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Una de las piezas emblemáticas sobre el tema
del incesto, Lástima que sea una puta, del autor isabelino John
Ford, es ahora materia de inspiración de un nuevo estreno porteño:
Dios Perro, de Ignacio Apolo. El incesto entre dos hermanos, aquí
Giovanni y Annabella, implica en el drama de Ford la posibilidad de
hallar una ética, aun en las acciones más transgresoras. El incesto
entre hermanos es quizás el que ha despertado históricamente un
rechazo menor. Una razón es la que apunta el mismo Apolo, en la
entrevista con Página/12: “Las relaciones entre hermanos no producen
tanto horror porque tienen toda la suavidad del recuerdo de la
infancia. Uno las imagina tiernas y cariñosas y, fundamentalmente,
no impregnadas de la sospecha del abuso deshonesto. Las relaciones
amorosas entre pares no despiertan el horror de la violación de la
infancia”, opina este autor licenciado en la carrera de Letras de la
UBA, actor y director que realizó estudios con Agustín Alezzo,
Mauricio Kartun y Rubén Szuchmacher, entre otros maestros. Dios
Perro, dirigida por Alejandra Ciurlanti, puede verse de miércoles a
domingo en la Sala Villa Villa del Centro C. Recoleta, Junín 1930,
interpretada por Carolina Fal, Luis Machín, Pablo Cedrón, Dolores
Fonzi, Rafael Ferro y José Luis Di Zeo. La pieza resulta de un cruce
de la obra de Ford con lecturas de corte antropológico, genético y
psicológico relacionadas con el incesto y su condición de tabú. Es
por lo tanto una pieza nueva que permite la introducción de un
discurso científico. La intención no es en todo caso enjuiciar sino
instalar un campo poético sobre verdades y prejuicios. “En tiempos
del teatro isabelino, la verdad la imponía la religión. En Dios
Perro ese elemento puede apartarse, porque nosotros no vivimos la
experiencia de la profanación de lo sagrado. Lo que en cambio
conocemos y aplicamos es la ciencia”, opina Apolo. –Sin embargo,
cuando hoy se divulgan experimentos sobre genética, los reparos
surgen generalmente del campo religioso... –Porque ése sigue
siendo un terreno de lucha. En cuanto al incesto, el tabú perdura.
No se puede tener livianamente sexo con la hermana o el hermano. La
sanción es hoy diferente, pero igualmente muy fuerte. –Subsiste
también la idea de la debilidad física y mental de la descendencia,
en caso de que haya procreación... –Durante el siglo XX se
estudió profundamente este tema. En todas las culturas existe una
reglamentación sobre asuntos de endogamia. Pero la manipulación
genética se dio siempre. Hubo manipulación con especies vegetales y
animales que no produjeron necesariamente degeneración. Esas ideas
de debilidad tienen raíz cultural. Cuando la endogamia se aplica al
ser humano reaparece el concepto de lo sagrado, de lo que debe ser y
no admite discusión. –¿La intención es ir más allá de la
historia que cuenta Ford? –La historia original es muy rica, pero
yo no puedo decir si voy más allá. El teatro isabelino es algo muy
lejano para nosotros, aunque en algunos aspectos sea actual. Pero
esto es por su condición de legado cultural. En realidad, sus
convenciones ya no existen. Por eso no es lo mismo trabajar sobre
esas obras que sobre las del siglo XIX, por ejemplo. –En una
dramaturgia suya de Casa de muñecas, de Henrik Ibsen, también
aparecían elementos ajenos a la literatura teatral. ¿Qué le aporta
el cruce con lecturas de carácter científico? –Me permite hacer
un trabajo más profundo sobre lo que tradicionalmente se admite como
“verdad”, sin ser por eso didáctico. Es importante que el público
reciba estos cruces de manera fluida y de forma emocional y poética.
Dios Perro fue un proyecto que llevó mucho tiempo. Comenzó a fines
de 2001. Nos mantuvimos cerca a pesar de la crisis y del
empeoramiento de las condiciones. –¿El estallido social de
diciembre influyó en su escritura? –Yo estaba rescribiendo la
obra cuando se produjeron los primeros cacelorazos. Nunca tuve la
intención de hacer “realismo periodístico”,pero quedé muy impactado
por lo que ocurría. Al mismo tiempo me sentía sofocado por el mundo
interno de la obra. Pensé que no podríamos sostener el proyecto. En
mayo de 2002 yo no tenía a quién dar clases. No tenía trabajo. Lo
que fue sucediendo a partir de entonces me parece todavía hoy
extraordinario, porque la actividad artística perduró. No fue una
cosa mágica sino un asunto de resistencia. Estoy terminando mi
tercera novela. El tema es la apropiación de una niña sorda y los
problemas del lenguaje. Se vincula con aspectos de otra novela mía,
Memoria falsa, donde me refiero a la memoria y a la capacidad o
incapacidad de mi generación de insertarse en esta sociedad post
dictadura militar. Una generación que carece de los mitos de las que
la precedieron. –¿Cuáles serían esos mitos? –Existe un corte
generacional muy importante: no hay continuidad sino tabúes. En
general, en nuestra sociedad la confrontación, de ideas y políticas,
se asocia con cosas negativas. Creo que hay un drama histórico que
no se ha debatido lo suficiente y que esa negación se transfiere a
las generaciones más jóvenes. Estas tienen entonces dos opciones: o
no entender nada o reproducir un discurso que nos habla de
revolución social cuando en realidad esos intentos de cambio social
fueron aniquilados. Nuestra democracia se instaló como una
democracia de la derrota. Los que, como yo, empezaron a escribir en
los ‘90, aparecíamos enfrentados a los que estrenaron en los ‘60 y
‘70, incluidos los creadores de Teatro Abierto. ¿Pero acaso no nos
dimos cuenta de que en el medio faltó algo?
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