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| LA MADONNITA I COMUNIÓN Un estudio fotográfico en las primeras décadas del siglo XX. Un largo lateral vidriado, con sus pesadas cortinas corridas. Penumbra. Un universo borroso de fondos decorados. Balustradas, troncos de cartapesta, pérgolas, teloncitos con paisajes bucólicos. Profusión de juguetes y elementos para complementar las tomas. En primer plano un reclinatorio recortándose contra un bastidor de tela con un motivo religioso –y algo ingenuo- de vitraux pintado. Hertz, el fotógrafo, pequeño, cincuentón, de largo delantal gris, aparece desde las sombras. Como una brasa su eterno toscano. Habilita con un gesto la entrada de Basilio –torpe y macizo- que avanza casi a tientas. Un saco brilloso de innumerables planchadas. Su inseparable maletín de viajante. HERTZ: (Presenta al espacio con gesto satisfecho) Foto Hertz: galería de pose. Basilio recorre el lugar con timidez. Hertz recoge el toldo que descubre un techo también de vidrio por el que entra ahora un luminoso sol de diciembre. HERTZ: Luz embalsamada señor Basilio... Aquí tiene lo que es una foto. En vez de formol sales de plata. Papel al bromuro en cambio de estopa, pero al fin y al cabo una taxidermia ordinaria. Embalsamar instantes, digamos. BASILIO: (Recorriendo con la mirada muebles y utensilios) Me mandó a buscar… HERTZ: (Esquivo) Una cuestión, sí. ¿Pero bueno, qué le parece...? Después de tanto tiempo de atenderlo allá abajo al mostrador subió al final a los secretos del atelier. (Basilio observa con curiosidad la pequeña escenografía religiosa. Hertz se apura a aclararle:) 8 de diciembre, Inmaculada Concepción; en un rato más habrá aquí un desfile de infantes de blanco. Y disculpe el olor a estofado: cocinamos en la trastienda. (Basilio espía disimuladamente tras el bastidor) Me adivina el bulto, veo... (Un gesto cómplice) Un embozo discreto. BASILIO: ¿Ella... se cambia acá...? HERTZ: Atrás del biombo. En esas perchas está su guardarropas. Ya sabe, en un estudio, vestuario… Carteras para una matrona que no tiene ni un pañuelo para guardar. Corbatas para un cretino que lo más elegante que ha llevado al cuello es su número de presidiario... La utilería de un petit coliseo. Aquí, a sabiendas o no, todo el mundo actúa señor. BASILIO: ¿Anduvo por aquí...? Estas noches, digo. La... HERTZ: ¿...? BASILIO: La Madonnita. HERTZ: Menos averigua Dios y perdona... BASILIO: Decía... HERTZ: Le interesa el objeto. BASILIO: ¿Me terminó al final el coloreado?. La foto de ella. HERTZ: Iluminado. Lo llamamos así en el gremio. Iluminado. Siguen sin entrar las tinturas. Todo de la vieja Europa. Las guerras hicieron estragos en las paletas: azul de Prusia, tierra de Siena, rojo de Venecia... BASILIO: No parecía para nada pelirroja. La Madonnita. HERTZ: Colorada. Y bien subida, ya le dije. Sangre de toro. Cuando me entre el carmín adecuado se la ilumino. BASILIO: Ni una peca se le ve en las poses. HERTZ: Misterios de la anatomía. (Corre la larga cortina lateral) Gabardina cerrada. Negra. Lo mismo el techo: Azabache. No deja pasar un rayo. Capaz de comerse un sol entero un mediodía de verano. Fundamental durante el día para hacer buenas tomas con alumbrado. Nada peor que mezclar el sol con la lámpara eléctrica. Como el brandy y el vino, ¿ha visto? Los dos se hacen de uva, los dos son alcohol, pero usted