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| Del libro “Con Pelos en la Lengua” En caso de lectura rompa el hielo con el prólogo
uve el privilegio de acceder a reuniones secretas donde se debatía el tema. Fue entonces cuando escuché por primera vez hablar de esta tragedia. Se me impuso un voto de silencio y lo acepté, pero ya no soporto callarme. Voy a revelar lo que oí, arriesgándome a las consecuencias. En un lugar de la Tierra hubo un puñado de hombres lúcidos que percibió los motivos por los que el ser humano estaba a punto de ahogarse en un río de confusiones. Luchando contra la desesperación, se juramentaron darse la mano para intentar sobrevivir. Querían defenderse a cualquier costo de una conjura que habían descubierto, una intriga que sólo los iluminados como ellos pueden intuir. El complot se había urdido alrededor de la palabra. En los umbrales de la humanidad la palabra surgió como un resplandor de gozo. Apareció, vanidosa y salvadora, con la forma de una llave dorada que prometía abrir las puertas de las tinieblas, eliminar las rejas que impedían al hombre apoderarse de los tesoros más preciados: la Comunicación, el Conocimeinto, el Poder. Y hasta la Sabiduría. La palabra surgió contundente ante el hombre, como un espejo sonoro del pensamiento. Aseguró a quien pudiera entenderla que ella era la prueba de la superioridad humana. Y que no existía distancia entre ella y lo que representaba, porque pensamiento y palabra, idea y signo, constituían una unidad, formaban parte de la misma esencia. Y el humano le creyó. Emparentó labia con evolución sin darse cuenta de la trampa, sin percibír que él mismo corporizaba la herramienta de un diversión cósmica. Alguien, en algún plano de existencia, lanzaba carcajadas descomunales cada vez que los hombres detenían la erección de la Torre de Babel y aceleraban su incomunicación. Quizá su arrogancia fue quien convenció al hombre de que el origen y la solución del conflicto eran sencillos. “El embrollo está originado en la diversidad de idiomas, dialectos y jergas que supimos inventar” opinó una revista de actualidad de la antigüedad. En apariencia, el error consistía en utilizar palabras distintas para decir lo mismo, en directa relación al continente o barrio donde se hubiera nacido. Presumieron, por lo tanto, que la proliferación de profesores de idiomas iba a ser capaz de erradicar la plaga de la incomunicación humana con absoluta eficiencia. La propuesta de instaurar el esperanto como lengua universal fue recibida con enorme júbilo. Legiones de filólogos eufóricos recorrían las calles con pancartas coreando: –¡¡Es-pe-ranto… nos vas a ayudar tanto!! El esperanto (de espantoso nombre pero noble objetivo) fue colocado entonces en la vidriera de la esperanza universal. Pero surgieron dos inconvenientes sorprendentes: 1. La escasísima cantidad de instructores de un idioma tan nuevo, hecho agravado por una total ausencia de alumnos. 2. La sospecha creciente de que quienes conversaban en el mismo idioma en el que lo habían hecho siempre no demostraban tampoco comprenderse entre sí a la perfección. El proyecto fracasó rotundamente. Inaugurando un estilo veleta que perduró por siglos, la misma revista de antes publicó ahora: “Ya lo dijimos: la cosa no va por ahí”. De todas maneras, semejante revés no provocó suicidios en masa. Ni siquiera una mísera depresión individual. Es más, el mundo se sintió aliviado. Los cambios demasiado profundos suelen provocar en la humanidad algunos molestos inconvenientes: gastritis, irregularidades en la menstruación, ataques de nervios, suicidios y hasta mal aliento. Todo siguió como antes. El ser parlante hablando y el ser oyente entendiendo otra cosa. Sin barreras de idiomas, sin dificultades de dicción, sin enfermedades auditivas, pero con colosales impotencias para comprender, para transmitir lo que se