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Fragmento I HENRIETTE Se dice aquí que estamos en Alemania, pero no lo sabemos con certeza. Se dice aquí que corre el año 1809, pero no lo sabemos con certeza. Se dice aquí que hoy es 21 de noviembre de 1811, 3 de diciembre de 1812, que estamos en la hostería Stimming, a pocos kilómetros de Berlín; se dice aquí que hoy es 6 de marzo de 1810, que el señor von Kleist visita mi casa todos los días, día por medio, semanalmente; se dice aquí que hoy es 5 de junio de 1812 y que estamos muertos; pero nada de todo esto lo sabemos con certeza. Ni yo ni el señor von Kleist. Ninguno de los dos cree en este infierno de la cronología. Infierno en el que nos quemamos sin arder. Sólo conozco su nombre, sus versos y nuestro plan. Heinrich escribe nuestra muerte. Escribió. Kleist escribirá nuestra muerte. Pausa. Lo vi revolcándose en el piso de su cuarto, golpeándose la cabeza contra la pared. Gritaba los nombres de las mujeres que lo habían traicionado. Yo soy la excepción. Soy la que acepta su pedido. "¡Qué bello sería meterse una bala en el corazón!" Pausa larga. Y aquí estoy: abandonada a mi sangre, al dolor de mi sexo. Aquí estaré yo. Aquí estaba. Pausa. Se dice aquí que corría el año 1809, que él venía a mi casa, que mi marido lo trajo, que yo cantaba salmos con él, que canto salmos con él. Se dice aquí que yo sufro un mal incurable. Pero no lo sabemos con certeza. Iluminó mi casa. Y me llenó de flores. Rojas, dice Kleist. Heinrich decía que las flores abruman el peso de mi cuerpo. Dice Kleist que yo devoraré la carne del hombre y me entregaré al peso de las flores. Rojas. Mi cuerpo descansará junto a las flores y ellas serán el altar del sacrificio. Nadie notará la sangre: se ocultará entre los pétalos. Sólo un tenue hilo desbordará la herida, dice Kleist, y trazará un camino en mi piel. Y él esconderá mi sangre a los ojos de Dios. Moriré. Dirá Kleist que yo moriré abrazada al lecho, mis ojos posados en el cielo y el sabor de la carne del hombre resonando en mi paladar caliente. Y abriré la boca, dice Kleist, y desbordaré la sangre. Dormiré, Heinrich, tan profundamente sobre las flores rojas y la sangre, Kleist. Pausa. Europa volverá los ojos hacia nosotros. Nos adueñaremos del mundo. Nos sepultarán juntos, bajo la misma piedra nos sepultaron, Kleist. Cerca de la hostería Stimming, camino a Potsdam, junto al lago: pasamos nuestras horas finales, nuestras primeras horas, allí bebimos café. Comeremos tortilla. Allí escribimos las cartas. Dejas el sobre cerrado con la llave que abre el cofre que guarda las demás cartas. Aquí visitamos la isla de los pavos reales. Allí llevaremos la canasta. Y en la canasta llevamos los papeles, la bebida, las armas, la comida. Pausa. Mi cuerpo sangra. La herida no cierra. El tiempo la vuelve más ancha y más profunda. Pausa. Tu nombre lleva la misma inicial que el mío: letra muda. Como mudos eran nuestros encuentros en la casa Vogel: las miradas, las manos bajo la cena, los susurros bajo las escaleras y aquel verso. "Qué bello sería meterse una bala en el corazón." Yo necesitaba alguien que me ayudara a morir. Y lo supe aquella primera noche: habías llegado. Tu nombre se abre hoy. Y es un grito. Nuestra unión, Heinrich, en la muerte. Fragmento II HEINRICH Mi nombre. La memoria de mi nombre. Pero estoy ciego frente al abismo. Heinrich von Kleist ensordece a los hombres y a la Tierra. Mis gritos abren un pozo en la superficie del planeta y por él se precipita la creación entera. Nada ya sobre la Tierra. Sólo nuestros nombres y la violenta despedida de estos cuerpos. Pausa. Nos esperan otros salmos, Vogel, pájaro, furia, Henriette. Y el dolor. Feroz. Nuestros cuerpos lozanos, blancos, olvidados en el pozo que se abre aquí, junto al lago. Desapareceremos, y todo, entonces, desaparecerá. Pausa. Las heridas de Cristo cicatrizan sobre el cuerpo del poeta. No se abrirán más. Pausa. Tengo mi nombre. Y ya no sirve de nada. Olvidaremos el cuerpo. ¿Para qué nombrarnos entonces? Unidos por el silencio, Vogel, será el silencio quien nos despida del mundo. Pausa. Ahí vienen nuestros invitados. Se sorprenden. Abren los sobres. Se crispan. No entienden. No pueden entender. Lloran. Estúpidos. Yo quisiera hundir cuchillos entre sus carnes. Ahora nadie puede oírnos. Pero Europa, estoy seguro, habrá sentido estos dos tiros descerrajados sobre su cuerpo. No olvidarán mi nombre. No podrán olvidar mi obra. Esta tragedia será siempre recordada. Ensayada. Representada. Y fracasará. Pausa. Dios cierra los ojos ante el dolor de los cuerpos. Se escapa. Mi obligación fue despertarlo y allí está ahora: insomne. Pausa. Vogel, pájaro, Henriette, que tu luz se apague. Y mi luz irá tras tu oscuridad. Descansa. Aquí. Sobre los pétalos que cubren tu herida. Pausa. Fui leal soldado del rey. La escritura abrió heridas en mi cuerpo. La pluma se metamorfosea en espada. Ya no sé cómo apagarme. Tal vez un filo me silencie. Tal vez encuentre un verso para escandir mi muerte. Kleist oscureció su boca con un arma. Heinrich hizo estallar el lenguaje. Forzó el gatillo y desparramó la sangre. Y aquí están: tan íntimamente unidas, tan fuertemente enlazadas, que se torna imposible saber cuál es la sangre y cuál la palabra del bueno de Kleist. Yacen sobre la pulcra habitación. Las paredes manchadas, escritas. Pausa. Mi boca. Está seca. HENRIETTE Mi pecho. Mi sangre. Puedes beber. Heinrich bebe la sangre que mana del pecho de Henriette. Fin del fragmento de Sumario de la muerte de Kleist. Para conocer el resto del texto solicitarlo al autor por correo electrónico. |
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