Okupas


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Tomar o no tomar

Muchos pedían a gritos un ciclo de ficción en el nuevo Canal 7. Tinelli vio el hueco y decidió hacer algo “con mucha realidad”. Bruno Stagnaro, uno de los directores de Pizza, birra, faso, parecía la persona indicada. Y lo era: en menos de dos meses, Okupas se convirtió en verdadero fenómeno. A continuación, director y protagonistas de la tira se defienden de quienes los acusan de apología del delito, responden a los verdaderos okupas que no se sienten reflejados en la serie y hasta cuentan cómo les piden merca por la calle cada vez que toman en cámara.

POR LAURA ISOLA

Son las tres de la mañana y la farmacia está de turno. De un flete se baja un chico en cueros con algo incrustado al pecho, se acerca a la mirilla y pide una aguja quirúrgica. Mientras tanto, en la cabina del camión uno de sus amigos espera con un puntazo en el costado. El farmacéutico se asusta, no entiende y le trae una jeringa para picarse. Esta escena es una de las tantas que los protagonistas de “Okupas” tuvieron que repetir por motivos similares en otras farmacias, con otros despachantes igualmente sorprendidos. A Bruno Stagnaro, el director, le gusta meterse tanto en la realidad, que a veces la gente se confunde. Filmar, como el voyeurismo, tiene sus inconvenientes, y en la situación protagonizada por Ariel Staltari (Walter en la ficción) se vivencian los límites: “Tuvimos una escena medio áspera en el capítulo que llevamos a El Pollo herido en el flete y lo tenemos que coser. Me bajo, en cueros, a comprar una aguja quirúrgica en una farmacia y tenía el micrófono pegado al pecho porque la toma era de espaldas. Cuando le pido al farmacéutico una aguja, el tipo me vio así, con una cosa pegada, se asustó, pensó que yo era un chabón loco recién escapado de una clínica con el suero colgando, y me trajo una jeringa pensando que era para picarme. Cuando le dijimos que estábamos filmando, fue peor; se puso de la cabeza porque lo habíamos filmado dándole una aguja a un adicto”.
Ahora bien, si se acepta que Pizza, birra, faso de Bruno Stagnaro y Adrián Caetano participa de la tradición que Alan Pauls llamó “de las óperas primas disruptivas”, una genealogía que une Crónica de un niño solo de Leonardo Favio con Los cuatrocientos golpes de Truffaut, sobre todo por esa manera de irrumpir ignorando el imaginario del gusto cinematográfico de la clase media (es decir, el “buen” gusto), es posible extender esta marca de estilo al debut de Stagnaro en la televisión. “Okupas”, la serie producida por Ideas del Sur que se transmite los miércoles a las 23 por Canal 7, está bajo su dirección y su nombre también figura en el guión junto con el de Alberto Muñoz y Esther Feldman. No es ocioso trazar una línea que una la película con la serie, poniendo en evidencia puntos en común, que van desde lo más evidente hasta otros asuntos que no lo son tanto. Por un lado, un director debutante que se rodea de caras desconocidas para los papeles principales (excepto el protagónico de Rodrigo de la Serna, que tampoco es un actor de renombre). En su momento, nadie sabía quiénes eran los actores de Pizza... hasta que algunos pasaron a una cuasifama en actuaciones televisivas, siempre muy ligadas a sus personajes en la película (El Cordobés siguió haciendo de tal en “Campeones”). Hoy, en “Okupas”, los personajes de Ricardo (Rodrigo de la Serna), El Pollo (Diego Alonso), Walter (Ariel Staltari) y El Chiqui (Franco Tirri) arrancan con ventaja porque la tele es la tele y pasan de un amateurismo total, en cuanto a actuación, a ser actores reconocibles (aunque de la manera particular que, como se verá luego, tiene Stagnaro de hacer saltar a la “fama” a los debutantes). Las caras desconocidas son solidarias con cierto modo de filmar: en la calle, con sonido ambiente, mezclándose rabiosamente con lo que pasa y con los que pasan. Caras ignotas en el medio televisivo pero altamente reconocibles en los lugares que transitan y por los lugareños que los miran. Como uno más, como un nexo entre la realidad y la ficción que se desliza, aparentemente, sin problemas.


