Fragmento
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1.

Garaje atiborrado de cosas. El frente de un auto asoma por debajo de un cubre autos oscuro. Mini está de pie. Lleva un vestido floreado empapado de sangre fresca. Tres jóvenes (Leandro, Nene y Silvi) la escuchan, azorados.

Mini

Lo que más me llama la atención es que yo haya ido hasta el mercado con el cuchillo para el pan adentro del changuito. Es posible que se me haya caído desde la mesada sin que me diera cuenta ¿no? De otra forma no le encuentro explicación.

Silencio.

¿Se acuerdan de Rebeca, la viuda de la otra cuadra, la de la casa de las hortensias? Bueno, estaba en el mercado, Rebeca, justo delante de mí, insistiendo en decirle pimientos a los ajíes, que es una costumbre que me enferma. Yo traté de explicarle, don Guillermo también trató, pero la mujer estaba emperrada. Había gente esperando y... Alguien dijo algo del barrio y de los accidentes de tránsito y del tiempo que hacía que el mercado era mercado. Había un perro husmeando en la pescadería, que es el puesto que está pegado al de verduras. La cosa es que no me explico cómo, de pronto yo le estaba serruchando a Rebeca esta zona de acá.

Se señala un costado de la base del cuello.

El cuchillo del pan es romo.

Silencio.

Si alguna vez se dignasen a preparar el desayuno lo sabrían. Sabés que no lo digo por vos, Pupú.

Silencio.

Quiero decir que por eso tuve que serruchar.

Silencio.

Bueno, a lo que iba: es que no pude comprar los limones. Las milanesas las vamos a tener que comer con mayonesa o mostaza. Si no querés, Silvi, no las comés. Pero al mercado no puedo volver. Por lo menos hoy. Maté a alguien y tendría que estar buscándome la policía.

Apagón.


Fin del fragmento de La escala humana. Para conocer el resto del texto solicitarlo al autor vía e-mail.


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