Fragmento
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Fragmento de Lejana Tierra Prometida de Ricardo Halac

Primera escena

Tres extrañas viejas descansan en un campo abierto. Son extrañas, ante todo, porque no son viejas. Han envejecido de mala vida, de dolor. Una, tal vez, tenga más de cincuenta  años. Las otras rondan los treinta. Tienen un aspecto sucio, desaliñado, que contribuye a verlas de edad. Ropa negra, o gris, zapatos o alpargatas negras, cubiertas de polvo. Ropa de otra época. Y, por último, tienen algo de irreal. Sobre todo en su comportamiento. Parecen viejas de un asilo, que de pronto se ríen y de pronto se quedan fijadas en una caprichosa imagen. Están largo tiempo acostadas sobre la tierra mirando el cielo infinito. A veces con las manos y las piernas extendidas. La mayor parece más consciente; es más educada y quieta. La dos más jóvenes gustan de rodar por la tierra, apoyándose una en otra, pasarse horas quitándose abrojos. A veces recuerdan que son mujeres y una peina largamente a la otra, interminablemente. Hasta que la menor -algo en su vestimenta recuerda que es extranjera- se aleja, gime y se comporta de una manera que resulta difícil comprender. No tienen absolutamente ningún apuro, nada que hacer. Para ellas, el tiempo no existe.

El lugar tiene algunos arbustos y un pequeño túmulo, una sencilla piedra que emerge de la tierra. Es todo lo que hay cerca de donde ellas están. Un poco más lejos, árboles. El bosque que empieza.

Aparece Gerardo con un radio portátil a volumen alto, y un bolso colgado en el otro hombro. Tiene diecinueve años y, como le dicen todo el tiempo que es lindo, que lo quieren, se viste resaltando sus cualidades físicas, con ropa que tal vez le ha comprado o elegido Ana, que viene detrás. Tiene, por ejemplo, botas, una camisa moderna, un pañuelo corto al cuello. Es bueno y sensible; ahora está buscando un lugar donde acampar. Atrás suyo viene Ana, juntando flores. Tiene unos veintiocho años, un cuerpo generoso, una mirada atenta. Ahora se la ve juvenil, alegre. Pero cuando se enoja parece de golpe más grande, como si hubiera sufrido duros reveses, no en vano. Está embarazada de cuatro meses y ha elegido ropa para manifestar su estado, pero sin exagerar, sin deformar su cuerpo. Por supuesto, no ven a las viejas. Ellas los ven, pero su cercanía no parece afectarlas en nada.

Detrás de todo viene Osvaldo. Tiene una pajita entre los labios y no sabemos donde está. Con la imaginación, se entiende. Se abstrae, y camina como un sonámbulo, mientras su imaginación corre, corre, corre, a veces ni él sabe a dónde. Viene cargado de bolsos, pero ni fatiga expresa. Su ropa no es formal, ni informal, sino una mezcla cansada de las dos. Tiene arriba de cuarenta años y, aunque se sabe fuerte y aguantador, por momentos está desvastado por una imagen mala de sí mismo y puede parecer totalmente débil. Tiene rasgos finos, manos sensibles, de quien ha realizado con frecuencia actividades artísticas y de pensamiento. Se para, por inercia, porque se han parado los otros dos. Vuelve a la realidad.

Mientras tanto, Ana se ha quedado frente a frente con Gerardo. Le sonríe. Lo mira con amor. Le abrocha un botón de la camisa.

ANA: ¿Por qué paraste ?

GERARDO: Te esperaba a vos...

ANA: Bueno...¿nos quedamos aquí?

GERARDO: No sé. Vos decidís.

ANA: (Da una vuelta por el lugar. Silencio expectante) Nos quedamos aquí. (Lo besa. El la aprieta y se besan con fuerza)

GERARDO: ¿Vamos a comer aquí ?

ANA: Y después vamos a dormir.

GERARDO: La siesta.

ANA: Juntos.

 

Lo mira a los ojos buscando una precisión. El la acaricia, demostrándole así que está,

como ella quiere, y cuando llega a su panza, se detiene especialmente ahí, y se pone

tierno. Ella se suelta, de golpe, como si hubiera tocado la piedra de un conflicto. El

hombre grande ha mirado todo impávido, inmóvil, con los bolsos en las manos.

ANA: ¿Dónde estamos?

OSVALDO: Ah, no sé.

GERARDO: Nos bajamos donde vos dijiste, caminamos para donde vos fuiste.

