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HOMBRE Las convulsiones son violentas. Todas las convulsiones lo son. Y el hombre es presa de una. El cuerpo se golpea contra el piso como el hacha quiebra la madera. Los ojos están abiertos, desmesuradamente abiertos. Pero el color parece haberlos abandonado. Una superficie lechosa en donde antes hubo color. La boca arroja espuma color ámbar. Las manos como aspas. Las piernas como aspas. El pecho hacia arriba, buscando el techo, hacia abajo. La cabeza gira de lado a lado mientras desprende la boca el almíbar ámbar y los ojos comienzan a inyectarse en sangre. Entonces desde los agujeros de la nariz unas criaturas se lanzan al vuelo. Los orificios se hinchan como si alguien dentro soplara con fuerza. Al dilatarse dan paso a una dos tres varias pequeñas mosquitas que levantan vuelo intentando hallar un espacio más fresco que el del útero. Rodean, sin embargo, al cuerpo convulso, creen hallar en él el resguardo necesario para la vida futura. Se posan sobre el cuerpo. Vuelan. Cambian de lugar al movimiento del cuerpo. Las moscas van saliendo por aquellos orificios: manchadas, asociadas con el fluido de los huevos, con la espesa mucosidad de la nariz. Se posan sobre el cuerpo. Revisten al hombre con una nueva piel. Intentan hablarle al oído. Se meten en los pabellones espiralados. Ingresan al cuerpo. Se apoyan en las pupilas y en la blanca superficie de los ojos. Ingresan por el lagrimal y se instalan, agradablemente. Hunden sus jóvenes cuerpos en la profunda cavidad de la boca. Se posan en la lengua y tras ella, encuentran resguardo en la campanilla. Allí se hamacan un buen rato y descienden, vertiginosas, por el aparato respiratorio hacia lo más profundo del pecho. Otras, entre las ropas, encuentran la piel del hombre y algunos orificios por los cuales ingresan. Se mezclan, felices, con el torrente sanguíneo, llegan a las vísceras, algunas, marcando una nueva tendencia, salen por algún nuevo o idéntico pasadizo. Del interior del cuerpo al aire libre y de allí nuevamente al cuerpo. Así lo hacen. Y no se cansan de entrar y salir, ya que mientras algunas ingresan otras recién deciden optar por la salida. Un apacible circuito. Un camino. Mientras tanto, o durante este proceso, el hombre ha dejado de convulsionarse. Vemos ahora su cuerpo abandonado en la superficie terrosa del piso, sus miembros laxos, su rostro calmo, detenido en un único gesto casi indescriptible, por la sencilla razón que se encuentra invadido por los pequeños seres y esto nos imposibilita la visión clara del mismo. Podemos inferir que descansa, ya que ha dejado de moverse. O que se ha acostumbrado a sus nuevas compañías. O que, finalmente, ha comprendido la dicha que encierra el compartir. Allí está: más completo que antes, feliz ante el inmenso aumento del núcleo familiar. |
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