los mezcla y repugnan. BASILIO: Yo hoy estoy sobrio. HERTZ: Pero claro hombre, claro, quien habla de eso BASILIO: Un clarete con agua carbonatada. Hoy asa el calor. HERTZ: Y aquí adentro... El techo negro, los vidrios... Un invernadero. Va a saber disculpar la hora de la cita. En un rato habrá cola ahí afuera. Este oficio: tromba cuatro días al año y todo el resto calma chicha. Pero quítese el saco mi amigo. Se nos va a derretir. BASILIO: Costumbre. El vendedor está en el aspecto. Pausa. BASILIO: Volvió, al final… HERTZ: ¿Quién? BASILIO: El hombre... El modelo de ella. HERTZ: No. Ya le dije: un viaje. Difícil que vuelva. BASILIO: ¿Y entonces…? HERTZ: (Se encoje de hombros) Complicaciones. (Evasivo). Pero qué casimir señor... ¿se salió del escaparate de un sastre? BASILIO: Me lo tenía mi mujer en cautela. Por si no devolvía a la nena en las salidas. HERTZ: Un auténtico banco de empeños la mujer suya... BASILIO: Bajo la cama, en una maletita de cartón piedra. Huele a pis de gato todavía. HERTZ: Pero la recuperó. ¿Cómo hizo? BASILIO: (Esquivo) Sí. HERTZ: Ahora le fía... A su hijita digo... BASILIO: No. HERTZ: Pero cuente... Hombre, le abro mi casa... (Silencio) Pero que parco es usted señor Basilio. Quien diría es tan buen vendedor. BASILIO: Las fotos se venden solas. Me conocen. Entro a los dancing, a las fondas. En los retretes. Ni elegir necesitan: por la cara ya se lo que busca cada uno. El hombre se parece a lo que lo pierde. Lo miro y sé si busca boca, si busca concha, o si busca marrón. HERTZ: Un curioso atributo lombrosiano... BASILIO: (Insiste) ¿Entonces fotos nuevas esta semana tampoco…? HERTZ: Ya le dije. Copias del stock que saqué en estos meses nomás… BASILIO: ¿Otra vez lo mismo…? Entonces para qué… HERTZ: Lo lamento igual que usted, pero salvo que le encontremos la vuelta, otra cosa… BASILIO: Mercadería trillada.. HERTZ: Por ahí buscando nueva clientela... BASILIO: No trabajo afuera de la veintiséis. Y a los habitué los tengo a todos. Piden poses nuevas. HERTZ: A la esposa seguro no le piden variedad... BASILIO: Los que compran mis fotos no tienen esposa. HERTZ: ¿Sus fotos? BASILIO: ¿Qué, no las pago yo? HERTZ: Bueno sería. Pero usted sabe, Basilio: si se venden así no es porque sean sus fotos. Es porque son las mías. BASILIO: Fírmelas... HERTZ: Ni falta que hace. ¿Conoce a alguien que pueda hacerlas igual? BASILIO: Hay otros. HERTZ: Intento ser cordial con usted pero veo que no se puede. Si hay otros porqué no va a comprarle a ellos. BASILIO: De París las traen... HERTZ: Sí, claro… Tendrán una nitidez como las mías. Estos claroscuros. ¿Se apreciará en esas que usted dice el calado del macramé del antifaz?, ¿los poros sudados?, ¿las pecas del pezón? Chasiretes de plaza, por favor... Soy un retratista Rembrand, señor. BASILIO: Las compran por ella. Por esa mujer. HERTZ: Por esa mujer, bajo esa luz, en ése instante... El retrato es una unidad que… BASILIO: Al macho ni lo miran. A ella la ven y se van en seco. La divinura de ella. HERTZ: Fijada en un gesto irrepetible. Compran el instante, señor. ¿Y quien ha cazado aquí ese instante...? (Extiende la mano hacia el ventanal) Mire esta luz. Espesa. Se palpa. Deliciosa. Mírela jugar con el polvo que flota en el aire. Deliciosa. ¿Usted que diría? Que no habrá en la vida de Dios una más encendida. Bien: craso error. Le falta más de media hora para