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DESCONCIERTO  

Monólogo de Diana Raznovich

En la escena vacía un piano. Después de una pausa, una mujer vestida de largo con un traje rojo muy entallado y enmarcado en joyas, saluda al público y se dispone a tocar. Arremete con furiosa vehemencia. El piano no suena. El silencio embarga la sala. Es el silencio del no sonido. El inesperado silencio de un piano vehementemente pulsado por ella. Silencio que, por unos instantes, parece querer derrotar o disimular o encubrir con su vehemente ejecución. Como si ella y el público, aún sabiendo que Beethoven no suena, fueran capaces de construir “ese otro concierto” misteriosamente pactado, inexistente. Después de la pausa creada por la pianista tocando en silencio, ella se levanta inesperadamente del teclado y, visiblemente disgustada, se dirige al público.

PIANISTA: Señoras y señores: un nuevo episodio de sabotaje en la larga fila de episodios de sabotaje que me asedian desde que ustedes y yo intentamos de alguna manera dar este concierto. Ustedes siguiéndome fielmente y yo tocando para ustedes a pesar de todo. ¡No, de todo no! A pesar de un empresario que se ensaña en demostrarnos que este concierto...¡ningún concierto mío es ya posible! (Vuelve al piano y nuevamente el piano no suena. Vuelve al público) El mundo de mis admiradores- yo lo sé fatalmente- está muy dividido. A todos, a los de antes y a los de hoy quiero agradecerles su apoyo. Sin ese apoyo no sabría vivir. Sin ese apoyo Irene della Porta no sabría quién es. Los de ayer porque me piden que vuelva a tocar. Los de hoy porque me piden que siga dando estos conciertos silenciosos que tanto éxito han tenido. Unos y otros tienen razón. Unos y otros, con su conmovedora presencia, han hecho de mí lo que soy. Pero ¿quién soy? ¿Eh? ¿Mi empresario sabe quién soy?¿Yo misma sé quién soy?¿Soy yo o es otra la que no toca? Y la que toca ¿dónde quedó? (Se ríe) “Menos preguntas”- me dice mi empresario. “El éxito nos corona, el público aplaude, la sala se llena y tu personalidad irradia un magnetismo desbordante que no necesita ningún sonido para brillar”. Tal vez tenga razón. Tal vez todos tengamos razón. Tal vez ustedes, al asistir a este acto humillante, sientan que la verdad los asiste. (Pausa. Vuelve al piano. Intenta nuevamente concentrarse y tocar pero el piano no suena) ¡Ah! ¿Cuándo sonará ese piano? ¡cuándo caerán las notas como agua bendita desde mis dedos hasta el centro del mundo? ¿Cuándo volveré a tocar? ¿Cuándo me dejarán otra vez libre de este compromiso de llenarles la curiosidad con inútiles relatos sobre mi vida? ¿Qué más quieren saber? ¿Qué esperan que les revele? ¿Por qué asisten  a todas las funciones colmando esta sala y esperando que yo confiese todo? ¿Pero qué tengo que confesar? ¿Qué tengo que decirles de mí que los periódicos no hayan dicho? Pero si ustedes lo saben todo, pero si ustedes han seguido hasta los últimos desesperados detalles mi pacto con la mediocridad. (Pausa. Vuelve al piano. Repentinamente se levanta) ¡Y bien! He pactado. La mediocridad me ofrecía su cálida protección. Años interminables de confort por aceptar ser Irene della Porta tocando silencio. “Pianistas que tocan como vos hay muchas- me decía el empresario-. Pero Irene della Porta no tocando va a haber una sola” (Pausa) En todas las vidas hay un instante que marca la diferencia, un instante secreto que destruye todo lo transitado, todas las verdades propias. Un instante en que se acepta perder creyendo que se va a ganar.¿Cuál era mi ceguera? ¿Quién me cegó? ¿Estaba realmente ciega? ¿Cuándo comencé a aceptar? ¿Mucho antes de decir que sí yo todavía me sigo negando? (Pausa. Se ríe) ¿Qué importancia tienen las razones cuando estoy atada ante ustedes y ustedes lo festejan con su concurrencia? Esto es un éxito. Irene della Porta gana mucho dinero con todo esto. Mi empresario festeja el triunfo noche tras noche. Ustedes, la misma historia, los mismos hábitos, los mismos rasgos reproducidos en el espejo: ustedes vienen entonces corriendo al teatro y pagan para que yo arranque de esa oscuridad inobjetable esta maravillosa escala inexistente, inexistente: re do sol fa la mi re si do: y todo cae de un marasmo espejado,  y esta parcela fantástica del universo orada en nuestros oídos memorias de caricias interminables, largas lenguas oceánicas, perfiles de otras vidas que no nos pertenecen , amores