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Sacco & VanzettiPROLOGO Mi
trabajo en este Sacco y Vanzetti es
lo que los autores llamamos una dramaturgia.
Una reelaboración de materiales ajenos -habitualmente de ficción- para
darles una nueva teatralidad, o sencillamente para encontrársela cuando -como
en este caso- se procesan ingredientes documentales. La
idea original había sido reciclar el Sacco
e Vanzetti de Roli y Vincenzoni, una pieza de buena madera de los `60, de
cuya vigencia potencial había conseguido convencerme Jaime Kogan, gestor del
proyecto y director del espectáculo. Pero su índole misma de Obra
Documento -como la caracterizan sus autores- habría de conducirnos
forzosamente a sus propios textos matrices: Las actas del juicio, los
interrogatorios, los alegatos, las cartas de Vanzetti y las de Sacco, e
innumerables escritos documentales, periodísticos y de ficción sobre el caso.
Desde allí entonces fue mi propia mirada sobre esos materiales la que
reconstruyó el proceso y le dio nueva forma. Con ese envión trabajé la
partitura. Iluminado por la novela de Howard Fast, deslumbrado por la lucidez de
los pensadores libertarios, y conmovido por la cantidad de notas y estudios
que nos aportaron las bibliotecas anarquistas. De esta manera compuse -hice la
dramaturgia- de este nuevo Sacco y
Vanzetti. Compuse, insisto, ya que fuera del tratamiento argumental de
algunas escenas, no hay en la obra ficción propiamente dicha, sino composición
dramática de situaciones autenticas, y de textos documentales que descubro mas
conmovedores y expresivos que cualquier trama al respecto. Pocos
placeres encontrará un autor como este de desenterrar la pieza oculta y
devolverla en todas las posibilidades de su nueva expresividad: La esencia poética
de un fragmento epistolar, la insólita teatralidad de un acta de juicio o un
interrogatorio, o el conmovedor dramatismo apenas disimulado entre las frases de
un alegato. Un trabajo apasionante éste, de restaurador. Un decapagge:
aquella técnica de deshojar un cuadro capa tras capa en busca del motivo mas
valioso escondido tras la última pintura. Citar
aquí la totalidad de las fuentes sería engorroso y -me parece- contradictorio,
ya que se ha tratado justamente de hacer con esos fragmentos un todo nuevo,
indivisible, y de otro signo genérico. No puedo dejar de mencionar no obstante
-además de los ya referidos- a los trabajos sobre el caso de Gregorio Selser y
Diego Abad de Santillán, y a la completísima recopilación de documentos
publicada en Montevideo por Acción
Directa. Mauricio Kartun Sacco
y Vanzetti se
estrenó en el Teatro Metropolitan de Buenos Aires en el mes de octubre de 1992
con el siguiente elenco.
Un espacio franco y despojado. Planos, pasarelas, y plataformas de distinta altura. Luces y bruma entre las que se ocultan y se descubren los personajes, deambulando siempre allí. Presentes. Rosa, Stewart, Katzmann, Thompson, Thayer, Luigia, Medeiros, y los testigos. Al centro, visibles ahora, Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti se unen en un abrazo macizo y vasto. Se separan. Entonces: UNA
VOZ: Mil novecientos dieciséis: Sentencias a veinte años de prisión a
dirigentes del movimiento obrero norteamericano sin mas delito que su afiliación
a los sindicatos de la I.W.W., Trabajadores Industriales del Mundo. Mil
novecientos diecinueve: Son expulsados de Estados Unidos centenares de obreros.
En Montana, en las minas de cobre, se disponen destierros en masa al desierto, y
prisión a miles de huelguistas. Mil
novecientos veinte: Son apresadas mas de ocho mil personas, y en las calles de
Boston se las obliga a desfilar atadas con pesadas cadenas. Solo
en las dos primeras décadas de este siglo ingresan a Estados Unidos mas de tres
millones de inmigrantes. (Silencio.) BARTOLOMEO:
(Solo. Una carta.)
Norteamérica. Gennaio 1920. Signorina Luigia Vanzetti. Villafalleto,
Italia. (Una luz descubre a Luigia que
lo escucha cargada de nostalgia.) Querida hermana: Aquí estoy de vuelta en
la ciudad. Compré por fin el carro y la balanza para vender pescado (Evoca.) ¡Pesce...!
¡Pesce fresco...! ¡Frutti di mare...! (Vuelve.)
Los
cuchillos de filetear ya los tenía. Me ha ido bien las primeras semanas aunque
ahora con la nieve, ya no se puede trabajar a la intemperie. Tomé el toro por
los cuernos y me coloqué de albañil en una obra, aunque tampoco en esto las
cosas andan bien: el cemento escasea por la huelga ferroviaria que se mantiene
desde hace meses. Así son las cosas en América. Tal vez tengas razón, y lo
tenga papá... LUIGIA: Bartolo... Con quei soldi del carretto abresti potuto prendere il biglieto di ritorno... BARTOLOMEO:
...Tal vez tengas razón, si. Quizá lo haga el año entrante si junto lo
suficiente. Al fin y al cabo no será mucho lo que deje aquí: amigos, eso sí,
y baldes de sudor. De todos modos estoy, como te he contado, tanto mejor que
entonces, cuando llegué. La gente ahora se anima a pedir por lo suyo, y
vieras: a algunos ya no nos tratan como animales. (Se
inflama) Hermanita: Estoy listo para enfrentar sin temores y sin
incertidumbres la gran batalla que está por estallar. De aquellos días sí ya
no quiero acordarme. De dormir a la intemperie y andar revolviendo tachos para
encontrar una hoja de repollo o una manzana picada. Tres meses recorriendo Nueva
York sin conseguir trabajo. Finalmente un paisano piamontés me llevó con él
de pinche a la cocina de un club. La despensa no tenía ventanas. El vapor del
agua para lavar las cacerolas formaba en el techo unas gotas como piedras que
nos caían sobre la cabeza todo el día. El calor de los hornos te ampollaba las
piernas. Las piletas no tenían desagüe, el agua caía al piso y corría hasta
una rejilla. Cuando se tapaba, se inundaban las plataformas de tabla y nos empezábamos
a resbalar en el barro que se hacía. Trabajábamos doce horas un día, catorce
el otro. Las salidas eran de cinco horas cada dos domingos. Comíamos lo que
sobraba y dormíamos ahí mismo. (Seis dólares por semana!. Comparado con
aquello, lo de hoy hasta parece humano. Nicola Sacco, el compañero del que te
hablé, se vuelve a Italia con toda la familia. (Una
luz descubre a Nicola allá en lo mas alto. De cara al cielo.) También
ellos me quieren convencer, y a lo mejor entre todos lo están consiguiendo.
Querida hermanita Luigina: saluda en mi nombre a todos los amigos y vecinos.
Besos a las tías, a Ettore, a Cencina, a Nalín y familia, y a papá. (Quedan
mirándose un último instante.) LUIGIA:
(Susurra.) ¿E a me...? BARTOLOMEO:
Mille baci e tanto affetto. Tuo. Bartolomeo Vanzetti.(Oscuro
sobre él.) NICOLA:
(A nadie.) Subo a la
terraza para poder ver las estrellas. (La
luz descubre ahora a Rosa que lo observa.) ¡Rosa...! ¡Si lo contamos en
Torremaggiore se hacen cruces! ¡En Norteamérica el cielo no se ve! (Ríe.)
Y es cierto. Desde la calle apenas si se avista alguna. (Un
tiempo.) No me acostumbro a no ver... Me duelen los ojos. ¡¿Podrá
ser...?! Los primeros años no me
daba cuenta. Lo sentía pero no me daba cuenta. Lo descubrí aquella mañana que
cruzamos el puente a pie: ¡A los paisanos que miraban lejos, se les aclaraba la
vista! ¡Desde aquí, Rosa...! Allí hay demasiados cables, no tiene gracia. Aquí
hay un hueco. Antes esas cosas se enterraban: los caños, los cables... Ahora te
los cuelgan sobre la cabeza ¡Qué manía! Van a terminar tapándose el cielo. (Abraza
a Rosa que se ha acercado.) ¿Se durmió Dante ya? (Rosa
no contesta. Un tiempo.) ROSA:
No vayas Nicó. No quiero. NICOLA:
Para eso subiste. ROSA:
Si. NICOLA:
Ya te lo dije que no hay ningún peligro ni... ROSA:
(Interrumpe.) Bartolomeo estuvo acá.
Me contó. NICOLA:
(Trans.) No quería que te asustaras. ROSA:
¿Quién era? NICOLA:
No importa. ROSA:
Importa. NICOLA:
Salsedo. Otro compañero. Se tiró por la ventana en la oficina de policía. Lo
estaban interrogando. Tienen una lista. Estamos preocupados, hay que avisarle a
esa gente para que esté prevenida, sacar un material de propaganda que hay.
Queda poco tiempo... ROSA:
No vas a ir. NICOLA:
Rosa... ROSA:
Que vaya otro. Otro que no tenga familia. NICOLA:
Si te digo que no hay peligro... ROSA:
Van con el auto de Boda. Me lo dijo Bartolomeo. Boda es un activista conocido,
la policía... NICOLA:
(Interrumpe.) ¡Tengo que hacerlo
Rosa! No son tiempos estos, para que uno esté en la casa prendido a las faldas
de la mujer. ROSA:
¡¿Y sí lo son para que esa mujer se quede sola...?! NICOLA:
Rosa... ROSA: La gente nos mira mal. (Por italianos ya nos mira mal...! ¡¿Qué necesidad hay de meterse en eso...?! ¡Tenemos dos hijos! NICOLA:
¡¿Y por quién te parece que lo hago?! ¡¿Hay alguna otra forma en este
calvario para que algún día estén mejor...?! ROSA:
Si. Volvernos. NICOLA:
¡Y lo estamos haciendo! ¡Paciencia Rosa, falta poco...! El consulado tiene
todo listo. Pero eso no cambia las cosas. ¡Aquí o allá! ROSA:
Acá no nos quieren. NICOLA:
(Duro.) Allá tampoco. (Pausa.)
Rosa... (Un tiempo. Finalmente Rosa
hace un gesto de desconsolada aprobación. Se ilumina un espacio en el que
Bartolomeo observa sus pertenencias que son inventariadas por el teniente
Stewart.) Me voy a cuidar.
Tranquila Rosina, serán sólo unas horas. STEWART:
...Un reloj de cadena de mucho uso, la marca no se lee... NICOLA:
Voy a necesitar algún dinero... ROSA:
Eso no. El dinero del viaje no se toca. (Le da la espalda.) STEWART:
...Cinturón hebilla de bronce, monograma Be y Ve... BARTOLOMEO:
Bartolomeo Vanzetti. NICOLA:
¡¿Veinte más o veinte menos que más da...?! ROSA:
¡Da! ¡Da...! STEWART:
...Un par de lentes pinza con el aro derecho roto... NICOLA:
(A Stewart.) Míos... (A
Rosa. Urgido de pronto.) No tengo tiempo, dame... ROSA:
No. STEWART:
...Revólver marca Colt calibre 32... BARTOLOMEO:
Mío. NICOLA:
(A Rosa.) ¡Vamos... me espera! STEWART:
¿Es el que intentó sacar al ser detenido...? BARTOLOMEO:
Quise sacar mis papeles de inmigración. Los tenía... STEWART:
(Interrumpe.) Seis balas del
calibre mencionado... NICOLA:
Rosa... Mañana estoy de vuelta. Te prometo que es la Ultima... STEWART:
... Chambergo negro... NICOLA:
(A Stewart.) Mío también... (A
Rosa.) ¡Juro...! (Lo hace.) No
tengo tiempo ya. Dame... (Rosa
resignada saca dos billetes arrugados.) ROSA:
Sólo veinte... (Nicola los toma y los
guarda. La besa largamente.) STEWART:
...Un llavero de cadena con dos llaves, una común y una pequeña de
candado... NICOLA:
(En camino al otro espacio.) La última... ROSA:
(En un arranque.) Llevá estos
otros tres, por cualquier cosa... (Le arroja tres monedas.) ¡Pero ni uno más...! (Nicola levanta la mano despidiéndose. Rosa hace lo propio.) STEWART:
...Veintitrés dólares: dos billetes de diez y tres monedas de a uno... (Nicola
se vuelve hacia él.) Un cortaplumas de acero, enmangado en hueso... NICOLA:
(Incorporado ya a la comisaría.
