Fragmento
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Fragmento del  primer acto de Fin de Diciembre de Ricardo Halac

Horacio: A esta quinta vienen muchos artistas, Oscar. Pintores, músicos, de todo. (Sonríe) Cuando gustes... estás en tu casa.

Oscar: Gracias. (Silencio. Extiende su copa y sonríe) ¿Tomamos otra copa?

Horacio: Sí, como no. (Le sirve)

Oscar: (Bebe) A veces, una copa de champaña viene al pelo. (Carraspea) Otra cosa que quiero hacer este año, es ponerle música a sus odas. Vos las conocés, Miguel.

Horacio: ¿Qué es?

Oscar: Son unas odas de Neruda. Está esa que dice...(Recita acompañado de Miguel, cuando éste se acuerda los versos)

Alegría, hoja verde caída en la ventana...

¡ No ! Aquella que terminaba...

Dadme

Todas las alegrías

Aún las mas secretas,

Porque si así no fuera

¿Cómo van a saberse ?

No... no me acuerdo cómo sigue. Eh...yo creo que tienen melodía. No sé, la descubro...(Se pasa una mano por la cara) Pero hay que dedicarle tiempo...con la cabeza despejada. Y antes tengo cosas más urgentes que resolver. Yo soy un tipo que vive en el aire...y eso ya no puede ser ahora. No puede ser...(Les da la espalda y se aleja unos pasos. Miguel y Horacio cambian una mirada. Silencio)

Horacio: (Se acerca a Miguel y lo palmea) ¿Y Miguel? ¿Siempre te casás en Junio?

Miguel: ¡Si Judith no se arrepiente antes!

Horacio: ¿Y cómo no aprovechás para divertirte, ahora que te dejaron solo?  (Oscar se compone y sonríe) Sos el primero de la barra que se casa.

Oscar: Algún día tenía que sentar cabeza, como dicen los viejos.

Horacio: ¡Los viejos! Con sus absurdos temores y sus consejos... Hasta el día en que uno descubre que no estaban tan equivocados. (A los dos) Porque si uno lo piensa bien, a la larga, ellos tenían razón en casi todo.

Miguel: Oscar, ya que estás parado tiráme algunas nueces.

Horacio: (Sonríe y mira hacia arriba) ¡Tantas aspiraciones que teníamos de cambiar el mundo.., o hacerlo saltar en pedazos... Y al final ¿qué? Sólo quedó un montón de recuerdos.

Miguel: (Se pasa una mano por la cara) Sí, es verdad.

Horacio: Pasa el tiempo, Miguel...¡Y para todos igual! (Pausa) Me acuerdo de una noche en que estábamos todos aquí, tirados. Hacía mucho calor...ninguno podía dormir...Y de pronto nos dijiste que te ibas a Salta.

Oscar: (Se acerca comiendo un pedazo de torta)  ¿Adónde te ibas?

Horacio: Estaban Andrés, Edgardo...¡Alicia! que en aquel entonces andaba contigo... ¿Te acordás, Miguel? (Lo mira sonriendo) ¿Te acordás de aquella noche ?

Miguel: (Come nueces) Sí, me acuerdo.

Horacio: Fue un anuncio que causó sensación. Eras el primero de nosotros que se animaba a tomar una decisión en serio. Todos te miramos...admirándote... ¡Qué ingenuos! (Da unos pasos. Pausa) Creo que si alguien me dice ahora una cosa así...¡me mato de risa!

Miguel: (Tenso) Puede ser.

Oscar: (Sigue comiendo) ¿Vos te querías ir a Salta?

Horacio: ¡Al Norte! Miguel se quería ir al norte, a vivir. A encontrarse con el verdadero país. Sentía que en Buenos Aires todo defraudaba...Y la verdad, ahí no estaba tan equivocado. (Lo mira. Sonríe) "Me gustaría ir a levantar la cosecha"...¡Ja! (Sacude la cabeza)  ¿Nunca oíste decir eso?

Oscar: Cómo no...¡Si una vez casi me llevan a la fuerza! (Se ríe solo mirando hacia  Miguel.)

