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Desde
pequeño me gustó escribir. Lo hacía en los cuadernos de comunicaciones de la
escuela primaria, lo cual no agradaba a mis maestras; en las pancartas que armábamos
en el colegio secundario, lo cual no agradaba a las autoridades y en los
guardapolvos que usaba mientras estudiaba medicina en la facultad, lo cual,
definitivamente, no agradaba ni a mis padres ni a Hipócrates, cuyo juramento
jamás pude pronunciar porque largué los estudios en cuarto año. Después
tomé carrera en Filosofía y Letras y descubrí que haberme recibido no
significaba haber aprendido a escribir, sino ser buen profesor, lo cual,
indudablemente, no era lo mismo. Con el título de licenciado debajo del brazo,
salí al mundo. Buena
bofetada me pegó el mundo. Seguía
plasmando lo que las musas me dictaban pero me había vuelto… cómo decirlo…
más pretencioso: quería vivir de eso. Me dije con mi sonrisa: “tú puedes
lograrlo”. Segunda
bofetada. El american way of life funcionaba de maravillas en las películas
de Hollywood pero la realidad era muy otra. Muy
bien, pensé, si no es con la literatura, subvertiré el orden. Rodearé y
rondaré lo literario. Me convertiré en un “paraliterato”, en un cultivador
clandestino del arte de escribir. Aplicaré lo literario a cada cosa que haga,
escribiré lo que sea y como sea. Entonces
me inicié en el arduo camino publicitario. Llegué a ser director creativo y
director general de agencias y campañas varias, incluyendo las políticas como
las realizadas en Perú para el gobierno de Alan García. Parafraseando
al ilustre catalán, harto ya de estar harto, cambié de orientación y me
dediqué a coordinar talleres y dictar seminarios: literatura fantástica,
ciencia-ficción, humorismo gráfico e historia del rock nacional (sí, también
me gusta el rock, pero soy pésimo cantante, así que seguí escribiendo.) Estos
últimos seminarios a los que concurrían más de cien chicos por charla
anduvieron muy bien. Los dictaba junto a la periodista Gloria Guerrero en la
Universidad de Belgrano con muy buenos resultados y en los centros culturales de
los barrios contratado por la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de la
Ciudad de Buenos Aires. Entro
a trabajar como Jefe de Prensa en Polygram Discos, continuando con mi cruzada
paraliteraria, lo que provocó gacetillas del siguiente tenor: “El arte
expresionista y arrojado de la Mona Jiménez, combina elementos
barroco-tropicales con ciertas influencias del cuartetazo parnasista…” Luego
de cinco años de jefe de prensa y televisión en la multinacional, me
contrataron como gerente de marketing en una empresa independiente, Barca
Discos, concluyendo mi carrera musical como director general de DG discos, la
compañía discográfica de Rock & Pop de donde renuncié luego de dos
escarpados años, mientras practicaba, simultáneamente, el arte de la
escritura, sobre todo en guiones de Tv y en cine. Produje
unos cuantos programas de televisión y un día, sin saber exactamente cómo, me
encontré viviendo de lo que escribía. Para
mi padre pasé de ser “ese atorrante que abandonó medicina” a “mi hijo el
prestigioso dramaturgo”, aunque la crítica opine a veces de otra manera, pero
los padres de uno son los padres de uno. Ya
hace ocho años que pude desterrar definitivamente la palabra “para” de lo
“literario”. Hace
casi diez que sólo vivo de lo que escribo.
Y
eso me sabe a gloria.
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