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La obra |
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La obra:
MODO DE EMPLEOLa verdad es
reordenada en cada versión. Así como un silogismo de la primera figura debe
“reordenarse” para ser expresado en la segunda, del mismo modo las versiones
de los personajes acerca del suceso se transforman al pasar de una figura a
otra. La Primera Figura corresponde a la mirada de MILJA, SU MUJER.
La Segunda Figura corresponde a EL MAYOR. La Tercera Figura corresponde a MILJA,
SU HIJA. Y la Cuarta Figura corresponde a MARA MICCIO. Podríamos concebir el relato como la secuencia de cuatro
unidades narrativas, llamadas respectivamente B, C, D y F. La inicial del nombre
del silogismo permite comprender a qué escena de otras figuras corresponde una
escena de la Primera Figura. Es decir que el suceso C –por ejemplo- es contado
por CELARENT en la Primera, por CAMESTRES y CESARE en la Segunda, no aparece en
la Tercera, y es CAMENES en la Cuarta. Así también se puede rastrear la
situación B, la D y la F en todas las figuras. De manera muy esquemática, podríamos
convenir en que el “suceso” B corresponde al Censo; el C, al Hurto; el D, a
la Visita; y el F, a la Tormenta. El “argumento” se construye sobre esta estructuración
matemática. Y el “tema”, también. La verdad y la validez siguen caminos distintos. PRIMERA FIGURA
PRIMERA FIGURA: ESCENA 1BARBARA La luz tenue, enrojecida, de un atardecer de pueblo. MILJA, SU MUJER con los brazos abiertos y los ojos en blanco, predica enfebrecida. EL MAYOR, su marido, sostiene Los Papeles entre sus manazas, y –con la cabeza baja- recita su texto en una letanía. MILJA, SU HIJA marca el ritmo haciendo sonar una pandereta y grita con fervor cuando le toca el turno de decir su frase. MILJA, SU MUJER: Que no había nada, puta que no había nada. Hasta que la llegada de Amancio fecundó la tierra. EL MAYOR: Lleva su sangre. (Repite en cada pausa de MILJA, SU MUJER). MILJA, SU HIJA: ¡Él vive en mí! (Repite en cada pausa de MILJA, SU MUJER). MILJA, SU MUJER: Concibió a Has Dussis, que conoció a Leila. De su unión vio la luz Gorniz, que conoció a Mariela Sánchez, que concibió a Jurris, que luego conoció a Imna, quien sería su mujer hasta la caída de las murallas circulares del desierto. Concibieron a Yiya, que no conoció varón, ni hembra, ni animal, ni luz divina y dio sin embargo a luz al abuelo de Josía, el sabio Basdemisto. He allí el enorme misterio que es nuestro origen. MILJA, SU HIJA: ¡Él vive en mí! (Cae desvanecida. EL MAYOR levanta la cabeza y la mira. MILJA, SU MUJER se da vuelta y la mira). EL MAYOR: (Deja una tarimita en el suelo desértico y talcoso. MILJA, SU MUJER se sienta sobre una gran valija). Éste es el lugar. MILJA, SU MUJER: (Niega en silencio). EL MAYOR: Y habló Dios en diecinueve lenguas, todas ellas eran válidas y hablaban con verdad. Pero hablaron los demonios en cuarenta y cinco lenguas falaces, y así sumaron sesenta y cuatro. Cuando Josía pisó por primera vez la tierra del temible Bretón, lo primero que sintió fue la voz parrillera del desierto que le decía: “nada”, “nada”. Escuchó esas voces múltiples como naranjas: “soslayo”, “apenas”, “Josía”. Sí, su propio nombre le narró el desierto. El milagro de la Sagrada Ostra se repetía, así, ante sus oídos. Y era una lengua de Dios, y lo que se desprendía de ella era válido. MILJA, SU MUJER: (A MILJA, SU HIJA, pero procurando que EL MAYOR la oiga). Tu padre había prometido que íbamos a llegar hasta General Pico. EL MAYOR: Sin embargo, he dicho que ésta es la tierra. Aquí nos quedamos. MILJA, SU MUJER: En Pico habrías podido ir al Nacional... como las otras chicas. MILJA, SU HIJA: Papá... ¿por qué? EL MAYOR: Mi amor... Las