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Esta
nota de Mauricio Kartun da cuenta del proceso creador de la obra y su temática. Fue
publicada por la Revista TEATRO (Nº 8 de 1998), del Teatro Gral. San Martín,
de Buenos Aires, con motivo del estreno de Rápido Nocturno. “Vivo
juntando deshechos. No puedo caminar por una playa sin echarme al bolsillo
alguna piedra pulida por el mar. Suelo recordar luego, de cada una, el lugar y
el momento en que me encontraron. Los fines de semana trajino los mercados de
pulgas. Uno más entre la fauna callada, insondable, y protocolar, que recorre
los puestos recogiendo lo que los comerciantes le guardaron en la semana.
Arcaicos retratos de niños disfrazados, fotos de kermesse tras ingenuos
bastidores pintados, literatura anarquista de principio de siglo, ediciones
teatrales de géneros anacrónicos, títeres viejos, algún disfraz antiguo.
Cosas degradadas en su función utilitaria, y cargadas de tal manera por los
signos del tiempo que -de verlas con el cristal adecuado- permiten a quien se le
anime, leer en ellas su otro discurso oculto. Cada tanto agrego algún tema
nuevo. No colecciono. La colección tiene una ambición de competencia,
variedad y número que poco tiene que ver con mi obsesión. Simplemente junto.
Elijo de entre la inmensa chatarra que el tiempo produce, y lo recorto atribuyéndole
un valor propio y carente de cualquier valor cambiario. Mezclar
desechos. Nunca he hecho otra cosa al escribir mis piezas. Apilar residuos
del imaginario y redimírmelos internamente con el sortilegio vulgar del acto poético.
Acopiar elementos combinatorios -imágenes y palabras en su mayoría, pero también
procedimientos y géneros- cuya característica excluyente ha sido la
inutilidad, el anacronismo, para recombinarlos en un nuevo todo significante. Una
manía. Tan inocente -o perversa- como
cualquier otra. Hace tiempo que dejé de analizarme las manías. Más
resignadamente, cuando puedo, las satisfago. Y cuando me dejan, como ahora, -en
un vano intento exorcista- hablo de ellas.
Mezcla
de palabras viejas, personajes ya borrosos en la memoria infantil, mitos del
paraíso perdido, y Enrique Rodríguez, (¡Ah, sí, la extraordinaria orquesta
de todos los ritmos!). Rápido nocturno,
aire de foxtrot, nace también de esta ordinaria alquimia. De qué frasco
tomar los elementos, en qué mortero molerlos, y en qué retorta fundirlos, fue,
como siempre, resultado del procedimiento creativo más fructuoso que
conozco: el de restringir, el de acotar, el de recortar un mundo mínimo,
y trabajar luego lo más libremente posible entre los límites apretados de sus
fronteras. Siempre he pensado en el teatro como un bonsai de novela. En
un mundo de rumbosidad macro, en el que un hombre dispone en un día de más
información que la que un habitante de la edad media dispondría en toda su
vida, en un mundo al que los medios escanean en minutos mostrándolo en su
inmensidad boba, donde lo gigantesco ya no es monstruoso porque cabe en
cualquier pantalla, quizá la única desmesura posible se encuentre poniendo la
lente contra la miniatura. El animal más terrible que vi alguna vez me lo mostró
mi hijo Desde hace ya muchos años mi imaginario pavea buscando imágenes entre los límites más o menos precisos de tres manzanas del San Andrés de mi niñez. Una geografía diminuta, también a la que -como Manzi a su Barracas, o Joyce a Dublin, por qué no- recortar a su vez en fragmentos de fragmentos, hasta que una pizca, una mota, combinada con otra, y con otra, se rearmen en un todo nuevo, desconocido, y -paradójicamente- familiar. Cuatro piezas surgieron ya de ese impulso, seguramente melancólico, y de ese recorte que no deja de seducirme con nuevos puntos de vista sobre su paisaje anclado en el tiempo. Y
aunque hayan tomado ya una nueva forma no me cuesta -y hasta me da cierto goce
melancólico- el recuperar aquellos fragmentos fundantes, y esas leyes
arbitrarias -culpables del tono, el estilo, la estructura- a las que fueron
sometidos para mutar en pieza teatral. Voy a
hablar de ellos, ya que es lo que se me pide, pero lejos de intentar
armonizarlos en un todo orgánico, o lógico (si algo intenta armonizarlos, o
fracasa en ello, es la obra misma), voy a enunciarlos en su desorden, y contar
en lo que recuerde el proceso de su entretejido. Me pregunto si le interesará a
alguien. En todo caso (sería hora de confesarlo), no será diferente que con la
obra de uno: el interés de los demás termina siendo un importe menor al lado
de otros valores más íntimos y menos confesables. No es que uno no disfrute de
la aprobación de los amigos, de la crítica elogiosa, o la liquidación de
Argentores, pero nada -créanme que nada- puede compararse al placer inaudito de
cumplir esa manía, esa obsesión, de crear un nuevo mundo con lo muerto,
juntar lo incombinable, sacarlo del caos e inventarle un cosmos,
someterlo a las leyes bizarras -diosecito vulgar hasta el bochorno, al fin- de
lo que al artista se le canta. La música
de Enrique Rodríguez es una cosa extraordinaria. Cuando con mi hermano atendíamos
nuestro puesto en el abasto, el vinilo rayado no paraba de sonar una y otra vez
en la madrugada fría de aquella bruta nave de cemento.
