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Unidos por el amor y
el espanto
"Dios perro",
pieza de Ignacio
Apolo inspirada en "Lástima que sea una puta",
de John Ford. Con Carolina Fal, Luis Machín,
Pablo Cedrón, Dolores Fonzi, Rafael Ferro y José
Luis Di Zeo. Escenografía: Alberto Negrín.
Iluminación: Jorge Pastorino. Vestuario: Mónica
Toschi. Imagen: Gabriela Kogan. Dirección:
Alejandra Ciurlanti. Sala Villa Villa del Centro
Cultural Recoleta (Junín 1930). Duración: 100
minutos. Estreno: 29 de mayo.
Nuestra opinión:
bueno
Comencemos por el principio: cuando el
espectador entre en la sala Villa Villa
seguramente quedará impactado ante semejante
imagen. Se ingresa en el gran espacio en el
nivel del piso enfrentando la impresionante
escenografía que está ubicada frente a las 300
butacas. Y como la producción cuidó hasta los
mínimos detalles, entrega un importante programa
de mano.
En el escenario lo que está en juego es una
versión inspirada en "Lástima que sea una puta",
pieza clave del teatro isabelino escrita en 1633
por John Ford. La adaptación de Ignacio Apolo
preserva del original, imposible de representar
en estos tiempos por su extensión, la relación
amorosa casi brutal, primaria y maravillosa de
los hermanos Anabella y Giovanni. Ese
enamoramiento que, probablemente, algún
espectador recordará gracias al film "Adiós,
hermano cruel", con Charlotte Rampling y Fabio
Testi.
Entre los dos hermanos protagonistas de esta
trama todo está permitido. En ese juego se
llevan por delante valores sociales, morales y
religiosos porque creen que el amor todo lo
puede. O, como dice el mismo Giovanni:
"Cualquier cosa que te atreves a pensar se puede
hacer". Ellos se atreven a pensar y a actuar ese
deseo que tendrá "como fruto majestuosos", según
dice él, mellizos que aguardan salir a luz.
Allí radica el nudo de esta trama, el disparador
brutal que, probablemente, se preste a la
polémica. Porque es posible que algún espectador
se sienta molesto al escuchar al cura decirle a
Anabella que debe abortar "terminando esta
historia como Dios manda" (texto en
sintonía con el del padre Amaro en la película
mexicana). Pero más allá de las opiniones, ahí
está la riqueza de este autor contemporáneo de
Shakespeare. Ahí radica la pureza de una
tragedia que parece inevitable, de un
enfrentamiento jugado al máximo entre una
pulsión de vida que nada podrá hacer ante el
deseo de aniquilamiento.
Al planteo original, la versión de Apolo le
agregó consideraciones de orden antropológico y
genético. Camino cuestionable porque con este
nudo de base quizá no haya mucho más que agregar
o actualizar. En última instancia, la fuerza
brutal del incesto que Ford expone con maestría
está decididamente fuera de cualquier tiempo
histórico.
La puesta de Alejandra Ciurlanti (que años
anteriores dirigió "Casa de muñecas") cuenta con
un elenco seguramente envidiado por cualquier
productor privado. Es que reúne a actores de
llegada masiva y de verdadera estirpe teatral,
como Luis Machín y Carolina Fal. Justamente
ellos dos son los motores de esta trama, los que
le ponen el cuerpo a Giovanni y a Anabella.
Machín y Fal son dos intérpretes de enorme
talento (basta con recordar el trabajo de él en
"Cercano Oriente" o "El pecado que no se puede
nombrar", o la labor de Fal en "Amanda y
Eduardo").
Sin embargo, en esta puesta sus trabajos no son
tan sólidos como en las puestas nombradas. Por
empezar, los dos crecen dramáticamente cuando
sus personajes deben enfrentarse a las
estructuras sociales y religiosas (como en el
monólogo de Machín de
Dios
perro o el
enfrentamiento que mantiene Anabella con el
cura). Pero al principio de la obra, cuando esos
dos hermanos deberían enamorar a la platea, no
llegan a instalar con firmeza la fuerza
descontrolada de ese amor. Los mismos desniveles
en la intensidad dramática como en los registros
interpretativos están presentes en el resto del
elenco, compuesto por Dolores Fonzi, Pablo
Cedrón, Rafael Ferro y José Luis Di Zeo (este
último el más flojo del sexteto).
Parecería que el trabajo de Ciurlanti se queda a
mitad de camino. La luz plana de Pastorino, un
innecesario video o la impresionante
escenografía de Alberto Negrín (productor del
espectáculo junto a la directora) aplanan un
conflicto que pocas veces llega a emocionar, que
se diluye en medio de un aparato escenotécnico
que deslumbra pero que resulta poco funcional
para el espectáculo.
De todos modos, a lo largo de la representación
la obra se va instalando, va encontrando su
ritmo y su mayor solidez hasta llegar a la
escena del banquete en la que se resuelven el
drama. Todo indicaría que "Dios perro" no pasará
inadvertida. Y no sólo por un elenco de enorme
llegada, sino porque el texto de John Ford,
algunos momentos actorales y la producción del
espectáculo se hacen por sí solos su lugar.
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