Franco Tirri, Rodrigo de la Serna, Diego Alonso

HACERSE LA PELICULA “Okupas” es la historia de un chico de clase media y tres eventuales amigos de otra clase. Baja, se puede decir. Marginal, tal vez. El punto de unión es una casa desocupada y la tentación irresistible del personaje de Ricardo por vivir experiencias nuevas, ajenas a su mundo. Por eso, “Okupas” es por lo menos dos cosas al mismo tiempo: la historia de iniciación de Ricardo, para lo cual “el descenso” a un ambiente lumpen y malandra es necesario; y, otra vez, como en Pizza..., una historia de amigos, de lealtades y de amor.
Los once capítulos que se verán hasta fines de diciembre están pensados como unitarios que comulgan con una misma trama. Historias que se recortan sobre el telón de fondo de la ciudad, que no es otra que Buenos Aires, particularmente el barrio de Congreso. Sin embargo, la ciudad de todos los días y de todas las noches es un anclaje leve, si de reconocer lugares se trata. La urbe participa, entonces, junto a las historias que se cuentan, como un reaseguro del verosímil realista, al que Stagnaro está jugado a introducir en la televisión. Y éste es el punto más alto de la serie: los modos de construcción de lo real. No basta con meter nuevos temas, tampoco es suficiente contar nuevas historias o poner en primer plano una estética de la postergación y la marginalidad. Lo importante es el lenguaje (técnico y discursivo) que se elija para hacerlo, con guiones que reconstruyan un habla de la calle y distingan procedencia y tópicos de los personajes, sabiendo conjurar el estigma de los guiones inverosímiles. Con la elección de itinerarios atinados cuando se trata de robar, de comprar droga, de visitar a los parientes clasemedieros. Con un director que no imagine historias falsas al caer en esas dos tentaciones que advertía Borges al referirse a la construcción de las gentes de las orillas: “La una: el malevo no es tal malevo, sino un pobre hombre nobilísimo de cuyas fechorías es culpable la sociedad. La otra: magnificar las atracciones diabólicas de su historia y demorarse con algún deleite en lo atroz”. Con una cámara aviesa que siga de cerca y corra los mismos riesgos que la imagen que está grabando. Por fin, que la ilusión de realidad esconda de la mejor manera al artificio montado para lograrla.
A esto se le suma lo que se encuentra siempre, en el otro lado de la construcción de cualquier estética: la recepción. En el caso del realismo, como en ninguna otra, pareciera ser que tiene la obligación de convencer a todos. Sin embargo, puesto a narrar ciertas zonas de lo social se pueden citar algunos casos en los cuales el discurso marginal estuvo apreciado por un público ajeno a ese mundo. Las tumbas de Enrique Medina, Kids de Larry Clark (prohibida para menores, calificación que prohibía a sus propios protagonistas, chicos de 11 o 12 años, ir al cine a ver su trabajo) o Las noches salvajes de Cyril Collard (que arrasaba en Cannes cuando el mismo Collard ya había muerto a causa del sida), por mencionar ejemplos al azar de diversa índole, no tuvieron mayoritariamente en su público a “los iguales” de los personajes ficcionales. Seguramente, se dirá, que los mecanismos de circulación del cine y la literatura son otros y para otros. Pero, nuevamente puede ser que las recomendaciones borgeanas hayan sido eficaces y, como en el cuento “El evangelio según Mateo”, los Cutres, familia hospitalaria que alberga al pasajero, se entusiasman menos con la lectura de Don Segundo Sombra, por ser tediosamente similar a sus vidas, que con la narración de la crucifixión de Cristo, al punto de hacer lo mismo con el visitante.
En el caso de “Okupas”, al estar al aire en un medio tan masivo como es la televisión, ayuda mucho para que el público se amplíe. Estar en Canal 7 colabora poco con las mediciones de rating, pero parece ser que es un espacio en el cual se puede dar “otra televisión”: no tan dependiente de los números y que, dentro de otro género, alberga el caso “Todo x 2$” (coincidentemente, de la misma productora: la de Marcelo Tinelli). Sin embargo, el punto central es que la franja se extiende y el programa convence. Eso sí, a cada quien a su modo.