piensa, para pensar lo que se siente. Divorcios controvertidos entre la idea y la palabra, entre la palabra y la comunicación. El tiempo avanzó, arrollador, y hoy sigue aún erecta esta temible Torre de Papel donde cada palabra tiene varios significados (muchos de ellos, sólo determinados por la emoción de quien la usa) que no pueden captarse fácilmente. El resultado es uno solo: confusión. Esa Torre en la que subsistimos todos es demasiado endeble para una convivencia apasible. Una leve brisa basta para convertir a las palabras en hojas al viento que juguetean en remolinos y caen con la forma que la naturaleza decide, prescindiendo de la voluntad de los hombres. Quizá esto sea una ley. Tal vez la palabra nunca pueda ser rigurosa porque no nació con ese destino. Es probable que la comprensión verídica entre los humanos deba recorrer otros caminos donde no aparezcan símbolos tan primitivos como una letra al lado de otra entorpeciendo el avance. Pero también es cierto que para que eso ocurra el hombre deberá trepar a algún escalón superior a su condición humana. Y esto, en definitiva, no puede depender de los vaivenes de la distraída humanidad que tenemos, sino de la voluntad de cada uno de sus integrantes. Al menos esa es la opinión de acreditados expertos en escaleras. Los guerreros estaban consternados por su descubrimiento, del cual dejaron constancia en su Primera Proclama Liberadora, que decía así: Si bien la palabra es el instrumento de comunicación más racional con que cuenta la humanidad, está lejos de ser perfecta. Es ambigua, imprecisa, borrosa y traicionera. La palabra miente. Levanta muros muy difíciles de traspasar en el puente que pretendemos recorrer entre nuestra emoción y la de otro. Ignoro por qué fueron herméticos. Quizá porque (cual libro sagrado) consideraban que las grandes verdades no son para todos; tal vez porque escribiendo en clave protegían su hallazgo de manos enemigas; o bien porque tenían mala letra. Pero, por suerte para usted, yo pude descifrar el mensaje. “Si bien la palabra es el instrumento de comunicación más racional con que cuenta la humanidad, está lejos de ser perfecta. Es ambigua, imprecisa, borrosa y traicionera. La palabra miente. Levanta muros muy difíciles de traspasar en el puente que pretendemos cruzar entre nuestra emoción y la de otro”. No parece descabellada la teoría de estos sagaces seres que intuyeron una emboscada en las sombras, una astuta conspiración que tiene como fin burlarse de los humanos. Porque es difícil aceptar que una civilización capaz de proezas tecnológicas notables no pueda evitar el malentendido. Suena increíble que gerentes de renombre, habilísimos cerrajeros y dermatólogos prestigiosos no puedan ser claros cuando intentan explicar por qué no soportan al cuñado. No existe título universitario ni sabiduría de café que garantice idoneidad para escuchar una opinión cualquiera sin agregarle emociones propias o distorsiones inútiles. Llegar a comprender al otro con precisión o descifrar lo que en realidad quiso decir y no pudo, ya es una utopía. Está ahí la palabra, entonces, aún en su trono, simulando destreza para lograr que las gentes se entiendan. Por allá están los guerreros decididos a combatir, aunque sin tener en claro contra quién, mientras buscan algún líder que les clarifique el enemigo. Por todos lados está el universo que no para de hablar, ya sabemos con qué resultados. Y acá estoy yo que, ante semejante caos (peor aún que el que generan las Bolsas cuando se vienen abajo, aunque a usted le parezca exagerado), lo único que puedo hacer es lo único que sé: jugar. No otra cosa hacen los escritores, los actores, los músicos o los directores de cine, simulando que trabajan seriamente. Y el juego que le propongo a usted es que nos riamos de ambigüedades, equívocos y disparates en los que la palabra es protagonista. Y no creo que generar sonrisas sea poca cosa en un mundo en el que uno no gana para sustos, mire. Bah, a veces no gana ni para comprarse un miedito en liquidación. Del libro “Médicos, Psicoanalistas y Otros Enemigos de la Salud”: Espanto nutritivo (una historia de terror)