madurar. Conozco la luz que entra por esos vidrios como un repostero conoce a su crema. A ésta hace una semana que la espero. Una semana. Cuando esté a punto voy a ponerle debajo un cuerpo a bañar. Y recién ahí retrataré el milagro. La perfección, señor Basilio, es una luz de mediatarde de diciembre entrando a la galería por el norte. Es eso lo que compran sus clientes. BASILIO: Compran la carita de ella cuando come carne por atrás. HERTZ: Lo tenía en más. Es un ordinario cualunque. Al fin y al cabo lo que sobran son marchantes. BASILIO: ¿Para qué me hizo venir? HERTZ: No para que me humille BASILIO: Me hizo ilusionar de gusto. Sabe que necesito más fotos. Se lo dije. Se lo pedí bien. HERTZ: Busque las parisienes… BASILIO: De las nuestras... (Corrige) las suyas... HERTZ: Ahh... (Se aleja sin responder) BASILIO: A mi me va a cumplir los pedidos. HERTZ: Obediencia, solo a Dios... BASILIO: Búsquese otro modelo. No sé, yo las necesito... HERTZ: Cómprese una cámara de mano y consígase una conchuda. Estamos en el Paseo de Julio. Lo que sobran son polacas de la Varsovia. Puestas y dispuestas. BASILIO: (Tomándolo de las solapas) ¡Tirifilo pulastrón a mi me hace más fotos nuevas o... o...! HERTZ: ¿Qué...? ¿Me va a quemar la mejilla con el yesquero como a su mujercita? BASILIO: (Lo suelta sorprendido) ¿Quién le dijo...? HERTZ: Gentes. ¿Me va a romper el labio de arriba como al lituano? BASILIO: (Confundido) Yo... No me miraba a los ojos... ¿Habló con ella? HERTZ: Tercera vez que le pega. BASILIO: Por el lituano es que no me deja ver a la Iris. Se sienta en la cama de la pensión al lado de ella y le agarra la mano. HERTZ: La nena le dice papito. BASILIO: ¿Quién es el alcahuete que...? HERTZ: Averiguaciones. BASILIO: Me espía... HERTZ: Busco antecedentes no más. BASILIO: ¿Y qué más le dicen? HERTZ: Generalidades. Que frecuenta el culto espiritista, que bebe, y que practica Mauser los sábados a la mañana en el Tiro Federal. BASILIO: Yo nunca hice nada malo... HERTZ: “Aquí se aprende a defender a la patria” BASILIO: Yo... HERTZ: Quédese tranquilo. No soy tira. Una oficina de referencias mercantiles. BASILIO: ¿Usted...? HERTZ: Les dije que era para un empleo. Basilio lo mira confundido HERTZ: Al fin y al cabo es mi distribuidor, ¿no? BASILIO: Ultima vez: para que me hizo venir. HERTZ: Ya le dije. El stock. BASILIO: El stock ya me lo había ofrecido. Y para eso no hacía falta hacerme espiar. HERTZ: Tenía mis planes. Pero ya veo que usted… BASILIO: Qué. HERTZ: Que usted no, no… (Un tiempo) Necesito un modelo. BASILIO: Y yo que pito toco. HERTZ: (Un tiempo) Señor Basilio… Usted qué diría si le digo que está aquí. Basilio mira intrigado HERTZ: Ella. BASILIO: Mediodía. Me dijo que solo venía a la noche. HERTZ: Excusas. Para que no me insista. Si entendiera algo de fotografía se habría dado cuenta de que en la luz de esas placas no hay alumbrado. Una luz tan natural como la propia carne de esa mujer. BASILIO: No entiendo a donde... HERTZ: ¿A usted… dígame… no le interesaría que charláramos los tres…?. Y quien le dice se nos arregla el negocio... BASILIO: (Nervioso, se encoge de hombros) ¿Ahora, dice…? HERTZ: ¿Se le complica el almuerzo…? Podría comer con nosotros. (Basilio vacila) Nada especial, ¿no? Menú doméstico: ropa vieja: mondongo, papa, caracú... (Un tiempo. Basilio se sienta lentamente en una silla en tácita aceptación. Hertz