Fragmento
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Fragmento de Tentempie II de Ricardo Halac

Una habitación de hotel. Hay una puerta al fondo y una ventana al costado izquierdo, donde podrá verse -cuando sea preciso- el cartel luminoso del hotel "Lumiere". También hay un placard, una cama de dos plazas, una mesita baja, un sillón, una silla, un tocador. A un costado una puerta que da al baño. Pocos objetos en escena para permitir el juego con comodidad.

Se abre la puerta de entrada y aparece Teresa, seguida de Angel, que viene muy desconfiado. Este deja sobre el tocador un paquete que trae en la mano, y mira alrededor suyo sin decidirse a incursionar demasiado en la pieza.

TERESA: (Se instala en la habitación) ¡Tuvimos suerte! ¡Es tan difícil conseguir una pieza en el Lumiere un sábado a la noche! Lo que pasa que aquí me conocen. (Se pone ante el espejo, sin ignorar que él sigue tieso) Los dueños son buena gente. Hacen su trabajo; no se meten con nadie. Y no te cobran de más. (Le sonríe) ¿Te fijás si hay perchas en el ropero, por favor? (El no se mueve, entonces lo hace ella) ¿...Y papel higiénico en el baño? No es por nada. Si pedís, te traen. Pero son cosas del trabajo de una ¿sabés? (Silencio. Va sacándose el saquito) Acá te traen lo que vos pidas.

ANGEL: Está bien. Enseguida pedimos algo para tomar.

TERESA: Te digo nomás, para que lo sepas. El camarero que nos atendió es un muchacho muy gaucho. Un día llegué con un tipo que se me quiso pasar de vivo. Lo llamé a él, y me acuerdo que en dos minutos...

ANGEL: (Repentinamente, de mala manera) ¿Se te pasó de vivo?

TERESA: ...Quiso. Pero no pudo.

ANGEL: ¿Qué quiere decir, se te quiso pasar de vivo?

TERESA: Se hacía el pesado. Y conmigo, m' hijito, los pesados no corren. (Ignora su estado de ánimo y comprueba la mullidez de las almohadas) Está todo en orden. Todo listo para una noche de amor. (Le guiña un ojo) Vas a ver cómo soy, Angel.

ANGEL; ¿Es algo que decir de entrada, como una advertencia?

TERESA: ¿Lo del amor?

ANGEL: No. Eso de que algunos se te quieren pasar de vivos.

TERESA: (Firme) Ya te lo dije. Conmigo no corren.

ANGEL: (Sus ojos brillan) Pero recién dijiste...que hubo uno que se animó.

TERESA: El camarero lo sacó a patadas. Y le dijo que si otra vez se atrevía a...

ANGEL: Pero ¿qué te hizo?

TERESA: ¿Por qué, te querés pasar de vivo vos?

ANGEL: Quiero saber qué te hizo. ¿No pagó la cuenta? ¿Te corrió por la pieza con el cinto? (Pausa. Agitado) Contáme...No tengo mucha imaginación.

TERESA: Esos son mis mejores clientes.

ANGEL: (La toma) Quiero saber, ¿entendés? Quiero saber qué puedo hacer con vos acá.

TERESA: (Le saca la mano de encima) ¡Yo te lo voy a indicar! Acomodáte a eso y la vas a pasar bien.

ANGEL: ¿Sí?

TERESA: Muy bien (Le sonríe con doble sentido y sale al baño, contoneándose con  gracia.  Angel, ahora solo, descubre que su furor se le va poco a poco del cuerpo dejándole una sensación de vacío. Se deja caer en el sillón, nervioso, inquieto. Silencio. Entra Teresa en combinación, la ropa en la mano. La ordena delicadamente. Angel desvía la vista)¡Suerte que ya no hace tanto calor! Por la ventana del baño se ven los árboles moverse. Como si hubiera un poco de viento. (suspira) Hoy tengo ganas de pasarla bien. (Mira hacia él. Pausa) ¿Apagamos la luz? Es mas fácil para... entenderse.

ANGEL: No

TERESA: ¿Eh?

ANGEL: Le tengo miedo a la oscuridad.

TERESA: ¡Pero estoy yo al lado tuyo!

ANGEL: (Se retuerce en su asiento) No

TERESA: ¿No qué? (Se acerca a él. Angel la mira de reojo)

ANGEL: No sé qué me pasa.

