Fragmento de la obra
Principal Arriba

 


Salto al cielo

Inspirado en "Las aves" de Aristófanes

Personajes del fragmento aquí incluido:

  • Tero

  • Evélpides

  • Pistétero

  • Urraca

  • Colibrí

Un espacio silente y vago. Luz lunar. Un tero camina largamente por el jardín. Luego:

TERO.- Historia de los pajaritos. Obsérvese. Obra de teatro. ¿Por qué las aves siempre se van? ¿Es el murciélago un ave o qué? ¿Por qué los pájaros gritan al atardecer? y otros interesantes meste­rios de la ornitología. Todo según acá el amigo: Belenopterus Cayennen­sis: Tero, Terencho o teruteru. En un solo día aristoté­lico al fin. Que en otro tiene los huevos. Noche oscura en esta fábula. Minutos antes del amanecer en esta fábula. Un páramo. Allá piedras. Allí precipicio. Comedia: imitación de los hombres -como se ha observa­do- peor de lo que son. Evélpides, atrás Pis­tétero. Jóvenes. Abandonan su patria cansados de la injusticia de  esa tierra, y llegan a estos aires, a esta escena, anhelando un lugar donde fundar un mundo mejor. Buscan en su marchita al ex­travagante Picaflor, el Colibrí que alguna vez fue humano, para que él les recomiende en su sabiduría de viajero el territorio donde elevar ese mundo nuevo. Llevan de guía a un par de cuervos. Grajos morochos que los arrastran a su destino. A su suerte. Que falta les hará. Obsérvese. (Con un gesto mínimo da vida a la acción.)

EVELPIDES.- (Corre mirando al cielo.) ¡Cuervo...! ¡Cucaracha con alas! ¡Allá estás! ¡Allá estás! (Un graznido a sus espaldas. Gira sorprendido.) ¡Ya sabía! ¡Solito te delataste! (Un graznido a sus espaldas. Vuelve a girar.) ¡No, tu eres el otro!

PISTETERO.- (Corriendo agitado.) Imposible distinguirles contra el negro de la noche. (Tropieza y cae.) ¡Por todos los dioses...! ¡No se ve a un palmo de narices!

EVELPIDES.- Donde estaremos...

PISTETERO.- Cómo saberlo.

EVELPIDES.- ¿Sabrías encontrar el regreso a la patria...?

PISTETERO.- No sabría, ni hallo en eso razón. Nada quedó allí que valga la pena. Apenas una tierra. (Pausa.) La patria, Evélpides, es la que viene, la que haremos. ¿Para qué esta odisea si no?

EVELPIDES.- Nunca la encontraremos sin la guía de esos dos maldi­tos. (Grita.) ¡Cuervos...! ¡Mierda azabache...! (Graznidos.) ¡Allí! ¡Allí! ¿Los ves...? ¡En esa cornisa...! ¡Ni en la noche pueden ocultarse! ¡Tan negros son, tan oscuros, que resaltan aún contra su propia sombra! ¡Cómo estará riendo de nosotros el pajarero que nos vendió a los avechuchos! (Los cuervos ríen.) ¡Dejen de trinar! (A Pistéte­ro.) ¿Trinan? (Dudan.) "No tienen más que seguir a esos cuervos", dijo el mercachifle. "Desde este mercado, rectamente, ellos los conducirán hasta la morada de Mainumbí, el fabuloso Picaflor. El extraño pájaro que antes fue hombre. Hasta su nidi­to, mismamente." Y nos cobró un óbolo por ese macho de grajo, y tres óbolos por su hembra. ¡Y qué nos han hecho los muy animales, sino picarnos cuando atados, y cuando libres derrengarnos por correrlos arriba y abajo! (Los cuervos ríen.) ¡Dejen ya de gor­jear! (A Pistétero.) ¿Gor­jean...? (Dudan. Pausa.) Dudo amigo Pisté­tero. Pongo ya todo en cuestión. ¿Valía la pena dejar aquello?

PISTETERO.- Claro que sí.

EVELPIDES.- ¿No será todo un sueño vano?

PISTETERO.- ¿Puede ser acaso vano un sueño? ¡Son los días, Evélpi­des, los que están hechos para explicar las noches! ¡La realidad sólo importa si justifica un sueño! ¡La realidad...! ¡Ella sí que es vana! ¡El esbozo grueso de un artesano que pretende ilustrar la fantasía...!  

EVELPIDES.- (Pausa. Oscuro.) Qué ganas de cagar, y no he comido. (Otra pausa.) Pistétero: creo también en mis sueños y quisiera igualmente hacer ese otro mundo mejor...