aliviado se acerca a la cortina que da a la trastienda) Filomena… Querida... El señor Basilio se queda a comer con nosotros. (A Basilio que lo mira sorprendido) La patrona tiene una mano especial para el potaje. Ya va a ver: no me le pida frito ni rotizado, pero comida de olla... BASILIO: ¿Su... señora estará… también...? Acá con La Madonnita, digo... HERTZ: (Dificultosamente) Amigo Basilio: La Madonnita es propiamente mi mujer. Se abre la cortina que da a la trastienda y entra cargando una sopera humeante una mujer algo renga, pequeña y de aspecto desangelado. Un rostro, sin embargo, bello y triste. Un pañuelo de cocinera en la cabeza, y un delantal muy usado. No saca la vista de la fuente. Basilio acusa la sorpresa. HERTZ: Señor Basilio... mi Filomena. Filomena... el señor Basilio. Ella deja la fuente sobre la mesa de trabajo y secándose una mano en el delantal estrecha fugazmente la del otro. BASILIO: Placer... Ella asiente con un gesto mínimo y regresa a la cocina HERTZ: No se incomode. No habla. Ha quedado cariacontecido señor... Le parece raro, claro. BASILIO: Cada cual de su culo un violín corneta. Me la imaginaba distinta no más. HERTZ: La cojerita... BASILIO: No, no, es que es una... (Un gesto ambiguo) HERTZ: ...¿Una doña...?. Dígalo. Una patrona. Ocupación sus quehaceres. Nuestro secreto, ya sabe… BASILIO: ¿Qué sea…? HERTZ: (Ríe) Pensé que para usted sería obvio. ¿Cual pensaba que es la llave que ha abierto esta humilde prosperidad?. Las bellezas de rouge y colorete, las rubias a la manzanilla, son demasiado ajenas, señor... ¿Quiénes son los clientes suyos?: gringos, esclavos del trabajo, inmigrantes. Una ciudad de hombres solos. Sin otra meta en su esfuerzo que la de echar raíces. Sin tiempo para nada pero nada más. Ni el amor... Ni la carne... Apenas de vez en cuando para la nostalgia. Ahí debajo de sus velitas de parafina, en sus camas de un peso la noche, las fotos de mi Filomena son su módica panacea: su desnudez les anima la cama desierta, su cara de dolor les calienta el morbo. Y su indiferencia le da un inconfundible aire a esposa que los hace sentir como en su casa. En el fondo, ya se sabe Basilio, y perdone la crudeza: el hombre se aburre, se queja, pero los mejores polvos al fin y al cabo son siempre con la mujer de uno. ¿Sabe lo que es eso que llaman “cama caliente”?: las pensiones de mala muerte las alquilan en turnos de cuatro horas.: treinta centavos. Sale un ganapán y ya hay otro esperando en el pasillo. A esos hombres, extenuados, a gatas si les alcanza para soñar en ellas un rato con que harán finalmente la América. Y con veinte centavos más de fotos, con mi mujercita Filomena al lado además. (Saca del cajón de la mesa un acordeón de fotos sepiadas que despliega como un mago: una pareja se esmera allí en una docena de poses sexuales) Una multitud de lomos agobiados, adorando entre las hojas de su pasaporte la foto doblada de mi Filomena para prenderle una velita cada noche. La estampita de la Patrona. "Nuestra Señora de los Gringos Solos". Su felicidad es un relámpago magnésico. En este viaje desquiciado que han hecho desde Europa, todo termina dado vuelta: Su quimera utopista termina siendo al fin La Madonnita... Y la Argentina, apenas una paja en la tiniebla. Filomena regresa cargada de platos, cubiertos, vasos, un mantel. Comienza a poner la mesa. HERTZ: Perdone