Presentación, por D. Roberto A Talice.
Edgardo F. La Torre
asoma y adviene a la poesía argentina sin alharacas, sin anuncios
aparatosos, eludiendo toda estridencia, despojado de todo afán
tremendista, recogido en una modesta actitud aunque con acendrado
fervor lìrico. Y en la promisoria legión de poetas incipientes hace
oír su voz en una selección parcializada de sus poemas que son
testimonios de una emotiva subjetividad y de un ejercicio formal de
una espontánea expresividad.-
En la lírica
aventura emprendida, Edgardo F. La Torre ha querido que pergeñase
unas apreciaciones previas, a manera de introito confiado en que mi
bien alertada predisposición para estimular la noble tarea literaria
de los “nuevos”,no iba a dejar pasar de largo el requerimiento de un
poeta. Y no se equivoco en su confianza. Como también he estado
lejos de incurrir en error al acceder a lo solicitado y enfrascarme
en la consideración de su poemario, de alternante y variada temática
y de autenticas raíces humanas. Podría decirse que sus poemas son
autoradiografias líricas, cómo alguien califico, exteriorización de
una gama de sentimientos en los que no falta la nota de ternura, la
motivación evocativa, la vivencia aflorada, el amor a cosas y a
seres, la observación dolorosa, la angustia desoladora, el patético
aprendizaje de vivir y de soñar. Oportuno es poner ‘énfasis en esa
ultima facultad del poeta: la de soñar. Cabe aquí transcribir los
conceptos de un comentario analítico de Pablo Rojas Paz, acerca de
un libro de poemas de Arturo Cambours Ocampo”porque soñar es pensar,
es angustiarse, es asistir al milagro cotidiano, es resucitar, es
saber, es ignorar y es tener a la nada como base y comienzo de toda
nuestra sabiduría; porque todo eso en conjunto es vivir; porque nada
de eso por separado es vivir”.
Hay pues que
penetrar en el mundo anímico de Edgardo F. La Torre para captar la
ensoñación interior que es una constante del poeta, no obstante el
realismo unas veces, el romanticismo otras con que se brinda en su
amor al canto, acuciado por una intuitiva inspiración. Sus recuerdos
vivénciales son, por momentos, confesionales, pero siempre
confidenciales y logra revivirlos sin necesidad de recurrir a
extensiones líricas que sobrepasen a una natural brevedad.
Contrariando normas y pautas retóricas y en franca rebeldía contra
los que todavía creen que “el verdadero poema debe ser extenso,
quizá, sin saberlo ha emulado el ejemplo de Leopardi, innovador
lírico en su época, que en el auge del clasicismo supo valientemente
imponer el poema breve por entender que ‘‘el estro poético tiene la
duración de un ímpetu”.Y de la impetuosidad inspiradora de Edgardo
F. La Torre brotan temas enternecidos y enternecedores los mas, que
revelan su sentimentalidad permanente. Sus vigilias de poeta han
florecido en una enaltecida tarea de forjar versos en los que
invariablemente intenta decir algo que yace en el fondo, mas allá de
la caprichosa métrica. Si Edgardo F. La Torre ha elegido el
apostolado de la poesía como destino, tan doliente y sensitivo como
es en muchas de sus alusiones líricas, si ha de perseverar en el
mágico mundo de los predestinados, se me antoja que no es osadía o
atrevimiento recordarle lo que Lizardo Zia puntualizo en un juicio
enviado al “poeta de la Patria y el Amor”: “pero hay que ceñirse el
cilicio y hay que sentir las carnes rasgadas por las zarzas y seguir
consumiéndose en la propia hoguera.
ROBERTO A. TALICE.-