El libro
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"La alianza de Sobremonte con la Historia 

está sellada con oro desaparecido."

 

Sobremonte una historia historia de codicia argentina

de Miguel Wiñazki

Editorial Sudamericana - Narrativas Históricas, Nº 50

PRESENTACIÓN DEL LIBRO

Teatro San Martín, 12 de octubre de 2001

Lectura de Ignacio Apolo

En marzo del año pasado, Miguel Wiñazki me acercó el texto de "Sobremonte, una historia de codicia argentina", con la propuesta de indagar sus posibilidades escénicas. Recuerdo haberlo leído velozmente, buena parte de él en sitios subterráneos que de alguna manera lo reflejaban: estación Pueyrredón, estación Mariano Moreno, Belgrano, Independencia, Plaza Miserere. Días después, nos reunimos y le comenté que me parecía muy buena la tesis central del libro. Me preguntó cuál era esa tesis, a mi juicio, y respondí: "Que Sobremonte es el Padre de la Patria".

Nos reímos.

Comentando que sería un buen título para la obra de teatro, volvimos a reír. Y luego el chiste terminó. Porque la risa ante, el descubrimiento de aquella frase jocosa, se convirtió luego en una mueca que ahora trataré de explicar.

El libro de Miguel es una novela histórica, y como tal, asume el equilibrio entre la reconstrucción ficcional de personajes históricos, y el rigor de la investigación. Toma del género su potencial de recrear la historia y, al mismo tiempo, su capacidad de reflexionar. No es el libro de un historiador, sino de un periodista, un filósofo, un escritor. En principio, en aquella primera lectura mía, me llamó la atención lo periodístico, o mejor dicho: su "actualidad". Es que marzo de 2000 era todavía una especie de momento celebratorio: el pretendido fin de la década menemista en concordancia con el publicitado milenio. Aún resonaban las dos botellas de espumantes de la fiesta: la de la "pizza con champán", icónica, embriagante y asqueante, y la sidra de los petardos del milenio globalizado. Cómo no leer eso en la nítida descripción de la comilona del Virrey y sus allegados, que duró todo un mediodía y toda una tarde hasta la noche, mientras las naves inglesas avanzaban por la Ensenada. El libro, para mí, hablaba claramente, "actualmente", de una genealogía de la frivolidad, del robo para la corona, del delito público, y de la impunidad.

Sin embargo, la relevancia de lo "actual" reside en su urgencia: es algo para ser dicho hoy, en un presente diario, preciso e informativo. Hoy es hoy y mañana es mañana; la noticia de este día no es tanto la continuidad de la de ayer, sino su reemplazo. En cambio, Sobremonte me develó una continuidad. Porque es ese núcleo, esa cercanía con nuestro tiempo casi omnipresente en la novela, la que produce un efecto que no es meramente actual sino contemporáneo, contemporáneo en sentido amplio: más allá del delito, de la mentira o de la traición de turno, nos permite leernos hoy como la lejana y a la vez cercana continuidad de aquella historia fundante, la de las postrimerías del Virreinato que de alguna manera seguimos siendo.

 

Por esta razón, aquel chiste sobre "el padre de la patria" se hizo mueca, mueca grotesca. Wiñazki, haciendo eje en el juzgado, sobreseído y reivindicado Virrey Sobremonte, narra las invasiones inglesas, la resistencia, la reconquista, la autonomía local, y el primer y violento sonido de las luchas de la independencia, en el marco de una maquinaria mundial de guerra: Napoleón desplegándose por Europa; el imperio británico en conflicto bélico, con sus flotas alrededor del mundo, incluyendo las costas del Río de la Plata; el imperio Español y sus colonias en decadencia, e incluso los Estados Unidos involucrados finalmente, entre 1810 y1812.

Esto es historia. Pero Sobremonte es también literatura, y es contemporánea. Porque si en esa literatura se podía leer el modo "continuo" de la frivolidad, el delito y la impunidad; también se puede leer el contemporáneo desgobierno, la colonia y el despojo, en medio –como parte– de un mundo en conflicto bélico. Y entonces, la evidencia de una genealogía oculta se hace carne.

Esto es personal. Tengo a Sobremonte en la cabeza desde aquella lectura; incluso desde antes de iniciar el trabajo de adaptación teatral. Antes también de reelaborar los signos que Wiñazki ofrece: la cabeza de vaca, o la peluca de un virrey "lampiño, culón y protocolar" que gobernando roba, huye y es reivindicado. Sospecho, desde aquel momento, que el Virrey no sólo está a nuestras espaldas. Lo siento, de algún modo evidente, a la cabeza de todos nosotros. Y si su imagen es grotesca, la risa que provoca también lo es. Es nuestra mueca, ni trágica ni cómica. Es el espejo. Es la foto del padre.

Hay un tiempo "presente" que invoca el libro de Wiñazki; es un presente histórico y a la vez contemporáneo. Su pasado es una suerte de árbol genealógico. Y su futuro, entonces, su "mañana", es –con eficaz contundencia– un "nosotros": es hoy, aquí y ahora, en este viejo puerto de contrabandistas, en este virreinato.

Canta todavía el Virrey en mis oídos, sobre el barco de la huida final.

"Y esta noche mando yo / mañana mande cualquiera".

Repito:

Mañana mande cualquiera.

Cualquiera.

Muchas gracias.


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