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Fragmento |
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Fragmento I Oscuridad. Sonido de puerta que se abre con violencia. Del otro lado de la puerta abierta está Enrique. Enmarcado en ella. ENRIQUE: Fue aquella tarde. La herida de mi padre sobre los labios. Mi mirada hundiéndose en la carne abierta. El barro humedece mis labios. En el monte. El sabor de la sangre. El lento regreso. El cuerpo de mi padre sobre los hombros. El cuchillo nuevamente bajo mis ropas. El cuchillo que rasgó su carne. La primer herida en todos los espejos. La herida del padre. El primer corte. Sobre el cuerpo de mi padre. Y después. Las tablas del piso. El cuerpo hundido en las maderas. La habitación del padre. El ataúd. Vos entonces solo. Al abrigo de la madera. Y ya no puedo levantar estas tablas del piso. Ya no puedo arrastrar tu cuerpo de las axilas hasta el baño para poder allí bañarte lentamente. La mano del hijo acariciando el cuerpo dormido del padre. Lavar la herida. Aliviar el olor que se desprende del cuerpo dormido. Y ya no poder acostarme a tu lado. No poder hundir mi sexo en tu boca. Como vos querías. Siempre. Descansar a tu lado, mi cabeza sobre tus rodillas, tu mano sobre mis cabellos, tus dedos hundiéndose como remos en mis cabellos húmedos. Ya no puedo desarmar la trampa de madera para poder dormir a tu lado. No puedo besar tu piel y descender la lengua en la dirección de tu cuerpo. Lamerte los ojos, la boca, las tetillas, el sexo, las piernas, el muslo, darte vuelta, el culo, los pies, cada dedo de tus pies: hundir mi lengua en los pliegues dormidos de tu cuerpo. Mi lengua que bebió tu herida, húmeda primero, tu herida seca después. Tu herida detenida. Cerrar los ojos a tu caricia, la caricia fabricada por mi mano que mueve tu mano sobre mi cabeza, tu mano abandonada al movimiento que mi mano le otorga, tu caricia sobre el cuerpo del hijo. Y así poder contarte la historia del padre y el hijo que van al monte. La historia del padre que llevó a su hijo más querido al monte para ofrecerlo en sacrificio, y el hijo decidió defenderse, no quiso ser sacrificado y sacó un cuchillo que escondía bajo las ropas y abrió la carne del padre. Así. Abre la carne del padre y hunde su vista en la herida. Y después el hijo besa la herida del padre. Por un tiempo largo. Y después el hijo carga el cuerpo del padre hasta el hogar. Lejos del monte. Llega a la casa y es recibido por las hermanas. La madre descansa en el cuarto superior, descansa. El padre es velado en la habitación principal. Sobre la cama grande. Y lo entierran allí, bajo las tablas en el ataúd de madera. Y las hermanas luego le hablan al hermano, ellas sabían que sólo volvería uno de los dos. La madre también sabía. Y deciden la suerte del hermano. Ellas deciden la suerte del hermano. Se cierra con violencia la puerta. Oscuridad. Fragmento II LEOPOLDA: ¿Vos te das cuenta de lo que estás haciendo, no? ¿Sos consciente? ULRICA: ¿De qué hablás? LEOPOLDA: Dejá de hacerte la estúpida y aceptá que hiciste trampa. JULIANA: ¿Y se puede saber qué es lo que me tenían que decir? ULRICA: Calláte tarada. LEOPOLDA: Claro, tratála como a una imbécil, total... ULRICA: ¿Total qué? LEOPOLDA: ¿Quién la tiene que aguantar después cuando empieza a decir todas esas cosas frente a los espejos, eh? ¿Quién? ULRICA: Ahora resulta que sos vos la que se ocupa de la tonta. JULIANA: Yo no soy ninguna tonta. LEOPOLDA: ¿La escuchaste? ULRICA: Sí. ¿Y? LEOPOLDA: Quiero decir si la escuchaste. ULRICA: Sí, la escuché. ¿Entonces? LEOPOLDA: Nada, eso. Que no es ninguna tarada. ULRICA: ¿Y quién dijo eso? LEOPOLDA: Perdonáme... ¿vos me querés volver loca a mí? ULRICA: Imposible. No se puede hacer algo que ya está hecho. LEOPOLDA: ¿Qué querés decir? ULRICA: Eso. Lo que dije. Que estás loca. Ulrica y Leopolda siguen discutiendo. Juliana hunde sus ojos en Enrique que dice. ENRIQUE: El juego terminó. Ulrica dice dame el cuchillo y yo entrego el cuchillo caliente que saco bajo mis ropas. Lo toma fuerte entre las manos. Recuerdo un pedido de Juliana, pedido que yo concedo en una oscura habitación. El cuerpo de Juliana bajo el peso de mi cuerpo y después la luz y el olor del cuerpo del padre sobre la cama grande y las sábanas manchadas de sangre. El cuchillo aferrado a las manos de Ulrica, las manos fuertes de Ulrica, las manos que descienden sobre la cama grande, que golpean como mi puño cerrado a la puerta de madera. La sangre sobre las caras, mezcladas con las lágrimas, con el rimmel, con los labios rojos. Las tablas del piso levantadas con dificultad y el sonido de los brazos sobre el cemento, una pierna sobre el cemento, luego el torso sobre el cemento, la cabeza sobre el cemento, la otra pierna sobre el cemento. Un martillo y las tablas ocultando aquellos restos. La sonrisa de Ulrica y la mirada sobre mi cuerpo y mis ojos sobre el cuchillo que aún humea en sus manos y la caída del filo de lleno sobre mi carne, ofreciendo al hijo el mismo destino del padre. Como debe ser. Ulrica y Leopolda siguen discutiendo. Juliana hunde sus ojos en Enrique que calla. Fin del fragmento de Juegos de damas crueles. Para conocer el resto del texto solicitarlo al autor por correo electrónico. |
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