PRESENTACIÓN DEL LIBRO Teatro San Martín, 12 de octubre de 2001 Lectura de Ignacio Apolo En marzo del año pasado, Miguel Wiñazki me acercó el texto de "Sobremonte, una historia de codicia argentina", con la propuesta de indagar sus posibilidades escénicas. Recuerdo haberlo leído velozmente, buena parte de él en sitios subterráneos que de alguna manera lo reflejaban: estación Pueyrredón, estación Mariano Moreno, Belgrano, Independencia, Plaza Miserere. Días después, nos reunimos y le comenté que me parecía muy buena la tesis central del libro. Me preguntó cuál era esa tesis, a mi juicio, y respondí: "Que Sobremonte es el Padre de la Patria". Nos reímos. Comentando que sería un buen título para la obra de teatro, volvimos a reír. Y luego el chiste terminó. Porque la risa ante, el descubrimiento de aquella frase jocosa, se convirtió luego en una mueca que ahora trataré de explicar.
Por esta razón, aquel chiste sobre "el padre de la patria" se hizo mueca, mueca grotesca. Wiñazki, haciendo eje en el juzgado, sobreseído y reivindicado Virrey Sobremonte, narra las invasiones inglesas, la resistencia, la reconquista, la autonomía local, y el primer y violento sonido de las luchas de la independencia, en el marco de una maquinaria mundial de guerra: Napoleón desplegándose por Europa; el imperio británico en conflicto bélico, con sus flotas alrededor del mundo, incluyendo las costas del Río de la Plata; el imperio Español y sus colonias en decadencia, e incluso los Estados Unidos involucrados finalmente, entre 1810 y1812. Esto es historia. Pero Sobremonte es también literatura, y es contemporánea. Porque si en esa literatura se podía leer el modo "continuo" de la frivolidad, el delito y la impunidad; también se puede leer el contemporáneo desgobierno, la colonia y el despojo, en medio –como parte– de un mundo en conflicto bélico. Y entonces, la evidencia de una genealogía oculta se hace carne. Esto es personal. Tengo a Sobremonte en la cabeza desde aquella lectura; incluso desde antes de iniciar el trabajo de adaptación teatral. Antes también de reelaborar los signos que Wiñazki ofrece: la cabeza de vaca, o la peluca de un virrey "lampiño, culón y protocolar" que gobernando roba, huye y es reivindicado. Sospecho, desde aquel momento, que el Virrey no sólo está a nuestras espaldas. Lo siento, de algún modo evidente, a la cabeza de todos nosotros. Y si su imagen es grotesca, la risa que provoca también lo es. Es nuestra mueca, ni trágica ni cómica. Es el espejo. Es la foto del padre.
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