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Fragmento de Mil años, un día de Ricardo Halac

ESCENA 2.   LA DESPEDIDA EN LA TABERNA.

Estamos en España, en 1492, en la posada del pueblo, ante una mesa tendida. los amigos de Isaac -el protagonista- le han organizado una despedida. Están Sancho el alcalde, Rodrigo el alguacil, Juan el cura y Devoto el converso, con otros vecinos. Son los notables del pueblo. Cantan, ríen. Sancho baila como si tuviera castañuelas en las manos. Una mujer va y viene trayendo vino.

SANCHO:

Qué llevas, Isaac,

Qué dejas, Isaac.

Hoy estás aquí,

Mañana allá,

Isaac, oh Isaac

No nos vas a olvidar...

 

 

 

Isaac, que recién ha llegado y mira todo desde lejos, se decide y se adelanta a la mesa.

 

 

RODRIGO:

¡Isaac, nuestro homenajeado!

 

 

SANCHO:

Jesús, María y José... ¡No paré de tomar desde que llegamos!

 

 

RODRIGO:

La sangre de Cristo...

 

 

JUAN:

¡Tardaste mucho!

 

 

DEVOTO:

¡Aquí tenías que estar! ¡Es tu despedida!

 

 

 

Súbito silencio. Juan se para y lo abraza.

 

 

JUAN:

Nuestro... amigo entrañable...

 

 

 

Isaac calla. Trata de mostrarse entero.

 

 

SANCHO:

¡No te vas a olvidar de nosotros!

 

 

ISAAC:

¿Acaso los amigos se pueden olvidar?

 

 

RODRIGO:

¿Cómo? ¿No hay más? ¡El padre Juan se tomó todo el vino!

 

 

JUAN:

No, tengo la nariz colorada por el resfrío... (Silencio. Lo mira). ¿Tu familia?

 

 

RODRIGO:

Lista para emprender el viaje... que no tiene retorno. ¿No es cierto?

 

 

Isaac:

Sí; y cuesta decidir lo que se lleva y lo que se deja... (Todo le da vueltas. Se sienta). ¿Puedo tomar vino?

 

 

DEVOTO:

¡Si hay algo que sobra en esta mesa es vino! (Le da un jarro).

 

JUAN:

 

Vino y afecto...

 

 

SANCHO:

¡Cómo vas a extrañar el vino de España, carajo!

 

 

 

Se muerde los labios. Silencio.

 

 

JUAN:

¡Las cosas que vivimos de chicos! ¿Quién te quita los recuerdos de infancia?

 

 

SANCHO:

¿Y los de la corte? ¡Porque este médico de pueblo, señores, llegó hasta la corte!

 

 

 

Todos aplauden. Risas. Rodrigo bebe más. Isaac escucha algo, sorprendido.

 

 

ISAAC:

¿Oigo... campanas?

 

 

RODRIGO:

Anuncian la partida de los judíos... Para el pueblo es un acontecimiento... (Alerta). ¿Por qué, te molestan?

 

 

ISAAC:

Me suenan a triunfo...

 

 

 

Le cuesta oírlas. En su memoria, el tiempo enloquece; de pronto oye una canción judía, y ve a Sara cantando. El espacio de su casa se ilumina.

 

 

SARA:

Hacer y deshacer bolsos... como siempre... (Se sienta entre almohadones, con los pies cruzados, a la usanza árabe. Desata un bolso suspirando). ¿Qué hago, llevo más ropa de abrigo? ¿A dónde vamos, va a hacer más frío o calor? Voy a tener que hacer un hogar de nuevo... ¡Sólo Dios sabe lo que va a pasar con nosotros...! (Sueña). Me gustaría conocer la nieve...

 

 

 

Isaac queda pasmado escuchándola. Sancho le palmea un hombro.

 

 

SANCHO:

Isaac, el edicto establece que a las 12 de la noche del día 31... termina el plazo. Todo judío que se encuentre después...

 

 

DEVOTO:

Deberías prestar atención a  lo que dice.

 

 

SANCHO:

(Mirándolo). Lo mismo que otro que yo conozco.

 

 

DEVOTO:

¿Por qué? Yo me convertí. No soy más judío, soy como ustedes.

 

 

 

Sancho ríe socarronamente.

 

 

JUAN:

¡A ver ese discurso de despedida, Isaac!

 

 

RODRIGO:

¡Eso! ¡Queremos oírte!

 

 

 

Silencio.

 

 

ISAAC:

No puedo decirles nada.

 

 

SANCHO:

(Se pone detrás y le mueve las manos, mientras remeda su voz). Agradezco esta bonita fiesta que me han organizado las personas más importantes del pueblo... El alcalde, o sea yo; el padre Juan... (Isaac lo empuja lejos. Sancho cae encima de Rodrigo. Lo señala). Ah, también festejamos el ascenso de Rodrigo a alguacil mayor...