Horacio: ¡Lógico! Era la frase del momento. Contra la desilusión de la política de Frondizi, contra la inercia de la gente, de la Universidad...de pronto, sudar codo a codo con un cañero tenía su atractivo.

Oscar (A Miguel)  Raro que nunca me contaste ésto, Miguel.

Miguel: Fue...mucho antes de conocerte.

Horacio: (Sonríe) ¿Acaso te lo podía contar? Ese viaje nunca emprendido, es una de las grandes frustraciones juveniles del amigo Miguel. (Pausa) ¡Sí!

Oscar: ¿Por qué no fuiste ?

Horacio: Llegó hasta a hacer las valijas. Y hubo un largo período en que decía..."me voy a ir". Así, con tono amenazador... (Silencio) Pero al final...se quedó. Después conoció a Judith...y "canalizó" sus inquietudes por otro camino.

Miguel calla. Horacio va a la mesa y sirve una copa de champaña.

Oscar: (Da unos pasos)  ¿Sabés, Miguel...que me sorprendiste?

Miguel: (Lo mira) ¿Por qué?

Oscar: (Se alza de hombros. Sonríe) Porque me demostraste que todos tenemos escondida una derrota que no nos podemos perdonar.

Miguel: (Se limpia los dientes, metiéndose los dedos en la boca. Muy tenso) Lo que pasa es que Horacio lo cuenta de una manera muy especial... (Muy claro) A él le molesta lo de Salta, sabés.

Horacio: (Lo mira y sonríe) ¿A mí, me molesta...?

Miguel: Sí, a vos. (Termina de comer nueces. Se limpia los pantalones con dos gestos firmes y se levanta)

Horacio: ¡Es absurdo, Miguel! (Bebe) Si yo siempre te alenté. Hasta, si no me equivoco...llegué a prestarte...

Miguel: (Terco) No...no. A vos te molesta.

Horacio: (Pausa. Sonríe) ¿Y por qué habría de molestarme?

Miguel: Por muchas razones. Nosotros dos siempre tuvimos distintas manera de pensar. El que yo haya fracasado, a vos puede servirte para comprobar... que no te equivocaste al elegir tu forma de vida.

Horacio: (Sonríe) ¿Y qué tiene de malo mi forma de vida?

Miguel: (Pausa) De malo, nada. Pero de bueno tampoco.

Horacio: Lo que decís es muy lamentable. Fui el primero de nosotros en recibirme. Tengo mi carrera, mi trabajo, mi...

Miguel: ¿Tu qué, Horacio?

(Silencio)

Horacio: (Sorpresivamente se echa a reír)  Miguel... Si no viniera de vos, te juro que me caería mal.

Miguel: ¡No, no...! Decíme; ¿alguna vez te jugaste por algo en serio? (Pausa) Pensá. Pero por algo que saliera del fondo del alma.

Horacio: No sé si atribuir tus palabras a...

Miguel: ¿Saliste alguna vez a la calle a decir lo que pensabas? ¿Sacaste una revista creyendo que iba a pasar algo...y al final no pasó nada? (Pausa) ¿Eh? ¡Contestá!

Horacio: Yo estoy muy satisfecho con lo que soy, Miguel. (Miguel le hace un gesto despreciativo y se aleja. Horacio cauteloso sin abandonar su sonrisa) Vamos a ver un poco...¿qué podés oponer vos a mi manera de vivir? No terminaste tu carrera. Yo al menos la terminé y estoy pensando en seguir estudiando. En realidad, nunca terminaste nada de lo que empezaste. Salvo, quizás, tu relación con Judith, que siempre fue un misterio para mí (Pausa) Te podría decir lo mismo, Miguel...En el fondo, vos tampoco quisiste algo en serio.

Miguel: Mirá... Es inútil. Hay cosas que hay que vivirlas para poderlas entender.

Horacio: No podés decir que...

Miguel: Perdonáme, pero en este momento no quiero discutir más.

(Silencio tenso. A lo lejos se oye música bailable)

Oscar: ¿Y esa música? ¿ De dónde viene ?