PISTETERO.- ¿Entonces...?

EVELPIDES.- (Pausa. Avergonzado.) Extraño... ¡No, no me zumbes! ¡Ya sé: el sueño, el deseo, la cabeza! ¡No es mi cabeza la que extra­ña! ¡Mi cuerpo extraña! ¡No te rías! Todo este territorio (Su torso.) clama por un colchón más mullido que esas piedras. Este (La nuca.) por una almohada muda, que no crepite como ese montonci­to de hojas secas. Todo por aquí (Sus piernas.) es un ruego de estación. Acá (Su panza.) gritan las tripas por un plato de guiso. Y acá (Su sexo.) Acá, ¡ay acá! ¡La sangre se amontona, amigo, bulle! ¡Alborotada! ¡Arrebatosa! ¡Y el cuerpo pide inexorable, roja la cabeza erguida! ¡Pistétero, compañero: estoy cachondo! ¡Caliente como los rayos de Apolo! ¡Hace cinco días que no veo mujer, seis que no toco una, y siete que alguna no me hace ja­dear! Creo como tú en el nuevo mundo; también yo lo alucino y lo deseo, mas quisiera aquel que mantenga al menos algunas delicias del viejo. (Los cuervos vuelven a reír.) ¡Paren ya de piar...! (A Pistétero.) ¿Pían...? (Dudan.) ¡Lo que fuese! ¡Bajen de esas peñas y llévennos de una vez al nido del prodigioso Colibrí, que para eso los hemos comprado! ¡Cuervos...! ¡Oscura cagarruta de carbón, bajen en este instante...!

PISTETERO.- (Mira el cielo.) Amanece.

EVELPIDES.- Será más fácil ahora. (Busca.) ¡Allá, en esa saliente! (Los cuervos ríen otra vez.) ¿Escuchas sus gorgoritear? (A Pisté­tero.) ¿Gorgoritean...? (Dudan.)

PISTETERO.- ¡Allí! Sí. Nos miran. ¡Oh! ¡Tan cerca están, un par de varas apenas...! ¡Unos pasos! Y siendo arriba es siempre tan lejos. Bastaría un salto (Observando ese oscuro vacío.) ¿No sientes a veces que podrías saltar al cielo? ¿Has soñado volar amigo! ¡Se despierta uno sospechando que la gravedad no es natural al hom­bre! Me lleva largo rato desengañarme de esta impresión. Debo intentarlo para convencerme. ¡Salto y caigo, grueso y desalado como una gallina! Y sin embargo sigo sintiendo que puedo... ¿No será que el hombre voló alguna vez y olvido cómo? ¡Qué sed tengo de ese aire! El aire se toca, se traga. ¡Qué ganas me agarran de caerme en él! De precipi­tarme en la subida de ese abismo. ¡De mandarme entre las nubes! ¡De zarparme, ay! (Un gallo canta le­jos.)

TERO.- ¡Amanecer de la historia! ¡Amanecer de la obra! Sueño de vuelo. Sueño de juventud. Ya luego volar, no se sueña más. Ya luego el tiempo pondrá: (Terrible.) Los pies sobre la tierra. (Ríe.) Tero.

EVELPIDES.- (Pausa.) Qué ganas de cagar y no he comido.

PISTETERO.- No podemos estar lejos.

EVELPIDES.- ¡Algo pasa con esos cuervos! Después de aletear duran­te horas, se han apoltronado allí, como si ese fuera su nido de siempre.

PISTETERO.- ¿Estaremos cerca, quizá?

EVELPIDES.- Nada se ve alrededor. (Se acuesta a descansar.)

PISTETERO.- ¿Qué haces?

EVELPIDES.- (Sentencioso.) Donde vayas has lo que vieres.

PISTETERO.- ¿Y qué has visto?

EVELPIDES.- Nada.

PISTETERO.- ¿Y qué haces entonces?

EVELPIDES.- (Obvio.) ¡Nada!

PISTETERO.- (Levanta presión.) ¡¿Y crees que así hallaremos al precioso colibrí?! ¿Crees que así se crea el nuevo mundo! ¡Que así se construye una tierra mejor! ¿Con esa molicie...?

EVELPIDES.- ¡Pues bien...! ¡Pues bien...! (Se para.) ¡Quieres que reviente en el esfuerzo como el maratonista mensajero! ¡No te daré el fruir del reproche! ¿Qué hay que hacer? ¿Llamar al pica­flor...? ¡Muy bien! (Comienza a silbar ruidosamente imitando a un pájaro.)

PISTETERO.- ¿Qué haces ahora?