TERESA: (Lo acaricia) Angel...¿Te dije que me gusta tu nombre? Sos un muchacho buen mozo...tan...(Ríe) Te digo cositas para que te fijes en mí.

ANGEL: (Le saca la mano de mala manera. Se arrepiente, suave.) No sé, me parece que tengo fiebre.

TERESA: ¿Qué? (Pausa. Insiste; comienza a sacarle la camisa) ¿Por qué no me dejás que te acueste? Vas a ver cómo...

ANGEL: (Se coloca rápidamente la camisa dentro del pantalón) Es que...no me gusta el lugar.

TERESA: ¿No te gusta el lugar?

ANGEL: No

SILENCIO       

TERESA: ¡Qué tontería! ¿Qué tiene de malo el lugar?

ANGEL: (Mira alrededor suyo. Se encoge de hombros.) Tiene sabor a nada.

Teresa piensa un instante. Luego con una resolución ya tomada, sacude su cabello y se dirige parsimoniosamente hacia el timbre que cuelga junto a la cama.

ANGEL: ¡No, Teresa! (Ella se detiene y lo mira) Por favor...no llames a nadie. Volveré aquí...¿eh?

TERESA: El papel de idiota, no viejito. Hace rato que ya no lo hago más.

ANGEL: (Se muerde los labios) Ya sé...ya sé. (La mira) Vení, sentáte al lado mío. ¿Fumás? Dejáme que te prenda un cigarrillo.

Poco a poco Teresa retrocede.

TERESA: El señor...¿precisa que lo mimen un poco, antes de empezar?

ANGEL: (Enciende cigarrillos) Puede ser...puede ser. (Fuman. Pasa cierto tiempo y vuelve a crearse tensión entre los dos) Te quería decir algo y ahora...no sé cómo empezar, Teresa. (Le toma la mano con sinceridad)

TERESA: Dale, corazón...¡Seguro que no me vas a asustar!

El asiente, muy nervioso. Sabe que el corazón le palpita con fuerza. Se pasa una mano por la cara, para calmarse. Después se para de un salto y busca el paquete que traía al llegar. Lo toma y vuelve a sentarse. Lo desata, lo abre. Saca de adentro un par de zapatos blancos de mujer. Son de taco bajo, quizás mocasines. Deja la caja en el suelo y se los tiende a Teresa.

ANGEL: Tomá.

TERESA: ¿Es un regalo para mí? (El asiente, despacio. Ella los toma y los examina) Pero...¡Si son usados!

ANGEL: ...Son de Ester.

TERESA: ¿De quién son?

ANGEL: De Ester. Pero ahora...son para vos. (Silencio. De pronto ella tira los zapatos al suelo y se levanta. El trata de atajarla). ¡Teresa!

TERESA: ¡A mí me soltás!

ANGEL: Teresa...(Esconde la cabeza en el regazo de ella. Silencio) Todo lo que tengo en la caja es de ella. Es lo único que me queda de Ester. (Alza lentamente la cabeza) Cuando te vi hoy en la calle, enseguida pensé "es Ester". Y si te invité a tomar algo fue porque todo el tiempo me hacías pensar en ella. La verdad es que la veo seguido por la calle. Casi siempre...es sólo el miedo que tengo de encontrármela. (Queda ausente un segundo, tiempo que ella aprovecha para zafarse de él) ¡Teresa! Te voy a decir la verdad.

TERESA: Pero ¿qué te creés vos?

El quiere detenerla; sin embargo, Teresa consigue acercarse a la puerta y golpearla con expresión temerosa. El se vuelve y se deja caer en el sillón.

ANGEL: Vos te pensás que me voy a propasar con vos. Pero no te voy ha hacer nada malo.

Ella se acerca en puntas de pié a la caja que está en el suelo. La toma y vacía todo su contenido sobre la alfombra. Caen pañuelos, un corpiño, un frasco de perfume, una cinta para el cabello, un libro de tapas duras y algunas cosas más, inverosímiles: una pelotita de goma negra que pica por ahí, un pedazo de mica, un collar de cuentas con un medallón de cobre, una llave grande, una caracola de mar

ANGEL: (Se agacha y empieza a juntar las cosas) ¿Viste, zonza, cómo no había nada malo? ¿Qué esperabas encontrar? Son todos recuerdos...Cosas inofensivas.

TERESA: (Tomando distancia) Yo soy una mujer decente.