Aclara.) Un despuntador... Un despuntador para cigarros... Señor... ¿Podemos
saber por qué se nos arresta? STEWART:
(Vago.) Rutina. NICOLA:
¿Rutina...? STEWART:
Rutina. Rutina policial. NICOLA:
(Sin entender.) Pero tendríamos
derecho a... STEWART:
Claro. Derechos. Conozco sus derechos, y también mis deberes, señor... (Duda.
Busca en los papeles.) NICOLA:
Sacco. Sacco Nicola. STEWART:
(Continuando.) Un diario en idioma
italiano, de filiación anarquista, y un impreso en papel rojo... NICOLA:
(Agrega.) Y verde... Rojo y verde,
de Italia. STEWART:
(Retoma.) ...Rojo y verde, de la
misma orientación ácrata. (Da por
terminado el inventario. Un tiempo.) Bien. Señor Vanzetti deberá
aguardar aquí, mientras yo interrogo al señor Sacco. Luego lo haré con
usted. (Sacco se retira. Stewart
permanece en un espacio neutro desde el que domina ambos interrogatorios. A
Nicola.) Ahora le voy a hacer algunas preguntas. No está obligado a
contestar si no quiere... (A
Bartolomeo.) pero si contesta, sus respuestas podrán ser utilizadas
contra usted en el tribunal. NICOLA:
¿Tribunal...? STEWART:
(A Bartolomeo.) Están arrestados
bajo sospecha. BARTOLOMEO:
¿De qué? STEWART:
(Interrumpe.) Eso ya lo veremos. ¿Le
molestaría repetir su nombre...? BARTOLOMEO:
Vanzetti Bartolomeo. Vanzetti con doble te. STEWART:
(A Bartolomeo.) ¿Casado? BARTOLOMEO:
No. Soy solo. Tengo todos los parientes en Italia. NICOLA:
Tengo la mujer mía y dos hijos. Dante y ... STEWART:
(A Bartolomeo.) Repita por favor el
nombre y el apellido de la persona que dicen que vinieron a buscar. BARTOLOMEO:
Poppy. Sé nada más que se llama Poppy. Bah... todos lo llaman así. Es un
sobrenombre, como se dice. NICOLA:
El... Bartolomeo se tenía que encontrar con un amigo de él, y me dijo a ver
si yo lo acompañaba a Bridgewater. STEWART:
¿Cómo se llama ese señor...? NICOLA:
No sé. Yo no lo vi nunca. No sé. STEWART:
(A Bartolomeo.) ¿Y dónde vive...? BARTOLOMEO:
¿Dónde vive...? STEWART:
Poppy, ese... BARTOLOMEO:
No sé. STEWART:
¿Cuánto hace que lo conoce? BARTOLOMEO:
Bastante hace. Trabajamos una vez casi dos años en Plymouth. Una fábrica de
sogas que había. STEWART:
¿Y lo único que sabe es que se llama Poppy? (Bartolomeo
asiente. Stewart lo mira insisténtemente.) BARTOLOMEO:
(Se encoje de hombros.) Todos lo
llaman así. STEWART:
¿Señas particulares...? (Un tiempo.)
La descripción. BARTOLOMEO:
Grandote y gordo es, y pelo blanco... Anda siempre con una camisa azul. STEWART:
Camisa azul... BARTOLOMEO:
Azul. STEWART:
(A Nicola.) ¿Pero usted hoy lo
vio...? NICOLA:
No, no. Vinimos en tren. Un viaje largo. No terminaba nunca el viaje. Después
nos bajamos... STEWART:
Ajá... NICOLA:
Anduvimos caminando un rato, hasta una plaza grande que hay, pero Bartolomeo
dijo que ya era muy tarde, y que ese amigo se debía haber acostado ya. Así
que nos volvimos. STEWART:
¿Y para qué quería ver a Poppy? NICOLA:
No, yo no quería... Yo sólo venía a... STEWART:
Vanzetti digo... ¿Para
qué lo venía a ver...? BARTOLOMEO:
Tenía que hablar con él para recomendarle un paisano mío que llegó recién.
Pensé que podía conseguirle algún trabajo. NICOLA:
No sé. Por una partida de pescado, creo. STEWART:
¿Pero al final, entonces lo vio...? BARTOLOMEO:
No, estaba demasiado ocupado. STEWART:
¿Pero habló con él? BARTOLOMEO:
No. Hablar no. STEWART:
¿Y de dónde sacó entonces que estaba ocupado? BARTOLOMEO:
Unos amigos que vi, me dijeron... STEWART:
Amigos.. BARTOLOMEO:
Unos amigos... STEWART:
Datos personales. (Un tiempo.) Los
nombres... BARTOLOMEO:
(Un tiempo.) No sé. No los
conozco. STEWART:
(A Nicola.) ¿Quiénes eran esos
hombres en moto que hablaron con usted? NICOLA:
No hablamos con nadie. BARTOLOMEO:
No, moto no. No vimos a nadie en moto... STEWART:
(A Nicola.) Pero usted conoce a
Mike Boda... BARTOLOMEO:
¿Boda...? No. No conozco. STEWART:
Mike Boda. BARTOLOMEO:
Boda. NICOLA:
A nadie con ese nombre conozco yo... STEWART:
(A Bartolomeo.) ¿A qué partido
pertenece? BARTOLOMEO:
¿Partido...? STEWART:
Partido. A qué partido. BARTOLOMEO:
Ninguno. NICOLA:
No me ocupo de política yo. Trabajo en la fábrica Milford. Zapatos. STEWART:
(A Sacco.) ¿Y
cómo es que llevaba ese diario anarquista? NICOLA:
Un hombre repartía por la calle. Nos dio a nosotros también. BARTOLOMEO:
Estaban tirados en la plaza y los recogimos. Ni los leí. STEWART:
(A Bartolomeo.) ¿Anarquista
o socialista? BARTOLOMEO:
Que... STEWART:
Su partido. BARTOLOMEO:
Ninguna de las dos cosas. STEWART:
(A Nicola.) ¿Está inscripto en
algún sindicato, señor Sacco? ¿En alguna organización de trabajadores...
gremio...? NICOLA:
No. STEWART:
(A Bartolomeo.) ¿Tomó parte en
alguna huelga...? ¿Un piquete...? BARTOLOMEO:
No. STEWART:
¿Conocía a Andrea Salsedo? BARTOLOMEO:
(Un tiempo.) No. STEWART:
¿Pero habrá leído su nombre en los diarios? BARTOLOMEO:
No se. No me acuerdo. STEWART:
Era un anarquista. (Bartolomeo niega.)
Un rojo. BARTOLOMEO:
No sé... STEWART:
Basura. Se mató en Nueva York. BARTOLOMEO:
(Calmo.) ¿Por qué? STEWART:
Estaba detenido. Cuando vio que conocíamos toda su actividad se suicidó.
¿Algo que decir? BARTOLOMEO:
Nada. STEWART:
Bien... (A Bartolomeo.) Después
firmará su declaración. (A Nicola.) ¿Hay algo que quiera modificar o agregar? NICOLA:
No señor. STEWART:
Lo lamento, pero deben quedar detenidos. Al menos esta noche. NICOLA:
Mi mujer me espera en casa. Se va a preocupar. STEWART:
Nosotros le avisaremos. NICOLA:
¿Por lo menos se puede saber qué hicimos? STEWART:
Rutina. Ya les expliqué. BARTOLOMEO:
Tiene nuestras direcciones. No nos vamos a escapar. STEWART:
Lo siento. Ya es algo tarde para averiguar antecedentes. Mañana a la mañana,
si no aparece nada en su contra quedan libres. NICOLA:
¿Rutina, eh? STEWART:
Rutina policial. BARTOLOMEO:
(Se resiste.) No tienen derecho. No
hicimos nada... Nosotros... (La luz se los lleva. Stewart, calmo, toma su carpeta y ordena las
declaraciones. Se ilumina fugazmente la figura del Juez Thayer.) THAYER:
(Golpea el martillo.) Se incorpora
al cuerpo de la causa el informe del Teniente Stewart al fiscal de distrito (A
Katzmann que se va haciendo visible también.) Fiscal Katzmann: ¿puede
decirnos la fecha exacta en la que recibe usted el informe mencionado? KATZMANN:
Si su señoría. En la mañana del 6 de mayo, en la Comisaría de Brockton.
Veinticuatro horas después del arresto de los acusados. THAYER:
¿Puede verificar si se trata del mismo informe? KATZMANN:
Si, su señoría (Va hasta Stewart,
quien se lo extiende. Desaparece Thayer. Katzmann comienza a leer velozmente.)
Cinco de mayo de 1920. En base al primer interrogatorio del que adjuntamos
copia... surge evidencia suficiente de que los dos ciudadanos italianos
detenidos en Bridgewater han declarado en falso. A pesar de no haberse
efectuado las investigaciones de rigor por falta de tiempo, resulta presumible
que Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti... etc, etc, etc... (A
Stewart. Jovial.)
¡Buena pieza teniente Stewart...! ¡Su estilo es cada vez más jurídico...!
Lo voy a recomendar como escribiente en el juzgado... (Ríe.) Bueno... Tendremos
un bonito desayuno esta mañana. (Palmea
a Stewart que no lo retribuye.) ¿Cómo sigue todo por aquí? STEWART:
(Seco.) En paz. Hasta ahora. (Con
una seña hacia afuera incorpora a la escena al grupo de testigos.) El
Fiscal Katzmann los llamará por apellido (A
Katzmann, tendiéndole unos papeles.) Aquí está el expediente: Doble
homicidio y robo en South Braintree. KATZMANN:
¡Todo por hacerse aún, y el día se nos escapa como agua entre los dedos...!
Stewart: su inteligente resumen de los hechos... STEWART:
(De mala gana.) El 15 de abril a
las tres de la tarde en la calle Pearl, frente a la fábrica de zapatos Slater
& Morril, Parmenter, el cajero de la firma, y Berardelli del cuerpo de
vigilancia... KATZMANN:
Stewart... Stewart... Tiene
una rara noción de resumen usted. (Lee
rápidamente.) Se produjo el robo... asesinaron a los dos... huyeron con
la bolsa... (A Stewart.) ¿Tiene la
cifra...? STEWART:
16.000 dólares. Algo menos. KATZMANN:
Que más... (Ojea.) STEWART:
Huyeron en un coche negro que los esperaba. KATZMANN:
Coche negro... STEWART:
Iban tres hombres más. Al menos eso dicen los testigos. Aspecto extranjero
los cinco. KATZMANN:
¡Cinco, y desaparecen sin dejar rastro! ¡No habla bien de usted, teniente!
¿Se sabe algo del dinero, del auto...? STEWART:
La plata todavía no entró a circular. El coche lo encontramos en un
parque. Pensaron que era peligroso y lo abandonaron. Le pedimos a los
informantes que se nos avisara de cualquiera que anduviera buscando de
alquilar vehículo. Fue por eso que cayeron esos dos. Intentaban conseguir el
coche de un tal Mike Boda. Un taller mecánico nos dio el informe y los
levantamos. Pista falsa: no sé en qué andarán, pero con esto no tienen nada
que ver. KATZMANN:
¿Son todos los testigos? STEWART:
Hay otro mas: Luis Pelser, pero no se ha presentado. Insiste en que no ha
podido ver nada y no hubo manera de... KATZMANN:
(Corta.) ¿Algo más? STEWART:
Si. Les mostré a los testigos algunas fotos de archivo. La chica Splaine
reconoce a uno de los asaltantes: Tony Palmisano. De la banda Morelli. (Aburrido.)