desconocidos a los que nunca rozaremos ni siquiera la mano, grandes pasiones que todos llevamos guardadas dentro para entregarle a alguien que nos ignora lejos, alguien que también nos busca: do re sol mi la fa do sisisi faremidosol. El destino, esa pompa inútil de agua bendita, esa ficción es sólo un pacto idiota con un Dios que emerge en este momento en un misoldorefa mi redododo que aunque no exista es interminable. (Se levanta conmovida. Abre místicamente los dedos) ¿Qué quieren de mí? (Se abre repentinamente el vestido y comienza a desnudarse) ¿Quieren desentrañar verdades ocultas? ¿Quieren verme sin más disfraces? (Se quita la ropa hasta quedar en ropa interior) ¿Saben más de esta Irene della Porta antes que ahora? Ahora que me ven así, despojada hasta de mi aliento, ¿saben más de mí que antes? ¿Qué es una persona? ¿Quién soy yo? ¿Qué es el éxito? ¿Mi desnudo trae éxito? ¿Qué es una mujer desnuda? ¿Un esqueleto al aire, con su frágil membrana vital? ¿Qué es un piano si no suena? (Vuelve así desnuda al piano que no suena y lo toca ardientemente) Ustedes me consagran esta noche. Llueven rosas sobre mi cabeza. En mi camarín me aguarda una botella de champagne helado. El aire atravesado de murmullos dice mi nombre. (Al público)  ¿Son ustedes los mismos que venían a verme a mis conciertos? ¿O son otros? (A un espectador) Usted señor. Usted que me seguía en todos mis conciertos. Usted que ahora también me sigue. Usted que tiene esa mirada profunda y secreta. Usted que antes me mandaba rosas y que ahora también me manda rosas ¿por qué viene? ¿Le causa gracia mi derrota? ¿este show armado para reemplazar mis conciertos? Y comentan, “qué pena, una pianista de su categoría”. “Con lo bien que tocaba”. Comentan mientras comen y yo los veo comentar y reírse y los veo comprar entradas y colmar estas salas y y asisto a mi suicidio, que también es un crimen. Ustedes me están matando. Ustedes ya me mataron. Soy un cadáver que deambula por una escena muerta representando cada vez, siempre lo mismo, su propia muerte, su momificación y su derrota. (Se ríe) Voy a volver al piano. Voy a abrirlo y voy a extraer un revólver (Se ríe y cumple con lo que dijo antes) Ustedes ya conocen esta parte del show. ¿Es la que más les atrae? Yo hablo de mi momificación y mi derrota y extraigo el revólver y los apunto. (Apunta a un espectador) Todos saben que este revólver está cargado pero no tienen miedo. Ya me han visto apuntarlos sin consecuencias. (Se ríe) También han esperado que yo enfilara hacia mi propia cabeza la puntería (Lo hace) y han visto cómo a pesar del suspenso (crea suspenso) termino bajando el arma y guardándola. Tampoco esta noche me verán caer, tampoco esta noche llorarán por mí cubriendo de flores el cuerpo inerte de que alguna vez fuera Irene della Porta (Se ríe. Guarda el arma. Se sienta nuevamente al piano. Silencio ejecutorio. Adopta un tono confesional, alucinante) Feliz, me siento feliz de no poder darles este concierto. Feliz de ejecutar esta no sonata de Beethoven para ustedes. Gracias por estar aquí esta noche. Gracias a ustedes he comprendido algo sobre el arte. El arte no está en los sonidos. La música no está en los acordes. Ahora ustedes deberían dejar que una corriente de aguas estremecedoras les cavara en el pecho oquedades secretas, que algo distraídamente, un bemol o tal vez este frío, los levantara del confín de ese estar alojados allí en las butacas y los arrastrara hacia este fa sostenido que resplandece como una piedra preciosa invocando lo mejor de nosotros: algo que no es un acorde en re mayor, los hace olvidar que están allí sentados en el silencio de esta sala, pidiéndome que los despegue de ese fragmento patético de la realidad que consiste en ser el mismo todos los días, despertarse y tener la misma madre. ¿Por qué vienen todos? (Se viste) Mi contrato termina pronto. Y yo voy a volver a tocar. Yo tengo que volver a ser Irene Della Porta.¿Vendrán?