La mirada obtusa

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La Mirada Obtusa

(Fragmentos)

de Omar Fragapane

Personajes:

  • Horacio

  • Patrizia

  • Maman

  • Alejandro

Cocina. Alejandro pela papas. Maman amasa en la mesa. Lo escucha.

Alejandro: De madre he nacido y no sé quién soy. Acaso es suficiente nacer de madre para saber quién se es. Nacer sólo da condición de vida, nada más pero qué es nacer y nada más. Quizás si existiera solo en el mundo sería suficiente o tal vez no. Cómo me diferenciaría de un animal, de la misma luz, la lluvia o el viento. Podría creer que soy luz por qué no; si no supiera quién soy yo, no sabría quién es ella y así como ella se adhiere a mi piel, podría creer que soy yo quien está adherido a la piel de la luz. No saber quién soy es como odiar el propio aire que respiro. No reconozco a nadie. Nadie existe a mi lado. Nací de madre pero estoy muerto de mi mismo.

Maman ha dejado de amasar. Pausa.

Maman: Un hombre es sólo una consecuencia, hijo mío. No tiene sentido conocerse a sí mismo si no se hace más que caminar a ciegas por un camino que ni siquiera existe. (Pausa). Ningún conocimiento te va a aliviar del dolor de estar vivo.

Quedan mirándose. Pausa.

Voz de Horacio: Alejandro.

Ella continúa amasando. Él se ha quedado mirándola con el cuchillo en una mano y una papa a medio pelar en la otra.

Voz de Horacio: Alejandro, vení por favor.

Alejandro sale de su mutismo. Deja las cosas y se dispone a salir. Se vuelve hacia ella.

Maman: (Sin dejar de amasar) Andá.

Alejandro sale.

Estudio de Horacio. Alejandro se asoma por el vano de la puerta. Hay una carta sobre el escritorio. Horacio, de espaldas a Alejandro con un libro entre las manos. Lo mira de reojo y continua la lectura. Alejandro comprende, va hasta la mesa y toma con suavidad una carta. Se la guarda en un bolsillo y sale. Horacio mira hacia la puerta cuando el otro la cierra.

Camino. Patrizia, sentada, escucha a Alejandro que está de pie detrás de ella.

Alejandro: (Lee la carta de Horacio) Estimo, que no hay lugar en el mundo ni espacio en el universo más preciado que aquel en el que el calor de tu cuerpo presagia su suavidad y su naturaleza. Eterna figura de mujer, presencia permanente, cómo es posible que alguna fibra del aire vibre a mi lado si no es porque cruzaste, fugaz, hermosa, sin tocarme. No hace falta que me toques para sentirte, te percibo como aquel al que le ha llegado su hora para mostrar quién es, si es que se precia de decirse alguien. Aún sin no te hubiera conocido, sería fácil advertir la eternidad y la sabiduría que se encuentran en cada región de tu cuerpo. Para qué ofenderte hablando de belleza, si lo que es eterno no se mide con la vara de este mundo; prefiero apenas aproximarme nombrándote como ese instante previo a que el día se transforme en noche, donde cielo, tierra, color, forma y silencio se hacen un tenue perfume, que se confunde con la vida y bien podría serlo.

Alejandro baja la carta y mira a Patrizia. Ésta está agitada. Pausa.

Patrizia: Yo... no puedo responder.

Alejandro: Mi libertad, está cada vez más cercada entre la ausencia y el desprecio. Qué puede significar morir si mi vida depende de unas pocas palabras, que de ser nombradas, sonarían mejor y más claras en boca de los muertos, porque sólo ellos no temen perder. Responder es morir un poco.

Patrizia, en un impulso se comienza a alejar. Las palabras de Alejandro la detienen repentinamente.

Alejandro: Quién ha dicho que no hay mayor desprecio que el que puede tener una madre hacia su hijo, de aquella que pudre su lengua de escupir sobre la vida de sí misma. Aquel que va rotando sobre una palabra hasta el infinito de los sentidos no hace más que estiércol de su propia carne, como si su madre lo hubiera ahogado en sus entrañas no para parirlo sino para escupirlo a las bestias. Infeliz es el que muere sin probar el sabor de lo que se ama.

Pausa.

Patrizia: ... Decile que... la respuesta está en camino...

Alejandro: Los caminos suelen perderse.

