Críticas
Principal • Volver


Cuando las certezas se derrumban

“Un hombre recorre un zoo obsesionado por la evolución de las distintas especies. En medio de sus reflexiones, un niño (¿su hijo o el mismo hombre cuando era joven?) primero lo observa para -luego- cuestionarlo. Su simple presencia rompe todo aquel andamiaje intelectual que intenta explicar un todo organizado.

Poco a poco, los titubeos, el juego de miradas y esa tensión esquiva van creciendo hasta definir el clima total de la obra. Idas y venidas que derrumban la solidez teórica ante el pedido de un niño que demanda simplemente reconocimiento.

Esas son las cartas de "del niño a mis espaldas", la interesante pieza de Ignacio Apolo (ex integrante del grupo Caraja-Ji) que se está presentando en el Callejón de los Deseos. La pieza, de apenas 30 minutos, cuenta con una inteligente dirección de Vilma Rodríguez, que sabe recrear los íntimos climas de la obra.

En un espacio escénico casi vacío, la puestista pinta trazos con la exquisita ayuda de la iluminación de Gabriel Caputo. En el papel del hombre, Javier Rodríguez compone eficazmente a un adulto cuyas sólidas obsesiones por la teoría sobre la trasmigración entran en una zona de profunda debilidad ante la presencia del infante. Su contrapunto, Farid Arco, impone en el escenario toda la autenticidad que puede tener un adolescente de 12 años que no se ve forzado a actuar como un adulto. Entre ellos, un vínculo inquietante.

"se transforma así en un interesante espectáculo que sabe capitalizar un texto casi literario y encontrar las claves para ponerlo en escena.”

Alejandro Cruz- Diario La Nación- 22/03/2000-



Retrata bien una pieza la relación niño-adulto

Un hombre circula por el zoológico seguido por un niño que lo acosa con preguntas y demandas de orden práctico, pero los divagues científico-literarios del adulto, gran adepto a la teoría de la transmigración de almas, chocan más de una vez contra el riguroso pragmatismo de esta criatura capaz de emitir los comentarios más irónicos y lapidarios para llamar su atención.

El contraste resulta sumamente gracioso ya que permite descubrir, a través de situaciones fácilmente reconocibles, algunas de las constantes que caracterizan la relación niño-adulto. No son verdades que sorprendan pero al menos permiten poner en evidencia algo que en general tiende a soslayarse: la gran capacidad de los chicos para comprender las debilidades de los adultos y hasta de hacerse cargo de ellas, en algunos casos. Sin embargo, por más que manifiesten la mayor lucidez y buen criterio, nuestra sociedad tiende a excluirlos, aún hoy, de cualquier reparto de responsabilidades. El coprotagonista de esta historia, de unos diez u once años, no sólo percibe el desamparo de ese adulto, al que sigue como una sombra, sino que también parece estar muy al tanto de las penas que lo afligen. Pero ni aun así le va a resultar fácil acortar la distancia entre ellos. La trama afectiva que los involucra es demasiado compleja y lleva, además, la marca del abandono materno.

Con muy buen criterio, la directora Vilma Rodríguez dejó que este delicioso recorrido por esa especie de zoológico-museo creciera en la imaginación del público, apoyándose simplemente en los buenos oficios de Javier Rodríguez, y de su simpático partenaire, el niño Farid Arco. Ambos transmiten en escena un magnífico entendimiento. Basta con observar la frescura con la que sus personajes entran y salen de esa enciclopedia viviente para enfrentarse a sus carencias afectivas.

En el texto de Ignacio Apolo la acción queda limitada al circuito descripto por los protagonistas. En la puesta de Vilma Rodríguez también se destaca esta noción de encierro, lo que lleva a concentrar la atención en las curiosos elucubraciones de sus personajes”

Patricia Espinosa - Diario Ambito Financiero- 13/03/2000.


Niño, deja ya de joder

“En un zoo que no es de cristal se puede hablar de muchas cosas. La obra de Ignacio Apolo encuentra una buena directora que saca provecho a una fábula con animales y gente.

Si fuese necesario resumir su argumento, Genealogía del niño a mis espaldas no sería más que la historia de un hombre y un niño que visitan el zoológico. Pero esta aparente fábula anodina es sólo el punto de partida de un planteo que se dispara más allá y que, bien visto, no está exento de humor.