No hay nada que agradecerme, sólo cumplo con mi deber. KATZMANN:
(Desinteresado.) ¿Palmisano,
eh...? STEWART:
Tengo la foto y la testigo. Se le hace firmar la declaración, parten todos,
y el sol vuelve a brillar sobre Brockton. KATZMANN:
(Sacando papeles.) Prepare el
reconocimiento. STEWART:
Oiga, acabo de decirle que ya han identificado a uno de los... KATZMANN:
(Interrumpe.) ¡Diligencia,
Stewart...! ¡Diligencia! Que pasen de una vez a ver a esos italianos. STEWART:
¡Le digo que no tienen nada que ver con esto...! ¡Habrá que averiguar en qué
andan, pero...! KATZMANN:
(Interrumpe.) Stewart. (Seco.)
A mí me pagan para encontrar culpables. Los inocentes no necesitan que
nadie los encuentre. STEWART:
(Un tiempo. Agrio.) Si señor. KATZMANN:
Bien. Ahora haga pasar a todos los testigos juntos y traiga aquí a esos dos. STEWART:
(Contenido.) ¿Juntos, eh? KATZMANN:
Juntos, si.. STEWART:
¡Katzmann, no nos conocemos de hoy...! Hay reglamentos. No puedo poner a
todos juntos en... KATZMANN:
(Enérgico.) Ni yo puedo perder el
día en esta ruina sólo porque a usted se le ocurra... STEWART:
(Interrumpe.) ¡Si estas ruinas se
mantienen en pie todavía, es porque yo no dejo entrar líos aquí! ¡Y no
hablo de leyes, Fiscal! ¡Hablo de líos! ¡No quiero ningún compromiso! ¡Tengo
treinta años aquí! Y voy a llegar a mi retiro sin cicatrices. ¡Tal vez no
llegue limpio, pero no voy a llegar con cicatrices! ¡No me complique con sus
cosas! KATZMANN:
¡No me obstruya, entonces! (Pausa tensa.) Bien. Supongo que si me voy de su madriguera sin
haber hecho los careos, alguien deberá dar explicaciones. (Comienza a guardar sus papeles. Stewart lo observa tenso.) STEWART:
(Finalmente, después de un tiempo. A
los testigos.) Pasen por aquí. El Fiscal Katzmann desea interrogarlos. (Sube
una luz cruda sobre Bartolomeo y Nicola, encandilados contra un fondo blanco.) KATZMANN:
Bien. Como ya sabrán han sido citados para reconocer a estos hombres
detenidos por nuestra policía. Limítense a observarlos atentamente. Después
responderán a las preguntas del caso. (Sacco hace un gesto de cansancio. Katzmann se lo indica a Stewart con
un ademán.) STEWART:
(A Nicola.) Derecho Sacco. M.
SPLAINE: (A Katzmann.) Si
me permite señor, yo he visto una foto hace un momento, que me mostró el
teniente... KATZMANN:
(Interrumpe airado.) ¡Señorita...!
¡¿Qué hace...?! No comprende que no se puede... M.
SPLAINE: Yo... KATZMANN:
¿Quién le pidió que hable? Toda la complicada maquinaria de un
procedimiento puede echarse a perder sólo porque... M.
SPLAINE: ¡Lo siento...! Créame... yo pensé... KATZMANN:
No piense. Nadie le pidió que lo haga. Sólo mire a estos hombres y trate de
reconocer en ellos a aquel asesino. (Un tiempo.) Bien. (Bajan
las luces sobre Nicola y Bartolomeo, que permanecen allí alejados del
grupo. A
Cesare Rossi: Usted...
Nombre, apellido, ocupación. C.
ROSSI: Cesare Rossi. Trabajo
en la secadora de la lavandería. STEWART:
Estaba en la terraza con el otro, el que no se presentó. La lavandería queda
enfrente a la... KATZMANN:
(Interrumpe. A Rossi.) ¿Italiano? (Cesare
asiente.) Piense bien lo que va a declarar. Le advierto que el falso testimonio
es un delito grave. ¿Reconoce a alguno de los dos...? C.
ROSSI: ¿Y qué voy a decir yo...? Estábamos en la terraza, colgando ropa,
con Pelser. Son varios pisos. No se puede desde tan alto... KATZMANN:
(Interrumpe.) ¿No reconoce
entonces? C.
ROSSI: Apenas los veíamos... Vine porque me lo han pedido, pero desde allá
arriba, ni Pelser ni yo pudimos... KATZMANN:
(Corta.) Gracias. STEWART:
(A Katzmann. Aparte.)
Cuando usted ordene preparo las fotos. KATZMANN:
(Sin poder ocultar el fastidio. A
Levangie.) Usted... STEWART:
El señor Levangie es el guardabarreras del paso a nivel por el que cruzó el
auto al huir. KATZMANN:
¿Bien...? LEVANGIE:
El de bigotes. Ese manejaba. KATZMANN:
¡Señor Levangie...! ¿Seguro? LEVANGIE:
¿Cómo? ¿Quiere que se lo ponga escrito? Se lo firmo donde me pida. KATZMANN:
¡Bueno...! ¡Al fin alguien con los ojos abiertos! LEVANGIE:
El otro no sé. Pero que el de bigotes manejaba, manejaba. KATZMANN:
No es necesario mucho más por hoy. Claro que tendremos que molestarlo de
nuevo. LEVANGIE:
Si es para esto... Ya era hora que empezaran a limpiar un poco de tanto
italiano. Si por mí fuera los devolvía nadando. ¿Son italianos, no...? (No
espera respuesta.) Los huelo. Peleé con nuestras tropas allí... KATZMANN:
¿Veterano de guerra, eh? LEVANGIE:
Nosotros matándonos allá, y estos acá comiéndonos la comida... KATZMANN:
Lo llamaremos señor Levangie. STEWART:
(Aparte. Insiste.) Sólo
uno entre cuatro, y ninguna otra prueba. No creo que le alcance para dejarlos
adentro. KATZMANN:
Se verá, teniente... Se verá. (A Mary Splaine.)
¡Bueno,
bueno, quién queda aquí! Esta niña que casi echa todo a perder... M.
SPLAINE: Lo siento... Realmente lo siento. ¡Yo no sabía que no se podía
mencionar... Es la primera vez que...! KATZMANN:
Bueno... Ya está hecho. Nombre, apellido, ocupación... M.
SPLAINE: Splaine. Mary
Splaine. Soy la tenedora de libros de Slater & Morril, la fábrica que
robaron... Yo estaba tildando unos comprobantes de caja.... Y bueno, como a
las tres de la tarde... Las quince horas, vendrían a ser, yo... KATZMANN:
(Interrumpe.) ¡Señorita... Señorita...!
Sólo una cosa le pedimos, escuche bien: ¿Reconoce a alguno de los dos
detenidos? ¿El pelo... las manos... los bigotes? Algo que nos sirva de ayuda. M.
SPLAINE: Bueno yo... KATZMANN:
Si... Si, adelante... M.
SPLAINE: Créame que quisiera ayudar a la justicia... Pero al mismo tiempo...
Compréndame... Tal vez las manos de uno de ellos, pero... KATZMANN:
Si, adelante... M.
SPLAINE: No, no... No puedo decir ni que si ni que no. KATZMANN:
(Trans.) Comprendo. (Seco.)
Pueden irse. M.
SPLAINE: Entienda mi posición... KATZMANN:
(Exasperado.) ¡Gracias señorita
Splaine! (A todos.) Al
salir pueden retirar sus documentos. Corroboren sus datos por si hay que
volver a citarlos. (Los testigos se retiran.) STEWART:
¿Bien, Katzmann...? KATZMANN:
(Pausa. Digiere. Trans. Sonriente.)
¡Stewart... Stewart...! ¡Tenía razón usted Stewart...! ¡Con estos
elementos no se los puede retener más aquí! STEWART:
(Prevenido.) Es su problema... KATZMANN:
Vamos Stewart... No
puedo arriesgarme a llevarlos así a un tribunal... STEWART:
¿Qué pretende ahora, que...? KATZMANN:
Necesito retenerlos unos días... Tal vez mañana mismo... STEWART:
Basta Katzmann... Suficiente
por hoy. KATZMANN:
Nadie se enterará, créame... En esos hombres hay algo... STEWART:
No. KATZMANN:
Hay algo. Lo veo, usted sabe... STEWART:
No. KATZMANN:
Olvide lo de la foto... Tal vez estuve mal... ¡Lo admito! A veces... Sé
que no fue el de la foto, la banda Morelli, conozco el caso... Créame... ¡Al
fin y al cabo es sólo una vieja foto! STEWART:
(Estalla.) ¡¿Una foto?! ¡¿Sólo
lo de la foto pasó hoy aquí?! ¡Con la mitad de lo que he hecho esta mañana
sobra para que me arranquen esta placa y se la tiren a los perros! ¡Y usted
me habla de la foto! (Una
luz sobre el Juez Thayer que desde su estrado hace sonar su martillo
imperiosamente.) KATZMANN:
Teniente... STEWART:
¡Teniente un carajo! ¡Mostró a los dos sospechosos solos, y usted sabe que
sólo se los puede mostrar mezclados con otros! ¡Interrogó a los testigos en
grupo, y la ley exige que se lo haga por separado! ¡¿Era poco eso?! ¡Me
pide ahora que retenga a los detenidos! KATZMANN:
Lo necesito... STEWART:
¡Y yo necesito mi sueldo! THAYER:
(Martillo.) ¡He dicho silencio! STEWART:
¡Mi podrido sueldo...! ¡¿O por amor a qué demonios se cree que sigo en
esta letrina...?! ¡Me importa un carajo la suerte de esos italianos, pero los
quiero hoy lejos de aquí! KATZMANN:
Son culpables. STEWART:
No quiero más riesgo... KATZMANN:
Son culpables. STEWART:
¡No hay un roñoso testimonio, ni uno solo, que así lo haga suponer...! THAYER:
(Desde su espacio. Martillo.) Se
incorpora al expediente el informe policial de la sección política. (Katzmann
y Stewart detienen bruscamente la pelea.) KATZMANN:
(Mientras Stewart recoge el informe y
vuelve con él. Casi para sí.) ¿Sección política...? ¿Qué tienen que
ver esos dos con la sección política...? STEWART:
(Todavía agitado.) No sé. Acaban
de enviarlo de la central. KATZMANN:
(Hojeándolo con interés creciente.)
¡Stewart... Stewart...
Stewart...!
¡Cuánta cosa importante hay aquí...! (Un
tiempo.) Teniente, traiga aquí al de los bigotes (Stewart va a salir.) Teniente... (Stewart se detiene. Katzmann agita los papeles.) Sobran elementos
ahora para una causa... (Stewart
asiente. Va a salir.) Stewart... (Stewart
se detiene nuevamente. Katzmann levanta la mano en señal de paz.) STEWART:
(Serio.) No hay rencor, Katzmann.
