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TEATRO: HOY SE
ESTRENA DIOS PERRO
Víctimas de un amor
prohibido
Con Carolina Fal y Luis Machín en los roles principales, la obra de
Ignacio Apolo, basada en Lástima que sea una puta, de John Ford, trata el tema
del incesto. Se verá en el C.C. Recoleta
Pablo
Schanton. DE LA REDACCION DE CLARIN.
Traigan un abrigo para Carolina Fal!" El ensayo terminó y la
directora repite el pedido mientras la sala sigue en penumbras. Es la hora cero
de la primera noche mas fría del año y ahí yace la actriz a un costado del
escenario. Despeinada, desnuda. Todo el cuerpo cubierto de sangre falsa, el pelo
adentro del agua (una gran maceta-pecera de plantas acuáticas que hace de lago
citando la muerte de Ofelia en Hamlet). La actriz acaba de abandonar el
cuerpo muerto de su personaje y, claro, como está viva, tiene frío. Y tirita. Es
que la sala Villa Villa del centro cultural Recoleta es tan grande... Pero
resulta irreconocible: del cuadrilátero y pista de baile listos para que De La
Guarda despliegue sus acrobacias tribales no queda más que un techo altísimo.
Gradas y butacas para público (300 localidades) son también parte de la apuesta
de Dios Perro, esta obra donde la Fal (sí, la reptil Martina de
Resistiré) va desnudándose en cuerpo y alma.
Durante la
representación (casi dos horas intensivas sin corte alguno), parece una
bailarina clásica de Degas, pero perversamente retocada por Francis Bacon. El
protagonista masculino, un excepcional Luis Machín (sí, el Belucci de Son
amores), no le va en zaga. Le toca autoflagelarse, enamorarse a muerte de su
hermana y dar discursos sobre el genoma humano. Ahora ahí yace ella bajo un
cordero sacrificado que pendula colgado del techo. Se oye cómo la sangre del
animal va llenando una palangana mientras dos hombres se retan a duelo y un
testigo muere. Lo que se dice una tragedia. Justamente Dios Perro es una
adaptación del clásico isabelino Lástima que sea una puta (John Ford,
Inglaterra, 1633), el cual alguna vez fue una fija del "cine arte italiano de
los 70" bajo el título Adiós, hermano cruel (1971). En su momento, la
película protagonizada por la etérea lubricidad de Charlotte Rampling fue
censurada en la Argentina por contener una escena de caballos en trance de
cópula. La directora, Alejandra Ciurlanti, recuerda del filme al actor Fabio
Testi y unas caminatas larguísimas por la playa, pero advierte que su puesta —a
estrenarse hoy y con funciones de miércoles a domingo— no tiene nada que ver:
"No me interesa explotar el erotismo perverso, sino el amor
desmesurado".
"Esta obra surge a partir de temas personales, no es una
obra por encargo y la producción es independiente. Son dos temas centrales para
mí, que soy mujer y fui psicoanalista: el amor y la familia", cuenta. "No quiero
editorial ni bajada de línea. Es una historia apasionante de amor que, al ser
salvaje y desviada, nos lleva al tabú cultural más importante que es el incesto.
A diferencia de otras posturas teatrales, que quiere que el espectador tome
distancia, yo amo al público, yo quiero suspender la incredulidad del espectador
con la entrega sentimental del actor. En Dios Perro, los actores están
siempre al borde del máximo de su emocionalidad. Mi propuesta es: 'compartamos
cuestiones de inteligencia caliente: sangre, sudor, miseria'. Pero aunque la
puesta no sea preciosista, tampoco quise caer en esa línea Vení que te mojo,
vení que te pincho o el estilo Teatro de la Crueldad."
La idea de
esta adaptación nació hace dos años, mientras Ciurlanti (también directora de
actores en televisión) dirigía a Machín y a Fal en una versión de Casa de
muñecas (Ibsen) en el San Martín a cargo del dramaturgo y novelista Ignacio
Apolo. Este autor de 34 años —como referencia, sus recomendables obras se pueden
leer en http://www.autores.org.ar/Iapolo/Obras/obras.htm — fue el
primer argentino en animarse a reescribir Lástima que sea una puta. Aquí
el conflicto se desata cuando Anabella queda embarazada de su hermano Giovanni y
elige casarse con un pretendiente de nombre Soranzo (Pablo Cedrón) para proteger
su descendencia. Pero el desastre llega cuando el nombre del verdadero padre
toma estado público y todos —Soranzo, su amiga Silvina (Dolores Fonzi), el
sacerdote Vicente (Rafael Ferro, el "Ferchu" de Resistiré) y su padre
(José Luis Di Zeo)— se ponen en su contra. Para su adaptación, Apolo recurrió a
lo que llama "las coordenadas de grandes relatos como son la ciencia genética,
la antropología, el psicoanálisis y la antropología" como contraste al discurso
religioso del original.
Poco antes de otro ensayo, él mismo explica por
qué elegir una obra inglesa del 1600 sobre el incesto fraternal en esta
Argentina 2003. "Escribía esta obra en diciembre de 2001", recuerda. "Escuchaba
ruido de lata y pensé que se me había roto el aire acondicionado. Pero cuando
salí al balcón vi el cacerolazo y ahí fui yo también. En medio de esa implosión
de la familia argentina, preferí no entrar en una restricción temática y seguí
escribiendo una obra atemporal, mítica, que va derecho al núcleo prohibido de la
cultura occidental. El parricidio se usa como metáfora: matar al padre es
metafóricamente hacerse cargo del propio destino. En cambio, no hay mito
positivo sobre el incesto: hay prohibición. Me baso en una historia que tiene
más de 300 años, pero como género humano tenemos más. Y no creo que porque
seamos argentinos, no seamos humanos".
La obsesión actual de
la televisión es el reality show y en el cine, el realismo. ¿Cuál sería entonces
el lugar del teatro?
Yo me siento proponiendo lo que el teatro tiene
derecho a ser, no lo que debe ser. El teatro no puede ocultar su hecho
real, entonces puede dignarse a crear sobre eso otro tipo de signos. La
televisión es artificio explícito: es un aparato; el cine, también: es una
pantalla plana. Pero el teatro son personas de carne y hueso en vivo, arriba y
abajo del escenario. Tiene una cosa ritual que lo aleja de los fenómenos
mediáticos y masivos. Cuando la gente lleva el cuerpo a la sala es una
movilización y eso es profundamente político. El reality, en cambio,
inmoviliza. La participación de llevar el cuerpo al teatro es un acontecimiento
de lo público, una actividad que nos compete a todos.
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