Ignacio Apolo, joven dramaturgo ex integrante del Grupo Caraja-ji, pensó un texto ordenado en cuadros y en cada uno de ellos se habla de la característica de un animal. El hombre, supuesto padre del niño –en la obra, en realidad, todo está por verse–, usa un lenguaje técnico casi notarial (“adviértase, nótese”) para sus disquisiciones acerca de la trasmigración de las almas y de las virtudes que los hombres toman de los animales. Por ejemplo, la quietud del yacaré provoca la reflexión: “La inmovilidad es virtud y sabiduría”. Citas de filósofos, poemas japoneses y cualidades animales ocupan los pensamientos del hombre mientras el niño, de similar registro lingüístico que el hombre, parece tener a su padre como objeto de estudio.

Entre ambos, entonces, se establece un vínculo en el que alternativamente se escuchan, se rechazan, se prestan atención, uno protege y más tarde es protegido, y el que en un momento actúa a como adulto, luego lo hará como niño y viceversa.

Poner en escena un texto en el que lo que ocurre a nivel de acción es mínimo –el paseo de ambos por el zoológico– es un desafío que su directora, Vilma Rodríguez, resolvió con solvencia y creatividad.

No utilizó nada más que un banco de plaza y un atractivo diseño de iluminación a cargo de Gabriel Caputo para enmarcar el ámbito irreal y apenas delineado del zoo. Su tarea principal fue con la dirección de actores. Javier Rodríguez está muy convincente en su papel aunque con algunos problemas de dicción y Farid Arco no se olvidó de ser un chico a la hora de actuar. Los matices con que se dice cada frase del texto permiten a los espectadores darle más de una significación. El hombre aparece por momentos como un catedrático frío y apático y por otros como alguien muy vulnerable. Y el niño se muestra a veces como una víctima del abandono de su padre y a veces como el adulto capaz de comprenderlo y contenerlo. La dirección también da lugar a una mirada irónica acerca del tema de la filosofía hindú a la que el hombre se apega fervorosamente, además de subrayar la dificultad que tienen los adultos para enfrentar la lógica infantil y su demanda de afecto.

El ajuste poco habitual en el teatro nacional entre texto y dirección hace de Genealogía del niño a mis espaldas una experiencia que combina ironía y agudeza en el punto justo.

COMPATIBLE: Minimalismo e ironía para contar un tema viejo que suena divertidamente nuevo: la incomprensión entre generaciones”

Ana Durán- Revista Tres Puntos- 24/03/2000


“El dramaturgo Ignacio Apolo formó parte de aquel tan contestatario grupo denominado Caraja-ji. Después de varias presentaciones con dispar suerte, Apolo estrenó una muy interesante propuesta donde la reflexión viene de la mano de una imagen interesante, inquietante y al mismo tiempo cotidiana. La obra se centra en una simple visita a un jardín zoológico donde padre e hijo dialogan, en un juego de cuya existencia los espectadores podrán dudar al finalizar la función.

Mediante un lúcido intercambio de párrafos se caracteriza al progenitor como un intelectual capaz de complicar lo más sencillo, mientras que a sus espaldas está su hijo, para simplificar lo más bello de la vida, como el vínculo mismo que los une, aunque a veces parece separarlos. El muy joven Farid Arco y el más experimentado Javier Rodríguez entregan lo mejor de sí mismos, aunque a veces las palabras se pierdan por un exceso de interpretación. Este espectáculo es una invitación a valorizar los pequeños momentos que se comparten”

Ana Seoane- Revista Luna- 17/03/2000


COMENTARIOS:

“Me sorprendió la hilaridad que causaba en la platea el texto. Entiendo que el chisporroteo verbal se presta para adherirse a un juego puramente mental, por eso de las filosas ironías y la situación absurda, pero creo que es la apariencia. El “conflicto” (o como quieran denominarlo) trasciende la aparente levedad de la anécdota.

Por el contrario, a mí me produjo cierta nostalgia y la intuición de vislumbrar un costado común al ser humano, generalmente negado y oscuro, aquel que reclama sosiego para una necesidad eternamente insatisfecha. Expresado en forma tan lúcida como descarnada.

La puesta es sobria, efectiva e impecable. Todo un logro, por cierto. En cuanto a las actuaciones, Javier Rodríguez es un actor para el mundo”

Jorge Montiel sobre el estreno de “Genealogía…”


E-mail: cursosapolo@fibertel.com.ar                                                                                                                                       Espacio cedido por ARGENTORES