ANGEL: ¿Y quién te dice que no? (Queda de pié junto a ella, la caja en la mano, como ofreciéndosela. Es un acto de desafío, ella saca el frasco de perfume y se pasa unas gotas por el cuello y la nuca) Así...así tenés que hacer...(Cierra los ojos y aspira) Ester...Igual a Ester. (La quiere besar en el cuello, pero ella se lo impide. Se sienta en la cama. El toma los zapatos y se arrodilla junto a ella) ¿Viste? Te quedan justos. Todo te queda justo. Estoy seguro.

TERESA: Dios mío, qué miseria humana.

ANGEL: ¿Por qué miseria? (Acaricia el zapato. Se para, mira el contenido de la caja) Las cosas que nos quedan de los que se van, nos hacen sentir como si siguieran al lado nuestro. (Silencio) Ester...Ester. (Termina mirándola. Pausa larga)

Alguien golpea la puerta del lado de afuera.

ANGEL: ¿Sí?

CAMARERO: (Abre, asoma la cabeza ) ¿Ustedes llamaron?

ANGEL: ¡Si!. Tenemos sed.

CAMARERO: (Mira hacia Teresa, que baja la cabeza) ¿El timbre no anda?

ANGEL: Es que...  estamos eufóricos. (Sonríe) Me gusta ver a Teresa de buen humor. (Se acerca al camarero. Su mano se detiene sobre su moñito) Oh...Ester usaba uno así. (Teresa alza la cabeza)

CAMARERO: ¿Ah sí?

ANGEL: Cuando la llevaba a pasear. Al bosque de Palermo, por ejemplo. Un moño sobre una pechera o una camisa blanca. Le daba un aire de amazona. Era sólo eso... un toque. Porque en lo demás, se vestía como era ella.

Silencio. El camarero cambia una mirada con Teresa, que le hace el gesto de que se quede tranquilo.

CAMARERO: ¿Qué van a tomar?

ANGEL: Vamos a precisar un moño como éste. (Pausa) Y también...pantalones.

CAMARERO: ¿ Pantalones?

ANGEL: De franela gris. Nada de colores brillantes, y menos floreados. Ester jamás se los hubiera puesto. Pantalones debe haber acá.

CAMARERO: (Asiente) No falta mujer que los deje olvidados.

Teresa lanza una risotada franca que Angel no oye.

ANGEL: (Se aleja unos pasos) Ah, y guantes. (Con una mueca) Porque con guantes no se precisa tocar, y uno se contamina de nada. ¿No, Ester? Y anteojos oscuros, para no ser visto. Y además, para no ver. (Gira espontáneamente hacia el camarero) Ah... y traiga algo, para sentirnos en ambiente.

CAMARERO: ¿Y cuál es...  el ambiente?

ANGEL: (Piensa) Una vez nos encontramos en La Lucila, a una cuadra de la estación. Era el atardecer. Una trocha angosta se perdía entre los árboles frondosos. Y había silencio. Mucho silencio.

El camarero asiente. Teresa baja la vista pensativa.

CAMARERO: Todavía no me dijo qué van a tomar.

ANGEL: (Despierta) Algo fresco, ¿no? (Mira a Teresa que no dice nada) Lo que usted quiera. Cualquier cosa.

Sale el camarero cerrando detrás suyo. Quedan Teresa y Angel solos. Pausa

ANGEL: (Se acerca a ella. Le pone una mano en el pecho) Vas a hacer de Ester...

TERESA ¿Por qué? (El la mira. Pausa) ¿Cuánto tiempo?

ANGEL: Un rato... Solo un rato

TERESA: (Se aleja, no puede evitar cierto temor) ¿Qué vas a hacer conmigo?

ANGEL: (Se acerca de nuevo) ¡Un rato, Teresa! Te dije que...sólo un rato.

TERESA: Está bien. (Provocándolo) ¿Y cuánto me vas a pagar?

ANGEL: (Su cabeza ya está en otro lado) ¿Cuánto?...No te preocupes.

TERESA: (Lo tiene encima. Queda jadeante, inmovil) Sos un bicho raro, vos.

ANGEL: Ester...nunca hablaría así.

TERESA: ¿Qué?

