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EL CUERPO DEL ESPACIO ESCÉNICO

Este escrito surge del trabajo de investigación interdisciplinaria realizado por Vanina Fabiak, junto a otros profesionales en 1995, atendiendo la propuesta de Perla Tarello, coordinadora del Area de Investigación del Movimiento de Trabajadores e Investigadores Corporales para la Salud, tras haber observado la incomprensión de muchos terapeutas frente a las problemáticas y realidades particulares de los pacientes persona-cuerpo del espacio escénico. Compone una de las partes teóricas del taller vivencial y reflexivo presentado en las Jornadas para Profesionales de dicho movimiento (los otros escritos fueron, desde Psicología: “El espacio escénico, un espacio de relación entre el público y el artista”; desde la Música: “De la improvisación a la partitura”; y  desde la Danza: “El trabajo de ensayo y repetición.”) Juntamente se realizó una mesa redonda con figuras de varias disciplinas del escenario, donde se habló específicamente de las sintomatologías que se presentan habitualmente en estos cuerpos.

Espectáculo: suceso que atrae la expectación. Cuerpo del espacio escénico: cuerpo receptáculo y sostenedor  de esa expectación, de esas expectativas.

Se me hace difícil abarcar y analizar cada una de las numerosas razones que pueden llevar a una persona a elegir ocupar un lugar en el llamado espacio escénico; desde el deseo de ser reconocido y el gusto por el juego expresivo, hasta una simple tradición familiar (como en el caso de las compañías circenses), cabe una larga serie de motivaciones: la necesidad de ser aplaudido; el placer de percibir el mundo bajo la mirada de cada nuevo personaje; el desafío de domar el propio cuerpo, el propio ritmo, el propio gesto, y muchas más de las que imaginamos. Lo más curioso es que éstas se reiteran tanto en los actores, músicos, bailarines, como en otra gente del espectáculo.

¿Y cuales son las reglas: los deberes de esos cuerpos?

Si tomamos como ejemplo una obra de teatro estará siempre presente como objetivo, la efectividad para seducir a la platea, mantener su interés y hacerla entrar en esa otra realidad propuesta por la obra. Consiguiendo además la aprobación del público, manifestada en los silencios o risas

–en los momentos correspondientes- y en el aplauso final.

Junto a estas motivaciones y exigencias, aparece una larga lista de miedos y fantasías, de placeres e inconveniencias, que según el momento en que irrumpan, pueden actuar como motores o como trabas,  pero condicionando siempre, tanto la actuación como la vida privada del artista.

El espacio escénico no es un espacio libre.

Muy por el contrario, es un espacio lleno reglas, necesarias para mantener viva la atención del público y conseguir la comunicación de un mensaje, sea éste conceptual, estético, emotivo, o el que se pretenda transmitir.

La improvisación está muy acotada, por el riesgo que implica de malograr alguna de estas instancias. Si se pierde interés del público receptor, que conforma el otro polo del espacio escénico,  éste no tiene ya razón de existir como tal.

El trabajo es para mostrar, el actor es solo un intérprete, un canal.

El espacio no es real, aunque deba crearse la ilusión. El texto es ajeno y memorizado, aunque tenga que parecer propio y espontáneo. La emoción no necesita ser vivida, sino proyectada a la platea. La voz tiene que llegar hasta la última fila, aunque el personaje susurre. La forma de moverse del actor puede ser opuesta a la del personaje, pero éste también debe verse suelto y natural. El gesto debe ser preciso; los tiempos de reacción no pueden ser mayores que los requeridos por los ritmos de la escena; las transiciones entre un estado de ánimo y otro, nada tienen que ver con los tiempos humanos de elaboración y catarsis.

Aunque se esté trabajando en una estética realista “naturalista”, todo está pautado y definido ya que  el teatro  es vida concentrada. El cuerpo del actor es adiestrado durante las clases y los ensayos para que todas estas pautas se cumplan.

Por todo esto, el cuerpo del actor, es un basto territorio poblado de fantasmas, de temores, percepciones, emociones y afectaciones. Que pueden presentarse durante la escena haciéndolo perder concentración, y desviándolo de su objetivo, que es mantener la línea y composición del personaje con sus humores propios. Y que también lo invaden la vida privada perturbando su intimidad.

Para el actor, su cuerpo es al mismo tiempo propio y ajeno, y cuando digo cuerpo, incluyo al alma que lo habita.

La elección de la profesión, y el soporte base para el personaje son propios, pero es un cuerpo para mostrar, para satisfacer al público, y al director, y al productor. El actor tendrá que decir o hacer, en nombre del personaje, actos que no haría por sí mismo, expresar estados de ánimo que le son ajenos.

Este aspecto es también el más disfrutado: como el atuendo de una fiesta de disfraces, nos da la posibilidad de transitar roles, expresiones, formas de bailar, que posiblemente no nos atreveríamos a jugar fuera de la escena, aunque nos muriéramos de ganas, pero en el teatro sí. En el escenario hasta disfraz tenemos.