señales que Ramiro negó se volvieron tres veces contra él, su progenie y sus animales domésticos. Todo esto en la tierra de Fisué. MILJA, SU HIJA: ¿Y la tierra de Fisué... se parecía a ésta? EL MAYOR: Claro. Era idéntica. MILJA, SU MUJER: ¿Te acordás de la lámina entre el pasaje de la Caída de los Azulejos y la Compra de la Rueca de la Mujer de Josué? MILJA, SU HIJA: Sí, pero no se parece a esto. Tiene más rojo. MILJA, SU MUJER: Es una lámina completamente roja, con el suelo tupido de plantas. MILJA, SU HIJA: Crecen por todas partes las raíces venenosas de la lausana. EL MAYOR: Lo que ustedes llaman rojo es verde para todos los demás, y es verde para mí, y lo era también para Josía. MILJA, SU MUJER: Ésa es una lámina de la tierra de Fisué. Tu padre miente. EL MAYOR: En primavera. En otoño se ve igual que este lugar. Y se llena de pájaros, como voces femeninas. El trino del comecuervos es el más afilado y dulce de... MILJA, SU MUJER: ¡Si llegáramos a General Pico podría atenderse con un médico! EL MAYOR la abofetea. EL MAYOR: ¡He dicho que será aquí! Es necesario que crean en mí. Yo... yo he visto la señal... grandiosa. (A su hija). Milja, ¿ves esa planta de un verde intenso? MILJA, SU HIJA: ¿Esa roja? (Entusiasmada). ¿Es... es la lausana? EL MAYOR: Crece por todas partes. Habrá que cuidarse de sus raíces venenosas. Ya lo ven, es aquí. MILJA, SU HIJA: (Se agacha a besar la tierra). Todos los que aquella noche comieron de la raíz de la lausana fueron recibidos en su gloria. Todos los que aquella noche murieron habían comido de la raíz de la lausana. EL MAYOR: (Se agacha a besar la tierra). De lo cual se sigue, afirmativa y universalmente... MILJA, SU HIJA: ...Que todos los que fueron recibidos en su gloria habían muerto esa misma noche. EL MAYOR: (A MILJA, SU MUJER). Arrodilláte. (Ella duda). Arrodilláte. Hemos llegado. Después de tanto tiempo. Por fin. (Ella obedece). MARA MICCIO: Así los encontré por primera vez. Yo estaba censando y me habían tocado setenta manzanas de desierto. Ni siquiera me iba a molestar en venir a ver. Pero en El Rápido de La Pampa me dijeron que el chofer había bajado a una familia en el medio de la ruta. Eran ellos. Hola. EL MAYOR: (Levantándose). ¿Quién es usted? MARA MICCIO: Soy Mara Miccio, maestra en Ingeniero Luigi. Encantada. Hoy es el día del censo. EL MAYOR: Ah, claro. Es un placer. Ella es Milja, mi hija. Y mi mujer. MARA MICCIO: ¿Van para el pueblo? EL MAYOR: No. Nos quedamos acá. MARA MICCIO: Entonces están dentro de mis setenta manzanas. ¿No les molesta si les tomo algunos datos? EL MAYOR: No, por supuesto. MARA MICCIO: ¿Familia integrada por...? EL MAYOR: Sólo los tres. MARA MICCIO: Muy bien. ¿Sus apellidos? EL MAYOR: Todos los descendientes de Amancio llevamos su apellido. MARA MICCIO: ¿Apellido de soltera? MILJA, SU MUJER: Amancio... todos. MARA MICCIO: ¿Nombre? MILJA, SU MUJER: Milja. MARA MICCIO: ¿Y su hija? MILJA, SU HIJA: Milja. MARA MICCIO: ¿También? MILJA, SU MUJER: Fue una señal. Las dos nacimos con la enfermedad de Dalton. Eso dijeron mis médicos. Y los de ella. MARA MICCIO: ¿No tendrás un segundo nombre, una inicial? MILJA, SU HIJA: (Niega con la cabeza. Inventa). “F”. MARA MICCIO: ¿Cómo figurás en el documento? (Nadie responde). EL MAYOR: (Esgrimiendo Los Papeles). Éstos son nuestros documentos. Dios sabe de nosotros. MARA MICCIO: Pero yo tengo casilleros que no pueden quedar vacíos. EL MAYOR: Ponga cualquier cosa, entonces. MARA MICCIO: Si nadie se entera, ¿no?... ¿Cuánto tiempo van a quedarse... acá, en el desierto, digo? MILJA, SU MUJER: (Firme, indicando a MILJA, SU HIJA). Hasta que nazca, por lo menos. MARA MICCIO: Si es antes de agosto tengo que registrarlo, también. ¿Tiene padre? Silencio. Apagón.