Horacio: (Sale de su ensimismamiento) Hay una quinta, aquí al lado.

(Silencio largo. Entran por izquierda Edgardo e Irene, muy lentamente, hasta quedar a media distancia. Recién  Horacio los distingue)

Horacio: ¡Edgardo!

Edgardo: ¿Qué hacen los tres solos? (Se ríe) ¡Parecen tres jueces, discutiendo un caso aburrido !

(Avanza. Es un muchacho alto, de tez oscura, algo amanerado, de ojos felinos siempre en procura de saber qué pasa. Nunca es clara la relación que hay entre lo que dice y lo que piensa. Viste un raje oscuro, y lleva una maleta en la mano)

Horacio: ¿Vos a esta hora ?

Miguel: Chau, se acabó la tranquilidad. Oscar...Edgardo...

Edgardo: (Levanta el mantel y mira debajo de la mesa) ¿Y las bataclanas? Acá no están. ¿Ya las mandaron a preparar las camas? (Se ríe estruendosamente. Horacio lo mira divertido. Miguel responde con una mueca. Oscar empieza a sentir curiosidad por Irene) ¡No me digan que pasaron Año Nuevo solos! ¿A qué hora llegaron?

Horacio: Temprano. Comimos aquí.

Edgardo: ¿Con los suizos ?  

Miguel: No, cocinamos nosotros..

Edgardo: ¡Son grandes! Yo hubiera jurado que aquí no había nadie. O que estaban de farra. Pero no así... (Risita) En cambio nosotros...(Gira la cabeza) ¡Irene! A vos donde te dejo ahí te quedás plantada. (Vuelve a buscarla. Le pasa una mano por el hombro con relativo cariño y regresa con ella al lugar donde estaba. Silencio) ¡A que no adivinás dónde pasamos Año Nuevo nosotros! (Pausa) Encima del auto.

Horacio: ¿Encima del auto...?

Edgardo: ¡Así como lo oís! Resulta increíble, ¿no? Venía por Rivadavia a todo lo que da, con la intención de llegar aquí antes de medianoche. Pero en Liniers, nos embotelló el tráfico. Había un camión volcado en el camino, y cualquier cantidad de cajones desparramados. ¡No había forma de salir! Entonces a las doce menos cinco me dije: Edgardo, resignáte, vas a tener que pasar Año Nuevo aquí. Y de bronca me puse a tocar bocina como un desaforado. Al segundo todo el mundo me imitaba. ¡Armamos un batifondo de padre y señor nuestro!

Horacio: ¿Por qué no telefoneaste?

Edgardo: ¿Para qué?

Horacio: No sé...Podíamos haber organizado algo.

Edgardo: ¡Andá! (Risita) Mejor no hablemos. Decíme dónde puedo dejar estas cosas.

Horacio: (Vacila un instante) Te...acompaño.

Edgardo: (A Irene) Dame tu bolso. (Ella se lo da en medio de cierta confusión) ¡Perdón me olvidaba! Irene, amigos míos. Este es Horacio, de quién te hablé. Este es Miguel. Este es otro amigo. (A ella, riéndose) ¡La culpa es mía! (A los demás) Irene es educada. No le dirige la palabra a nadie, si no la presentan antes. (Se ríe) A ver...yo tengo un bolso, la valijita...Sacáte el piloto y dámelo. Hace calor, y no va a llover. (Hace un gesto amplio que abarca a todo lo que lo rodea)

Irene: (se saca lentamente el piloto corto de gabardina, conciente de que todos la están mirando. Sonríe, algo intimidada, bajo su pollera oscura y un pulóver sencillo, sin escote. Apenas pasa de los veinte años)

Edgardo: (Le hace una caricia al pasar. A Horacio) Che, ¿no está Eva, nadie?  Ni siquiera tienen una botella de champaña como la gente. (A Irene) Si esto está muy aburrido, subimos al auto y nos vamos a otra parte.

Miguel: (Sonríe) Ahora que estás vos...seguro que nos vamos a divertir.

Fin del fragmento de Fin de Diciembre

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