Ariel Staltari

VERDADERO O FALSO Imaginar que Bruno Stagnaro se sorprendió con el llamado de Tinelli para proponerle hacer algo en televisión, después de haber visto Pizza, birra, faso, pertenece, una vez más, al orden de la ficción: “No fue una sorpresa porque yo había tenido unas reuniones con ClaudioVillarruel. Mi primer contacto con Ideas del Sur fue cuando necesitábamos plata para terminar Pizza... y mandamos faxes a todos lados pidiendo guita”, explica Stagnaro, y agrega que Tinelli quería hacer algo que tuviera mucha “realidad”. Menos interesado en la temática de los ocupantes ilegales que en contar una historia del barrio de Congreso, que define como “barrio de laburantes de día y medio sórdido de noche”, no participa de la idea de que su programa quiera mostrar lo feo por sí mismo y considera que el tema de la marginalidad es totalmente secundario: “Sería hipócrita de mi parte decir que estamos haciendo esto para concientizar a alguien. Me interesa que la historia de los cuatro pibes sea creíble. Y para eso trabajo con las distintas capas de la acción, que pasen muchas cosas al mismo tiempo y que no sea algo chato. Evito caer en posturas falsas e impostaciones que responden más a una necesidad de trama y hacen perder el verosímil. Si tengo que mostrar cosas que no son tan lindas, es otro tema”.
Para quienes eso sí fue un tema, fue para los que viven en casas tomadas y se resintieron con la marginalidad de la tira. En una nota publicada el domingo pasado en Página/12, aunque aceptan que es ficción, se quejan por la imagen de los que viven en las casas ocupadas que deja el programa en la gente. Puesto que, indignados con la generalización, oponen su versión particular del asunto. Quizá mucho más atentos al poder de difusión que tiene la televisión que a la historia en sí, también llegaron los reclamos por parte de propietarios e inquilinos de Quilmes y de Dock Sud, con el mismo argumento o uno similar: “¡Cómo nos hacen quedar!”.
Porque si de historia se trata, es verdad que el tema de las casas tomadas no está bien contado en “Okupas”. Mejor dicho: no está ni siquiera contado. Es una mirada sesgada, un pretexto que no contempla la totalidad, ni otras parcialidades. De la misma manera que no atiende a los muchos honestos que viven en casas ocupadas por una cuestión de supervivencia, tampoco tiene en cuenta el fenómeno ideológico y artístico, que se da en algunos lugares de Buenos Aires, inspirado en las experiencias de Alemania, Amsterdam y Milán. En todo caso, sería como señalar que el cine inglés no abarca la heterogeneidad de los squatts londinenses, donde conviven familias, desempleados, extranjeros, estudiantes y una lista larga de variantes. Prefieren, en cambio, okupas que sean, en su mayoría, drogones y marginales. Que también están.
A la ira de los ocupantes ilegales de verdad se le sumó el grito en el cielo de los oportunistas de la moral, quienes levantaron el dedo en algún medio y acusaron al programa de apología del delito. “Yo creo que el tema de la apología no tiene nada que ver”, dice uno de los protagonistas. “Nosotros mostramos lo que es drogarse y también las consecuencias. No es que salimos todos de fiesta y la pasamos bomba. Mostramos la realidad. No es apología de la droga”. Otro remarca: “Creo que en el programa se mostraron cosas fuertes. Hay gente que no puede ver ciertas cosas porque se angustia. Pero son cosas que pasan todos los días, todo el tiempo”. Para concluir: “A mí me parece bárbaro que se plantee este tipo de temas. Lo que no entiendo es por qué se tuvo que esperar a ‘Okupas’. Lo podrían haber discutido mucho antes”.