o es de noche ni llueve, pero acecha el espanto. Los pasos del hombre resuenan sobre el cemento de la calle ignorando la angustia que le espera pocos metros más allá. Un sol casi naranja brilla sobre su cabeza y el aire fresco le acaricia la piel. Algún pájaro canta sobre la rama de un pino. El mediodía de la ciudad está en paz, extrañamente silencioso, con la calma inevitable que precede a la inevitable tempestad. Dick camina pensando en tonterías y hasta una sonrisa ingenua asoma en su cara. Levanta la mirada y reconoce el lugar. Es aquí, piensa. Empuja suavemente la barroca puerta de madera y entra. Con una sonrisa cordial, el mozo lo conduce hasta una mesa cercana a la ventana. Dick se acomoda, estudia la carta sin demasiado entusiasmo y hace su pedido. Luego se dedica a esperar, hojeando su periódico, arrullado por los suaves sonidos de la música funcional. Es entonces cuando sucede. Sus ojos se detienen en un artículo escrito por el director médico de la “Asociación Comida Sana”. A medida que avanza la lectura una sensación helada le recorre la espina dorsal. La sangre de todo el cuerpo se instala en su rostro. Es el miedo que lo paraliza. Un terror indescriptible. Las manos comienzan a temblar y su garganta se seca. No puede creer lo que va a ocurrirle muy pronto a su organismo gracias a los alimentos nocivos que ha estado ingiriendo a lo largo de su vida. Dick baja el diario lentamente, ya sin fuerzas. Imagina a su cuerpo desintegrándose, cubierto de costras verdosas, recorrido por repugnantes microbios que se ríen de él mostrándole el filo de sus dientes. La vista se le nubla y se marea. En un acto reflejo aferra con desesperación el mantel. La tela se desliza sobre la mesa y, cuando él está por caer, unas manos lo sostienen. –No temas –lo tranquiliza una voz cristalina– Confía en mí. Dick mira hacia arriba y ve a un ser alto, de cabellera espléndida, con una brillante vestimenta de seda blanca. –¿Quién eres? –Deberías conocerme –le contesta la magnífica aparición– Soy el Colesterol Bueno. He venido a protegerte. En ese instante la mesa vuela por el aire impulsada por una fuerza inusitada. De un lugar desconocido y subterráneo surge con violencia un personaje siniestro. –¡Quieto, imbécil, este hombre ya es mío! Clavando en Dick su mirada de hielo, el horripilante Colesterol Malo lanza una carcajada macabra. –¡No! –grita el hombre aterrorizado– ¡No quiero ser tuyo! Un movimiento brusco lo sobresalta. De las negrísimas ropas del Colesterol Malo se asoma una figura grotesca y se abalanza sobre su cara. –¿Ah, no? ¿Y a mí tampoco me quieres más? Dick se paraliza. La mirada del Salamín ejerce sobre él una fascinación cautivante. El Colesterol Bueno le grita: –¡Huye, insensato, el Salamín te destruirá! Apelando a un enorme esfuerzo, Dick obedece. Corre hacia cualquier parte y se esconde tras un mueble oscuro. Agazapado se queda lo más quieto que puede, tratando de dominar su respiración agitada. De pronto, lo sorprende una voz. –Hola, Dick. El gira la cabeza y ve a su lado a un rozagante, crujiente y exquisito Pan Blanco. –Es una suerte que te hayas escondido justamente en el mostrador, donde nos preparan para llevarnos a las mesas. –¿Nos preparan? –balbucea Dick– ¿A quiénes? –A él y a mí –le responde una voluptuosa porción de manteca. –¡No sean sádicos! –grita Dick– ¡Juntos son demasiado, déjenme! La manteca le susurra con actitud seductora: –¿Pero por qué Dick? Somos amigos de toda la vida, con nosotros siempre has disfrutado. –¡Eso era antes! –contesta él incorporándose– ¡Cuando no sabía lo mal que me hacían! –Comenos, chiquito, gocemos –gime la manteca mientras se desliza eróticamente sobre el Pan Blanco. Hipnotizado, Dick mira a sus nuevos enemigos. Los ensordecen los latidos de su propio corazón, como si fueran timbales del terror. La atracción es irresistible. Está a punto de ceder a la tentación pero es interrumpido por un alarido. –¡¡Atrás, demonios!! –Ven con nosotros, Dick. La Margarina y la Galletita de Agua se lo llevan casi a la rastra. –¡No te dejes engañar! –le grita el Pan Blanco– ¡Ahora los médicos descubrieron que la Galletita de Agua tiene las mismas calorías que yo! Dick se detiene alarmado. –¿Es cierto eso? Con una enigmática sonrisa, la Galletita lo mira en silencio. –¿¡Cómo puede ser, si mi abuela siempre hizo régimen comiéndote para acompañar el mate!? La tierna Galletita de Agua se transforma en un monstruo terrorífico y su voz resuena grave y cascada como la de un fantasma de ultratumba. –¡Sí, pero la medicina cambia sus opiniones, mi amor! –¡Traidora! –le grita la Margarina. Aferrando cada una de ellas un brazo de Dick, ambas tironean violentamente intentado apoderarse de él. –¡Ayúdenme, sola no puedo! –grita la Galletita. Un rugido infernal conmueve el corazón del hombre y quiebra los cristales de la ventana. Un aliento fétido y caliente lo envuelve desde atrás. Al darse vuelta, Dick es invadido por el pánico. Allí está ella. Inmensa, desbordante, ocupando con su cuerpo infinito todo el espacio disponible. La Gordura se hace dueña de la situación. –Es inútil resistirte, muchacho. A una seña de ella, aparecen entre las sombras el Azúcar y la Grasa y arrastran lentamente a Dick hacia la Gordura. –Me necesitas, tonto, te doy energía –le dice el Azúcar al oído. –¡Leí que el Edulcorante es mejor! –¡Ajj, repugnante químico, te enfermará! –¿Cómo va a a enfermarme?, si los médicos dicen que… –¡Déjate llevar! –le murmura la Grasa aferrada a su cintura– Lo que dicen los médicos es que sin mí no puedes vivir. –¡Suéltenme! ¡Caldos Desgrasados, ayúdenme! ¡Gaseosas Diet, Aceite con Bajo Colesterol, me están secuestrando! En ese momento, una cascada de burbujeante líquido se derrama sobre sus captores, quienes instantáneamente se marean y caen al piso, borrachos. –Ven conmigo, yo te ayudaré. El Vino toma de la mano a Dick y se aleja con él, navegando hacia sus atractivos dominios de la buena mesa. –¿Tú vas a ayudarme?, ¡si eres el peor! El Vino lanza una alegre carcajada y le muestra una revista. –Estás desactualizado, Dick, entérate de la nueva verdad de la medicina. ¡Soy excelente para el corazón, mejoro la circulación! Circula conmigo, circula… Dick se angustia. –No puede ser verdad. –Es tan verdad como que nosotros no te engordamos –lo sorprende la voz melosa del Tallarín, envolviéndole el cuerpo de pies a cabeza. –¿Cómo que no? –pregunta Dick al borde del infarto. –Ni nosotros ni los ravioles ni los fetuccinis. Lo que engorda es la salsa, pichón, ¿no lo sabías? –¿Quién dice semejante locura? –Los médicos diétólogos. Por ahora es así, pero tal vez mañana cambien de idea otra vez. –¡Esto es infame! –aulla Dick– ¡Me han engañado toda la vida, no tienen derecho a volverme loco! En su cabeza empiezan a retumbar unos golpes ensordecedores. A su alrededor todo se estremece con insoportables latidos. Desesperado, Dick se tapa los oídos. –¡Basta!, ¿qué es esto? Súbitamente tres blanquísimos personajes lo estrechan entre sus brazos, casi asfixiándolo. –¡Es la Hipertensión! –le dice uno de ellos– La trae la Sal Común que viene hacia ti. Pero no temas, si te quedas con nosotras nada te ocurrirá. Nos recomiendan los médicos. Yo soy la Sal de Ajo, ella es la Sal sin Sodio y ella, la Marítima. Un repugnante sabor le genera náuseas a Dick. –¿Cómo que nada me pasará?, estoy a punto de vomitar, Sal de Asco. –De Ajo. –¡Es lo mismo, ustedes son repugnantes! –No importa, la salud es lo primero. –¡Alguien que me