EVELPIDES.- Llamo. (Sigue chiflando.)

PISTETERO.- Deja de hacer el necio. ¡¿Qué ave contestaría a tal pitorreo...? (Se escucha afuera una enérgica respuesta. Se sorpren­den. Tímidamente Evélpides le contesta. Llega la respues­ta. El diálogo va subiendo de tono hasta que irrumpe en escena aleteando, desgreñada y enfurecida, la Urraca.).

URRACA.- ¡Con mi madre no! ¡Eso sí que no! ¡Siga, si es de su natural desgranando vulgaridades e inmundicias! ¡Más con mi madre sí que no!

PISTETERO.- ¡Apolo nos ayude, un pájaro que habla! (Se oculta.)

URRACA.- (Los ve y se espanta.) ¡Muerte mía son cazadores! (Huye.)

EVELPIDES.- (Persiguiéndola desesperado.) ¡No huyas, pájaro...! ¡No huyas también tú! ¡Te lo pido...! (Urraca se detiene alerta, a distancia segura.) Nada tienes que temer... No soy trampero ni lo es mi amigo... (Aparece Pistétero.) Mi nombre es Evélpides, y Pistétero el suyo. ¿Quién eres pájaro...? ¿Quién nos recibe en este erial...?

URRACA.- (Temerosa aún.) Una sirvienta apenas de mi pájaro rey.

PISTETERO.- ¿Y tienen los pájaros también sirvientes?

URRACA.- Mi señor sí, porque antes fue hombre.

PISTETERO.- (Alerta.) ¿Cuál es su nombre, y cuál el tuyo...?

URRACA.- Fabuloso Mainumbí, Picaflor o Colibrí. (Una reverencia.) Encantadora Rubia Loca, Pirincha o Urraca...

EVELPIDES.- Amigo...

PISTETERO.- ¡Amigo...!

EVELPIDES.- (Emocionado.) ¡Te he hallado por fin! (Urraca se ufana.) ¡Hace tanto que sueño este instante! ¡Recorrimos mil estadios, y mil estadios otra vez! ¡Montes, quebradas y pampas! (Urraca se entusiasma.)

PISTETERO.- ¡Cruzamos ríos y capeamos tempestades! ¡Trepamos lade­ras y surcamos la estepa! (Urraca se emociona.)

EVELPIDES.- ¡Llegamos! Dile a tu bello señor que necesitamos ver­lo. (Urraca se decepciona.)

URRACA.- (Vengativa.) No está visible.

EVELPIDES.- ¡¿Cómo es eso?!

URRACA.- No se ha amanecido todavía.

EVELPIDES.- Pues despiértalo.

URRACA.- Se pone de un horrible humor.

EVELPIDES.- Aunque así fuese. No hemos hecho esta odisea para aguardar al pie de su lecho.

URRACA.- Pues no iré.

EVELPIDES.- ¡Irás!

URRACA.- ¡No!

EVELPIDES.- ¡Sí!

URRACA.- ¡No!

EVELPIDES.- ¡Sí!

URRACA.- ¡¡No!! (Evélpides traga saliva, y con una sonrisa forzada comienza a silbarle dulcemente. Urraca se afloja. Se arroba. Trans.) ¿Ve usted como todo es cuestión de saber pedir...? (Va a salir. Se detiene un instante. Sugestiva.) ¿No será demasiada promesa mi señor...? Juzgue usted que estas cosas se dicen pero es después la carne, la que debe cumplir... (Sonríe enigmática y vuela fuera. Pistétero asombrado se encoje de hombros.)

 

EVELPIDES.- (Algo avergonzado.) Después del séptimo día, amigo... ¡Si es humana: mejor!

TERO.- Tero. Otra escena obsérvese. Media mañana del argumento. Promedia el planteo y una peripecia se acerca, peligrosamente. El mundo es optimista después del desayuno. Está todo bien y hay un sano equilibrio en las fuerzas naturales. Hay sol, que no es poco. Y este enredo sigue girando a su alrededor. Tero. Tero.

COLIBRI.- (Entrando. Diminuto. Voz aflautada. Francamente feo. colores acharolados que no combinan. Soberbio. Se mueve sin parar. No tiene alas a la vista.) ¡¿Quién osa perturbar el reposo del magnífico?!

EVELPIDES.- (Lo mira con fastidio.) ¿Es que debemos explicaciones a toda su corte? ¡Ve a por él, pequeño! ¡Y haz volar tus pies, a falta de alas!