PRIMERA FIGURA: ESCENA 2
CELARENT OFF DE MILJA,
SU MUJER: (En la oscuridad). CELARENT:
Ningún lugar está libre de pecado. Todo hombre tiene necesidad de asentarse en
algún lugar. De lo que se deduce negativamente por la premisa más débil que
ningún hombre está libre de pecado. Luz. Han armado la carpa en medio del desierto. MILJA, SU MUJER está arrodillada en el centro. EL MAYOR la sostiene violentamente por el cuello, mientras que con la otra mano intenta hacerle abrir el puño en el que esconde algo. MILJA, SU HIJA observa desde la carpa. Entristecida, se acaricia el vientre. EL
MAYOR: ¡Soltá! (MILJA, SU
MUJER está absorta, endurecida, con la mirada petrificada).
¡Soltálo! Cuando Josía descubrió a su propio hijo perdido por el fulgor del
hurto negó conocerlo durante siete años con siete noches. Y la moneda robada
por su hijo se volvió mala, y fue rechazada por todos, dejándolo sumido en el
desprecio. ¿Qué tengo que hacer yo, entonces, cuando la que roba es mi mujer y
no mi hija? MILJA,
SU MUJER: Tu hija no habrá sentido necesidad de robar. EL
MAYOR: ¡Soltá eso! MILJA,
SU MUJER: No. EL MAYOR la golpea salvajemente en la nuca con una pala. MILJA, SU MUJER cae sin abrir el puño. MILJA,
SU HIJA: ¡Papá! Ella no sabe lo que hace. EL
MAYOR: Muy bien. El puño cerrado
bien contiene a la presa que se deja llevar. Pero vas a ir caminando hasta
Ingeniero Luigi, y se lo vas a devolver. MILJA,
SU MUJER: Lo voy a devolver, sí. (Pausa). EL
MAYOR: (Más tranquilo). Dejáme ver
qué era. MILJA,
SU MUJER: No. EL
MAYOR: Ahora ya no hay por qué
insistir. Lo vas a devolver a su dueña. Quiero ver qué era. MILJA,
SU MUJER: No. Eso no. MILJA,
SU HIJA: Papá, está en Los Papeles que cuando el padre de Josía quiso ver los
rebaños secretos de Ramiro, su propio pariente, el sabio Aabdancio, prefirió
arrancarle los ojos. EL
MAYOR: Milja, preciosa, ningún
mortal puede tener la sabiduría de Aabdancio el que fue capaz de distinguir
entre el bien y el mal. (A su mujer, suavemente).
