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Sábado 27 de octubre de 2001
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| SOBREMONTE. En la piel de Caicedo. El
primero que se escapó con el oro.
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La acción comienza en el teatro: el Virrey Sobremonte
asiste a una función de El sí de las niñas. Pero nunca llegará a
verla. Le avisan que la flota británica al mando de William Beresford ya
está en el Río de la Plata y Sobremonte huye llevándose todo el oro que
puede. A partir de su figura, símbolo de cobardía y rapiña, se edifica
aquí una alegoría omnipresente, subrayada reiteradamente durante las dos
horas y media de espectáculo.
El teatro es el marco que eligieron
los autores de Sobremonte, el padre de la patria, adaptación de la
novela de Miguel Wiñazki Sobremonte, una historia de codicia
argentina, para llevar a escena una parte fundamental de la historia
de estas tierras. La intención es que esa realidad paralela de la
representación permita ver el pasado con mayor claridad. Pero al
estructurar la narración en "pequeñas obritas" (el baile en el prostíbulo,
el interrogatorio de Cabeza de Vaca) la obra gana también algo de fluidez,
aunque luego la repetición del efecto la alargue en exceso.
La
contrafigura teatral de Sobremonte es El Búho Javier Martínez Castellanos:
hombre escéptico que gusta de especulaciones y paradojas, algo oscuro,
misógino, activo participante en la primera expulsión de los ingleses.
Cuando llega la segunda invasión, El Búho no comparte la euforia de los
demás: se volvió un profeta que sabe leer la actitud de Sobremonte como
karma argentino y desconfía, por tanto, del entusiasmo
revolucionario de tipos como Moreno (personaje que, sin duda, merecía un
tratamiento más atento).
El Búho es un hallazgo de la adaptación.
Es el bufón que con su conducta bizarra acentúa el patetismo del Virrey,
organiza la trama y permite pasar de los momentos "serios" de la pieza
(recargados de frases grandilocuentes, tipo: "El poder tiene el color de
la sangre y el aroma de la ambición, el ritmo de la traición y la
fatalidad de la muerte") a los momentos "divertidos" del show, armados con
chistes, sátiras y números musicales de nivel dispar.
Pero al
quitarle al Búho todo matiz trágico, la adaptación, de Ignacio Apolo, y la
puesta, de Sergio Rosemblat, caen en la trampa de imponer la alegoría
sobre cualquier reflexión. La obstinación del Búho con su obvia
profecía sólo puede entenderse como repetición innecesaria o como
intento de eliminar la posibilidad de que alguien escape a la lógica del
título, esto es: la supuesta paternidad de Sobremonte.
Fuera de
eso, Pompeyo Audivert y Franklin Caicedo interpretan exactamente lo que se
les pide: uno es el clown bizarro y sabio, el otro, un ser patético. Los
demás protagonistas son presa de la rigidez de los arquetipos: Luis Campos
es un Liniers cínico y declamatorio, Moreno, un rebelde confundido. Entre
los personajes secundarios brilla, en varios roles, Carlos
Kaspar.
Dentro de la puesta en escena sobresalen la muy bella
música de César Lerner, ejecutada en vivo por él y por Pablo Bronzini, y
la notable escenografía de Eli Sirlin. Por medio de proyecciones y telones
que sirven de soporte a una gran variedad de escenarios y paisajes, Sirlin
consigue eliminar por completo la sensación de abismo inescrutable que
tiene casi siempre la inmensa sala Martín Coronado.
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