 

 

 

Lo palmea ruidosamente. Aplausos.

 

 

JUAN:

(A Isaac, llevándolo aparte). Si tu padre se siente mal, por la partida de ustedes, que venga a verme.

 

 

RODRIGO:

¡Devoto...! ¿Pensaste que si no te hubieras convertido, ahora también tendrías que irte como él?

 

 

SANCHO:

(Hace como si tuviera castañuelas y canta:)

Devoto está aquí,

Devoto no se irá,

Ay qué cruz amigos

Lo debemos aguantar...

Abraham.. Abraham...

Quítate el disfraz...

 

 

RODRIGO:

¡Abraham!

 

 

JUAN:

Así te llamabas antes de convertirte.

 

 

RODRIGO:

¿Te trate recuerdos el nombre Abraham?

 

 

DEVOTO:

No. (Rodrigo lo mira inquisitivamente). Digo sí.

 

 

SANCHO:

¡Si son la misma persona!

 

 

DEVOTO.

Cuando yo era chico me llamaba Abraham. ¡Mi papá me llamaba Abraham! "Abraham, no te escondas... Abraham, no llores por cualquier cosa..."  El edicto me trae el recuerdo. Pero es sólo porque Isaac se va. (Un súbito estremecimiento lo recorre). Por favor, no me denuncien.

 

 

RODRIGO.

¿Raquel, tu querida hija... se va con ustedes....?

 

 

 

De pronto aparece Raquel, hija de Isaac, en el espacio de la casa, donde ahora hay un candelario encendido.

 

 

RAQUEL:

¡Mamá! ¡Mamá...!

 

 

SARA:

¡Acá estoy, Raquel! (Raquel cae de rodillas junto a Sara, desparramando por el suelo libros que trae en la mano). Mi tesoro... no puedo llevar más nada... No puedo...

 

 

RAQUEL:

Pero son los libros de papá! Acá, en la Biblia, dice que Josué ganó una batalla sosteniendo los brazos en alto... Cuando se cansaba lo ayudaban...

 

SARA:

 

Mejor dejamos esas historias ahora...

 

 

RAQUEL.

Papá me las contaba para dormirme cuando era chiquita...

 

 

 

Raquel hunde la cara en la falda de su madre que le acaricia los cabellos.

 

 

SARA:

Sí querida, cuando estemos lejos tendremos que recordar-las para ser más fuertes...

 

 

 

Mientras la mece, le canta una canción en ladino. Un grito de Sancho vuelve a  Isaac a la realidad.

 

 

SANCHO:

¡Alguacil!

 

 

RODRIGO:

Alguacil mayor...

 

 

SANCHO:

Si te hubieras hecho judío, ahora te podrías ir con Raquel...

 

 

 

Ríe con sorna, mientras el espacio de la casa se desvanece. Por un momento Rodrigo es centro de atención. Se para, saca rápido una espada corta y se detiene a mirar su filo.

 

 

RODRIGO:

En el Nuevo Orden que ahora rige en España no hay lugar para esas bromas.

 

 

SANCHO:

Bueno, no es para tanto...

 

 

RODRIGO:

Si no fueras mi amigo, tendrías que responder por esta ofensa.

 

 

 

Rápidamente Juan se pone en el medio.

 

 

JUAN:

¡Estamos acá para festejar! Se nos va un amigo, un gran médico...

 

 

DEVOTO:

Yo también soy un gran médico.

 

 

JUAN:

¡Sí, por suerte nos queda Devoto!

 

 

SANCHO.

¡Por favor, no echen también a los doctores conversos! ¿Si no quién atiende a mi mujer, que siempre le duele algo?

 

 

DEVOTO.

¡Que hable Isaac!

 

 

TODOS:

¡Que hable Isaac!

 

 

 

Silencio. De pronto Isaac alza la cara y los mira.

 

 

ISAASC:

Amigos de la infancia... (Un brillo de rebeldía asoma en sus ojos). No me voy a ir.

 

 

 

Todos se miran desconcertados.

 

 

RODRIGO.

Esto sí que no me lo esperaba.

 

 

JUAN:

Qué estás diciendo, Isaac...

 

 

ISAAC:

Nací en esta tierra, igual que ustedes. Es mi lugar también. ¿No fuimos juntos a las fiestas de las cosechas? ¿No descubrimos juntos las mujeres, el vino, las canciones...? (Silencio. Cada uno se hunde en sus pensamientos). Después Juan se hizo cura y caminábamos de noche hablando de Dios, yo desde la ciencia él desde la religión.  (Su voz se quiebra. Los invade la angustia). ¡Sancho, estuve en tu casamiento!