Milja, está demostrado en Los Papeles que ningún hombre está libre de pecado,
pero vas a prometerme no robar nunca más. MILJA,
SU MUJER: (Lo abraza, sollozante). Lo
prometo, lo juro, y te bendigo. Yo no sé lo que me pasa... EL
MAYOR: No hables más. Sé como el
silencio constante detrás de las murallas que construyó Ramiro. Dejáme ver qué
era. MILJA,
SU MUJER: No. EL MAYOR vuelve a empujarla al suelo y trata otra vez de golpearla con un hatajo de leños. MILJA, SU HIJA salta sobre él y lo detiene. MILJA, SU MUJER se levanta y camina hacia la pampa. Los otros dos entran a la carpa. MILJA, SU MUJER predica con un pandero –sola- en mitad del
desierto, subida a los dos escalones de la tarimita. Su voz lucha con el
Pampero. MILJA,
SU MUJER: Yo era pobre, y tenía por anillo la desesperación. Pero Leila también
fue miserable toda su vida, por lo que Su Gloria se muestra infinita tanto para
con sus almas escogidas como para con la última de las mortales. Véase cómo
gozo de mi pobreza, porque Su reino no promete nada y lo pide todo a cambio. He predicado sola en esta
pampa tanto tiempo como llevó a Ramiro la visión de las señales. Esto es,
noche y media. Vuelvo de Ingeniero Luigi, habiendo devuelto lo que robé. Es a
través de mi castigo que se pagarán las deudas. Sube la luz en el resto de la escena. EL MAYOR y MILJA, SU
HIJA reciben a MILJA, SU MUJER con la mirada. MILJA,
SU MUJER: No tomé nada en dos días. Mara Miccio, la maestra de Ingeniero Luigi,
me convidó una Fanta. Fue todo lo que bebí. EL
MAYOR: Estás hermosa, redimido el
pecado por la penitencia. MILJA,
SU MUJER: Digo que tengo sed. (MILJA, SU HIJA le da una cantimplora en
silencio. Su madre, antes de beber:) Y vertió
Vanlon su sangre en el copón, y fue mejor, y su tierra parió los cereales
dorados del Señor. (Bebe ávidamente). EL
MAYOR y MILJA, SU HIJA: Así fue. MILJA,
SU MUJER: Lo devolví sin que se diera cuenta, y sin que hubiera siquiera notado
su falta. Si quieren saberlo, era un crucifijo lo que le robé a la maestra. EL
MAYOR: ¿Un crucifijo? La fe de los
hombres es algo extraño pero persistente. Algo que no escucha razones. No se
puede dudar de lo que es evidente. He allí la diferencia entre la fe y la razón. MILJA,
SU MUJER: Eso pensé. Pero después vi los colores del desierto... y dudé. Eso
que yo llamo rojo otros lo llaman amarillo, o verde, no sé, nunca me acuerdo.
¿De qué color creen ustedes que es esto? (Saca una medallita de oro). MILJA,
SU HIJA: Es azul. MILJA,
SU MUJER: Eso pensé. EL MAYOR arrebata la cadenita y la balancea delante de MILJA, SU MUJER. La mira inquisitivamente. MILJA,
SU MUJER: ¿Supo acaso la mujer de Ramiro por qué se secó el cereal? EL
MAYOR: No me obligues a preguntar. MILJA,
SU MUJER: No sé cómo llegó hasta acá. EL MAYOR le da vuelta la cara de un bife. MILJA,
SU MUJER: ¿Lo sabemos todo, acaso? ¿Sabemos de qué padre será nuestro nieto? (EL
MAYOR vuelve a golpearla). MILJA,
SU HIJA: A lo mejor se la regaló. EL
MAYOR: (Lee la medallita). Mara
Miccio, M.P. 4068. MILJA,
SU HIJA: ¿Te la regaló la maestra de Ingeniero Luigi, mamá? EL
MAYOR: ¡Entonces estuviste hablando
con ella! MILJA,
SU MUJER: Hija, hijita. Nada es tan sencillo. No me muestres paciencia, que es una
virtud en los mayores pero un vicio orgulloso en los jóvenes. EL
MAYOR: Se la robaste. Vas a sentirte
plena cuando confieses. MILJA,
SU MUJER: Eso era antes. (Observa a su hija).
Ahora ni siquiera encuentro sosiego en la confesión. MILJA,
SU HIJA: Ya lo dije. Hay misterios que sólo explica la obstinación de la lógica. EL
MAYOR: (A su mujer). Estamos
escuchando. MILJA,
SU MUJER: Le pedí algo fresco. Mientras me traía la Fanta abrí un cajón de la
cómoda, para devolver la cruz. Ahí estaba la medallita. EL
MAYOR: Tan simple. MILJA,
SU MUJER: Pero fue así. No siento culpa. Al menos, no por eso. EL
MAYOR: (Dándole la medallita). Ya
sabés lo que tenés que hacer. Apagón.