MAS REAL QUE LO REAL En el caso del programa es indiscutible que la ficción tomó cuerpo de tal manera que superó a “esa realidad” que se estaba buscando. Así es que ciertos sectores, que parecen verse reflejados en las andanzas de estos ocupantes, no son tan fáciles de convencer de que todo lo que se asemeja a la realidad es pura ficción: “Una vez, después del capítulo tres, que tiene una escena en la que vamos a comprar cocaína a Quilmes y tomamos, fui a bailar y se me acercaron un par de flacos pidiéndome merca. Se puso pesado: me decían que le diera, que no me haga el boludo. Otros me decían que nos habían cagado y que por qué íbamos aQuilmes, si por esa zona había buena y barata. Otro me pidió que le haga el rolinga, ese bailecito que hice en la ficción y que es típico de los fanáticos de los Rolling Stones. Me volvió loco toda la noche”, recuerda con cierta sorpresa Ariel Staltari, que hace de Walter en la serie. En su verdadera piel, este fanático de Boca fue a festejar el campeonato al Obelisco: “Yo venía de verlo en el Hilton y uno me reconoció y me dijo: “Aguante ‘Okupas’ que muestra la verdad, vamo’ a matar a los putos de ‘Verano del 98’”. Después se puso un poco pesado el ambiente y me fui”. Tirri ha pasado las suyas también: “El otro día en la Feria de Mataderos me agarró un tipo, me empezó a hablar de El Chiqui y me estaba apretando para sacarme plata. Me decía que tenía un montón de historias, que había salido de la cárcel. Mientras yo pensaba Tendrás un montón de historias, pero tenerte a vos en un set es un bardo. Pasa mucho con algunos pibes que confunden la ficción con la realidad”.
También Diego Alonso tiene la suya y no puede ocultar la alegría cuando empezó a notar que su personaje se había instalado en la gente: “Me preguntan cómo es El Pollo, porque el pibe es muy calladito, muy de mirar. Es el que está más curtido. Además, “Pollos” hay en todos los barrios. Creo que el personaje está bien elaborado. No sólo por parte mía, sino desde el guión”. Algunos están tan compenetrados con la historia que Alonso ha recibido unas sugestivas sugerencias. Después del capítulo “El mascapito” (una broma popular en ambientes pesados que juega con el doble sentido de la expresión: la fama de ser el más capo y el oprobio de obscenidad), en el que el negro Pablo y sus secuaces quieren violar a Ricardo, lo pararon y le dijeron: Al negro ese lo tenés que matar. “Mirá, cómo es la gente de mala”, dice Alonso. Por su parte, mascapito ya se escucha en muchos ambientes y es uno de los saludos que reciben los actores, sobre todo Rodrigo de la Serna.

FAMA Cuando Rodrigo de la Serna, actor experimentado en el metier televisivo, les dijo a sus compañeros: “Esperen un capítulo más y nos saludan a todos”, tal vez no le hayan prestado suficiente atención. Sin embargo, algo pasó: “Nos filmaban con cámaras desde una camioneta y al principio lo paraban a Rodrigo, lo saludaban y teníamos que parar la filmación. A partir del capítulo 3 o 4 nos empezaron a parar a todos y estábamos en el medio de un diálogo cuando se metía uno, nos agarraba y nos cagaba toda la escena”, cuenta Franco Tirri, que en la serie hace de El Chiqui.
La profecía de De la Serna se había cumplido implacablemente: todos coinciden en que en general son felicitaciones y se la pasan diciendo gracias todo el tiempo. Y el asunto es verificable. Siguiéndolos en un raíd de filmación de tres días, entre apuros, celulares que suenan para saber por dónde anda tal y cual y con un plan de filmación cambiante como el tiempo, los actores reciben palmadas de señores de traje, consejos de mujeres preocupadas (como las amigas de la mamá de Rodrigo de la Serna, a la que llamaron luego del capítulo en el que personaje casi es violado para preguntar cómo estaba), sonrisas de niños que preguntan si el programa es “el del Pollo” y mucho, pero mucho, del que parece ser su “verdadero público”. Según Tirri: “La gente pone mucho el acento en la marginalidad y el lumpenaje, pero si te fijás bien en nosotros cuatro no es así. En el capítulo que aparece Clara (el personaje que interpreta Ana Celentano, la prima de Ricardo y dueña de la casa) estaba todo ordenado, yo estaba cocinando y El Pollo hacía una instalación de luz, todas características que no son demasiado marginales, ¿no? Además, El Pollo se quiere recuperar de esa historia de droga y choreo. Si te fijás, siempre está haciendo algo para ver si sale de una buena vez. Pero la gente se fija en que se fumó un porro o si anda calzado”.