COLIBRI.- (En una petisa histeria.) ¡Mis alas, plebeyos, son tersas y sutiles como las de una mariposa. Pero la pobreza de vuestros ojos no os permite verlas! ¡Tan rápido se agitan!

EVELPIDES.- (Se miran con Pistétero.) Entonces tú eres...

URRACA.- (Entrando.) El divino Colibrí.

PISTETERO.- Permítenos señor que... (Colibrí no para de moverse. Evélpides y Pistétero intentan infructuosamente una reverencia por todo el ámbito.)

EVELPIDES.- Nos llena de júbilo haber...

PISTETERO.- Me arrodillo ante sus...

EVELPIDES.- Permita presentarle mi... (A Urraca.) ¿Es que no para nunca?

URRACA.- No puede dejar de moverse ni aún durante el sueño. Si sus alas se detienen se detendría su corazón.

PISTETERO.- Despiadado martirio el de este pájaro.

URRACA.- (Obvio.) ¡Que antes fue hombre...!

COLIBRI.- ¿Quién sois vosotros...?

PISTETERO.- Mortales señor. Humanos sólo.

COLIBRI.- ¿De cuáles tierras...?

EVELPIDES.- Lejanas, mi amigo.

COLIBRI.- ¿Amigo? ¡Señor, acaso...!

EVELPIDES.- Mi señor, sí. (A Urraca, aparte.) Asombrosa arrogancia la de este animal...

URRACA.- (Harta.) ...que antes hombre fue!

COLIBRI.- ¿Y qué os trae a mi augusta presencia?

PISTETERO.- Una consulta en que nos va la vida.

COLIBRI.- (Espléndido.) Hablad.

PISTETERO.- Nuestra tierra, señor, se ha vuelto inhabitable. El tiempo, la historia, y los hombres la han vuelto un yermo donde sólo habita la injusticia. Donde el deseo no halla su lugar. El hombre termina allí con el hombre, y ya no hay razón para quedar­se. Tan llena está de tanto no, que partimos a fundar una tierra en la que sí. Sí al albedrío... A lo que es justo. Una nueva comarca sin las lacras de la otra. Todo entonces está por delan­te. ¡Uno de mis pies se llama pasado, mas el otro: futuro!

EVELPIDES.- Tú has sido hombre, en otros tiempos, como nosotros. Cambiando luego de naturaleza y transformado en ave recorriste la tierra y los mares. Has visto todo cuanto han visto los hombres y todo cuanto ha visto el pájaro. (Colibrí envanece.) Te suplicamos entonces que nos ayudes. ¿Cuál es del planeta todo el sitio más apropia­do en el que intentar nuestro mundo?

PISTETERO.- Estamos dispuestos a la travesía, al sacrificio. Nada nos ata a la vida sino esta voluntad. En nada creemos, salvo en ella.

EVELPIDES.- Te rogamos con humildad. Dinos dónde y allá iremos.

COLIBRI.- (Superior.) Al mundo todo he conocido, es cierto, y más aún. Mas nunca lo vi con estos, tus ojos. Parajes hay millones. Los hay helados o enfebrecidos por el estío. Costeros y medite­rráneos. Tal vez si me explicaras. Si me dijeras cómo lo imagi­nas, podría yo brindarte mi tradicional generosidad.

EVELPIDES.- ¿Cómo decirlo? ¿Con qué palabras? Sólo el poema expli­ca la poesía. (Se ilumina.) Si mi hermano me ayuda, y la inspira­ción me acompaña, tal vez podamos hacerlo, con una canción que dice... Más o menos así (Comienza una introducción musical. Pis­tétero turbado se niega a cantar. Discute con su amigo. Amenaza con irse. Durante estos acordes vuelve el tero.)

TERO.- Terotero. Intermedio musical. Esto se pone como la gente. ¿Y eso es bueno? Hora del aperitivo en esta ficción. Hora en que el mundo se pone. Se puso. Eufórico. Euforia. Pasión. Peligrosa las más veces. Tero. Pistétero, solemne, carácter dramático si los hay, se resiste patético a todo destino de comedia. Evélpides en cambio, personaje de astracanada, carácter más cabaretié, más dueño de su propio ridículo, acepta el reto y hace su parte, con música del maestro (Nombra al músico correspondiente.), para quien pido un sentido aplauso. Obsérvese.

EVELPIDES.- (Canta con fervor matutino.)

                   Amasando deseos la cabeza

                   como el barro en la rueda, el alfarero

                   pongo manos a la arcilla de mis sueños

                   modelando la tierra que venero.