No hay rencor. (Va hasta Vanzetti, lo
toma con firmeza y lo conduce ante Katzmann.) Frederich Katzmann, el
Fiscal de Distrito. BARTOLOMEO:
Quiero protestar por el tratamiento que nos dan aquí. No nos dejaron dormir
en toda la noche, y no se nos ha dicho qué hacemos detenidos. STEWART:
¿Terminaron ya los lamentos...? Bien. Hablá cuando se te pregunte. ¡Y hablá! BARTOLOMEO:
Ya dije todo lo que tenía que decir. KATZMANN:
(Calmo.) Ah, eso si que no. Eso si
que no es cierto... (Katzmann y Stewart
rodean a Bartolomeo. Cae sobre él un cono de luz. El cuello desabrochado,
exhausto. En algún lugar de la escena Luigia comienza como una letanía un
rezo en su idioma. Medeiros en su celda se agita en una pesadilla. Desde un
fugaz pasillo de luz, Thompson observa tomando unas notas.) Italia es una
república... BARTOLOMEO:
Si. KATZMANN:
¿Y cómo es entonces que tiene un rey? ¿Tiene un rey, no? BARTOLOMEO:
Si... Si, un rey. KATZMANN:
Una república con rey... BARTOLOMEO:
Una república no es. KATZMANN:
¿Quiere a este país? BARTOLOMEO:
¿A este? KATZMANN:
¡A este! ¡A este! ¡¿Cuál otro?! BARTOLOMEO:
¿Cuándo van a terminarla con eso? KATZMANN:
Si o no... BARTOLOMEO:
No es una pregunta que se pueda... STEWART:
Si o no. BARTOLOMEO:
Tendría que separar... Hay cosas que... STEWART:
Conteste sólo la pregunta. BARTOLOMEO:
(Mareado.) ¿Qué pregunta? KATZMANN:
¡¿Qué pregunta...?! La que le hicimos. ¿Quiere a este país? BARTOLOMEO:
No se puede contestar así. STEWART:
Si o no. BARTOLOMEO:
No... yo... KATZMANN:
¡No! ¡Dijo que no! BARTOLOMEO:
¡No! Yo no dije... Quise decir que yo no... (Estalla.)
¡No aguanto más! (Quiere pararse. No
puede.) ¡No entienden que no puedo más! KATZMANN:
(Impasible.) ¿Quiere a este país? BARTOLOMEO:
(Pequeña pausa.) Si. KATZMANN:
Ajá. ¿Y por qué entonces desarrolla actividades antinorteamericanas...? BARTOLOMEO:
Jamás lo hice. KATZMANN:
¿Niega ser anarquista? BARTOLOMEO:
Si. (Un tiempo.) No. STEWART:
Si o no. BARTOLOMEO:
No. KATZMANN:
¿Por eso anda armado por la calle? BARTOLOMEO:
Se los dije cien veces. Defensa personal. STEWART:
¿De qué hay que defenderse en este país? BARTOLOMEO:
Tengo un negocio. Pescado. Hay robos. KATZMANN:
¿Cuando llegó a América ya estaba afiliado o lo hizo aquí? BARTOLOMEO:
Yo no... ¡Basta, me niego a seguir contestando! THAYER:
(Reaparece. Martillo.) Petición
denegada. THOMPSON:
¡Mi defendido tenía derecho, Señor Juez...! THAYER:
(Interrumpe.) No ha lugar. KATZMANN:
(A Bartolomeo.) Se niega porque ve
que se va incriminando poco a poco. BARTOLOMEO:
¡No...! ¡Me niego porque no doy más! ¡Porque me caigo de sueño! ¡Porque
ya no entiendo más nada! KATZMANN:
Bien. (Va al escritorio. Después de
una pausa.) Bartolomeo Vanzetti, lo acuso formalmente de homicidio doble
y robo, cometido el 15 de abril del año en curso, en complicidad con el
detenido Nicola Sacco. NICOLA:
(En su espacio. Iluminado
de pronto.)
¡Rosa...!
¡Rosa! (Rosa se hace visible también.) BARTOLOMEO:
(Enloquecido por la sorpresa.) ¡¿Cómo
asesinato...?! ¡Me acusa de asesinato! KATZMANN:
Doble asesinato y robo. (Comienza a
guardar sus papeles en el maletín. Bartolomeo intenta infructuosamente
ponerse de pie. Medeiros lanza un aullido cortante.) MEDEIROS:
¡La jeringa, hijos de puta! ¡Quiero Jeringa! ¡Métanse en el culo la
clemencia! ¡La silla eléctrica métansela...! ¡Traigan mi jeringa y una
buena aguja y guárdense en el más oscuro rincón del ojete todo el puto
resto del mundo! (Sigue con sus
aullidos. Stewart intenta dominar a Bartolomeo.) BARTOLOMEO:
¡Déjenme tranquilo! ¡No me toquen! (Thayer golpea el estrado con energía.) ¡¿Yo asesino?! ¡¿A quién
podemos matar nosotros?! KATZMANN:
Mataron para robar. BARTOLOMEO:
¿Qué inmundicia es esa? KATZMANN:
Hay un testigo. Lo reconoció. BARTOLOMEO:
¡Miente! ¡Miente! ¡Miente! THAYER:
Si el reo no se comporta deberá retirarse de la sala. THOMPSON:
¡Hay tres testimonios en contra, su señoría! BARTOLOMEO:
¡Como que Dios existe, miente! KATZMANN:
Fue usted el que ha mentido hasta ahora. ¿Si o no? BARTOLOMEO:
(Pausa tensa.) ¡Si, mentí! ¡Si
señor, porque no quise confesar que era anarquista! ¡Mentí porque tuve
miedo de terminar como Salsedo! ¡Está bien, soy anarquista! ¡Eso no tiene
nada que ver con ser delincuente! ¡No soy delincuente yo!
¡Nicola! ¡Nicó! ¡¿Oyó?! ¡Somos asesinos y ladrones! NICOLA:
(Desde su espacio.) ¡¿Bartolomeo?! BARTOLOMEO:
¡Asesinos y ladrones! NICOLA:
Bartolomeo... ¡¿Qué le hacen...?! ROSA:
¡Nicola...! ¡Nicola! NICOLA:
¡Rosa! BARTOLOMEO:
¡Asesinos y ladrones...! ¡Luigia no creas lo que dicen los diarios...! NICOLA:
¡¿Qué le hicieron, Rosa?! ¡Bartolomeo! ¡Déjenme salir! ¡Déjenme
salir...! Aúlla Medeiros. Grita Rosa. Reza Luigia. El martillo del Juez llama violentamente a silencio. Paroxismo. Como si salieran de una pesadilla, todo cesa de pronto con la entrada de Thompson. Bartolomeo y Nicola se miran atontados, agitados aun. Comienza a crecer a su alrededor el espacio del juicio. THOMPSON:
Señor Vanzetti... Señor Sacco, al fin. No veía la hora de que me
autorizaran. Soy Thompson, su abogado... William
Thomp-son. Sus
familias están perfectamente y me han pedido que se los transmita.
Lamentablemente esta primera visita será muy breve. Me imagino cómo se
sienten, pero quiero que sepan, para su tranquilidad, que estoy tan
convencido de su inocencia como ustedes mismos. He estudiado el caso
meticulosamente y no tengo ninguna duda al respecto. Así que no hay
absolutamente nada que temer. Gracias a Dios la incomunicación ha sido
levantada y nos quedan unos cuantos días de margen para preparar la
defensa. El 31 de mayo tenemos la primera audiencia. THAYER:
(Iniciando el juicio.) Señores del
jurado confiamos a su conciencia y decisión la vida de dos hombres. La corte
sabe bien que ese deber de ustedes es difícil e inquietante. Pero tenemos
confianza plena en vuestro patriotismo y devoción al deber... THOMPSON:
(Mientras se integra con sus defendidos al tribunal.) Sr.
Bartolomeo... Señor Nicola... Hay alguna cosa, si me permiten que siento un
deber de conciencia comentarles. Habrán sabido ustedes cuántos abogados
rechazaron el caso. Y supongo que imaginan ustedes la razón. Quiero
aclararles entonces por qué lo he tomado yo. Señor Sacco, Señor Vanzetti:
soy abogado porque creo obstinadamente en la justicia. En la de Dios. Y en la
de este país. La de mí país. Me
he sentido entonces en la obligación ética de tomar este caso de ustedes,
porque si por el prejuicio de un hombre de leyes se condenase a un inocente,
todas esas mismas leyes perderían sentido. Quiero aclararles también que
nada me une a sus ideas políticas, pero como confío en nuestra democracia, y
en esta constitución, puedo admitir la existencia de cualquier ideología,
por extravagante que fuese. Y quisiera que cuando mañana ustedes salgan
libres puedan admitir conmigo las virtudes y la vigencia de las leyes de mi país.
(Vuelve a primer plano la presencia de Thayer que termina su alocución
a los jurados.) THAYER:
...Y ahora señores del jurado les formularé las preguntas de rigor, a las
que habrán de responder con la máxima honestidad.
¿Tienen ustedes algún vínculo de amistad o parentesco con los
imputados o con las víctimas del hecho?
¿Se han formado ya alguna opinión acerca de la culpabilidad o
inocencia de los imputados? ¿Tienen ustedes alguna prevención o prejuicio
contra los reos? ¿Son sus principios contrarios a la pena de muerte? (Una
pausa breve. Thayer golpea con el martillo.) La corte confía en que los
jurados sabrán desempeñar correctamente su labor. La audiencia queda
abierta.(Con un golpe de luces estalla el ámbito del juzgado, su rumor, sus personajes.) THOMPSON:
Antes de iniciar el debate, su señoría, la defensa desearía objetar una
medida. THAYER:
Adelante abogado Thompson. THOMPSON:
Resulta evidente, señor Juez, la cantidad inusual de policías que se han
desplegado en la sala. Una medida de este tipo influye sin duda sobre los señores
del jurado adjudicándole a mis defendidos una peligrosidad que no han
demostrado de manera alguna. THAYER:
Oposición rechazada. La defensa no puede oponerse a ninguna medida policial
adoptada por esta corte en garantía de la seguridad del jurado. THOMPSON:
Quería señalarlo su señoría... THAYER:
Pónganse de pie los acusados. (Bartolomeo se pone de pie. Nicola, más nervioso no entiende.) BARTOLOMEO:
(A Nicola.) Si alzi... (Este
lo hace.) THAYER:
¿Los reos tienen algo que decir antes que la acusación tome la palabra? NICOLA:
Si. Que somos inocentes. THAYER:
El acusado sólo puede responder por sí mismo. NICOLA:
Que soy inocente, entonces. BARTOLOMEO:
Hay unas cuantas cosas que tendría que decir... THAYER:
El imputado sólo tiene el derecho de afirmar su inocencia o admitir su propia
culpabilidad. BARTOLOMEO:
(En voz baja.) Soy inocente. THAYER:
(Con sonrisa benévola.) El acusado
debe hablar de manera que todos lo escuchen. Se dice que los italianos tienen
una garganta de oro, así que seguramente será un placer oírlo. NICOLA:
(Afectuoso.) Parli piú forte. BARTOLOMEO:
(Más alto.) Soy inocente. THAYER:
Los acusados pueden tomar asiento. Que pase el primer testigo. (Tránsito
escénico.) UNA
VOZ: El 10 de junio se presenta ante el tribunal Luis Pelser. Cambia su
anterior testimonio en la comisaría, se desdice y declara ahora reconocer a
Sacco como uno de los asesinos. Diez días después de la primera audiencia,
el 20 de junio, declara el guardabarreras Levangie. (Luz
sobre Levangie.) LEVANGIE:
(Aclarando a alguien.) Le-van-gie
g.i.e. gie. Levangie... THOMPSON:
¿Señor Levangie usted es guardabarreras en el paso a nivel donde se produjo
el asalto? LEVANGIE:
Si señor. THOMPSON:
Según su declaración y la de los otros testigos, los asaltantes subieron
a un auto y pasaron a gran velocidad delante suyo. ¿Fue así? LEVANGIE:
Más o menos. THOMPSON:
¿Quiere decir que no fue exactamente como yo lo he referido? LEVANGIE:
Bueno si, como ser, las cosas fueron así, pero el auto no pasó delante mío
tan rápido. Pararon para cruzar la vía y tuvieron que ir más despacio,
así que pude ver bien al que manejaba. THOMPSON:
¿Y según usted ese hombre que manejaba era Vanzetti? LEVANGIE:
Si señor. Puedo jurar que era él. THOMPSON:
¿Y el que viajaba al lado era Nicola Sacco? LEVANGIE:
No. A Sacco ya le dije que no puedo reconocerlo. El sol daba contra los
vidrios del auto, no voy a afirmar una cosa así si no estoy matemáticamente
seguro. THOMPSON:
Mientras que si está "matemáticamente" seguro de que el hombre que
manejaba era Vanzetti. LEVANGIE:
Eso. THOMPSON:
¿A qué distancia suya pasó el auto? LEVANGIE:
Bueno... unos pasos. THOMPSON:
¿A qué velocidad? LEVANGIE:
Serían... no sé... la verdad no sé, pero era bastante despacio porque pude
ver bien la cara del que manejaba. THOMPSON:
¿Y era Vanzetti? LEVANGIE:
Oiga... Si le digo que era él. Ya van cien veces que lo digo. THOMPSON:
En esta misma sala, cinco personas han declarado bajo juramento que Vanzetti
no sabe manejar. LEVANGIE:
¿Y entonces? THOMPSON:
Mire bien al hombre que está acusado. (Levangie lo hace.) Vanzetti levántese por favor (Bartolomeo
se para.) ¿Señor Levangie, de qué color son los cabellos del acusado? LEVANGIE:
Morochos... son negros. THOMPSON:
¿Cómo describiría su físico? LEVANGIE:
No sé... Robusto. THOMPSON:
¿No es delgado, no? LEVANGIE:
No, delgado no. THOMPSON:
Señor Levangie, antes que usted tres testigos declararon que el hombre que
manejaba el auto era rubio y delgado... LEVANGIE:
(Confundido.) ¡A mí no me
interesa lo que digan los demás! THOMPSON:
(Calmo.) He terminado, puede
retirarse señor Levangie. THAYER:
Se levanta la sesión. (Tránsito escénico
hacia la próxima declaración. Un cambio de luces y ya está Mary Splaine
presta a declarar.) UNA
VOZ: Testimonio de Mary Splaine, testigo de cargo, el 20 de junio de 1921. KATZMANN:
Señorita Splaine, ¿Usted presenció el asalto de South Braitree? M.