ANGEL: “Angel...-diría Ester-, estoy cansada de tus ocurrencias. Cómo me gustaría oirte algo con sentido de realidad” Prestá atención a esto último. "Con sentido de realidad", es una frase que ella repite mucho. (Teresa inmovil, no le saca los ojos de encima. Silencio) "Otra vez te pierdo. Cuando empezás
a divagar, no te puedo seguir. Es inútil, no vas a cambiar nunca" (Pausa) "No vas a cambiar nunca". (Suspira) No pasaba un día... sin que me lo dijera. (Se pasa una mano por los cabellos y se aleja un paso) No vas a cambiar nunca. (Abre y cierra los puños, preocupado) Cambiar...cambiar.

La puerta se abre y aparece el camarero con las cosas que le pidieron para vestir a Teresa.

CAMARERO: Después, si quieren comer algo, tenemos minutas.

ANGEL: (Examina las cosas que trajo) ¡Teresa...! (Desconcertada, Teresa toma las cosas que él le alcanza) Mientras ella se viste, nosotros...

CAMARERO: Sí, mientras ella se viste, nosotros vamos a ocuparnos un poco del lugar. (Ante todo deja sobre el tocador una bandeja con una botella de cognac y dos copas) Fíjese, la botella está recién abierta. Tenemos otras cosas de tomar...Y también postres. Hay gente que después...le gusta comer algo dulce. Me dijo La Lucila, a una cuadra de la estación ¿no?

ANGEL: La verja. Las barreras. Las vías que se perdían.

El camarero da vuelta, o cambia de lugar, las cosas que tiene en la habitación. Puede bajar cosas del techo, o extraer elementos del placard.           

CAMARERO: Una vez, una cortina, me sirvió para hacer una hamaca paraguaya. Un señor muy culto, quería descansar en una hamaca paraguaya. Me doy maña. Generalmente me doy maña con lo que tengo. O junto por ahí, y guardo, pensando que puede servir. (Termina. Mira satisfecho su obra.) La barrera de tren levantada, La verja. Los árboles a lo lejos.

Angel se sirve una copa de cognac y la bebe, mientras el camarero saca un globo de su bolsillo y lo infla.

TERESA: No sabía..que había estas cosas acá

CAMARERO: (Mostrándolo) La luna, el anochecer. (Lo cuelga)

TERESA: No sabía, Manuel.

CAMARERO: Y bueno, ahora sabés. (Se dirige al lavabo que hay a un costado) Y silencio...mucho silencio. (Abre la canilla. La cierra. Pausa larga. Angel se sirve otra copa, nervioso. El camarero hace una pequeña reverencia.) Servido, señor.

ANGEL: ¡Gracias!

El camarero sale. Quedan otra vez solos Teresa y él. Teresa está terminando de vestirse. El procura no mirarla)

TERESA: ¿...Estoy mal?

ANGEL: (Intenta sonreír) ¿Sabés lo que pasa ? No me acuerdo más...cómo era Ester.

TERESA: No importa. Habláme de ella. (Camina despacio hasta un espejo donde se examina largamente)

ANGEL: Es que...¡tengo la impresión de haber mentido! De haber pintado...una Ester falsa. (Avanza hacia delante, debatiendo consigo mismo, en un monólogo interior) ¡Ester...! ¿Y vos, Ester, me decís que vivo en el aire? ¿Vos, que salís a la calle, y no sabés para dónde queda el norte ni para dónde el sur?

¿Vos que nunca supiste lo que vale la plata y la gastaste como si fuera un chorro de agua? ¡Vos, que no eras capaz de adivinar que ibas a precisar un paraguas porque iba a llover, y que en pleno invierno podías salir con el cuello al descubierto! Cuántas veces habré corrido detrás de tí, en la niebla del invierno, con un impermeable o solo...un pullover. Y después, viendo cómo te alejabas, me quedaba pensando si serías capaz de encontrar el camino para volver a casa. Si no te sucedería algo fantástico en una esquina o, simplemente como a un chico menor de edad, se te borraría toda la memoria... Y sin embargo, Ester, te llegué a querer no sólo por tus virtudes sino también...por eso. Y cuando en una tienda te vendían por gamuza una vulgar arpillera, o te olvidabas los guantes nuevos en un cine, yo me reía junto a vos...admirando sinceramente la pureza del alma. Oh, Ester, ¿a dónde se fue toda esa felicidad? (Se vuelve lentamente. Ahí, en La Lucila, lo espera Ester. Se acerca a ella) ¿Por qué estás vestida así?

ESTER: (Alegre) Cada día resulta más difícil conquistarse un muchacho.

Fin del fragmento de Tentempié II.

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