ANA: (Se saca el piloto que cuelga sobre sus hombros y lo extiende sobre el pasto) Y bueno, cuando queramos volver, caminamos hasta un rancho y preguntamos el camino. "Dígame...don...para llegar a la ruta, ¿cómo hacemos?

GERARDO: (Se hace el gaucho) "Mire...¿ve ese molino? ¿ Y después ese ombú que está detrás de esa verja con una marca colorada? Bueno...por ahí no tome" (Se ríe)

OSVALDO: Vamos a buscar el camino...¿para ir a dónde?

Silencio. Gerardo deja la radio y el bolso. Osvaldo deposita las cosas que trae. Ana se acerca a él.

ANA:  ¿Cómo estás?

OSVALDO: Como se puede sentir un hombre que vendió su auto y hace su primer viaje en micro.

Ana le aprieta un cachete y le sonríe con una mueca. Después apaga la radio y camina.

ANA: ¡Los ruidos del campo! ¡Los ruidos! ¡Schss! Escuchen... escuchen... (Las viejas se mueven, musitando nombres incomprensibles. Gerardo se acerca a Ana. Se besan de nuevo)¿Tenés hambre? ¿Querés una manzana?

Gerardo se ríe y mira hacia Osvaldo

OSVALDO: Dejála que te atienda. Es una mujer al fin.

ANA: (Ceremoniosa)  ¿Vos también querés una manzana?

GERARDO: (A Ana, sonriendo) ¡Osvaldo tiene hambre!

OSVALDO: Hambre y sueño. (Cae, sentado, como si sintiera débiles sus rodillas) También... no salgo nunca de la ciudad. Un poco de aire puro y me mareo.

ANA: Señores siéntense... Sus pedidos van a estar en seguida.

Contenta de tener algo práctico que hacer, va a abrir los bolsos. Osvaldo se ha vuelto a meter para adentro. Gerardo se acerca a él. Lo toca con el pié, Lo patea con cariño.

GERARDO: ¡Eh! ¿Cuándo me vas a armar el avión? ¿Armamos el avión? ¡Osvaldo! Me dijiste que me ibas a armar el avión.

ANA: Dejálo, si no quiere ahora.

GERARDO: Me prometió que me iba a armar el avión. ¿Para qué lo traje?

OSVALDO: No es un avión, es un planeador.

GERARDO: ¿Cuál es la diferencia ?

OSVALDO: El planeador no vuela solo. Hay que empujarlo.

GERARDO: Bueno, yo lo saco y vos lo armás, ¿eh?

Ahora Gerardo y Ana están activos. Osvaldo sigue con las piernas recogidas, tomadas con las manos, pensativo. La Vieja III, la más joven, merodea por el bolso de Ana y la caja que Gerardo saca del suyo. Las otras siguen descansando, indiferentes.

ANA: Osvaldo, ¿qué te pasa?

OSVALDO: ¿Cuándo vamos a hablar?

ANA: Después.

OSVALDO: ¿Después que hayamos comido y tomado vino? ¿Después de dormir? ¿Después de que vos hayas hecho el amor con Gerardo?

GERARDO: No arruines el Domingo, Osvaldo.

OSVALDO: Después va a ser de noche. Va a hacer frío y vamos a tener que irnos. (Silencio. Juega con la pajita en sus labios. Mira hacia arriba) Es lindo estar perdido. Físicamente, quiero decir. A uno se le ocurren mis formas de seguir adelante.

GERARDO: ¡Osvaldo me tenés que armar el avión!

OSVALDO: No es para vos, sino para el nene.

GERARDO: ¡Ya sé!

OSVALDO: El nene que va a nacer. El más chico.

ANA: ¿Es un recuerdo que le vas a dejar cuando se vayan juntos los dos?

Silencio. La vieja que husmeaba, se pone alerta al oír ésto. Se acerca a Ana, le examina la panza.

OSVALDO: Todavía no sabemos quiénes se van a ir. Puede ser que se vayan vos y él.

ANA: (Sonríe afablemente) ¿Con tu plata?

Le da una manzana a Gerardo, que se pone ávidamente a comer, mientras mira las piezas a armar. La Vieja III, la que había ido a inspeccionar, vuelve a donde están las otras dos y las sacude. Cuchichea con ellas. Nos llega un lenguaje incomprensible. Parece que consigue despertarles la curiosidad, porque, arrastrándose o sobre sus rodillas -lo único que habitualmente no hace es caminar-  van a rodear a los tres, para prestarles atención.

Entre Gerardo, Ana y Osvaldo, ha pasado cierto tiempo que se nota por un imperceptible cambio de luz. Están los tres sentados, mirándose satisfechos. Suena la radio de nuevo.