SPLAINE: Si señor. Una cosa horrorosa realmente. KATZMANN:
¿Dónde estaba usted en el momento del asalto? M.
SPLAINE: En mi oficina. En el primer piso de la fábrica. KATZMANN:
Bien. Relátenos todo lo que vio. M.
SPLAINE: Cómo no, si. Bueno... Vi a un hombre con un arma que disparó sobre
el pobre Berardelli y escapó en un coche negro, donde lo esperaban los otros
asaltantes. KATZMANN:
¿Se encuentra en esta sala ese hombre? M.
SPLAINE: Si señor. (Señala a Nicola.)
Es aquel. Aquel que no tiene bigotes. (Nicola se para violentamente. La acción queda congelada.) NICOLA:
(Al vacío. En otro espacio Rosa
escucha conmovida.) ¡Que sepa que yo no fui! ¡Rosa, no pares de decírselo!
¡Va a leer los diarios! ¡¿Qué va a pensar de su padre?! ¡Hijo: Sacco es
un gran apellido. Un apellido antiguo y bueno! ¡Y Dante es un nombre
hermoso! ¡Un gran orgullo llamarse Dante Sacco...! (Vuelve la acción.) KATZMANN:
¿Sabe el nombre de la persona que acaba de señalar? M.
SPLAINE: Si, Sacco. Nicola
Sacco. KATZMANN:
Gracias Señorita Splaine. Sacco
se deja caer en su banco. Hay una nueva transición. Nicola, en tanto, murmura
como para sí. NICOLA:
¡Dante! ¡Dante, no es cualquier nombre, hijo...! Alguien que se llame así
debe hacer honor al idioma. No
deje de practicar. Recuerde
la canción. ¡Cuando volvamos a Torremaggiore tiene que saber saludar a los
abuelos! UNA
VOZ: Cesare Rossi. Italiano. Operario de lavandería. Declara el 2 de Julio de
1921. THOMPSON:
¿Dónde se encontraba en el momento del asalto? C.
ROSSI: En la terraza THOMPSON:
¿La terraza de la lavandería? C.
ROSSI: Si señor. THOMPSON:
¿Quién estaba allí con usted? C.
ROSSI: Luis Pelser. Otro empleado que trabajaba conmigo allá. THOMPSON:
Señor Rossi, ¿sabe usted que el señor Pelser ha declarado ahora reconocer
en la persona del acusado Nicola Sacco al asesino de South Braitree? C.
ROSSI: Lo oí, si. THOMPSON:
¿Fue usted testigo de distintas manifestaciones de su compañero declarando
lo contrario? C.
ROSSI: Si señor. (Un tiempo.) El
sabrá. THOMPSON:
Bien. Ahora cuente por favor, todo lo que vio. C.
ROSSI: Pelser y yo estábamos tendiendo unas telas en la terraza. Estábamos
charlando y de repente oímos tiros en la calle. Nos asomamos y vimos a los
ladrones que escapaban corriendo, y al guardaespaldas del cajero tirado en el
suelo. THOMPSON:
¿El señor Pelser se asomó antes, o después que usted? C.
ROSSI: No, nos asomamos los dos al mismo tiempo. THOMPSON:
¿Quiere decir que lo que ha visto usted lo ha visto también Pelser? KATZMANN:
Me opongo su señoría. El testigo no puede saber... THOMPSON:
(A Katzmann.) Cambiaré
la pregunta, entonces (A Cesare.)
¿Pudo reconocer a los asaltantes que escapaban? C.
ROSSI: Mire señor, lo que yo digo lo pueden probar ahora mismo si quieren.
Pueden ir y subir allí y ver. Cualquiera que tenga dos ojos puede hacerlo.
Basta mirar desde esa terraza para darse cuenta que desde allí arriba es
imposible reconocer a nadie. (Los
personajes de la escena quedan congelados. Sólo Thayer y Katzmann permanecen
en acción.) THAYER:
Katzmann... (Este lo mira.) Lo está
haciendo mal, Katzmann. KATZMANN:
(Un tiempo.) Yo... THAYER:
Mal. Está cometiendo errores imperdonables. Y el primero de todos: traer al
tribunal a esos hombres sin pruebas ni testimonios suficientes. KATZMANN:
Thayer... Thayer... El
proceso recién empieza... THAYER:
Y ya podía haber terminado. Unas pocas audiencias habrían bastado si usted
hubiese... KATZMANN:
No podía prever que... THAYER:
(Seco.) Era su deber
preverlo, Katzmann. (Pausa.) Véame
mañana antes de la audiencia. KATZMANN:
Su señoría... (Thayer lo mira.)
Créame que haré lo posible... (Thayer vuelve a sus papeles.) Su señoría... (Thayer vuelve a mirarlo. Lenta transición.) Si usted y la corte lo
permiten quisiera hacerle al señor Levangie algunas preguntas suplementarias... THAYER:
(Reinstalándose en el juicio.) Si
la defensa no se opone... THOMPSON:
No hay objeción, su señoría. KATZMANN:
(A Thompson.) Gracias
abogado. (A Levangie.) Tal como lo
destaca mi colega, su declaración sorprende un poco. Efectivamente, tres
testigos antes que usted describieron al conductor del coche como un hombre
rubio y delgado... ¿No se habrá equivocado señor Levangié...? LEVANGIE:
No. KATZMANN:
Bueno, no hay que ser tan categórico. Cualquiera puede cometer un error. LEVANGIE:
Si le digo que lo vi, lo vi. KATZMANN:
Señor Levangie. Siga conmigo un razonamiento, por favor: Usted vio que se
cometió el asalto, y que asesinaban a dos personas. Obviamente se impresionó.
Luego vio que los asesinos subían al auto y huían en su dirección. En ese
momento habrá sentido miedo, nada más normal. (Pausa.)
En ese estado de ánimo, que todos comprendemos, perfectamente pudo haberse
equivocado... LEVANGIE:
Pero que... KATZMANN:
Calma señor Levangie, calma. El abogado Thompson nos ha demostrado claramente
que Bartolomeo Vanzetti no podía estar al volante del auto porque no sabe
manejar. Pero eso no quiere decir que Vanzetti no viajara en ese auto. Señor
Levangie, si usted insiste con tanta seguridad, y hasta ha jurado haber visto
a Vanzetti al volante, sabiendo que con su testimonio puede enviar a ese
hombre a la silla eléctrica, es evidente que su declaración algo tiene que
tener de cierto, ¿no es así? (Levangie
lo mira sin comprender.) ¿No es posible que a causa de su estado de
nervios y de la velocidad del auto usted haya confundido el lugar que ocupaba
Vanzetti en el vehículo? LEVANGIE:
¿Qué significa...? KATZMANN:
Piense un momento. Trate de recordar aquella escena. ¿No sería posible que
Vanzetti viajara en el asiento posterior, detrás del conductor? LEVANGIE:
(Después de una pausa.) Bueno...
Ahora que lo pienso... THOMPSON:
(Indignado.) ¡Me opongo, su señoría! THAYER:
¿Cuál es la razón, abogado Thompson? THOMPSON:
Es evidente que la acusación sugirió una respuesta al testigo. THAYER:
No resulta evidente. Oposición rechazada. THOMPSON:
(Contenido.) ¡Es injusto! THAYER:
¿La acusación tiene más preguntas por hacer? KATZMANN:
No su señoría. THOMPSON:
¡Injusto! THAYER:
Se levanta la sesión. (Tránsito de
personajes. Quedan recortados Thompson y Vanzetti, que se miran fijamente.
Vanzetti se sienta e inicia una carta.) BARTOLOMEO:
Querido padre: el objeto de la presente es el de reafirmar una vez más mi
inocencia y mi confianza en ella. El de decirte que dispongo de una buena
defensa, que tengo a mi lado un formidable escuadrón de personas generosas
que no me abandonan ni me abandonará jamás, y el de comunicarte mi buena
salud y estado de ánimo. Es probable que cuando recibas ésta, el proceso
haya terminado ya, y esperemos que sea con mi absolución. Padre: Tu no
conoces la situación actual de este país que tanto admiraste años atrás.
Vivimos aquí una triste época. Época de corrupción, época en que el
poder es asaltado desesperadamente, y desesperadamente se defiende. El estado
hace bien el mal y mal el bien, y se apresura a meter en la jaula a un
hombre honesto y encontrar culpable a un inocente. Ya no nos sorprenden las
cosas mas increíbles. Existe en esta corte una sociedad entre abogados y
autoridades judiciales que es capaz de condenar o absolver a quien quiera. ¡Qué
canalla la gente honesta, y qué ramera la justicia! En esa justicia he
perdido ya la fe. Hablo de la que recibe ese nombre, y no por cierto a ese sentimiento
que yace en el corazón del hombre y que ninguna fuerza infernal será jamás
lo bastante fuerte para aplastar. Querido papá: Saludos a todos. Un beso y un
abrazo. Tu hijo. Bartolomeo. (Bartolomeo
levanta nuevamente la vista hacia Thompson. Se miran fijamente. Thompson,
baja la cabeza y vuelve al juicio entre avergonzado y rabioso.) THOMPSON:
(Mientras se reinstala la corte. A
Mary Splaine.)
Señorita
Splaine, usted fue interrogada por la policía de Brockton... M.
SPLAINE: Si señor. (Pausa.) Y
declaré que no estaba segura de que él fuera el asaltante. Realmente estaba
en duda. Pero después, estudiando bien las fotografías de Sacco que
salieron en los diarios, me convencí de que era él propiamente. THOMPSON:
Sin embargo cuando en esa comisaría le mostraron la foto de un prontuariado,
usted afirmó categóricamente que ese era el asesino. M.