PRIMERA FIGURA: ESCENA 3
DARII MILJA, SU MUJER está en casa de MARA MICCIO. Otra Fanta
sobre la mesa. MILJA, SU MUJER tiene su pandero sobre las faldas, y a veces lo
golpea acompañando su relato. MARA MICCIO escucha. Una mezcla de impresión y
caridad ha hecho que se conmueva ante el aspecto penitente de MILJA, y la ha
invitado a tomar algo y sentarse en su casa. MILJA,
SU MUJER: Y fue en la fiesta de Imna la de Arramés, en la que Su voz se dejó oír
a través de una ostra. Todos dejaron de bailar la Cascarria ante la señal
evidente de Su gracia, y quedaron los hombres a la derecha de la mesa y las
mujeres a su izquierda, ya que, como se sabe, ésa es la distribución de las
parejas en la Cascarria. Y habló entonces con voz estridente la ostra, y dijo:
“¿Quién de todos ustedes es más sabio que Arramés?” (Bebe un
sorbo de Fanta). Y como nadie contestara,
prosiguió la ostra: “Veo que nadie osa nivelar para arriba, por tanto he de
considerar que el más sabio es el primero de la lista de vuestros invitados. Acércate
a mí, Aabdencio.” Y el primero de la lista se acercó a la ostra, y lo que
escuchó fue lo que sigue: “Todos los varones libres de pecado entre las
familias de Arramés fecundarán el vientre de Yiya, por cuanto así lo he
decidido. Sé que un pecador está oculto entre los varones no pecadores de
Arramés. ¿Cuál es tu conclusión, Aabdencio?”. Y éste le dijo: “Si todo
varón incólume fecundará a Yiya, y algún pecador está entre ellos; luego,
DARII: Algún pecador fecundará a Yiya, la de los bellos pies para la danza”.
“Has entendido, Aabdencio”, siguió la ostra, “pero antes de apagar mi voz
te dejaré esta pregunta: cuando dices que algún pecador fecundará a Yiya, ¿quieres
decir que sólo será alguno de ellos quien la fecunde, o estás induciendo
positivamente que todos los demás la inseminarán también sin mesura? ¡Ojalá
sean tus pies, pequeña Yiya, tan ligeros para correr como lo son para la
danza!”. Todos quedaron en silencio esperando la respuesta definitiva. La
ostra, con sencillez, eructó dos veces, y nunca más volvió a pronunciar
palabra. MARA
MICCIO: Es una historia muy triste.
Pobre Yiya, no saber cuál fue el padre de su hijo, y aún así saber que era el
único que no la merecía. MILJA,
SU MUJER: Se pueden extraer muchas conclusiones del pasaje. Es el misterio
original, y todo proviene de ahí. Vas a encontrar todo esto en Los Papeles. Yo
no los voy a necesitar más. Te los dejo. MARA
MICCIO: Gracias. MILJA,
SU MUJER: Mara Miccio, sos muy buena conmigo. Nos han echado de muchos lugares a
patadas. La gente tiene miedo de las prédicas que no prometen utilidades
inmediatas, la gente no quiere distinguir entre las lenguas de Dios y las
lenguas inválidas de los demonios. Yo no quiero molestarte más. (Frente
al televisor). ¿Es a color? MARA
MICCIO: No. MILJA,
SU MUJER: Hoy hablan los demonios. Eso es lo que nos va a pasar, porque estamos en
los últimos días. Miro la televisión y me digo esto. Tantas tragedias. Los últimos
días. Hay algo que quiero declarar. ¿Todavía tenés esas planillas? MARA
MICCIO: Ya las entregué. Vacías. MILJA,
SU MUJER: Es lo que pensé. ¿Tendrás un pedazo de pan? MARA
MICCIO: (Sale para la cocina). Mujer
de dios, ¿cuánto hace que no comés? MILJA,
SU MUJER: Yo estoy bien. (Mira que MARA MICCIO haya salido, se acerca al
cajón, y deja la medallita). MARA
MICCIO: Hacéte un sanguchito de
queso. MILJA,
SU MUJER: Debe ser muy reposado... tener fe. ¿Cómo se puede creer en lo que no
es evidente? MARA
MICCIO: En Ingeniero Luigi nada es
evidente. Cada uno hace lo que puede. No hay ni un cementerio. (Se
levanta y va hacia la ventana). ¿Ves ahí a la entrada del jardín un montículo con un pilarcito
amarillo? (Aprovechando que MARA MICCIO le da la espalda, MILJA se guarda
el destapador en el bolsillo). MILJA,
SU MUJER: Veo un pilarcito azul. MARA
MICCIO: No. Es amarillo. MILJA,
SU MUJER: (Repite, como para aprenderlo).
