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| SABADO |
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23 de junio de 2001 |
| La relación entre dos jóvenes espías
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"La pecera" de Ignacio Apolo.
Dramaturgia: Marcelo Pitrola. Intérpretes: Leandro Martino y
Adrián Navarro. Iluminación: Jorge Merzari. Escenografía y
vestuario: Verónica Lavenia. Música: Silvio Marzolini.
Dirección: Diego Rodríguez. En el Centro Cultural Rojas.
Nuestra opinión: muy buena.
En general, el de los adolescentes es un
mundo que el teatro no rescata con asiduidad. Tal vez es poco
significativo, o peligroso, hablar de cierto etapa del
desarrollo del ser humano en la que las dudas y los miedos son
abundantes y la vida se observa desde un lugar pequeño, pero
con mucha libertad.
Son pocos los ejemplos dramáticos en ese
nivel. A la emblemática "Despertar de primavera" de Wedekind,
podría agregarse, más cercanamente, "El enemigo de la clase",
de Nigel Williams, y últimamente "Desequilibrio-El desafío",
una experiencia de teatro-danza acrobática de la compañía
canadiense Dynamo Théatre que se presentó en festivales
internacionales. En las dos últimas, sobre todo, asoma una
intención bien clara, que es la de mostrar la violencia
desmedida que puede desarrollarse entre los jóvenes a partir
de determinadas conductas, en apariencia normales.
Algo que también propone "La pecera", obra
premiada por la Universidad de Nueva York en 2000, cuyo autor
se introduce en ese mundo y genera un texto terriblemente
inquietante. Su estructura es muy sólida; sus personajes,
criaturas que desarrollan un proceso singular: de tiernos y
divertidos pasan a ser aguerridos, siniestros y hasta
nefastos. Apolo compone un mundo de oscuridad muy grande, sin
salidas, y por eso no da respiro a un espectador que termina
vencido en su platea.
La fantasía de los espiones
La historia es de un gran patetismo. Dos
estudiantes secundarios se encierran en un cuarto para espiar
a "la Correa", la profesora de matemática, cuando ésta va al
baño. Ese acto de espiar les provoca muchas fantasías sexuales
hasta que deciden actuar y enfrentarla. El resultado de ese
encuentro está cargado de tensión y da inicio a una nueva
relación entre los jóvenes que provoca miedo y asco a la vez.
El joven director Diego Rodríguez profundiza
con mucho rigor en la relación entre los dos personajes, Leto
y Pescado, y los muestra con una claridad asombrosa. Sus dos
actores, Leandro Martino y Adrián Navarro, expresan una gran
entrega. Tanto que piensan, hablan y actúan como adolescentes.
Van transitando por cada momento de la obra con una gran
seguridad y no es sencillo, ya que la estructura de la pieza
es muy fragmentada. Cada escena es presentada por los mismos
actores y esto los obliga a entrar y salir del juego
continuamente. Pero jamás pierden el ritmo y por supuesto la
tensión está en constante aumento, hasta llegar a un final
trágico.
Resultan aportes muy importantes la música de
Silvio Marzolini -que ayuda a que los cambios escénicos no
resulten tropiezos en la acción- y la iluminación de Jorge
Merzari, que descubre, en el momento exacto, aquello que uno
preferiría no descubrir, porque no da placer.
Carlos Pacheco | |
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| LA NACION |
23/06/2001 | Página 4 | Espectáculos |
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