SPLAINE: Si... Bueno,
me pareció. Pero después me dijeron que ese hombre estaba preso desde hace
tiempo. Debí haberme confundido... ¿Todos nos equivocamos, no? THOMPSON:
¿A qué distancia se encontraba del lugar en el que se produjo el asalto? M.
SPLAINE: Y... Desde
ahí... Unos treinta metros. THOMPSON:
(Indicando el fondo de la sala.) Señorita
Splaine. ¿Puede ser tan amable de decirme el color de la corbata de aquel señor,
el que está parado en la puerta de la sala? M.
SPLAINE: (Nerviosa.) Bueno...
A decir verdad... No, no señor, no veo bien desde acá. THOMPSON:
¿Por alguna razón en particular? M.
SPLAINE: Bueno... Soy
un poco miope. THOMPSON:
¿Sabe a qué distancia se encuentra aquella persona? M.
SPLAINE: No. THOMPSON:
¡Está a menos de quince metros, señorita Splaine! ¿Quiere explicarme
entonces, por favor, cómo ha podido reconocer a Nicola Sacco a treinta
metros...? NICOLA:
¡Ma perche dice queste bugie...! M.
SPLAINE: Yo... (Alterada.)
Bueno, lo reconocí. No veo por qué... KATZMANN:
(Interrumpe.) Señorita Splaine, si
me permite... Estoy algo sorprendido. No entiendo por qué oculta ese detalle
justamente. M.
SPLAINE: Bueno, yo no sé a qué... KATZMANN:
Por alguna razón que se me escapa, usted no está diciendo toda la
verdad. M.
SPLAINE: Yo... KATZMANN:
¿Cuál es el motivo, señorita, por el que se niega a admitir que en ese
momento -como resulta obvio estando en una oficina- se encontraba usted con
los lentes puestos...? M.
SPLAINE: Bueno... Claro,
eso si... Tenía los anteojos. ¡¿Dios mío, no lo dije...?! THOMPSON:
¡Protesto su señoría! ¡La actitud del fiscal, sirviendo la respuesta a los
testigos es francamente intolerable! Con todo el respeto que me merece esta
corte, este proceso se está volviendo un... ¡Verdadero circo! THAYER:
(Golpea el martillo.) ¡Abogado
Thompson! Mejor que no diga frases irreparables! No quisiera verme obligado a
incriminarlo por ofender a la corte. THOMPSON:
Es la actitud del fiscal, la que ofende a la corte. THAYER:
Suficiente. (Un tiempo.) Realmente
abogado, no me parece que el fiscal haya sugerido la respuesta al testigo.
Creo que simplemente ha tratado de aclarar sus ideas algo imprecisas. THOMPSON:
Es esa misma imprecisión justamente, la que les quita validez. THAYER:
Eso lo debe decidir el jurado. (A Katzmann.) ¿Tiene algo más que preguntar a la testigo? KATZMANN:
No, su señoría. (Trans. de luces que
crea un aparte entre Thompson y Thayer.) THAYER:
Abogado Thompson... Quiero advertirle que su insolencia está pasando todo límite.
¡No diga luego que no se lo advertí: Si continúa en esta actitud será
usted quien termine en el banquillo de los acusados...! THOMPSON:
Con todo respeto señor Juez... El banquillo de los acusados es el lugar más
limpio de esta sala. (Trans. escénico.) BARTOLOMEO:
(A Luigia. La luz sube sobre ella.)
Luigia. Hermanita. ¡Epoca de poda! Recuerda replantar los gajos... LUIGIA:
(Recibiendo la carta.) ...¿Cómo
está la diamela de papá...? ¿Y mi camelia...? Hay que dejarle buenas
yemas. Las más gordas. BARTOLOMEO:
No dejes de avisarme cuando revienten, que imaginarlas es verlas también.
Le he escrito a papá otra carta, y sigue sin responderme. Sé que rabia con
mis ideas, y me castiga con su silencio. ¿Qué puedo hacer?
No sabe cómo me daña. ¿Cómo
está? ¿Cómo lleva sus años? Hermana: te pido que lo beses por mí. Así de
sonso. Que alguno de los besos tuyos, aunque no lo sepa, sea de los míos. Así
de sonso. LUIGIA:
...Abrazos. Bartolomeo. Trans. de luces. Thompson ahora frente a Cesare Rossi. THOMPSON:
Señor Juez, quisiera interrogar nuevamente al señor Cesare Rossi. (Thayer
asiente.) Señor Rossi: Aquel día del asalto usted trabajaba en el
lavadero. C.
ROSSI: Si señor. THOMPSON:
¿Trabaja allí todavía? C.
ROSSI: No señor. Me despidieron. THOMPSON:
¿Por qué razón? KATZMANN:
Todo esto no es pertinente su señoría. THOMPSON:
Si su señoría. Creo que la respuesta puede ser muy importante. THAYER:
Proceda entonces. THOMPSON:
¿Por qué fue despedido? C.
ROSSI: Bueno, después del asalto no se habló más del asunto. A los pocos días
nos llamaron a Pelser y a mí de la policía; nos mostraron a los acusados y
nos preguntaron si los reconocíamos. Nosotros dijimos que no. Un día nos
llamó el capataz y nos dijo que estábamos despedidos. Nosotros le dijimos
por qué y nos dijo que lo había decidido la gerencia. Pedimos hablar con el
gerente entonces, pero no nos atendió. Un tiempo después pasé un día por
la puerta de la lavandería y me encontré con el capataz de casualidad.
Le dije a ver si podía volver al trabajo. Al principio quiso cambiar de
conversación, pero al final me dijo que podíamos volver al lavadero si le
decíamos a la policía que reconocíamos en esos dos hombres a los asesinos.
Yo le dije que estaba loco, y él me dijo que lo pensara. Fui enseguida a
verlo a Pelser y le conté todo. No me dijo nada, pero a los pocos días me
enteré que había vuelto a trabajar en el lavadero. Desde entonces yo no he
podido conseguir un solo trabajo en ningún lugar de la ciudad. Apenas escuchan
mi nombre ya me cierran la puerta, señor... THAYER:
¡Basta Katzmann... Basta! (Se esfuma
el tribunal. Las luces recortan a Thayer y Katzmann en un aparte.) ¡La
declaración de ese hombre que despidieron nos ha echado el mundo encima! ¡No
es así, Katzmann, como va a aumentar la fe en la ley! KATZMANN:
¿Usted no creerá que yo...? THAYER:
¡Ni quiero saberlo! Pero es evidente que ha habido vicios, ¿Y a quién
cree que se los van a atribuir...? ¡¿Cómo no interrogó antes a ese
hombre...?! KATZMANN:
Yo... No creí necesario... THAYER:
¡Ah, no creyó necesario! ¡¿Se da cuenta en la situación que me coloca?!
¡Se puede acusar a los otros testigos de falso testimonio! KATZMANN:
¡No cambiaría nada! THAYER:
Usted subestima a la defensa. KATZMANN:
El abogado Thompson no tiene experiencia penal... THAYER:
¡El abogado Thompson conoce de sobra su trabajo...! KATZMANN:
Es hábil, no lo voy a negar, pero sólo eso... Está en usted justamente
neutralizar esa habilidad. THAYER:
Hable claro, Katzmann. KATZMANN:
Creo que lo estoy haciendo. (Un tiempo.) No puedo luchar contra dos adversarios. THAYER:
¡¿Qué quiere decir...?! ¡¿Que yo favorezco a la defensa?! KATZMANN:
No es conmigo justamente con quien lo hace. THAYER:
¿Usted me hace responsable a mí de sus errores...? KATZMANN:
No recuerdo haber cometido ninguno. THAYER:
(Furioso.) ¡¿Ah no?! ¡Mire
Katzmann, de ahora en adelante usted y la defensa tendrán los mismos
privilegios y mi objetividad será inflexible! ¡Por lo menos que nadie
pueda decir, cuando haya que absolver a esos italianos, que la justicia no ha
prevalecido! KATZMANN:
¿Cuál absolución, Thayer...? THAYER:
¡¿Y qué pretende...?! ¿Que condene a alguien sin pruebas...? ¡Usted se
olvida con quién está hablando! KATZMANN:
¡Ni Sacco ni Vanzetti son inocentes, Thayer...! THAYER:
¡Demuéstrelo...! Ese es su trabajo... Y lo debe hacer de manera que no
permita ni una duda... ¡Ni una, Katzmann! KATZMANN:
¡Thayer... Thayer! ¿Cómo quiere que lo consiga sin una mínima colaboración
suya...? ¡Estoy entre la espada y la pared...! ¡Usted me presiona... Nuestra
gente me presiona...! THAYER:
¿Quién es "nuestra gente", Katzmann...? KATZMANN:
¿Hace falta que se lo diga...? El éxito de este proceso es fundamental. Hay
intereses, Thayer. THAYER:
¿Cuáles intereses? KATZMANN:
No quiero resultar irrespetuoso, Thayer, pero ni usted ni yo llegamos aquí en
un repollo. THAYER:
¡Yo he actuado siempre dentro de la ley...! KATZMANN:
Y de eso se trata, señor Juez, de estar unidos dentro de ella. (Thayer
va a hablar.) Déjeme hablar. Esos intereses son los intereses de la nación.
¡¿No ha declarado usted siempre que cada una de nuestras acciones debe tener
como fin el bien de nuestro país...?! Thayer... las elecciones están encima.
La distribución de cargos en la corte suprema también. Nuestra gente está
esperando esta condena. Y usted sabe a quién me refiero cuando digo
"Nuestra gente". Hay un solo magistrado en todo el país capaz de
dar una lección ejemplar a la subversión. No los defraude Thayer. (Tiempo.
Thayer calla.) Puede estar tranquilo, Thayer. (Tiempo.) Nuestra gente no lo va a defraudar a usted. Thayer permanece pensativo. Un fundido precipita nuevamente el espacio del tribunal. UNA
VOZ: El seis de julio de 1921 declara ante el tribunal Nicola Sacco. KATZMANN:
Señor Sacco, recuerdo que ha dicho usted alguna vez, que amaba la libertad, y
a los países libres. NICOLA:
Si. KATZMANN:
¿Quería usted a este país en mayo de 1917? NICOLA:
Tengo que aclarar algo... KATZMANN:
¿No ha comprendido la pregunta...? NICOLA:
Sí. KATZMANN:
Bueno, responda entonces, si o no. NICOLA:
Sí. KATZMANN:
Ajá, la quería... ¿Y para demostrarle su amor huyó a México cuando el
estado lo llamaba como soldado...? NICOLA:
Me fui para no combatir. KATZMANN:
¿Y cuándo volvió nuevamente? NICOLA:
Después del armisticio. KATZMANN:
Cuando la guerra había terminado, digamos. NICOLA:
Si señor. KATZMANN:
¿Se da cuenta que está declarando ser desertor? NICOLA:
¡Ma io non sono un vigliacco...! THAYER:
(Martillo.) No se comprende al
acusado. NICOLA:
(Corrige.) ¡Que no soy un
cobarde... Si es lo que quiere decir! KATZMANN:
¿Entonces por qué desertó...? NICOLA:
Soy contrario a la guerra por principio. KATZMANN:
¿Quiere decir que su filosofía le impide combatir...? NICOLA:
Mis ideas sono... son... están contra toda clase de violencia. KATZMANN:
¿Qué ideas, sus ideas políticas...? NICOLA:
(A Thompson.) ¿Devo rispondere a
questa... a esta pregunta? THAYER:
Naturalmente. NICOLA:
Soy un anarquista. Y el anarquismo está en contra de toda clase de
violencia... KATZMANN:
(Irónico.) ¿De veras...? (Sacco
se pone de pie.) Permítame decirle que esto es para mí una novedad
absoluta. Y supongo que lo debe ser para todos en esta sala. ¡¿Usted se
olvida que los anarquistas asesinaron en este país al presidente Mackinley?!