salve, por favor! –ruega Dick soportando las arcadas. Veloz como un rayo, una delgadísima superheroína desciende desde el cielo con su capa al viento y una F en el pecho, lo levanta en sus brazos y se aleja con él volando. –¡Aquí estoy yo para salvarte de todos tus pesares, pobre infeliz! –¿Y ahora tú quién eres? –¿No me conoces? –le dice la Super Fibra, ofendida– Soy la nueva redentora de la humanidad que ama la salud. Yo te llevaré al paraíso. Conmigo no sólo no engordarás, sino que también disfrutarás las mejores evacuaciones intestinales de toda tu vida! –Debe ser cierto –apenas se le oye a Dick con un hilo de voz– porque al volar tan alto ya me estoy cagando. ¡¡Quiero bajar!! –Como quieras –responde la Super Fibra, más ofendida que antes, y lo suelta. –¡¡Socorrooo!! Mientras cae desde miles de metros de altura. Dick se aresigna a morir, arrepintiéndose de haber rechazado la salud de una forma tan necia. La Tierra se agranda a gran velocidad, pero es extraña su apariencia. No se ve el verde de la vegetación ni el gris de los edificios. Es algo negro, un negro intenso y líquido. ¡Y caliente! Dick se zambulle en las profundidades del Café Descafeinado. –Te esperaba, Dick, sabía que por fin me ibas a aceptar. Aquí está la Leche Descremada, por si me quieres cortado. –¡¡Me quemo, me ahogo… quiero salir, bblgg… auxilio!! –Ah, ¿me desprecias? Muy bien, allá tú, llévenselo. Es entonces cuando Dick vive el instante más espantoso de su historia. Una bandada de inmundos seres lo toma entre sus garras y lo aleja del lugar. Dick no se anima a preguntar pero intuye lo peor. En el horizonte se percibe una horripilante cueva. Hacia allí se dirigen. Dick no puede más y grita: –¿Dónde me llevan? –A tu morada final. La que tú has elegido al rechazar la comida de los vegetarianos, los naturistas y los médicos sanos. –¿¡Quiénes son ustedes!? –Los Elementos Cancerígenos que vivimos en muchos alimentos. –¡¡Nooo!! Con una fuerza titánica nacida de su desesperación, Dick aplica un tremendo golpe del puño al ser que tiene más cerca. El mozo rueda por el suelo. A su lado, el bife de chorizo jugoso, las papas al oreganato y los huevos fritos que él había pedido decoran la alfombra del restaurante de distintos tonos que no combinan demasiado. Los demás clientes lo miran azorados. Con la mirada clavada en la comida que ese asesino de saco blanco pretendía que él ingiriera, Dick vocifera: –¡¡Carnes rojas… fritos!! ¿¡Querés matarme, turro!? El psiquiatra del hospital le recomendó comer liviano y elegir alimentos más sanos. Dick jamás pudo volver a ese restaurante. Del libro “Abogados y Otras Alimañas”:
Como en todos los meses, en julio se precipitan acontecimientos buenos y malos. Pero existe un aspecto demasiado siniestro que se reitera a fin de julio de todos los años. Termina la feria judicial de invierno y los tiernos cuervecillos retornan a su actividad. Recordemos que las “ferias” (tanto la veraniega como la invernal) son las anheladas épocas del año en las que la sociedad disfruta su merecido descanso anual: sus vacaciones de abogados. Pero a su término se produce lo inevitable. Retornan los escritos y las audiencias, las querellas y las apelaciones. Aleluya. El Derecho –ese conjunto de leyes establecido por el poder público para defender a los inocentes de los ilícitos de los pícaros y al cual acuden los pícaros para proteger la eficacia de sus ilícitos– vuelve a digitar las relaciones interpersonales. Vuelve la gente a confundir peligrosamente el concepto “sistema judicial” llamándolo “Justicia” sin percibir su pecado. Vuelven los humanos a entrar al Palacio de Tribunales para pagar su culpa de ser tan humanos y son una vez más recibidos sin euforia por esa señora impávida de la puerta. ¿La ubica? Esa, la grandota. UNA JUSTICIA DISTINTA Cuánta gente, cuántas veces, habrá pasado cerca de ella sin mirarla. O, mirándola, no