Quizás el problema más grande de ese cuerpo ajeno sean los requerimientos del medio y del público que trascienden a la vida privada: imagen social, silueta, edad; donde el actor persona parece perder el derecho a su propia imagen, a riesgo de perder su trabajo.

El actor no puede enfermarse, se puede faltar a la oficina, pero no a la función ya que ésta se suspendería, y con una sonrisa porque al personaje no le duele la barriga. Siempre espléndidos porque el show debe continuar. Los temores de un actor a doblarse un tobillo, o a llorar por algo privado, arriesgándose a tener los ojos hinchados en la filmación del día siguiente, o simplemente a arruinar su garganta en una fiesta ruidosa o a merced de un aire acondicionado fuerte, son difíciles de entender por alguien ajeno al medio; como también llama la atención ver a un señor pintándose con calcio y limándose sus largas uñas, aunque sepamos que este señor es un guitarrista.

Por otra parte, en una obra siempre se ponen en juego resonancias privadas de la vida y la memoria del actor. Repetirlas e incluso propiciarlas noche tras noche, función tras función, puede ser una tortura o no, pero no deja de sentirse la extraña incomodidad de estar bastardeando los propios sentimientos, los propios recuerdos.

El escenario es un lugar de gran exposición, no está permitido el error y no hay mediatización posible, salvo psicológica: el aprobado o rechazado soy yo, el aplaudido o silbado soy yo, no mi trabajo sino mi propio cuerpo presente.  Frente a estas exigencias aparecen diversos miedos: miedo a hacer el ridículo (el peor); miedo a que el público se aburra; miedo a fallarles (¿a quienes Dr. Freud?).

Y justamente un error que nos hace errar, es el de juzgarnos y observarnos desde afuera: es imposible ser un personaje y mirarse desde afuera al mismo tiempo. Es ahí donde el miedo al juicio externo se nos filtra y nos hace trastabillar. Y es que resulta un tanto esquizofrénico ser un personaje en su situación particular, sin dejar de tener en cuenta el volumen de la voz, los ritmos teatrales y el sitio donde la luz  de esa escena está dispuesta.

Tal vez por eso a muchos de nosotros, actores, nos resulta particularmente disfrutable (aunque estresante) hacer lo que llamamos “un toro”, esto es reemplazar a un compañero de un día para el otro. Quizás parte de este placer se deba a que en esas ocasiones tenemos bastante derecho al error y bastante libertad, amén de la complicidad de los compañeros y la emoción del salto al vacío.

Otros miedos particulares del actor son: miedo a que la gente crea que somos como el personaje (es típico que cuando se está haciendo papel de malo en una novela, el actor sea mal mirado y maltratado en la calle); y el opuesto: miedo a que “como tengo facilidad para representar”, en la vida privada piensen que estoy mintiendo mis emociones (cosa especialmente dolorosa en las peleas de pareja). Esta creencia se ve reforzada por la marca que lleva en su cuerpo el actor: el histrionismo, el gesto acentuado; como el bailarín su posición de piernas y columna, que hacen pensar a mucha gente, que efectivamente estamos fingiendo.

Pero no todo es sufrimiento: la energía de grupo durante la obra y los ensayos, y el claro sentido de esa energía –estrenar- nos proporcionan una extraña sensación de vitalidad. Durante la representación no hay tiempo para dudas y devaneos intelectuales, en esas dos horas el sentido de la vida se nos presenta claro y concreto: seguir la función hasta el final. Es el reino de la acción, del aquí y ahora (Un gran antídoto contra la depresión y el conflicto con tomar decisiones). Porque este espacio que nos expone, también nos protege: la pelea, termina en la próxima escena; no por darle un beso, tengo que acostarme con él; si me desnudo, lo pidió el director. Es el paraíso del “no me hago cargo”, y para el público también, no tiene por qué salir al ruedo en defensa de nadie. No hay angustia ni temor al desenlace imprevisto, sabemos como termina la historia: con la bajada del telón.

En fin, el escenario es un espacio donde, en nombre de “la creación”, podemos experimentar los más variados roles, situaciones y movimientos, especialmente en los ensayos, teniendo como motor y organizador de consignas cada nuevo personaje, cada nuevo espectáculo. Y si bien la inestabilidad laboral y el fracaso son sapos difíciles de tragar, el disfrute de un éxito o de un buen aplauso los compensan. Las razones personales: gusto por el juego y la investigación, exhibicionismo, necesidad de aprobación, o Dios si existe sabrá qué otras, se podrán dilucidar apenas en las sesiones de terapia personales.

El espacio escénico es un sitio de poder: poder transmitir un mensaje, un poder otorgado por el público. El cuerpo que allí se encuentra, está en un lugar de poder. Para conservarlo, se tendrá que someter a sus exigencias y a sus riesgos.


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