“Japonesita ven, que quiero yo libar tus dulces ósculos de miel...” En
los últimos años solía ponerlo en casa para acompañar algún vaso de vino
trasnochado. Debe haber sido en una de esas noches que apareció la imagen de
aquel guardabarreras, galán berreta, bailando con la que yo sé en la penumbra
de su casilla mítica: el matadero. Mirando
una vez, azarosamente, otra casilla de guardabarreras allá por Agronomía se me
ocurrió pensar en la posibilidad teatral de ese espacio. Un territorio aislado
y nocturnal. Gente en la noche iluminada cada tanto por trenes que pasan
llevando sus propias historias. Una poética del riel. Recordé ahí,
seguramente, aquel mito suburbano de la infancia: Aquel loco de falso uniforme
ferroviario que abría barreras clausuradas y hacía pasar a confiados
conductores hasta el instante mismo del paso del tren. Un raro aprendiz de Dios
que creaba sus propias leyes, sus propios permisos, mientras jugaba con la vida
de los otros hasta su límite justo. Lo tomé con enorme cuidado. Amo y
protejo a los mitos: son delicados como mariposas: si se los manosea
ya no pueden volar. Para ese entonces necesitaba más elementos con los que
construir la pieza, y fui a dar con el libro que se transformo luego en
leitmotiv, y analogía estructural, de la obra: el Reglamento Interno Técnico
Operativo del Ferrocarril Central Argentino. Una biblia de la vía. En la
casilla observaba ya, en esos días de pergeñar la pieza, a Norma/Titina,
-nombres salidos, claro, de los clásicos de la orquesta de todos los ritmos-,
aquella piba de la zona de la que decía la fábula, se había cogido a quince
basquetbolistas en una misma noche. Chapita siempre fue Chapita. El loco
Chapita. Preso de su rol, nunca pudo ser otra cosa. Se me aparecía una y otra
vez con un traje polvoriento, y un misterioso paquete manoseado. Un día en un
mercado de pulgas encontré un Cerebro Mágico, y lo compré sin saber para qué.
Al llegar a casa comprendí que era eso lo que guardaba aquel paquete. El
Cerebro Mágico y Chapita pasaron a ser una misma cosa. Y vislumbrando entre las sombras de esa noche los límites ahora algo mas diáfanos de ese lugar, las siluetas algo más precisas de sus habitantes, no hizo falta más que dejar encendido el oído esperando -como cualquier cazador- la aparición de las palabras para apresarlas medio taimadamente en parlamentos. Palabras polvorientas, arrugadas por el desuso, exigentes: capaces de rechazar cualquier sintaxis que no le sea familiar, exigiendo la presencia de otras palabras compañeras. Hacer
cosas con palabras viejas. A eso me he dedicado con devoción en todos estos
años. Como las fotos, como esos añosos objetos limados por el uso que guardan
en su desgaste el ademán mismo de su hacer, tienen las palabras viejas el don
de contener, eternamente congelados, a sus propios
gestos. En el teatro de texto duerme el sentido
de las historias, y más aun:
sus sentidos, lo que se siente. Su
existencia sensorial. La palabra “planta”
me transmite su concepto, pero es “magnolia”
la que me produce una explosión de sensaciones: su nombre -uno de los diez
vocablos más bellos de la lengua, según Borges-, su blancura carnosa, su
perfume a siesta. La mejor imagen de un negro atacado de furia podría quizá
ilustrar a un moro celoso, pero no alcanzaría para poner a vivir a Otelo.
Porque el lugar donde Otelo vive es en las palabras con que -y en las que- el
poeta lo encarnó, lo animó (le dio ánima: alma). Una reserva poética. Eso
es un texto teatral. Un parque nacional, de palabras en las que
hibernan gestos, imágenes, esperando la temporada en la que volver a la luz.
Acaso no sea el teatro un ritual puramente, en el que se adora a la palabra. Una
liturgia su puesta. Oficiantes, sus actores, y sus poetas dramáticos a los que
la mediocridad apática de los nuevos tiempos busca condenar a monaguillo
dialoguista” Mauricio Kartun |
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