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Eduardo Pavlovsky
escribió, y ahora protagoniza La muerte de Marguerite Duras. Con la
dirección de Daniel Veronese, juntos por primera vez, generan una
elegante, desolada y acertada propuesta. Nuestra opinión:
Bueno.
Buena pareja
teatral
¿Quién es Marguerite Duras? En este caso, es simplemente una
mosca, que recibe tremendo nombre, sólo para no morir anónima. Se podría
inferir que Daniel Veronese –el director de la puesta- tiene muy poco que
ver con Eduardo Pavlovsky, el autor y protagonista del unipersonal. Porque
además de pertenecer a dos generaciones distintas, sobre todo con respecto
a las temáticas que tratan, se supone que eligen, incluso, recursos
estéticos sumamente diferentes. Pero en verdad no es tan así. Cualquiera
que se ponga a analizar los trabajos de ambos artistas podrá encontrar
muchos puntos de contacto. Por un lado, uno de los fundadores del moderno
El Periférico de Objetos, y por el otro, el contestatario, avanzada
de los 70, autor de Rojos, globos rojos. Y aunque parezca
increíble, logran una continuidad de ambas líneas, en una puesta que
guarda la perfecta coherencia necesaria para un correcto fluir entre dos
épocas tan diferentes.
La muerte de Marguerite Duras es el
perfecto encuentro de dos generaciones, en donde predomina la poética de
Pavlovsky, enriquecida como nunca, con la estética de Veronese: un sillón
negro y una pared sucia, percudida, tristemente gris, iluminada por un
cruel tubo fluorescente, le dan marco al descarnado monólogo, que –como
siempre en la obra de Tato- termina hablando de la muerte, la vida, el
devenir. La enorme estatura del actor, ayuda a hacer más impactante aún lo
desvalido de su personaje, que se niega a morir, aferrándose de alguna
manera a su patética existencia.
De una forma algo irregular, el
texto va hilando los recuerdos de un hombre vencido que reflexiona sobre
su pasado. Su triste oyente, es una insignificante mosca que agoniza
frente a él. Los baches que se presentan entre sus testimonios, se
completan con la enorme carga de angustia y frustración que le propone el
presente. Como autor, Pavlovsky vuelve a usar el recurso de escribir
haciendo analogías con su vida: trae a escena, entre otras cosas, su amor
por el boxeo, que le sirve para construir la inquietante ambigüedad moral
del personaje.
Relajado, y evidentemente confiado en la dirección,
se nota que el autor de Paso de dos disfruta enormemente el momento
en el que realiza su trabajo. Así, fluyen naturalmente esas miles de
personalidades, que como salidas de una galera imaginaria, usan el cuerpo
del dramaturgo y psicoanalista para encontrarse con el público. Una suerte
de inquietud recorre a los presentes en la sala, porque cada uno de los
espectadores pudo encontrar que tenía algo que ver con el que estaba en el
escenario.
Quizás desentona un poco con la tensión opresiva del
genial texto, el momento en que el protagonista revive un desafortunado
coqueteo con una adolescente. Si bien resulta patético -y muestra la
enorme auto degradación del sesentón- termina resultando demasiado
exagerado, y bordea peligrosamente con un grotesco para nada teatral. En
cambio es magnífico el contraste que se genera entre la escenografía
despojada y el enorme brillo del monólogo, que un monstruo del teatro
argentino como Pavlovsky, logra con sobrada elegancia.
En
definitiva, La muerte de Marguerite Duras es una obra en la que el
increíble Tato vuelve a mostrar su gran talento. Por su parte, Daniel
Veronese se acopla perfectamente a la máquina Pavlovsky, y juntos, crean
un espectáculo de gran potencia. Ojalá que éste, sólo sea un feliz primer
proyecto.
LAMAGA.com.ar
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