el sitio, señor Basilio, adentro apenas si hay un fogón y el cuartito nuestro. (Saca de un estante una palangana y una jarra enlozada) Enjuáguese en la jofaina: con el calor las manos se ponen pringosas. (Con unos golpecitos insistentes sobre el metal llama a Filomena, que se acerca a verter el agua) Aflójese el cuello, hombre, y refrésquese el cogote también... BASILIO: (Se moja apenas las manos. Murmura:) No gracias... Hertz se seca la cara y las manos en el desteñido delantal de Filomena. Va hacia la mesa. Con gesto mínimo Filomena le ofrece a Basilio su improvisada toalla. Se seca rápido e incómodo. HERTZ: (Con un gesto lo invita a sentarse). Convengamos en que no es un día para guisotes, pero con un tinto fresquito... (Sirve los vasos) Señor Basilio: sin vergüencita (Se lanza al plato) Bueno… De lo que hay no falta nada... Filomena se saca el delantal y lo cuelga a un lado. Se quita el pañuelo. Se sienta. Comen. HERTZ: Bueno, bueno... (A ella) ¿Has visto qué serio el amigo? ¿Te lo dije o no? Sin dejar de comer ella asiente sin énfasis. HERTZ: Quién nos dice, Negrita, el señor Basilio nos ayuda a retomar la actividad... (A Basilio) ¿Le gusta el plato? BASILIO: (Inocultablemente perturbado por la cercanía de ella) Mucho condimento. Apetitoso. HERTZ: (A ella) ¿El pimiento de la mala palabra? (Ella asiente apenas) Mano santa… (Vuelve a servir los vasos) Dele a esto que ayuda a bajar... (Beben) Así son las cosas señor... El lenguaraz oriental que posaba para nosotros se ha vuelto a su Carmelo y nos ha plantado… en el altar como quien dice. (Filomena acusa la frase). Se creía indispensable el muy charlatán. El bonito se nos ha hecho. Como si atrás del antifaz se apreciara algo... No quiso entender que de partiquino aquí se trataba, y ha querido irla de capocómico del miembro, con perdón de la señora. Así que vía. Desagradecido. Y así se encuentra ahora esta compañía, mi amigo, con tournée vendida y sin partenaire. Y según me dice: si nosotros no montamos usted no abre la taquilla, ¿no? Basilio bebe largo en silencio. No contesta. BASILIO: (Dificultosamente) No es colorada. HERTZ: (Sorprendido) ¿Qué…? BASILIO: Pelirroja. Eso también me mintió. HERTZ: Bueno… Para ver de abatatarlo. Ya se sabe: las pelirrojas en la cama... (Intenta unos cuernos con la mano buscando una complicidad que Filomena no retribuye) Pero se ve que usted miedo a la yetatura... BASILIO: (Descubierto) Ya le dije que la foto era para un cliente que me encargó. HERTZ: Claro hombre, claro, si yo no dije otra cosa. (Revuelve la guisera) Epa, epa... Los caracuses... Pongan plato, plato... (Les sirve. Basilio saca del bolsillo del saco su cortaplumas de nácar. Toma el hueso y comienza a descarnar la médula con habilidad. Raspa con ganas. Descubre de pronto que la pareja lo mira. Se inhibe.) Pero claro, claro, con los dedos... A la criolla que estamos entre amig Chupan caracú. Las manos y las bocas engrasadas. Toda una situación. Hertz se excusa con un gesto ambiguo y se retira discretamente. En la mesa la tensión es indisimulable. Un aria de ópera comienza a escucharse afuera. Vuelve Hertz trayendo con gran cuidado su vitrola de cuerda que ahora llena el ámbito de los agudos de una soprano. HERTZ: María Barrientos.... Perfecta... Aquí, la voz de la casa. La apoya en una mesita rococó, e intenta sin mucha convicción un gesto simpático HERTZ: La traviatta: ópera de putas... (Traduce embelesado:): “Cruz y delicia del corazón...” (Aclara) el amor... (Ríe) La que canta es la extraviada... (Filomena hace un gesto de fastidio y mira hacia otro lado. Hertz descolocado se ofusca. Se sienta brusco. Un tiempo.) Bueno amigo, para decirlo de una vez: lo cierto es que nos hemos quedado sin un segundo que le de los pies a mi Filomena. Usted lo ha dicho hace un rato: una figura a la que nadie mira: un accesorio, un utensilio como esos fondos con los que la gente se retrata en el Parque Japonés. Un aeroplano de cartón piedra: pero, aunque humilde, necesario. Usted lo expresó con claridad: si las fotos viejas no se venden hará falta otro modelo nomás. Es así que pensando… se me ha ocurrido, bueno… A rey muerto rey puesto, y... Entonces Filomena se pone de pie bruscamente derramando su vaso sobre el mantel. Hertz sonriendo forzado intenta minimizar el incidente. Pero Filomena marcha decidida hasta la vitrola y con gesto vengativo arranca el disco. Amenaza romperlo. Hertz corre hacia ella. Tironean peligrosamente hasta que lo recupera. Le habla enérgicamente en voz baja. Ella sale hacia la trastienda. El regresa a la mesa HERTZ: Sabrá disculparla. No es por usted. Una situación que quizá le comente a su tiempo... Si usted aceptara, claro. BASILIO: ¿Qué? HERTZ: ¿Tiene que hacérmelo tan difícil? Creí que la situación era elocuente. BASILIO: ¿...? Filomena regresa. Se ha quitado el vestido y viste solo una mórbida enagua escotada. Recoge de la mesa los enseres del almuerzo. Basilio queda pasmado. HERTZ: (En un último intento didáctico) Como hacían los viejos retratistas para inmovilizar al modelo durante la toma: necesito un arnés, una prótesis para fijar a mi Filomena en toda su belleza durante esas placas. Un apoyo, señor. Como el que nos proporcionaba el uruguayo de mierda ¿entiende?. (Filomena sale ofuscada con la bandeja) Una baranda. Que como cualquier pasamanos: debe ser sólido, sencillo, y de tamaño adecuado. (Basilio empieza a entender. Hertz toma la decisión) Usted reúne las tres condiciones. BASILIO: (Entre pasmado y ofendido) ¿Usted… se piensa que yo… que yo…? HERTZ: Un hombre sano... Admirador de su belleza. Con un aparato discreto, si se disculpa la infidencia... BASILIO: Mi mujer otra vez, ya veo... Su agencia de informes mercantiles. HERTZ: No. Esta vez el señor Mora: el violinista del Petit Trianón (Basilio se inquieta) Se la chupaba a usted en un palco bajo por una leche malteada y tres tortas negras. Si además se lo culeaba, quince fichas para el dancing. No se inquiete: un barrio de canallas. Acá se sabe todo. No se niegue se lo ruego. El negocio sería para la sociedad, atrás del antifaz nadie podría conocerlo, como siempre el único rostro descubierto sería el de ella. Por lo demás: todo lo que se venda dividido tres, y yo pongo la materia prima. BASILIO: Yo nunca... HERTZ: Aprendería. BASILIO: No sé si... HERTZ: Cuestión de probar. No me es fácil decírselo, comprenderá, pero los dos sabemos que al menos en foto la dama no le es indiferente. Regresa Filomena y aguarda la resolución sentada ambiguamente en el reclinatorio. Se ha soltado el cabello y luce ahora su rara belleza. BASILIO: ¿Y ella? HERTZ: Está de acuerdo. Lo acabamos de hablar. BASILIO: Me dijo que era muda. HERTZ: Le dije que no hablaba. No es lo mismo. Con gente desconocida. Otra