ANA: Hace frío.

GERARDO: Abrigáte. Te puede hacer mal.

ANA: ¿Alguien quiere comer algo más?

OSVALDO: No, gracias.

ANA: ¡Miren que guardo todo!

Como nadie le responde, empieza a hacerlo. Gerardo juega con el planeador ya armado.

GERARDO: ¡Qué lindo es !

OSVALDO: Acordáte que no es para vos.

GERARDO: Pero voy a poder hacerlo volar hoy, ¿no?

OSVALDO: Claro. Tenemos que probarlo, a ver si lo armamos bien.

ANA: Pero después va a ir a aterrizar a una pared, donde el nene va a dormir conmigo. Ese va a ser su lugar. Donde debería poner una foto de su padre desconocido. A menos que ponga una foto de ustedes dos. (Guarda cosas)

OSVALDO: No, al lado del planeador vas a poner una foto del que no va a estar. Y cuando el nene sea grande, vos y el que va a estar al lado tuyo le va a contar cómo era y por qué le regaló este planeador.

Una de las viejas hace una señal de ansiedad. Las otras dos le responden con un gesto calmo. Gerardo va hasta Ana, la agarra y la abraza.

GERARDO: ¿Por qué decís esas cosas?

ANA: Digo lo que pienso.

GERARDO: (Le corre delicadamente el cabello y la besa en el cuello) Si sabés que no te voy a dejar nunca.

ANA: No, no sé.

GERARDO: Ni a vos, ni a mi nene.

Cuando le toca la panza, ella le saca la mano como si no le perteneciera. El la tumba y empieza a acariciarla

OSVALDO: Bueno, ¿empezamos a hablar? (Enciende un cigarrillo) Hay plata para dos pasajes. Y un tiempo. Dos meses... cuatro meses... según la vida que se haga. (Baja el volumen de la radio) Pero alcanza. Yo estoy seguro de que estando allá, pronto nos vamos a ubicar, y vamos a conseguir trabajo, y nos vamos a sacar de encima este desgano que nos mata. Vamos a ser distintos. Capaces. Ricos.

Gerardo y Ana han empezado ha hacer el amor. Osvaldo no puede menos que prestarles atención. La Vieja II se tumba, cara al cielo, y respira agitada como si le volvieran recuerdos. La mayor da la espalda y se aleja unos metros. La tercera -la curiosa, la de siempre- se acerca, con pequeños, lentos, movimientos gatunos.

Perdón... no quisiera ser inoportuno, pero ¿no venía la siesta ahora? Me hacen sentir tan ridículo. Una tarde en el campo, hacen el amor y el futuro por resolver. (Suspira, angustiándose) Hay algo que no les dije... Disolví mis cursos. Fui a la revista y les dije que no voy a colaborar más. En cuanto a nuestro dichoso lugar de trabajo... (Le cuesta seguir) hablé con la señora. Se lo devuelvo a fin de mes. Acepta quedarse con los muebles como parte de pago del último alquiler. (Pausa. Bajo) Me falta vender los libros y ya estoy listo para salir. ¡Ana! Gerardo... Ana, ¿me escuchás? ¡Gerardo! Váyanse a la mierda.

Se va a levantar para irse cuando Ana extiende una mano y le agarra la suya. Osvaldo mira extrañado sin saber qué hacer. Gerardo termina. La vieja que está cerca empieza a gritar, casi se para, sobre sus débiles rodillas.

VIEJA III: ¡Il mio figlio! ¡Vive! ¡Cui! Andava. Andava a vallo. ¡Fu! ¡Fu! Berto. Berto Bertito mío. (Lo acuna mientras llora) Caro Bertito. ¿Vol lette? Dorme. Dorme, Berto. Siamo in Argentina. Bella, l'Argentina.  Mamma te voglia bene. Anche il tuo papo. Dorme...

Mientras llora lo acuna, cantándole una canción de cuna italiana de más de cien años. 

Una luz ha mostrado las caras duras de las otras dos viejas, que la observan mecerse, con el imaginario niño en los brazos. Cuando la luz se enciende de nuevo, están los tres acostados durmiendo juntos, Ana en el medio, tapada por su piloto, y que en sus partes restantes los cubre. De repente se sienta, preocupada.

OSVALDO: (Abre los ojos) ¿Qué pasa?

ANA: Me pareció oír llorar (Mira alrededor) Una vieja, un chico...

OSVALDO: (Enciende otro cigarrillo) Sueño de embarazada.

Fin de la primera escena de Lejana Tierra Prometida.

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