - son al fin y al cabo historias de aprendizaje y crecimiento- juega un papel determinante. Como en los cuentos tradicionales basados en los ciclos y repeticiones, Wilfredo no sólo ve condicionada su persecución del sol por el amanecer y el ocaso de cada día sino también, ya en términos estacionales, por la inminente llegada de la primavera. La hija del capitán, por su parte, debe encontar la palabra mágica que haga reaparecer a su padre en el lapso de siete días, un número de reminiscencias cabalísticas y mágicas. Finalmente, existe un tercer nivel que corresponde a la narración de marco planteada en términos metateatrales y metalingüísticos. Las respectivas historias de Wilfredo y de la hija del capitán se inscriben en una narración de marco determinada por representación de la troupe de cómicos de la legua, quienes extraen de sus carromatos los ropajes y los objetos necesarios para dar vida a las diferentes escenas. Parodiando el gesto de inconfundible cuño brechtiano, el clownesco director introduce, explica o anticipa cada secuencia y explicita el lugar en el que se lleva a cabo la acción representada por los actores/personajes. El desdoblamiento entre el yo real de los intérpretes y el papel que encarnan no sólo constituye un elemento distanciador que instala al espectador en la teatralidad misma (en el prólogo se presenta a los actores por su verdadero nombre) sino también opera ya sea como recurso humorístico o como espacio de reflexión sobre ciertas instancias del texto dramático. Así, cuando Wilfredo se dispone a talar lo que cree un abeto, el resto de los actores reprueba la decisión, abandona sus personajes y pide la intervención del director quien sentencia: Tranquila la compañía, Cuando Mariana impone la condición de dar su amor a aquel que le obsequie lo que más desea, lo hace a través de un acertijo con cuatro pistas ("es redondo y reluciente/poderoso y resplandeciente"). El hiperbólico idealismo de Wilfredo lo lleva a una errónea decoficación, pues sólo se aclarará al final que no es el imposible sol lo que quería la joven sino el más codiciado oro. Escandalizado, el director recrimina no ya al personaje sino al actriz, usando su verdadero nombre: Director- ¡Atenta la compañía! Por otra parte, la rima consonante -que no sólo se aplica a los versos, sino también a la designación de los personajes (Dante, el duende vigilante)- también es discutida paródicamente por los actores/personajes. Wilfredo se libera de la tiranía de las formas ("Contra lo que el autor opina / dejaré aquí la rima") para declarar con mayor libertad su amor a Mariana. En La hija del capitán Aníbal, la supresión de la rima, que los personajes atribuyen a un descuido del dramaturgo, pone en tela de juicio la supuesta veracidad de la historia narrada. Sin embargo, el poeta Adalberto Alberto Berto les explica que "La rima no es siempre poesía" y que, por lo tanto, el autor le permite trabajar con las palabras como mejor le parezca. Siguiendo el modelo del tradicional cuento de hadas, la mayoría de las obras para niños suelen oponer personajes positivos y negativos de manera unívoca, a fin de ofrecer la tranquilizadora sensación de que el mundo funciona correctamente, de que se puede vivir seguro en él, porque todos los malos reciben finalmente un castigo proporcional a su perversidad. La textualidad dramática de Alejandro Robino adhiere, en cambio, a la línea superadora de esquematismos maniqueos cultivada en el teatro infantil argentino por Javier Villafañe y María Elena Walsh. No hay buenos y malos en sentido estricto. La oposición bien-mal no se plantea entre personajes sino entre los valores que esos personajes representan. Inclusive los héroes cometen errores que pueden afectar a los demás y aquellos que, inicialmente, son egoístas y dañinos demuestran que es posible cambiar positivamente si media el amor y la comprensión. Por ello, cuando Mariana ofrece su afecto a cambio de oro, sus amigos le harán entender cuánto más valioso es el amor desinteresado que ilumina y da calor con la misma fuerza que el sol. La cándida imagen de la heroína romántica no es, sin embargo, el único modelo transgredido sino también el de la bruja, convertida en hada, y el del dragón, que en vez de echar fuego por la boca canta delicosas melodías, ambas figuras terroríficas infaltables en los cuentos populares. El propio Wilfredo, enceguecido por su amorosa obsesión, no parece meditar demasiado acerca de los daños que puede infligir a todos los demás si perjudica el medio ambiente talando árboles o agujereando nubes para capturar al escurridizo sol. Sus compañeros le explican que los árboles deben cuidarse evitando no sólo su tala sino también hacer fuego cerca de los troncos y que "sin las nubes refrescantes / el aire se vuelve sofocante". El propio sol le señala indignado: Pero me puede decir A su vez, en La hija del capitán..., la generosa y solidaria Georgina logra no sólo liberar a la Contadora Dora, al Zar Sartén y al Secretario Erario de la esclavitud a la que, por deudas, los somete el codicioso príncipe Marto, sino también hacer que éste comprenda que la única forma de vivir en paz y armonía es compartiendo bienes y afectos. Sin caer en el bienintencionado pero ineficaz mensajismo de gesto didáctico ni en el excesivo afán simplificador que empobrece no sólo el espectáulo sino también los materiales simbólicos que el niño puede extraer de él, Robino insiste en señalar que el amor, el desinterés, la amistad, la justicia y el respeto por las diferencias son todavía valores positivos sobre los que vale la pena insistir. Asimismo, las obras consideradas no eluden ciertas cuestiones sociales de actualidad como el creciente protagonismo femenino, sobre todo en La hija del Capitán Aníbal o, inclusive, la necesidad de entender el cuidado del medio ambiente como una responsabilidad de todos. Al experimentar tanto con las palabras como con la fuerza expresiva de los múltiples lenguajes puestos en juego en la representación teatral, Robino cuenta historias que plasman las escenas deseadas y temidas del imaginario infantil y le ofrece a los pequeños espectadores un modelo de mundo pleno de emociones, imágenes y fantasía, en el que pueden ordenar, con cierta coherencia, sus sentimientos complejos y ambivalentes. Síntesis curricular Beatriz Trastoy es profesora y licenciada en Letras, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Dedicada investigación teatral, ha sido becaria de los gobiernos de Italia y de Alemania y del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Obtuvo por concurso el cargo de profesora adjunta de las cátedras de "Historia del Teatro Latinoamericano y Argentino" y de "Análisis y Crítica del Hecho Teatral" en la carrera de Artes de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en las cuales se desempeña actualmente. Asimismo, es investigadora independiente del Grupo de Teatro Argentino del Instituto de Arte Argentino y Latinoamericano dicha Facultad. En 1995 fue invitada a dictar un seminario de postgrado sobre teatro latinoamericano y argentino en la Universidad de Colonia, Alemania Federal. Tiene a su cargo la sección de Teatro Infantil de la revista TEATRO XXI de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Ha sido jurado de concursos académicos y de premios teatrales. Participó en congresos nacionales e internacionales de la especialidad y sus numerosos estudios críticos sobre temas teatrales han sido publicados en revistas académicas del país y del exterior. Es autora de Los lenguajes no verbales en el teatro argentino (1997), en colaboración con Perla Zayas de Lima.
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