¡Que hicieron explotar una bomba en Wall Street que destrozó a diez
compatriotas inocentes...! SACCO:
(Descontrolado.) ¡Non sono stati
gli anarchici! THAYER:
(Martillo.) Si el acusado insiste
en su idioma, se solicitará traducción al intérprete. SACCO:
Digo que los anarquistas no fueron... Que no somos asesinos. KATZMANN:
¿Ah no...? La
historia de los últimos años señor Sacco, ha demostrado que anarquía es
sinónimo de subversión contra el orden constituido, de desprecio por la
propiedad privada, de incitación a la violencia... NICOLA:
(A Thompson.) ¿Che cosa ha detto? KATZMANN:
(A Thompson.) Yo
mismo se lo aclaro. ¡Digo que el anarquismo se ha valido en toda su
historia de la violencia y el robo...! NICOLA:
(Estalla.) ¡¿Cosa state a dire
queste fesserie davanti allá gente?! ¡¿Sovversivi noi...?! (Thompson
trata infructuosamente de interrumpirlo.) E da teci il pane che ci basti
per sfamarci e noi li rispeteremo... ¿Ribelli noi? ¿Che significa? Se ci
trattate come gli animali per forza che ci ribelliamo. ¿Ladri...? ¿Ladri noi
che lasciamo il sangue per campa'? (Termina
agitadísimo.) KATZMANN:
(Fastidiado.) ¿Alguien quiere
tener la amabilidad de traducir...? THOMPSON:
Protesto su señoría. Las apreciaciones políticas del fiscal están
alterando a mi detenido. (A Sacco.)
Señor Sacco, le ruego que se tranquilice y aclare ahora en nuestro idioma. NICOLA:
Si señor... THAYER:
(Con una hoja en la mano.) No hace
falta abogado Thompson. (Lee.) El
señor Sacco ha admitido que algunos anarquistas recurren a la violencia y al
robo. NICOLA:
(A Thayer.) No señor... No es eso
lo que dije... THOMPSON:
Protesto su señoría... La traducción no es... THAYER:
(Martillo. Agita la hoja.) La
traducción legal obra en poder de la corte. Si la defensa lo desea puede
consultarla. NICOLA:
(A Thompson.) Pero yo no dije
eso... THAYER:
Lamentablemente no hay otra manera de comprobarlo que las actas del intérprete.
Esta es la transcripción oficial. NICOLA:
¡Por Dios...! THAYER:
¡Le he dicho que se calle! ¡Siéntese...! (Un tiempo.) KATZMANN:
Según el informe de la Sección Política de la policía, Usted ha
participado en varias huelgas en Staughton, Boston, ¿Es cierto...? NICOLA:
Sí. KATZMANN:
¿Participó también de aquella huelga metalúrgica en Plymouth en 1920? NICOLA:
Sí. KATZMANN:
¿No fue en esa huelga que mataron a tres policías? NICOLA:
Sí. Y a siete obreros, por desgracia. KATZMANN:
¿Por desgracia para los siete obreros...? NICOLA:
Por desgracia para todos. También la policía son seres humanos. KATZMANN:
(Con leve ironía.) ¡Ah...
"también"! ¿En aquella época ya había comprado el revolver que
le encontró la policía cuando lo arrestaron...? NICOLA:
¿El 12 de enero...? Si... Creo que sí. KATZMANN:
¿Y el día de la huelga la llevaba encima...? NICOLA:
¡No! ¡¿No va a decir ahora que fui yo el que mató a esos policías...?! KATZMANN:
Yo no lo he dicho. Fue usted mismo el que acaba de sugerir esa posibilidad. THOMPSON:
¡Me opongo, su señoría! KATZMANN:
(Se sienta.) He terminado. THOMPSON:
Sacco tranquilícese... ¿Dónde se encontraba usted el día, y a la hora en
que ocurrió el asalto...? NICOLA:
En el Consulado Italiano de Boston. THOMPSON:
¿Habló con alguien allí, alguien lo vio...? NICOLA:
El empleado de la oficina de pasaportes... Le expliqué que volvía a Italia,
que tenía urgencia con los papeles... Que mi padre me necesitaba allá... Que
había habido una desgracia. THOMPSON:
(A Thayer.) Con
el permiso de la corte solicito que este testimonio escrito sea reconocido
como válido a los efectos legales, (Le
da a Thayer el documento.) y que le sea dado a conocer al jurado. THAYER:
(Examinando el documento.) La corte
lo considera válido a los efectos de la ley. (Lee.)
"Testimonio de Giuseppe Andrower, presentado a James M. Bowcock Vicecónsul
de los Estados Unidos de América en la Ciudad de Roma, Reino de Italia, Habla
el señor Andrower: El 15 de abril de 1920 llegó al Consulado Italiano de
Boston el señor Nicola Sacco a presentar una fotografía para su
pasaporte..." NICOLA:(Recuerda,
en tanto, la carta de su padre.) "Nicola, hijo mío: Sé que esta
noticia de la muerte de tu madre te entristecerá. Antes de morir hubiera
querido verte. No hablaba de otra cosa últimamente..." THAYER:
"...La fotografía era en realidad un retrato familiar, con su mujer y su
hijo. Le expliqué que no era lo que le pedíamos y se la llevé al secretario
del Consulado para mostrársela..." NICOLA:
"... No dejes de volver. Ahora tu tienes un hijo. Y puedes entender lo
que significa tener un hijo lejos por todos estos años. Quisiera verte de
nuevo junto a nosotros. No veo la hora de tenerte aquí... THAYER:
"Recuerdo la fecha porque mientras hablábamos de Sacco observé un
almanaque de mesa que había sobre el escritorio del secretario." (Declinan
las luces lentamente, mientras se pronuncia una que venía creciendo sobre
Nicola. Sube una vieja canción italiana sobre las últimas líneas del
testimonio.) NICOLA:
(Solo.) ¡Dante...! ¡Vas a ver lo
florido que es Torremaggiore en verano! Hay un remanso del río donde el agua
parece de vidrio. Te voy a enseñar a tirarte de la piedra... Al principio da
miedo, pero después de la primera vez, uno no piensa en otra cosa que en
volver a romper el agua desde ahí arriba. (Crece la luz general, se esfuma toda magia.) ¡Dante...! ¡Dante...! UNA
VOZ: 10 de julio de 1921. Declaración de Bartolomeo Vanzetti. KATZMANN:
¿Dónde conoció a Sacco? BARTOLOMEO:
En México. KATZMANN:
¿En qué año? BARTOLOMEO:
En 1917. KATZMANN:
¿Por qué se encontraba usted en México? BARTOLOMEO:
Para no ser obligado a combatir. KATZMANN:
¿Es incapacitado? BARTOLOMEO:
No. Siempre fui un hombre sano. KATZMANN:
¿Entonces por qué desertó...? BARTOLOMEO:
Por mis principios políticos. KATZMANN:
¿Son los mismos que los de Sacco...? BARTOLOMEO:
Si señor. KATZMANN:
¿Y a raíz de tener las mismas ideas subversivas se hicieron amigos? BARTOLOMEO:
No tenemos ideas subversivas. Somos anarquistas, y como anarquistas combatimos
todo lo que violenta la libertad. En cuanto a Sacco, en la época en la que lo
conocí todavía no era anarquista activo. KATZMANN: ¿Podríamos decir que fue usted quien lo inició... Quién lo indujo a tomar parte activa...? BARTOLOMEO:
El ya tenía sus ideas, pero no eran claras. Pensaba que un hombre con mujer y
familia no debía ocuparse de esas cosas. KATZMANN:
¿Y usted lo convenció...? BARTOLOMEO:
Si señor. KATZMANN:
Desde ese momento abandonó sus deberes de marido y de padre. BARTOLOMEO:
El señor Sacco jamás ha hecho una cosa así. Quiere demasiado a su familia. KATZMANN:
No obstante, participó en huelgas y manifestaciones subversivas. BARTOLOMEO:
Un anarquista y un subversivo son dos cosas diferentes. KATZMANN:
(Toma un gorro azul y se lo alcanza a
Bartolomeo.)
¿Ha visto antes este gorro? BARTOLOMEO:
Tengo uno igual. KATZMANN:
¿No será ese? BARTOLOMEO:
No podría decirlo. Son todos iguales... KATZMANN:
Mírelo bien... ¿No tiene alguna particularidad que le permita
identificarlo...? BARTOLOMEO:
Este tiene un agujero, y el mío era casi nuevo. Además olía a pescado
porque lo uso cuando ando vendiendo. KATZMANN:
¿Y cuando se lo quita, dónde acostumbra a dejarlo...? BARTOLOMEO:
En mi negocio lo cuelgo de un clavo. KATZMANN:
Señores del jurado, aquí tienen la razón de ese agujero: El clavo donde el
acusado colgaba el gorro. (A
Bartolomeo.) ¿Sabe dónde ha sido encontrado este gorro? BARTOLOMEO:
No señor. KATZMANN:
En el lugar y el día del asalto, junto al cadáver de Berardelli. BARTOLOMEO:
Entonces no es mío. Yo no he matado a nadie. KATZMANN:
¿Quiere hacer el favor de probarselo? (Bartolomeo niega.) ¿No...? BARTOLOMEO:
No. KATZMANN:
Debe hacerlo. BARTOLOMEO:
No voy a hacer el payaso. THAYER:
Nadie quiere faltarle el respeto señor Vanzetti. Usted no puede negarse. (Bartolomeo,
tenso, se coloca el gorro que le queda indiscutiblemente chico.) KATZMANN:
No, no... Cálcelo bien... (Bartolomeo lo intenta.) ¡Que se lo calce bien he dicho...! (Katzmann
toma el gorro y forcejea. Bartolomeo se lo quita violento. Da miedo.) BARTOLOMEO:
(Seco.) Basta. KATZMANN:
(Se retira confundido.) Explíqueme
por favor porqué mintió de semejante manera cuando lo interrogó la policía
en Brockton. BARTOLOMEO:
Tenía miedo. KATZMANN:
¿Miedo de qué? BARTOLOMEO:
¡Miedo de terminar como...! (Tiempo.) Como otros compañeros KATZMANN:
Explíquese. BARTOLOMEO:
A que me... (Calla.) KATZMANN:
¡Explíquese...! BARTOLOMEO:
(Estalla.) ¡A terminar como
Salcedo! ¡Mi... nuestro compañero...! ¡Yo fui a reconocerlo dos días
antes...! ¡Su cuerpo destrozado! (No
puede seguir hablando. Se
quiebra.) ¡Destrozado...!
¡Y
voy a decir aquí su nombre para que todos lo sepan...! (Truena.)
¡Andrea Salcedo...! ¡Destrozado! ¡En la vereda de la oficina de policía de
Nueva York...! KATZMANN:
¡Es sólo un justificativo para sus mentiras! BARTOLOMEO:
¡Es verdad mentí, pero eso no quiere decir que yo haya asesinado a nadie...! KATZMANN:
Demuestra que tenía algo que esconder. BARTOLOMEO:
Si. Que era anarquista. KATZMANN:
¡No, que era uno de los asesinos! Y que si había ido a ver a Mike Boda era
para conseguir un auto y huir fuera de la ciudad con su cómplice para poner
en circulación el dinero robado. BARTOLOMEO:
(Terminante.) Por más trampas que
use no va a poder demostrar nada, porque de ese delito somos inocentes. Transición de luces.
UNA
VOZ: En la mañana del 16 de
julio el abogado Thompson cierra su defensa con el alegato final. En la tarde
lo hace el fiscal Katzmann por la acusación. THOMPSON:
Señores de la corte, señores del jurado. Sé que en este momento sería mi
deber hacer un balance de los testimonios presentados en este proceso,
destacar la notoria debilidad de los testigos de la acusación y la
irrefutable validez de las coartadas presentadas por la defensa. Sé que debería
invitar a la reflexión sobre la firmeza de una prueba constituida por un
gorro y su agujero, que ha podido transformarse en "prueba
irrebatible" de culpabilidad. Podría inclusive insistir y demostrar una
vez más, que el día del asalto Sacco se encontraba en Boston y Vanzetti en
Plymouth. Eso debería hacer tal vez. Pero si la evidente mala fe de los
testigos, y el notorio afán de la acusación por perjudicar a estos dos
inocentes no los han convencido en los hechos, ¿Cómo voy a esperar
convencerlos yo con mi palabra...? No. No voy a hablar más de este proceso.