                   Cierro entonces los ojos y aparece

                   como tatuaje tras mis párpados, profundo,

                   esa comarca en la que sólo están marcados

                   los cuatro vientos que la empujan a su rumbo:

                   Dos son las brisas que dan comida y techo,

                   otro justicia, y trae tempestad,

                   otro es tormenta también, pero encendida:

                   Un viento en llamas que se llama libertad.

                   Por ellos toco mi cielo con las manos,

                   siembro esos vientos y recojo eternidades,

                   echo a volar en alas de su soplo,

                   y hago de cosas en el aire, realidades.

                   Ese es el mundo que pongo por las nubes

                   mi mundo airoso, un mundo de alto vuelo

                   regia región, nación aún no nacida

                   Tierra de nadie. Un reino de los suelos.

COLIBRI.- (Aplaude displicente.) Elocuente tu trova, extranjero. Pero no sé si conozco un sitio tal. Es tan vasta esta tierra tuya. ¿Será donde las punas? ¿Donde los salares? ¿Lo habrá en el cabo helado, tierras de fuego donde los mares se tocan? ¿En lo impe­ne­trable será? ¿En las cordilleras, en los golfos? Nunca vi este, tu lugar, con los ojos del que desea. Vosotros estáis tan discon­formes con vuestra tierra. Yo, en cambio nunca pensé de mudar de este, mi aire. Tu mundo no es mi mundo... Mal podría ayudarte en lo que me pides. Ahora si me dispensan... (Va a sa­lir.).

PISTETERO.- ¡¿Qué dices...?! ¿Ha sido entonces esta travesía en vano? ¡No nos dejes señor sin la respuesta! (Buscando argumentos.) ¡¿Por qué hablar de tu mundo y el mío...?! ¿No es acaso la tierra un solo mundo? ¿No forma, acaso, el aire parte de él...?

URRACA.- (Reacciona ofendida.) ¡El aire es el único mundo, del que la tierra es apenas una minúscula parte! ¡Todo es, hombre, según de dónde uno lo mire!

PISTETERO.- (Su racional superioridad.) De donde gustes hacerlo. Ese árbol será siempre un árbol, desde este suelo o desde aquella nube. Copa será copa y raíz, raíz.

URRACA.- (Su altiva lógica.) Desde mis alturas, terrestre, sus copas son raíces que se alimentan del cielo.

EVELPIDES.- No entiendo.

COLIBRI.- (Concediendo una respuesta.) Sabrás que la realidad no es la misma desde nuestro arriba.

PISTETERO.- ¿La realidad de arriba...? ¿La de abajo...? ¿Cómo podría el ojo cambiar a lo natural? Puedo no ver tu aire, pero sé que está aquí, a mi alrededor.

COLIBRI.- (Riendo.) ¡Humano! ¡El aire no está! ¡El aire es! El aire es sólo un cambio. El aire se penetra uno a otro. Y ni siquiera hay uno y otro aire.

EVELPIDES.- (Más nervioso.) No entiendo.

URRACA.- Si tuvieras alas, caminante, beberías el viento de tu propia velocidad. Entonces sí entenderías que el viento eres tú.

EVELPIDES.- ¡Me marea! No entiendo.

PISTETERO.- Acertijos. Juego de palabras, sólo. ¡Lo que es, es! Y todo es según su objetivo, su voluntad. Pies son pies y alas son alas. Camino para hacer camino. Vuelas para subir al cielo.

COLIBRI.- (Una carcajada.) ¡No! ¡Subes al cielo porque vuelas!

PISTETERO.- Es igual.

URRACA.- (Tentada.) ¡Ni parecido!

PISTETERO.- Extraña habilidad, consigue confundirme.

EVELPIDES.- (Rabiando.) No entiendo. No veo.

COLIBRI.- Tienes tierra en los ojos. Y no estás mirando con ojos, sino con tierra. Y ella no ve el aire. Se ve sólo a sí misma.

EVELPIDES.- ¡Sigo sin verlo!

URRACA.- (Obvio.) ¡Tierra en los ojos...!

PISTETERO.- (Con un esfuerzo de comprensión.) Dame tiempo y desovi­llaré esta madeja.

URRACA.- ¿Cómo puedes vivir en la tierra, humano, y que toda te sea ajena?

PISTETERO.- ¿Ajena?

COLIBRI.- ¡Prueba de entrar en ella como yo entro en mi aire!

PISTETERO.- ¡Qué, no puedo acaso cavar en ella!

URRACA.- (Desopilada.) ¡Es mi mundo el aire el que entraría allí. ¡No tú!

PISTETERO.- Y si es tu elemento tan maravilloso, pájaro, ¿Por qué bajas a la tierra?