¿SON O SE HACEN? Es tentador preguntarse si los actores componen un papel o son así en la vida real. En este último caso, seguir indagando sobre la eficacia de la ficción. El trabajo con actores no profesionales es, como se dijo, un sello marca Stagnaro y las formas por las que se hacen conocidos los debutantes son bastante heterodoxas y tensan al límite la delgada frontera entre la ficción y la realidad que el director propone. Es cierto que reclutar “soldados rasos” es cómodo para el tipo de filmación que realiza. Y también que le gusta elegir sus propias caras para componer los personajes: “Si un actor es bueno, también puede hacer cualquier papel y parecer creíble. Por otro lado, las caras nuevas refuerzan la idea de que este trabajo es como una hoja en blanco que se va llenando”, comenta Bruno Stagnaro, que no gusta de pontificar sobre nada y que está aprendiendo, a fuerza de retrasos y corridas, que los tiempos del cine no son los de la televisión. Pero que repetir muchas veces una escena es una manera de acercarse a lo que está buscando: “Yo sé que no es muy televisivo eso de repetir, pero a veces sufro porque estoy filmando y esperando que algo aparezca en el cuadro, pero que no sé muy bien qué es”. Sobre el que no hay dudas en términos actorales y que mejor resiste el método Stagnaro es el Perro: “Severino es el mejor actor. Si tiene que repetir la toma veinte veces, las veinte las hace bien”, se encargan de aclarar sus compañeros de set. Franco Tirri es la primera vez que trabaja en actuación: “Hice teatro hace diez años atrás con Norman Briski, pero mi relación viene por el lado de Matías Stagnaro, que es el asistente de dirección. Éramos compañeros en la Universidad del Cine”. Para componer el personaje de El Chiqui, tomó algunas cosas suyas y otras no tanto: “Hay algunas cosas que son mías, como el cuelgue. Pero están exageradas adrede. Además, en algunos momentos Bruno me indica el plano, una línea de diálogo y me deja mandar fruta. Pero no tenía ni idea del mundo de los ocupantes ilegales y de tantas cosas. Mi personaje sabe cocinar y yo no tengo ni idea de eso. Ahora aprendí algunas cosas que me enseñó mi viejo. En el capítulo que mi personaje cultiva una plantita de marihuana, no sabía ni cómo se germina esa plantita. El que hizo la botánica es Diego (El Pollo)”. Por su parte, Diego Alonso, además de “horticultor” y heladero, sabe ver la actuación detrás de cámara, estudia dirección y está haciendo un corto: “Mi personaje es toda construcción. No es un personaje muy difícil: es más poner la cara, mirar y decir poco”. Más evidente es el caso de Ariel Staltari, que estudió unos meses con Lito Cruz y éste es su primer trabajo de actuación: “En realidad es todo actuación. De Walter tengo la cara y mi manera de hablar porque mi personaje es un tarado: es un pibe muy rompebolas, muy cancherito, está todo el día agitando y no es mi estilo. En cierta medida es muy desagradecido. No tenía ni brújula, ahora está ahí en la casa y sigue sin agradecer”. Por el contrario, De la Serna, el actor profesional, es el que menos distancia encuentra entre él y su personaje: “Somos de la misma clase social y tenemos las mismas dudas. Por suerte tengo una vocación y trabajo de eso, si no estaría tan perdido como Ricardo”.
Es todo noche en Buenos Aires. La segunda etapa de un día larguísimo de filmación está por empezar, una vez que se termine la hora de la comida que se improvisa en una de las veredas de Plaza Houssay y que Bruno Stagnaro aprovecha para conversar con la prensa. Está cansado. Es nuevo para él esto de tener que dar reportajes: “Veo mi futuro más en el cine que en la televisión. Me parece marketinero hablar de nuevo cine argentino, todos estamos empezando y yo, por ejemplo, todavía no tengo trabajo realizado para decir ésta es mi mirada, éste es mi cine. Me da cagazo ver cómo termina ‘Okupas’ porque se me van agotando los tiempos y no puedo escribir los guiones que quiero. En cine tenés más tiempo para llegar al punto de convencimiento con la historia y los personajes. Aunque forma parte de las reglas del juego y estoy aprendiendo a ser másefectivo”. Interrumpe la conversación un grupo de mujeres que preguntan: “¿Qué es?, ¿Qué están haciendo?”. Stagnaro responde: “‘Okupas’ para Canal 7”. “¿Podemos actuar? Queremos salir en la tele”, se entusiasman las mujeres. Señalando hacia ninguna parte, Bruno responde: “Hablen con el director, está por allá”.

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