 

 

SANCHO.

Sí, pero yo no en el tuyo.

 

 

ISAAC:

¡Ayudé a nacer a tu hijo con estas manos! ¿Rodrigo, no estuve al lado de tu cama...?

 

 

RODRIGO:

¿Cuándo?

 

 

ISAAC:

¡Cuando luchabas entre la vida y la muerte, por una herida que te hicieron en una pelea!

 

 

RODRIGO:

Te fuiste antes que me curara.

 

 

ISAAC:

¡Es cierto! Pero también dejé a mi familia. Me llamaron de la corte y me fui. Siempre fui muy ambicioso... (Silencio. se vuelve a ellos). Pero nunca me olvidé de mi pueblo... (Se oye un shofar. La cara de Isaac se ilumina extrañamente). ¡Tengo mis raíces aquí! Y como no es justo que nos tengamos que ir... ¡va a ocurrir un milagro! El tiempo va a volver atrás al momento en que se decidió expulsarnos... A la Reina le van a poner el edicto delante... ¡Y ella en vez e firmarlo lo va a romper! Son las sorpresas de Dios. El Gran Malabarista.

 

 

 

Silencio.

 

 

RODRIGO:

(Se ajusta el cinto). El edicto es bien claro, Isaac... Después que venza el plazo, el que esconda a un judío...

 

 

ISAAC:

Rodrigo, el tiempo va a volver atrás...

 

 

DEVOTO:

¿Te haríamos una despedida si no te fueras?

 

 

ISAAC:

La Cábala me abrió el entendimiento. Gracias a tu ayuda, Devoto.

 

 

DEVOTO:

(Mirando alrededor preocupado). ¿Mi ayuda...?

 

 

ISAAC:

¿No me mandaste al maestro que me enseñó todo?

 

 

DEVOTO:

¡Entendiste todo mal! ¡La Cábala sirve para huir de los dolores de la vida! ¡No es un manual para pedirle soluciones a Dios! (Lo toma de la mano y lo lleva adonde no puedan oírlo). ¿Me diste las gracias delante de todos para arruinarme? Si no te vas, vas a morir...

ISAAC:

(Sonríe extrañamente). No; me queda un ritual por hacer...

 

 

DEVOTO:

¿Un ritual? ¿Qué ritual? (Se mesa los cabellos). Me vas a volver loco...

 

 

ISAAC:

Un ritual que aprendí del maestro...

 

 

DEVOTO:

(Se vuelve a los demas). ¡Escuchen! ¡Ahora Isaac cree en la magia negra!

 

 

SANCHO:

(Borracho). ¡Qué envidia, Isaac! Vas a viajar... vas a conocer nuevos países...

 

 

JUAN:

Ahí donde instales tu hogar... sigue siendo esa gran persona que siempre fuiste...

 

 

 

Isaac escucha más campanas, lo desespera no saber de dónde vienen.

 

 

ISAAC:

¡Paren esas campanas...! (Se toca el cuerpo, se pellizca).  ¿Estoy soñando...? ¡Maestro...! ¡Necesito darles una prueba!

 

 

 

Lo miran atónitos mientras se hace luz en otro lugar. Es el ámbito sagrado. Allí se levanta el maestro cabalístico. Una capa lo envuelve.

 

 

DEVOTO:

¡Mírenlo bien! Médico de la corte, profesor renombrado, erudito en varias materias... ¡hoy, quiere hacer que el tiempo vuelva atrás!

 

 

 

De pronto Sancho arranca con la canción. Los más borrachos se paran y zapatean como bailaores.

 

 

SANCHO:

Isaac, oh Isaac...

 

 

LOS DEMAS:

No nos vas a olvidar...

 

 

SANCHO:

Nos olvidarás, sí nos olvidarás...

 

 

LOS DEMAS:

Qué llevas, Isaac

Qué dejas, Isaac,

Hoy estás aquí,

Mañana allá,

Isaac, oh Isaac

No nos vas a olvidar...

 

 

ISAAC:

¿Esto qué quiere decir? ¿Me están echando?

 

 

SANCHO:

¡Sí...! Y ahora los amigos te llevamos hasta las puertas de España...

 

 

 

Lo alzan entre todos. Le hacen el juego de la sillita de oro.

 

 

ISAAC:

¡Déjenme! No quiero irme...

 

 

RODRIGO:

¡Y te tiramos afuera!

 

 

TODOS:

¡Te tiramos afuera...!

 

 

 

Se quedan riéndose, mientras Isaac cae. cae y cae...

Fin del fragmento de Mil años, un día

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