Es amarillo. MARA
MICCIO: Es donde se enterró a mamá.
En el pueblo la querían mucho. MILJA,
SU MUJER: El sabio Basdemisto también enterró a su madre Yiya en las afueras de
su casa. Pero no fue porque tuviera fe, sino porque era evidente que su madre
había muerto en el lugar donde siempre quiso descansar y no pudo. MARA
MICCIO: Acá todos descansan, los
vivos y los muertos. No es como en Pico. Allá hay más movimiento, hay gente
nueva... MILJA,
SU MUJER: ¿Por qué te quedás acá, entonces? MARA
MICCIO: Yo estoy acá. MILJA,
SU MUJER: Sin embargo... sería tan fácil irse. No hay por qué vivir rodeados de
misterios. MARA
MICCIO: ¿No te necesita tu hija? MILJA,
SU MUJER: No. Necesita, quizás, un recuerdo mío. Un recuerdo agradable. (Se
saca un brazalete). Su padre va a saber cuidar
de ellos. Entonces, ¿el desierto no era azul? Es como el pilar. Es amarillo.
Amarillo. Mara, creo en cosas horribles, cosas que he descubierto. He deducido una cadena de diecinueve horrores; todo lo demás es inválido, ilusorio. Van a juzgarme y me estoy muriendo de enfermedad de Dalton. Ha llegado el útimo día. (Se abraza a Mara). Apagón. PRIMERA FIGURA: ESCENA 4
FERIO MILJA, SU MUJER: ¿Te asusté? MILJA, SU HIJA: Es tan tarde, mamá. MILJA, SU MUJER: No lo despiertes. He descubierto todo. ¿Está desnudo? (Su hija no contesta). Tengo algo importante que decirte. Resolví la cábala, pero ha habido fraude. No me voy a quedar para el juicio, puesto que nos han engañado. En la Paradoja de la Cascarria. Cuando la Sagrada Ostra habló a Aabdencio, le dijo: “Sé que un pecador está oculto entre los varones no pecadores de Arramés.” Y luego profetizó: “¿quieres decir que sólo será alguno de ellos quien fecunde a Yiya, induciendo positivamente que todos los demás la inseminarán también sin mesura? ¡Ojalá sean tus pies, pequeña Yiya, tan ligeros para correr como lo son para la danza!” MILJA, SU HIJA: Sé muy bien lo que dicen Los Papeles. MILJA, SU MUJER: Dejáme terminar. He descubierto que todo sucedió así. Esa noche, Yiya lloró en brazos de Jurris, su querido padre. Y allí descubrió Jurris la lógica de la contradicción divina: él –que era un hombre no pecador de Arramés- sería el pecador esa noche. Descalzó sus sandalias de antílope y poseyó dulcemente a su hija durante la noche ajena, tratando de hacerle el menor daño. Así nació Basdemisto, el abuelo de Josía, y así también se vio Yiya encinta, y a la vez libre del cruel destino con el que la amenazara la Ostra. Pero Jurris era ahora el pecador, y por eso se arrojó de la cima del Cariaconto. Si la ostra no hubiera hablado, Jurris no habría pecado, y todos estaríamos libres. No digas nada: hay una verdad, la única y la más grande, que no entra fácilmente en las bocas de sus seres más inocentes. Tu padre ha pecado, y él sabrá lo que debe hacer cuando llegue el momento. (Un relámpago ilumina la escena). Voy a regalarte este brazalete –que era de mi madre-, y quiero que lo conserves por siempre, como yo, que lo conservé por siempre. ¿Tengo que dártelo? MILJA, SU MUJER: ¿Papá te lo dijo? Me obligó a no decir nada. Dijo que así calló Yiya durante años. MILJA, SU MUJER: Viene tormenta. (Otro relámpago). ¿Lo querés? MILJA, SU MUJER: Tengo miedo, mamá. Qué va a pasarnos. El desierto se ve tan negro esta