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Notas sobre la
dramaturgia Imágenes fundantes de la escritura Una obra sobre el discurso materno y la mirada sobre las dramáticas
fronteras del tema latinoamericano es necesariamente para mí una hipótesis de
discusión sobre la genealogía; es, tal vez, una puesta en crisis de la
construcción de una genealogía privada y quizás de las figuras de la genealogía
“nacional”. Escribí la obra principalmente a partir de tres imágenes (las dos
primeras, biográficas). “La Lengua Materna”, puede decirse, es en parte una
obra sobre el discurso de origen y los lazos de sangre. De allí la idea de las
transfusiones. Al nacer, los médicos (mi padre es médico) me hicieron dos
transfusiones completas de sangre, pues la mía estaba contaminada por los
anticuerpos contra el RH positivo. Mi hermano mayor no sufrió el problema, pero
mi hermano menor murió a los pocos días. Años después, una maestra me
encontró peleando con mi hermano y
me dijo: “¡qué vergüenza, peleándose cuando son de la misma sangre!”. Yo
no lo recuerdo, pero mi padre sostiene que contesté: “yo no tengo la misma
sangre; a mí me la cambiaron”, y seguí peleando. La imagen de un bebé indefenso, de color amarillo, con sondas inyectadas
al resto del cordón umbilical, me resultó sumamente poderosa. Pero yo no vi
eso, no lo recuerdo. Lo que impera es el relato que de ello se fue haciendo. El
discurso puede construir la memoria sobre el propio cuerpo, y sobre su
ascendencia. A veces, la discusión puede devenir una batalla personal, privada,
y a veces, por qué no, cultural y política. La segunda imagen proviene de un viaje a través de Latinoamérica hasta
Ecuador (mi padre es ecuatoriano). Iván, el joven de la obra, regresa de algún
lugar así, es decir, de más allá de la frontera cultural de la pampa chata y
extensa. Intenté mezclar y destilar algo del cúmulo de impresiones que se
impregnaron en mí en ese segundo viaje genealógico (el primero, el más emblemático
entre nosotros, fue anterior y fue a Europa: allí está la cultura reconocida/
reconocible, y allí están el monasterio donde se casaron mis bisabuelos y una
vecina que aún recuerda a aquel joven que emigró a América antes de la
guerra). Me basta recordar la procesión funeraria llevando a un muerto a lomo
de burro, o el extraño nombre de un pueblo de la sierra visto desde los tocones
de madera de la casa de mi abuela: “Moro Moro”, derivación de la lengua
materna, del antiguo español que en la Conquista dijo “Moho, moho”, en
referencia a la humedad de la zona. La tercera imagen es reflexiva, derivada. Pensé para la obra una locación
especial, el “campo chato y extenso”, y ciertos atributos, el frío, el
calor, el mate, el gualicho, el guiso carrero. Luego advertí que eso remitía
también a un desplazamiento. La imagen tradicional que la cultura urbana, porteña
quizás, ha elegido para lo nacional es fruto de una guerra. El gaucho y la
llanura era la barbarie del siglo XIX, y se transformó luego en el emblema de
lo argentino, sobre el gaucho aniquilado. La tradición también operó el
ocultamiento y el desplazamiento sobre los negros. El mito de su muerte en las
guerras y en la fiebre amarilla oculta la gran mezcla racial y la permanencia de
sus rasgos étnicos y culturales en el país. Una vez más, se arroja al
despreciado fuera de las fronteras, ahora imaginadas como la esencia pampeana,
colonizada luego por inmigrantes europeos que abrazan la tradición y toman
mate, y rasgan una chacarera o inventan el chamamé. De allí, entre otras cosas, proviene el hecho en la obra, de intentar
traducir las imágenes de dolor en festejos de un espíritu exótico, caribeño,
y el permanente rechazo a asumir el mismo origen lingüístico, la variedad de
la palabra. También está el hecho de que, en nuestra literatura, muchas de las imágenes
pregnantes del tema latinoamericano son pesadillescas; una noche boca arriba que
mezcla cirugía con sacrificio azteca. |
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