Hablaré si del otro, del verdadero proceso que se ha juzgado en esta sala:
del proceso contra Sacco y Vanzetti por el delito de anarquismo. Esta
circunstancia sobre la que la acusación ha puesto su mayor énfasis no ha
podido hacer de ellos, sin embargo, a dos asesinos. Quiero recordarles: los
acusados no están aquí para ser juzgados por sus convicciones políticas.
La constitución de nuestro país, una de las más iluminadas del mundo, no
deja duda al respecto: Los seres humanos deben ser juzgados independientemente
de sus opiniones políticas de su raza y religión. Señores del jurado: El día
del arresto de mis defendidos, Rosa Sacco, la esposa del acusado, apenas
supo de la detención de su marido, se dio a la deplorable tarea de quemar
todos los libros de política que Sacco conservaba en su casa. Señores,
cuando un ciudadano en cualquier lugar del mundo cae en la humillación de
tener que quemar los libros que prefiere y ama, es porque algo a su alrededor
está destruyendo sus ideas. Es porque algo a su alrededor está suprimiendo
la libertad. He terminado. Katzmann se adelanta y hace su alegato. KATZMANN:
Su señoría, Señores del Jurado. Antes de iniciar mi alegato deseo felicitar
a la defensa por el brillante trabajo que ha desarrollado. Y esto no es una fórmula
de cortesía. Pocas veces en mi carrera he tenido por adversario un colega tan
hábil en su propia tarea... y en la de ayudar a la acusación. Si señores,
porque son las mismas palabras de la defensa las que me permitirán demostrar
la culpabilidad de los acusados fuera de toda duda. Examinemos rápidamente un
argumento al que mi colega de la defensa ha adjudicado vital importancia: Las
coartadas de los imputados. Según esos testimonios, en el momento del asalto,
Sacco se habría encontrado en el Consulado Italiano en Boston, y Vanzetti en
Plymouth. )Pero quiénes aseguran esto?: Italianos. Todos esos testigos son
italianos. Algunos son compañeros de partido de Sacco y de Vanzetti, otros
son simpatizantes. Señores del jurado: Yo no tengo ningún prejuicio contra
los italianos, pero por un acto elemental de objetividad no puedo callar un
tema como este. Los italianos emigrantes ni aquí ni en ningún otro país han
tratado jamás de fusionarse con los otros ciudadanos, sino que al contrario,
se aíslan formando grupos separados del resto de la comunidad, y mantienen
entre sí lazos del más inflamado nacionalismo. Un italiano que vive en América,
no se transforma jamás en un americano; sigue siendo siempre un italiano
que vive en América. Hay en ellos una especie de tácito desprecio por este
país que los cobija, que les da de comer y les ofrece condiciones de vida
que en su país de origen no han tenido jamás. Y es sabido que tras todo
italiano rige férrea e incuestionable esa ley tremenda, heredada de las
sociedades secretas medievales: esa ley de bandidos que se conoce como
"Omertá". Omertá por la que se protege a un compatriota no
importa quién sea. Omertá que prohíbe denunciar a alguien de la propia raza
aunque haya cometido el peor crimen. Omertá, que significa mentira y
silencio. Y ahora escuchen bien: hablo de una ley a la que obedecen ciegamente
los partidos políticos de extrema izquierda, los subversivos, los partidos
enemigos de América. Reflexionemos ahora. ¡Estamos seguros de que las
coartadas de Sacco y Vanzetti no proceden justamente de esa complicidad, de un
siniestro encubrimiento nacido de esas leyes de la logia? ¿Podemos pensar que
este caso sea excepción? No señores. La defensa ha dicho que la constitución
de nuestro país en su iluminado liberalismo prescribe que un hombre sea
juzgado independientemente de sus ideas políticas, religiosas o de su raza.
Pero cuando esas ideas políticas se transforman en actos criminales, no se
puede invocar a la constitución para defenderlas, sencillamente porque se
contraviene el código penal. Esos
partidos se valen, es sabido, de medios criminales: atentados, raptos,
robos, encubrimiento y corrupción. ¿Cuántas veces hemos debido
avergonzarnos al descubrir que funcionarios del estado, magistrados,
testigos y jurados, habían sido corrompidos? Si señores, también jurados.
Nuestro país está viviendo una de las etapas más tristes y vergonzosas de
su historia. Por esto, señores del jurado tengo el deber de recordarles que
toda América los observa. Delante de ustedes están hombres que además de
representar una amenaza para nuestro amado país, son dos criminales. La parte
sana de América pretende de ustedes un veredicto que demuestre que es falso
que la corrupción lo haya infectado todo, y a todos. América
los observa, Señores del Jurado, y espera oír la límpida, resonante, voz de
la incorruptibilidad, del coraje, y de la justicia. Transición escénica. Un tiempo de espera tensa. THAYER:
Bartolomeo Vanzetti y Nicola Sacco: el jurado los reconoce culpables de
homicidio en primer grado. )Tienen algo que decir antes que se pronuncie la
sentencia?. NICOLA:
(Se pone de pie.) Yo no sé hablar
señor, no soy orador. Mi amigo, mi compañero Vanzetti, va a hablar mejor que
yo seguramente. Pero lo que si puedo decir es que jamás supe, ni oí, ni leí,
que haya existido jamás en la historia algo tan cruel como este tribunal.
Usted, señor juez, conoce mi vida, sabe por qué estoy aquí y ahora me
condenará. Podría contarle toda mi vida, día por día, ¿pero de qué
serviría? Las cosas necesarias se las dirá mi amigo Bartolomeo. El es tan
inocente como yo y usted lo sabe perfectamente. Jamás, ni ayer ni hoy, he
sido culpable de nada. (Se sienta.) BARTOLOMEO:
(Se para.) Lo que tengo que decir es
que soy inocente. No sólo soy inocente de los asesinatos de los que se me
acusa, sino que en toda mi vida jamás he robado, ni matado, ni derramado una
gota de sangre humana. Quiero que quede bien claro que siempre he luchado
por terminar con el crimen en la tierra, no sólo el crimen que le ley y
la moral oficial condenan, sino también ese otro crimen que admiten y protegen:
la explotación del hombre por el hombre y el atropello contra la dignidad
humana. Y si hay alguna razón por la que aquí se me juzga, si hay alguna razón
por la que van a condenarme, es por esa y por ninguna otra. Usted, juez Thayer,
ha estado en contra nuestra desde antes de conocernos. Le bastó con que éramos
anarquistas para convertirnos en asesinos. Permítame decirle lo que creo: No
son nuestros pecados los que se han juzgado aquí. Son nuestros sueños.
Nuestras esperanzas. Eso es lo que han condenado. Lo que creen que podrán
matar. Y quieren hacerlo tan solo porque estos sueños nuestros les amenazan la
realidad. Soñamos cambiar el odio por amor, y aquí es el odio el que tiene
poder. Soñamos un hombre solidario, y esta realidad solo se mantiene con la
competencia salvaje. Creemos en la verdad y la libertad y aquí solo valen la
opresión y la mentira. Descubrimos que los derechos y privilegios, aquí se
adquieren y se mantienen solo por la fuerza. Comprendimos que en nombre de Dios,
de la ley, de la patria, se cometen los delitos mas feroces; que los pueblos se
encuentran corrompidos en el corazón, los sentimientos y la mente por obra del
ejemplo y la voluntad de los gobernantes. Pero también entendimos que la
igualdad es la única base moral sobre la que puede regir el contrato social
humano. Y que si nosotros, y la generación que nuestras mujeres llevan en sus
vientres no somos capaces de modificarlo habremos fracasado todos, y la
humanidad seguirá siendo cada vez mas mísera y mas infeliz. Quiero decirles
una cosa señores del Jurado y créanme que lo digo con todo el corazón: Estaría
feliz si me condenaran a muerte, sólo por poder gritarle a la gente: Pónganse
en guardia. Todo lo que te dijeron, todo lo que te prometieron era una mentira,
era un fraude, era un delito, era una ilusión, era un engaño. Nos prometieron
libertad... ¿Dónde está la libertad...? Nos prometieron prosperidad... ¿Dónde
está la prosperidad...? ¿Dónde está el progreso espiritual que nos
prometieron? ¿Dónde está el respeto por la vida humana?. Nunca como ahora, señores
del Jurado ha habido tantos crímenes, tanta corrupción como hoy. Esto es lo
que quiero decir: No le desearía ni a un perro sarnoso, ni a una serpiente, ni
a la criatura más miserable de la tierra, lo que yo he tenido que sufrir por
delitos que no cometí. Pero hay algo que me consuela y es que también he
sufrido por crímenes de los que si soy culpable. He sufrido y sufro por ser
italiano, y es cierto, lo soy. Estoy sufriendo por ser anarquista, y también lo
soy. Pero estoy tan seguro de mis ideas, tan convencido de estar en lo justo,
que si ustedes pudieran matarme dos veces y yo pudiera renacer otras dos, volvería
a hacer exactamente lo que hice hasta ahora. (Pausa.)
He hablado mucho de mí y ni siquiera he mencionado a Sacco, mi amigo. Mi compañero.
¡Ah, si...! Tal vez yo hable mejor que él, pero créanme que muchas veces tuve
que contener mi emoción frente a ese hombre al que ustedes llaman ladrón, al
que llaman asesino y van a condenar. Lo harán, lo sé, van a condenarlo. Pero
escúchenme bien lo que voy a decirles: Podrán hacer ustedes con él lo que su
crueldad les permita. Ustedes pueden matarlo, pero si lo hacen, ¡Escúchenme
bien...!: su nombre, Nicola Sacco, va a seguir viviendo en el corazón de la
gente cuando sus huesos señor Katzmann, y los suyos señor juez, ya estén
hechos polvo por el tiempo, y sus nombres y sus leyes y sus tristes
instituciones no sean más que un oscuro recuerdo. Un oscuro recuerdo de ese
pasado, de este pasado, en el que el hombre era el lobo del hombre. (Una larga pausa.) Terminé. Gracias por haberme escuchado. (Se
sienta. Silencio.) THAYER:
(Se para. Lee.) Bartolomeo Vanzetti y
Nicola Sacco, en el día del señor de 19 de julio de 1921, esta corte los
condena a la pena de muerte transmitiendo el paso de una corriente eléctrica a
través de sus cuerpos. (Medeiros comienza a aullar.) Esta es la sentencia de la ley. ROSA:
(Y con ella Luigia, se desgarran en un grito.) ¡¡Asassini...!! MEDEIROS:
(Mientras el espacio del juicio se
disuelve entre sombras.) ¡Hijos de puta! ¡¡Malparidos de mierda...!! ¡Suelten
a los italianos...! ¡Soretes...!
¡Culos rotos! ¡Esa fábrica la asalté yo...! ¡A esos hombres los maté yo!
¡Yo les vi los ojos de vidrio...! ¡Sus putas caras blancas! ¡La baba y la
sangre sobre las baldosas! ¡Yo me llevé ese dinero! ¡¿Y quieren saber qué
hice con la jodida parte...?! ¡Me pasé por este cascajo de vena que me queda,
tanta morfina que terminó saliéndome por el culo...! ¡¡Doctor y la puta
que te parió...!! ¡Quiero esa jeringa ahora, o me reviento la cabeza contra
las rejas...! ¡Quiero mi jeringa y
quiero un juez... Voy a confesar el asesinato de South Braitree...! Fin
del fragmento de Sacco y Vanzetti En
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