noche. MILJA, SU MUJER: Es amarillo. Mara me dijo que ése es el amarillo. MILJA, SU MUJER: Papá me explicó que de noche el amarillo es negro. Qué va a pasarnos. MILJA, SU MUJER: Quizás mañana me levante temprano para ir a visitar a Mara Miccio. No se asusten si no me encuentran. MILJA, SU HIJA: Qué va a pasarnos. MILJA, SU MUJER: Nada. Mañana habrá acabado. Ningún diluvio duró más de siete días. MILJA, SU HIJA: ¿Y si esta tormenta es un diluvio? MILJA, SU MUJER: FERIO: Esta tormenta no durará más de siete días. Cubrí a tu padre para que pueda entrar. Su sexo era tan dulce. MILJA, SU HIJA: Tanto. Apagón. SEGUNDA FIGURA
SEGUNDA FIGURA: ESCENA 1 (ESCENA 5)BAROCO MARA MICCIO: Ésa fue la última vez que la veríamos. Al día siguiente, cuando su marido y su hija vinieron a verme, los ojos empapados del horror de la pampa, entendí por qué Milja robaba sistemáticamente. Ya he dicho que esta gente creía en la existencia de un juicio final; bueno, Milja estaba dispuesta a pagar con su penitencia el pecado terrible de su familia. Robaba simplemente para poder ser castigada. Y cuando murió, al día siguiente de esta última visita, creyó haberlos salvado a todos para entrar al reino de los cielos. O simplemente desistió y los abandonó, librados a su suerte, harta del pensamiento metódico de la verdad. Yo no sé. Me dejó esto, Los Papeles; aquí hay una explicación que es necesario encontrar. Ustedes ya los leerán, en diecinueve partes, de acuerdo a un esquema prefijado del que emana la verdad de Dios. Pero las cosas suceden distinto en las cabezas de las personas, ya lo hemos visto en Milja. Para El Mayor, su marido, todo pasó de otra forma. En su versión, Milja era incapaz de hablar en ninguna de estas diecinueve lenguas. Era muda de lenguas. Muda. EL MAYOR: (En una letanía, se superpone a la voz de MARA MICCIO:) Y se llamaron estas lenguas como sigue, en orden: Barbara, Celarent, Darii, Ferio, en las que el término conocido abre la primera premisa y cierra la segunda. Baroco, Camestres, Cesare, Festino, en las que el término conocido cierra ambas premisas. Bocardo, Darapti, Datisi, Disamis, Felapton, Ferison, en cuyas lenguas el término abre ambas premisas. Bamalip, Camenes, Dimatis, Fesapo, Fresison, en donde el término conocido cierra la primera y abre la segunda, como una cadena que continuara para hacer de dos pensamientos bimembres uno más complejo, en el que se accediera a una unión desconocida, a una premisa antes inexistente, que estas lenguas dieran al conocimiento de los hombres. (Ahora EL MAYOR predica enfebrecido en el centro; su hija lo acompaña. Su mujer, a un costado, observa, callada. Mudita). EL MAYOR: ¡Estamos en los últimos días! Todo está escrito y todo ha sido razonado. MILJA, SU HIJA: ¡Dios, aplástame con tu lógica! EL MAYOR: ¡Conviérteme en el cereal dorado que siega tu hoz! MILJA, SU HIJA: ¡Y aplástame con tu lógica! EL MAYOR: El primer día cosecharás el alma de todos los perros, y el hombre quedará solo, porque ellos entrarán primero. El segundo día te llevarás el alma de los niños, porque ellos entrarán en segundo lugar, y el hombre quedará solo. El tercero, el cuarto, el quinto, te llevarás lo que sirve y lo que es bello, y el hombre aún no habrá entrado. Recién el sábado se irán contigo