COLIBRI.- ¡Es que en algún lado hay que apoyar las cosas! La tie­rra, humano, es un utensilio de las aves.

EVELPIDES.- ¡No entiendo no entiendo no entiendo! (Pausa.) ¡Ay...! ¡Creo que voy entendiendo!

PISTETERO.- (Asombrado.) También yo. (Pausa.) ¿Y la vida...? ¿Cómo es la vida de las aves, colibrí?

COLIBRI.- Nuestra vida. Bueno, pues nuestra vida... (Desorientado.) ¿Cómo es nuestra vida, Pirincha?

URRACA.- (Cotidiana.) Se vuela. Esa es la actividad principal. Vuelas hasta allí. Luego vuelas hacia allá. Alzas, remontas, revoloteas, y luego vuelas hasta acá. En volando se pasan los días. Es tu trabajo, y tu recompensa.

EVELPIDES.- ¿Y la comida?

COLIBRI.- Se toma. Y lo que sobra se deja. El blanco sésamo. El mirto. El girasol y el durazno pelón. Todo está allí. En la tierra.

PISTETERO.- El utensilio...

URRACA.- (Despectiva.) Claro está: la mesa. Por lo demás: duermes cuando quieres dormir. Amas cuando quieres amar -también de lecho hace las veces el utensilio-. Todo lo que en la tierra está prohibido, da pudor o daña, en el aire se ve de buen grado. Te asoleas cuando Apolo aparece y te bañas cuando llueve. Haces tu hogar donde te place y lo mudas cuando deseas. ¡Una vida de pájaros, bah!

PISTETERO.- (A Evélpides. Iluminado.) ¿Piensas amigo lo mismo que yo...?

EVELPIDES.- (Preocupado.) Me temo que sí.

PISTETERO.- Siglos tuvo que estar ante tus ojos y los míos, sin que alcanzáramos a comprender.

EVELPIDES.- Sin apresuramientos amigo. Pensemos primero si...

PISTETERO.- (Interrumpe.) ¡Aquí está el mundo con el que soñamos!

EVELPIDES.- De acuerdo Pistétero, pero...

PISTETERO.- ¡La realidad del sueño platónico...!

EVELPIDES.- Claro, claro, sólo que...

PISTETERO.- ¡A ese mundo pertenecemos, Evélpides, y no a este que llamamos nuestro!

EVELPIDES.- Sí, sí aunque...

PISTETERO.- ¿Qué esperamos entonces para...?

EVELPIDES.- (Enérgico.) ¡Pistétero! (El otro reacciona.) Hay... ¿Cómo decirlo...? Algunos incordios.

PISTETERO.- ¿Qué inconveniencia puede sujetar al deseo más codi­ciado?

EVELPIDES.- (Disimulando.) Fruslerías, pequeñeces claro, pero que habría que ver... (Se retira unos pasos. Aparte. En voz baja pero enérgica.) ¡No chupo yo la miel de las madreselvas! ¡No me gusta el sorgo granífero! ¡Mal duermo en un nido de ramas, ni tengo en mis planes enamorarme de una gallina! ¡Y aunque así fuese, que uno nunca está libre: me abochorna el solo pensar en pisarla!

PISTETERO.- ¡Evélpides, terrestre! ¡Rastrero! Tienes... tienes...

EVELPIDES.- ¡Tierra en los ojos, ya sé! ¡Terrestre yo! ¡Sagrado Apolo, ya se siente emplumado...! ¡Lo que no soporto de los fantásticos es esa facilidad que tienen para dispararse en su soñar...! ¡Como aquel que ronca son, que siempre se duerme primero y nos condena a esa, su voz del sueño!

PISTETERO.- ¡Pues ronca tú también!

EVELPIDES.- Pistétero.. No somos del aire.. Seamos sensatos...

PISTETERO.- ¡Sensatez! ¿Qué valor es ese, compañero, que te corta las alas...?

EVELPIDES.- ¡Alas, justamente! ¡Primer arcano! ¿De qué gajo piensas injertarte un par de ellas?

PISTETERO.- Lo he pensado, no creas que no. Pero siento... sien­to... (Se ilumina.) ¡Escucha...! Creo que algo está apareciendo en mi cabeza... (Suena un campanazo. Quedan congelados. Aparece el tero.)

TERO.- ¡Ajá, dijo el chajá! ¡El encuentro. Momento crucial en todo acto creador. Tero. Tero. La mesa está servida en esta habladu­ría, y se instala inexorable la hora de los bifes. Tero. Todo bien. Todo alegría. La esperanza es una cosa con plumas. Obsérvese. Pistétero ingenuo al fin. Humano. Sueña en conocer y no se reconoce. Sueña en crear y no se recrea. De recreación. Y hablan­do de recreo ahora sonará una campana y Pistétero dirá un lugar común. (Suena una campana.)