¿Vendrán conmigo o me dejarán sola tocando la Patética de Beethoven en una enorme sala vacía? (Se emociona) Esto tiene que terminar...Estas han sido unas hermosas vacaciones en una isla desierta. Este ha sido un paréntesis gracioso. Un viento blanco que arrasó conmigo. Una tormenta que me arrancó de cuajo de mi taburete. Y ahora ¿dónde estoy parada? Estoy en la cúspide del éxito. La sala está colmada. Hemos ganado mucho dinero. ¡Qué bello desierto!...a veces dan ganas de quedarse, de no volver. A veces dan ganas de que el tiempo confortablemente pase. A veces dan ganas de que el tiempo confortablemente pase. A veces dan ganas de quedarse aquí dentro, con ustedes (llora desconsoladamente) Alguna vez, frente a un espejo opaco, mi propio rostro desdibujado por el tiempo me preguntará ¿por qué? Me preguntará ¿cómo? Y yo le daré explicaciones inútiles sobre las tentaciones originales, explicaciones sobre la jugosa manzana de la felicidad (Se ríe) Qué fácil es dar explicaciones  a un espejo. (Se ríe) Espejito, espejito ¿Quién es la más hermosa de todas las mujeres? ¿Y la más talentosa? ¿Y la más inteligente? ¿Y la más atractiva?  (Se ríe)  Espejito, espejito ¿Cuál es la más exitosa de todas las mujeres? (Se ríe. Vuelve alegremente al piano y toca en silencio. Como si fuera una fiesta su propio tocar se ríe alegremente y toca) Tienen razón, yo también vendría, yo también pagaría por ver el espectáculo que ofrezco cada noche. Colmaría esta sala todas las noches y gritaría “bravo”. Y al terminar tiraría rosas que cayeran al azar sobre esta fiesta (Saca un ramo de rosas y lo tira sobre la platea) Rosas, rosas para festejar el éxito de la insólita función que aquí se ofrece. Rosas cayendo sobre un mar de aplausos, rosas soñando con otras rosas en un inmenso prado abierto a la luz de la memoria. Rosas para no olvidar, rosas para aspirar la noche que encierra cada pétalo (Termina de repartir las rosas. Explota totalmente poseída por un sentimiento muy profundo) Ay, ahora mismo ¡cómo me gustaría tocar la Patética! Ludwig Van Beethoven, ¡cómo me gustaría encontrarme con los tormentos de tu generosa alma!¡Cómo me gustaría alimentarme de tu fértil y generosa vertiente, hundirme en esas aguas que conservo todavía adentro mío!...Basta mirar hacia adentro y verte, Beethoven, haciendo sonar tu Patética constantemente en mí, muero y resucito cada día dentro de tus aguas, Beethoven, amigo mío, me paseo secretamente de tu mano sintiendo tu corazón en mano como una piedra preciosa. ¡Ay, si yo pudiera tocar!¡Si yo pudiera sacarte de adentro mío para que dejes de ser este paisaje ahogado! ¿Soy un alma penando o un cuerpo errante? Ay ¡cómo me gustaría romper estos días circulares y vacíos, y asomarme a lo verdaderamente vivo! (Vuelve al piano con este estado de exaltación. Repentinamente el piano suena. Ella se queda paralizada. No puede creerlo. Toca nuevamente, prueba con distintos sonidos y el piano suena. Mira al público alelada y vuelve a demostrarles que suena) ¿Qué es esto? Nosotros no habíamos quedado en esto (Pausa) Yo no firmé un contrato para esto (Prueba y el piano suena. Pega un alarido) ¡Suena! Ahora resulta que suena (Prueba) Ahora suena...(Se ríe) Señores, ustedes no han pagado para...(Se ríe. Llora y prueba los sonidos del piano) Hace tanto...hace siglos de vida no vivida que no escuchaba estos sonidos...hace un milenio dentro de otros milenios que no sonaba la inocente nota saliendo de mi dedo (Juega y se ríe). Las leyes físicas de la caída quedan destruídas por un hermoso fa...(Se ríe. Se dirige al público) Señoras y señores, esta noche inesperada, ¿existirá en el calendario? ¿Será cierto que yo tengo de nuevo la oportunidad de tocar ante ustedes la sonata Patética de Ludwig Van Beethoven? ¿Serán ustedes mis primeros testigos, mis últimos jueces o mis condenados? (Se ríe. Vuelve al piano) Beethoven, hola Beethoven.

Con profunda emoción arremete. Se ha olvidado completamente todo. Intenta tocar la Patética y sus dedos, oxidados por el tiempo de inactividad, no le responden. Intenta desesperadamente recuperar su posibilidad de tocar como antes, como entonces, pero cuanto más se empecina, más fracasa y de sus dedos salen horrendos sonidos que evocan malamente la sonata, deformados sonidos cuya torpeza hiere los oídos. Golpea las teclas con los puños. Se enardece de furia y de impotencia, golpea su cabeza contra el teclado como intentando arrancar de las entrañas del piano aquella música que tiene dentro. Después el sonido se interrumpe. Hay una larga pausa en la que ella trata de reponerse. Comprueba que el piano ya no suena. Vuelve al público, hace una pequeña y digna reverencia, y, con el mismo patético silencio, vuelve a sentarse en el taburete y toca con dignidad el piano silencioso. Las luces la dejan ahí, tocando nada, mientras disminuyen hasta el apagón final.  

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