Bolena ...

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Monólogo para una cabeza

de mercedes farriols

aparece una cabeza de mujer sobre una cámara negra. una larga cabellera oscura suelta y tal vez una buena prótesis que le agrande la nariz.

ana bolena

¡Lo siento, mujeres! Pero todo esto suena a folletín melodramático de poca monta. ¡Queridas mías! Tragedias, verdaderas tragedias eran las de antes. Me refiero a mi querido y olvidado siglo XVl. Si miraran un poquito para atrás, mijitas, dejarían de lamentarse como bebés caprichosos quejándose porque les sacan la teta de mamá, porque tienen celulitis o porque el marido, novio, amante o compañero les da un puñetazo en la mandíbula de vez en cuando.

¡Qué flojedad, Dios mío!

¿No me reconocen por el pelo, no? Siempre me retrataron con esa cofia de mierda que me hizo poner el hijo de puta de mi marido Enrique Vlll cuando me hizo Reina. ¡Claro, cuando me anduvo apretando durante ocho años por los rincones porque el Papa no le daba el divorcio con Catalina, le encantaba refregarse las partes por mi cabellera "sexy y abundante" -como decía él-.

"¡Cómo me calentás, Anita!"

Todo lo calentaba, hasta mi nariz.

¡Con esta nariz me levanté al Rey y eso que era una triste, pobre, burda y vulgar cortesana de su esposa!

Lo tenía loco. Hizo de todo hasta que consiguió casarse conmigo: se peleó con la Iglesia. Hasta se nombró Jefe Supremo de la Iglesia. Casi se hizo Papa el hijo de puta de tanto que le gustaba revolcarse por mi cabellera, sobre todo la púbica. Y yo loca.

"Si, Enriquito, cómo te quiero. Dile a Bolena cuánto la quieres".

"Te quiero, Bolena, te quiero más que a mí mismo. Eres la razón de mi existencia."

Y yo me la creí. O me la quise creer, como suele ocurrir.

Ni bien me casé, me puso la cofia para estar seguro de que no calentaría más a nadie y a los dos minutos sentenció:

"Quiero un hijo, varón".

Escucharon bien: varón. Me aclaró.

Le dio y le dio a la cabellera, púbica claro, como un hijo de puta: mañana, tarde y noche y como el varón no vino ni en figuritas de colores, ya que la cabeza lo había inspirado desde el primer día: zas, me la cortó.

Así que, bonitas, a mí no me vengan con que porque el marido les aplastó los deditos con la plancha o les estrella una botella de cerveza en la cabeza cuando se pone nervioso tanto escándalo. ¡Por favor! ¡Qué flojedad!

"¡Muy bueno el sexo, Bolena, pero si no me das un hijo varón, te arranco la cabeza!"

Me acusó de adúltera. Todos le creyeron, por supuesto, y me sacó de la escena para buscar por otro lado cómo asegurar que sus supersónicos espermatozoides le aseguraran la tan deseada descendencia.

Pero aquí estoy.

Sí, aquí estoy, después de todo.

Porque lo que mi querido Enrique no se imaginó es que al cortarme la cabeza: me daría vida eterna.

¡Sí! Lo que escucharon: Vida Eterna.

Así pude maldecirle a las otras cuatro esposas que me sucedieron, como para empezar por algún lado.

Le maté a Juana, la tercera de la lista, justo en el momento del parto.

Ya que tenía el crío que tanto le apetecía, por lo menos que se quedara sin sexo por un tiempo.

Pero el muy reventado en seguida se casó con Ana. Ana, para colmo, tocaya mía.

Después vino otra Catalina, más tarde... no...no...no...

¡Basta, basta de quejarme, chicas!

Hay que ser positivo cuando se tiene vida eterna.

Mis ventajas:

Como lo que quiero y no engordo.

Celulitis en la cabeza hasta ahora nunca nadie tuvo.

No tengo la tortura que tienen ustedes con el gimnasio. Nada de bicicleta fija, cinta estúpida o pesas agotadoras. ¡No, no, no! Nada de eso. No se lo que es una dieta.

No me pican los pies. No tengo olor a pies, nunca. Nada de cremas pédicas, ni polvos ineficaces. Nada de eso.

No tengo problemas intestinales. Ni por mucho ni por poco.

No me duelen las piernas, nada de várices o esa flacidez que a ustedes las atormenta.

No se me caen las tetas. Ni el culo que siempre me pesaba tanto.

A veces extraño un poco los baños de inmersión. Tengo que ser franca. Pero bueno...

Sexo, todo el que quiero: oral, por supuesto así que mis amantes chochos de alegría. Me fui enterando de técnicas a través del tiempo que no pueden sospechar la variedad. Aparte, otra ventaja, con los siglos los dientes se me fueron desgastando, así que ya imaginan la comodidad... No tengo que estar haciendo fuerza ni movimientos extraños... Me va fantástico. Hasta en estos últimos tiempos tengo una línea porno que me da una buena salida laboral. les sugiero que lo consideren.

Y yo no crean que me quedo atrás con el placer... no, no, no.

¿Cómo?

La oreja, y bien que me caliento.

No hago tareas de la casa. No cocino. Teléfono manos libres. No cambio pañales ni llevo niños al colegio. En ropa no gasto, medias tampoco, zapatos menos. No tengo pedicura, manicura. No me depilo. Eso es maravilloso. No me depilo, chicas.

Sólo tengo limpieza de cutis. Todas las semanas. Eso, sí, cremas, todas. Y buenas. En eso no me fijo.

Buen shampo y no escatimo en crema enjuague o baño de crema.

No voy al ginecólogo así que nada de transvaginales odiosas, colposcopía, ni papanicolau todos los años.

¡Nunca una mamografía oprimente! ¡Qué horror! De la que me salvé. Las compadezco.

No conozco los análisis de sangre, orina, ni mucho menos las secuencias odiosas para saber qué carajo te pasa con los huesos que se achican o con las hormonas que se agrandan o que faltan. Y que por más que te tomes la fiebre vaginal, te pegues un parche en el culo o te agujerees la oreja, nunca te descubren nada. ¿O no? Sólo te llenan de pastillas con la esperanza de que te aumente el flujo vaginal o te bajen los calores y lo único que consiguen es secarte como pasa aunque sigas acalorada en pleno invierno polar, sin medias y sin aguantar una bufanda en el cuello porque la lana te exaspera.

No, chicas, nada de eso. A lo sumo alguna sinusitis que siempre fue mi debilidad como pueden notar.

Y eso sí, pienso, pienso y pienso.

Y después dicen que no tenemos cabeza.

En algunos casos: ¡Es lo único que tenemos!

Farriols, 2001


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