Hay distintos modos de encarar una puesta en escena de una obra escrita en 1938 como Los padres terribles. La reconstrucción histórica o contextual es uno de ellos; el intento por mantener algo del espíritu original, con respeto pero sin solemnidad, otro. Alejandra Ciurlanti enfrenta el texto de esa forma: sin miedos, sin grandilocuencias, con un respeto que nada tiene que ver con el de enfrentarse a la “grandeza de un clásico”. Por eso esta puesta en escena funciona: cada decisión enfrenta el riesgo de caminar por un límite complicado, porque un paso en falso podría transformarla en una parodia burda, y nunca nadie da ese paso.
La fuerza de este espectáculo está en el cruce. Ya desde el texto la indefinición genérica es esencial (mezcla de vodevil, comedia y drama) y la intriga y el equívoco sostienen una historia con giros constantes y de múltiples líneas narrativas. En ese marco, los personajes –esto es, las actuaciones– sostienen el espectáculo. La decisión de la directora de armar un elenco tan variado (en términos generacionales pero sobre todo en relación a las escuelas y tendencias de actuación) va en el mismo sentido de las marcaciones que alejan la puesta de la búsqueda realista. Así, la gestualidad de los personajes, sus movimientos artificiales y a veces grotescos son los que indican el camino de esta puesta. Dentro de un elenco muy solvente, el trabajo de Luis Machín se destaca por su capacidad de expresión tanto en los grandes movimientos como en los pequeños detalles faciales; enfatiza diferentes facetas del personaje, con una actuación variada y poco lineal. Mirta Busnelli demuestra una vez más su destreza para la comedia y se arriesga constantemente –sin equivocarse– buscando una actuación límite. Los otros integrantes del elenco acompañan muy bien la propuesta con trabajos homogéneos y consistentes.
Si bien en esta obra los aspectos visuales resultan secundarios, tanto la escenografía como el vestuario acompañan armoniosamente la propuesta.