PISTETERO.- ¡Eureka...! (A Evélpides.) ¡Ten confianza en mí, amigo! ¡Me acaba de aparecer una idea que acabará con todas tus dudas! ¡¿No harían falta alas si pudieras pisar el cielo, verdad...?! (A Colibrí.) Mainumbí, fenómeno multicolor, he soñado para las aves un destino de grandeza.

COLIBRI.- (Atento.) ¿Cómo es esto, humano...?

PISTETERO.- Existe el aire entre el cielo y la tierra. Allá los dioses. Aquí los hombres. ¿Y quiénes entre ambos...?

URRACA.- Nosotros.

PISTETERO.- ¡Feliz! Ahora: si de una montaña nos dirigimos a otra, pedimos a las gentes del valle que nos dejen libre el paso. Entre un valle y otro; deberemos pedir peaje a los montañeses. Bien. Los dioses bajan a diario a la tierra para afianzar su poder sobre los hombres. Los hombres a su vez, al morir, viajan al cielo. ¿Sí? ¿Qué pasaría ahora si tratan ustedes a los dioses y a los hombres como extranjeros y exigen tributo para el paso por vuestra ciudad...?

COLIBRI.- Nada pasaría, humano, porque tal ciudad no existe.

PISTETERO.- De eso se trata señor. De eso se trata. Mira hacia arriba. ¿Qué ves allí?

COLIBRI.- Mi elemento.

PISTETERO.- ¿Y qué hay en su núcleo...? ¿En su meollo? (Se miran intrigados.) ¡El centro de la altura! ¡El polo del aire!

COLIBRI.- ¿Qué dices hombre? ¡Tal cosa no existe!

PISTETERO.- No la ves, señor, porque tienes un aire en los ojos. Prueba de echarte tierra en ellos.

COLIBRI.- ¡¿Qué dislate...?!

PISTETERO.- ¡La punta del vacío! ¡El centro de lo que no tiene centro! La plaza, el foco exacto, para alzar una ciudad al ras del cielo. ¿Lo entiendes? ¡Una acrópolis pendiendo del eje de la nada! ¡Sólo los pájaros pueden construirla! ¡Fortificar el aire! ¡Edificarlo! Imagina lo que sería aquello. ¡Los dioses y los hombres controlados por los pájaros! ¡Ora un hombre que no puede morir pues no tiene su visa hacia el cielo! ¡Ora un dios impedido de regir sobre los hombres pues no hay paso hacia la tierra! ¡Cada nube un ladrillo! ¡Un cielo gris de piedra cantera! Inex­pugnable. ¡Sólo tú puedes convencer a los pájaros de hacerlo!

COLIBRI.- ¡Oh, por la tierra, las tramperas, las nubes y las redes! Jamás oí invención más insensata. ¿Qué ventaja hallaría yo en ayudarte a tamaño desatino...?

PISTETERO.- (Buscando.) ¡Pues tú... tú serías... poderoso, señor! Reinarías junto con los pájaros sobre los hombres, sobre los dioses, como ahora sobre los saltamontes, o las vaquitas de San Antonio. El poder, señor. La riqueza de los de abajo y la de los de arriba. El reconocimiento. El halago. La alabanza. La loa. La pompa. El premio. El icono. El pergamino. La distinción. ¡El lugar, delicioso Mainumbí! (Colibrí calla sobrecogido.)

TERO.- Tero. Ojos de tierra contra ojos de aire. Obsérvese. Pistétero clásico al fin, acciona, actúa, sobre la contradicción del otro. Sobre su punto débil, su punto humano. Que lo tiene. Obsérvese.

COLIBRI.- (Atontado por el halago.) ¡Oh, por la tierra, las trampe­ras, las nubes y las redes...! ¡Jamás oí invención más ingeniosa!

URRACA.- (Contrariada.) ¡Señor...!

COLIBRI.- ¡Una ciudad en los aires! ¡Y yo pisando en ella! Sí quiero construir ese castillo contigo. ¡Sólo necesito que el resto de los pájaros aprueben el proyecto!

URRACA.- ¡Señor! ¡¿Para qué querríamos los pájaros una...?!

PISTETERO.- (Se interpone. Interrumpe.) Serás, oh colibrí, fundador de un imperio. Pasarán al bronce las plumas de tus alas y queda­rán allí iridiscentes y macizas para toda la eternidad...!