los hombres. Algunos hombres. Los que se han salvado. Los otros quedaremos solos. Y el domingo... el domingo descenderá el fuego. (Silencio). EL MAYOR: ¿Dónde pusiste las estacas? (Silencio). ¿Dónde las escondiste? MILJA, SU HIJA le saca suavemente a su madre un bolso de las manos. Lo abre. Allí están las estacas. Se las da a su padre. EL MAYOR: (Clava las estacas de la carpa). Toda razón, toda intuición de que Dios existe necesita de palabras que la formulen. Tus pensamientos, en cambio, nunca llegan a constituir palabras. He allí la causa de que seas muda. BAROCO: Tus pensamientos no están dentro de la razón, y nunca sabrás nada de la existencia de Dios. MILJA, SU HIJA: No la culpes. Ella no entiende por qué tenemos que quedarnos acá, en mitad del desierto. EL MAYOR: ¿Y vos, Milja? ¿Vos lo entendés? MILJA, SU HIJA: Yo sí. Pero ella cree que sería mejor que me atendieran en un sanatorio en General Pico. MILJA, SU MUJER: (Niega con la cabeza). EL MAYOR: ¿Cómo hacérselo entender? MILJA, SU HIJA: Hay muchas cosas que no podría entender. Ojalá no la despreciaras tanto. (MILJA, SU HIJA se abraza a su madre, que llora contenida). MARA MICCIO: Así los encontré por primera vez. Setenta manzanas de desierto. Ni siquiera me iba a molestar. Pero en el Rápido de La Pampa me dijeron que el chofer... Eran ellos. Hola. EL MAYOR: Ella es Milja, mi hija. Y mi mujer. MARA MICCIO: Encantada. ¿No les molesta si tomo algunos datos? EL MAYOR: No, por supuesto. MARA MICCIO: ¿Sus apellidos? EL MAYOR: Todos los descendientes de Amancio llevamos su apellido. MARA MICCIO: (Se dirige a MILJA, SU MUJER). ¿Apellido de soltera? EL MAYOR: Amancio... todos. MARA MICCIO: ¿Nombre? EL MAYOR: Milja. MARA MICCIO: ¿Y su hija? MILJA, SU HIJA: Yo también soy Milja. MARA MICCIO: ¿También? EL MAYOR: La madre insistió en que se llamara como ella. Las dos nacieron asustadas, dijo. Y fue lo último que dijo, porque en el shock del parto perdió el habla. Yo lo acepté, aunque ahora me arrepiento. MARA MICCIO: ¿No tendrás un segundo nombre, una inicial? MILJA, SU HIJA: (Niega con la cabeza. Inventa.) “H”. MARA MICCIO: ¿Por qué se arrepiente? EL MAYOR: Hay circunstancias que... preferiríamos no... Mi mujer es muda. De todos modos, ella se hace entender muy bien. Por señas, gestos. Se hace entender muy bien. MARA MICCIO: (Hace gestos con las manos en el sistema de sordomudos). En General Pico hay una maestra de sordos y me enseñó algunos signos. Le estoy diciendo “hola”. MILJA, SU MUJER la mira, muy quieta. EL MAYOR: Ella no es sorda. (A su mujer). Te está saludando en sordomudo. MILJA, SU MUJER: (Asiente con la cabeza). MARA MICCIO: Hola. (A la hija). Si vas a tener antes de agosto también lo tengo que registrar. MILJA, SU HIJA: ¿Aunque nazca muerto? MARA MICCIO: Dios no le permita. MILJA, SU HIJA: Dios lo ha permitido varias veces, y así su
descendencia en la tierra de Fisué se incrementó alternativamente con hombres
y con querubines, porque los niños que nacían muertos decoraban la tierra
ingrata con sus alas. Sus alitas diminutas, como la hoja de la lausana. (Arranca
una planta del suelo reseco). Apagón. Para conocer el texto completo de esta obra, por favor contactar al autor vía E-mail |
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