de las virtudes que aprecio de usted es su laconismo. No se propasará como el otro dándole cháchara. Soy su esposo. Frente a la ley y frente a Dios. BASILIO: No sé… Yo tendría que... HERTZ: (Interrumpe) La luz... Está llegando la luz... Véala como se inflama... Véala que corrediza se ha puesto... En la inminencia Filomena desaparece tras el bastidor pintado. HERTZ: Señor Basilio, me temo que no puedo darle mucho tiempo… BASILIO: (Confundido) Es... Es su señora... HERTZ: Y usted tiene olor a vino. Ninguna de las dos cosas salen en la foto. BASILIO: Y qué tendría que... HERTZ: A la negligé... ser usted mismo... Yo me encargaría del resto. BASILIO: Es que yo... yo... HERTZ: Comprenderá que la luz no espera... (Aguarda. Basilio niega nervioso. Hertz con enérgico fastidio se pone de pie y comienza a alistar la cámara) Bien... Tendré que aprovecharla entonces para hacer algunos estudios con mi modelo... Si alguna vez vuelvo a tener fotos, si aun no he conseguido distribuidor... Hertz va ahora hasta el bastidor y lo corre a un lado con movimiento solvente. Detrás, un escenario perturbador: una camita de niña sobre la que descansa desnuda Filomena. Reposa lánguida entre blancos almohadones bordados. La luz cae sobre ella como un aura. Su magnetismo es insólito y conmovedor. Es al fin La Madonnita. Basilio levanta la vista y la descubre azorado. HERTZ: (Invitándolo hacia la salida) Si no lo va a hacer, le ruego... Un tiempo. BASILIO: ¿Y... tiene que ser hoy…? (Hertz lo mira con gesto hastiado. Un tiempo.) ¿Dónde... me cambio? HERTZ: Allí tras el biombo tiene perchas para la ropa. Basilio se cambia tras el biombo. Hertz corre aquí y allá alistando todo. HERTZ: Señor Basilio... BASILIO: Sí... HERTZ: Si el calzón le ha marcado la cintura con el elástico allí tiene alcohol y algodón: frótese apenas que va a ir desapareciendo... (Pausa) Señor Basilio... BASILIO: Sí... HERTZ: ¿Está bañado del día? BASILIO: De anoche... HERTZ: Señor Basilio... BASILIO: Sí. HERTZ: El uruguayo… no se volvió a Carmelo. Apareció flotando en el Río Luján con un escopetazo en la boca. Cartucho catorce. Perdigón patero. Se escapaba ese día con mi Filomena a Montevideo. La tenía engatusada con la labia. Un barrio bravo éste, que le voy a contar a usted. Por unos pesos hay gente acá que hace cualquier cosa. Por eso es que ella anda así: lo estimaba al lenguaraz. Basilio se asoma lentamente. Hertz le alarga el antifaz HERTZ: Espero que comprenda. Digo... que sepa darle su lugar... BASILIO: (Pausa) Se entiende. Basilio sale tapándose púdicamente. Situación. HERTZ: (De pronto) La luz... Pero carajo se está empezando a aguar la luz... Basilio va hacia la cama. BASILIO: Con su permiso... Señora. Se sienta en el borde sin saber como empezar. Su figura enorme parece a punto de romper la camita. HERTZ: (Pone discretamente su ópera en la vitrola) Cuando le pida el cuerpo, señor Basilio… Cuando le pida el cuerpo... Filomena, con ademán desapasionado y solvente, apoya su mano en el muslo desnudo de su partener. El hombrón se contorsiona. Hertz se mete bajo la tela negra que oscurece el visor del máquina. La pareja se mira. Se acercan. Van a besarse... HERTZ: El instante señor Basilio... El Instante… Baja la luz. En la penumbra la música acompaña la elipsis y se incorpora a la escena que llega. |
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