la vio. En realidad, ésta es una de las imperfecciones que colabora en definir al mortal: no darse cuenta de que hay un zorrino aunque el olor lo desmaye. Pero un día yo pude. Luego de haber visitado algunas veces el Palacio de Justicia, me detuve en el hall de entrada con la mirada fija en un punto. Un punto grande, al que observaba detenidamente por primera vez, una estatua de considerables dimensiones. Debe ser –supuse– el símbolo de la actividad principal que se perpetra en este edificio. O, al menos, el valor que más se respeta en el lugar. Si no fuera así, ¿para qué la instalarían en un sector tan destacado? Sí, no podía haber dudas. ¿Qué iban a poner? ¿Un busto de La Evasiva?, ¿el monumento a La Chicana?, ¿una pintura de La Manganeta Jurídica? Ahí tenía que estar La Justicia y ninguna otra cosa. Pero no parecía La Justicia. Sus ojos carecían de venda y se mostraban abiertos, atentos. No tenía espada ni balanza. Sus manos se extendían hacia adelante, como pretendiendo tocar a alguien, o con la intención de tantear en la oscuridad. ¿Quién era? Decidí interrogar a varios habitués: abogados que pasaban, porteros que se quedaban, agentes de policía, empleados de intendencia, truhanes, inocentes y triunfadores. Las respuestas que recibí fueron de una asombrosa variedad. –Es la estatua de La Equidad. –Es La Sonámbula. –Es una equilibrista. –No tengo la menor idea. –¿Qué estatua? Pero no faltó un boga que respondió sin dudar. –A prima facie es La Justicia. –¿Cómo La Justicia? –apelé– ¿Y la balanza?, ¿se la embargaron? –No me consta. –¿Quién es el escultor que la hizo, doctor? –Niego tener conocimiento de los dichos que menciona el dicente. –¿Sabe qué pasa?, estuve preguntando y... –Disculpe, llego tarde a una audiencia. –Bueno, gracias. –Hágase saber. –Serán dados. Y claro, yo pretendía recibir información sobre eventos artísticos y simbólicos preguntándole a profesionales habituados a determinar con precisión los hechos que figuran en un expediente. Me decidí a buscar alguna firma en la escultura y tuve éxito. Descubrí la de Rogelio Yrurtia, una de las glorias de la escultura argentina. El mismo que hizo el “Monumento a Dorrego” que está en Viamonte y Suipacha, el “Canto al Trabajo” de Paseo Colón e Independencia, el “Monumento al Doctor Castro” del Hospital de Clínicas, y el “Mausoleo de Rivadavia” de plaza Once. Más tarde, y fuera del Palacio, me enteré de la insólita historia que rodea a esta obra, pero no es éste el momento de contarla porque sé que usted ahora está apurado. Sí quiero mencionarle algunos datos. · Se trata efectivamente de La Justicia, pero tal como la viera la creatividad de un artista. Y su imagen es, desde luego, diferente a la de la misma Justicia que generó otro artista, aquélla que todos conocemos, la de la venda y la balanza. · Además, la estatua emplazada en el Palacio es la segunda fundición en bronce que se hiciera. La primera está en el cementerio de Vicente López. Con más precisión, en la bóveda del abogado Carlos Delcasse, un diputado dandy, maestro de esgrima, árbitro de cientos de duelos a espada, amante del arte y gran amigo de Yrurtia, a quien ayudó económicamente a concretar la escultura en 1905. Por todo lo cual, y más allá de consideraciones de orden artístico, pude inferir los tres puntos siguientes: 1. Los hombres del Derecho no tienen una información precisa sobre la Justicia. Y muchos pasan delante de ella sin reconocerla. 2. La Justicia original fue a parar al cementerio y la de Tribunales es sólo una reproducción. 3. La imagen de la Justicia que reina en el centro de la actividad judicial del país es muy diferente a la imagen de la Justicia que tiene la gente. En otras palabras, hay dos justicias: una en la calle y otra en los juzgados. Conclusión: lo sospeché desde un principio. |
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