|
|
MUJER ¿Otro té? Era esto lo que quería mostrarle. Sabía que le interesaría. ¿Vio? La piel es muy suave todavía. Y blanca. Y pensar que hace pocos minutos allí, subiendo la calle, en la tienda, tras la persiana metálica, él abrió los ojos y vio mi cara, mi sonrisa extasiada y los dientes blancos, resplandecientes. Él hundió la vista en mis dientes. Y gritó. Y allí mi voz no pudo con la suya. No hubo grito que alcanzara su grito. Ni la lengua aprendida en la oscuridad sirvió entonces. Usted sabe que yo no suelo venir calle abajo hasta esa puerta envuelta en gritos usted sabe que esos objetos están lejos de mis manos y que no puedo lavarlas ahora hasta que el olor se quite se evapore usted sabe y no me dejará mentir que aquel hombre apareció bajo el cielo negro tras la curva y yo no pude evitar el abrazo ni pedir a la oscuridad que no escupiera aquel filo sobre los cuerpos porque y usted lo sabe ni la lengua aprendida en la oscuridad sirve en estas raras ocasiones en las que el sol vomita su luz y no deja a la mujer olvidarse de la niña. ¿Qué hace? ¿Qué está haciendo? Su mano está detenida allí. En alto. Pido al cielo devore ese filo. Cae. Baja. Así. Sí. Baja. Como la calle. Sí. Sobre la cabeza. El cielo negro. Sí. Voy a dormir. Sí. Ahora, entonces, sí, el cielo es azul. Las manos teñidas en sangre. |
|
E-mail: atantanian@argentores.org.ar Espacio cedido por ARGENTORES |