COLIBRI.- ¡Alas de bronce...! (Su postura se va volviendo más terrestre.)

EVELPIDES.- ¡Salve, oh pájaro, beldad alada...!

URRACA.- ¡¡Que antes hombre fuiste...!!

COLIBRI.- ¡Llamaré a las volantes tribus!

PISTETERO.- ¿Y quién les explicará...?

COLIBRI.- Tú mismo.

PISTETERO.- ¿Yo señor...?

COLIBRI.- (Cada vez más humano.) Antes fueron bárbaros, pero gracias a mi estancia entre ellos, aprendieron el uso de la palabra.

EVELPIDES.- ¿Y cómo los convocaremos...?

COLIBRI.- Mis trinos lo harán. Apenas escuchen mis bellos acordes acudirán corriendo. (Corrige.) Quiero decir, volando.

PISTETERO.- Aguardamos impacientes caro cofrade.

EVELPIDES.- (Adelantándose a Urraca que lo mira descorazonada.) ¡Qué pájaro fuiste, ayer nomás...! (Un tiempo.) ¡Júpiter divino! ¡En qué pantanos me interna este ensueño...!

COLIBRI.- (Grita a la espesura su deslucida declamación.) ¡Epopoi, popoi, popopopo! ¡De prisa! ¡De prisa! ¡Todos aquí mis alados acólitos! ¡Pájaros que buscáis la comida en los campos! ¡Bandadas anfibias de estación en los esteros! ¡Tiotiotiotio! ¡De prisa acudid a mi llamado! ¡Coloridos hermanos del monte, golosos de la papaya, del mango y la chirimoya! ¡Cacatúas, papagayos y loros: arpas del pantano! ¡Trioto trioto trioto tobrix! ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Venid a enteraros de las grandes nuevas! ¡Aves del llano y de la sierra! ¡Reúnanse aquí todas las tribus! ¡Alguien ha llegado con ideas nuevas y grandes proyectos...! ¡Todos aquí! ¡Todos a la asamblea! ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Torotorotorotorotiux! ¡Kikkabau! ¡Kikkabau! ¡Torotorotorotorotiux! ¡Kikkabau! (A Pistétero.) ¡Prepara tus ojos, hermano hombre, para el más fabuloso alud de pájaros que haya podido sospechar tu fantasía! ¡Velos llegar! ¡Adelante...! (Nada sucede. Espera tensa. Silencio. Pasan incómo­damente algunos segundos. Toses. Se miran. Sonrisas molestas.)

EVELPIDES.- (Por romper el silencio.) Tal vez no hayan escuchado...

PISTETERO.- Tal vez no puedan dejar sus labores...

EVELPIDES.- O tal vez... Tal vez... (En una peña alejada aparece la figura macilenta de un pajarito aburri­do. Mira todo con desgano. Camina algunos pasos. Parece que va a retirarse. En forma rutinaria -Como un extravagante señalero ferroviario- levanta apenas el ala con un gesto que sugiere una invitación. Da unos saltitos distraí­dos, y dice:)

CORO.- Pío. (Un zumbido comienza a crecer en la escena. Parece venir de todos lados y amenaza romper los tímpanos. Evélpides y Pistétero se tapan los oídos, mirando hacia todos lados sin ver nada. Cuando el sonido llega a la cima, se desborda en un candom­be que inunda frenético el ámbito. Gritos de pájaros de todo tipo. Aleteos. Desde arriba, desde abajo, desde todos lados, comienzan a asomarse, con timidez de pájaro, extra­ñas figuras aladas. Las encabeza, entrando él si, decidido a la escena, el tero.)

TERO.- ¡Arriba los corazones! Vuelen sombreros, humanos, que es lo único que pueden ustedes volar. (Ríe.) Tero. Reverencia, público, que llegan los míos. Tero. Tero. (Ordena afuera.) ¡Sobre los árboles, hermanas aves de percha! ¡Alfombren las aguas patos y zambullidores! ¡Sólo los delegados aquí! ¡Sólo los delegados! ¡Perdices a la sombra umbría de los pastos! ¡Lechuzas al alam­brado! ¡Cóndores a las peñas! ¡Y en lo más misterioso del bosque donde se existe y no se existe bajen quetzales, cacuy, y caburés! ¡Sólo los delegados aquí! ¡Sólo los delegados!

Fin del fragmento de Salto al cielo


En la página de Publicaciones encontrará datos sobre sus distintas ediciones.

O solicite el texto completo al autor vía correo electrónico.


E-mail: kartun@argentores.org.ar                                                                                                           Espacio cedido por ARGENTORES