Patrizia: Decile eso.

Se va. Él queda mirando su ida.

Jardín de la casa. Horacio camina por él, cerca de la pared que lo rodea. Alejandro entra desde afuera por el portón. Aquel se le acerca mientras este lo está cerrando. Alejandro, al verlo, le extiende un sobre. Horacio lo toma y lo abre. Aquel se va hacia la casa. Horacio se queda leyendo la carta junto al portón. Cuando la termina, baja lentamente la mano que la sostiene. Alejandro se oculta al doblar la pared de la casa. Desde allí escucha.

Horacio: ¿Qué es lo que ella me dice? Nada, ¿y qué es la nada sino el espanto de saberse solo? El sabor de la soledad ni siquiera es amargo, sólo es tenuemente triste, como un aleteo suave. Nada es similar a decir: el día es claro pero no hay sol, la noche es severamente cristalina pero no hay quién la perciba. La nada es poseer aquello que no se entrega. Quién reconoce la lluvia en la lluvia cuando ésta es el presagio del sol, si su misma luz está pergeñada en cada una de sus gotas. Si el día claro está en cada gota de la lluvia. Qué día será hoy entonces. A qué esperar que el sol viva entre sus llamas y la luna en sus noches ¿Pondré fin a aquello que no se puede lograr?

Se encamina hacia la casa. Alejandro sale de su ocultamiento.

Alejandro: ¿Vas a poner fin Horacio, a lo que ni siquiera se ha iniciado? ¿Por qué vivir eternamente atrapado entre tus manos como una pequeña presa a punto de ser ejecutada en cualquier momento? Quizás el tiempo que llevo aquí me haya hecho olvidar la condena que me hizo quedar.

Entra a la casa. Pausa. Patrizia, desde afuera de la reja, se acerca a esta. Mira hacia adentro como buscando a alguien.

Patrizia: Siempre supe que aquí no vivía nadie. Siempre supe que aquí el sol no dormía, que aquí sólo descansa el aire temprano de la mañana, eternamente mañana. ¿Y acaso el aire es sinónimo de tiempo?, tal vez lo sea la mañana, sí, pero no su aire. Siempre supe que aquí el sol no descansaba, que la noche transcurría continua, serena, apacible, como un relato de madrugada, como las palabras de los amantes cuando los cuerpos descansan.

Pausa. Alejandro sale al jardín. Se ven. Pausa. Él vuelve a la casa.

Patrizia: Estás, estoy segura de que estás. Siempre estuviste, siempre me acerqué hasta aquí para verte entre las mil formas del jardín, en una sombra, en un balanceo, en un color triste; estás mi amor, aunque yo no logre verte. Estás, estoy segura que estás. ¿Por qué no habrías de estar si yo estoy aquí? ¿Qué diferencia hay entre él y yo si donde estoy, está? ¿Quién es yo? ¿Quién es él? Sólo una pequeña diferencia al momento de encontrarnos para que luego se diluya y sólo quede el sabor amargo de la unión incompleta, imposible.

Estudio de Horacio. Éste se encuentra sentado frente a su escritorio. Entra Alejandro.

Horacio: No es necesaria la prisa, Alejandro.

Pausa.

Horacio: No es verdad que haya formas y colores que me representen. No soy el producto de la brisa entre las hojas, ni la luz, que fija una imagen detrás de los párpados. Soy apenas su espectro, una gama incompleta de vibraciones en la retina, el débil impulso, sin causa aparente, que mueve pendularmente los objetos. No es verdad, Alejandro, no lo es, porque ella apenas se ve entre las apariencias de realidad y ella misma, no sabe quién es.

Pausa. Baja la cabeza.

Horacio: Andate.

Alejandro no se mueve.

Horacio: Andate, por favor.

Alejandro se va. Pausa.

Horacio: No hay por qué advertir la realidad en cada segundo en que estás, ¿qué es lo que ella me trae sino la oscuridad que se ha hecho mía, la oscuridad que se ha hundido en mi pasión?

Jardín. Patrizia continúa frente a la entrada, mirando. Alejandro camina unos pasos hacia ella.

Patrizia: (Al jardín) ¿Qué debería suceder frente a lo evidente? ¿La pena o la nada? ¿La oscuridad absoluta de la pena mutante o la vacuidad terrible de aquello que se espera para nunca tener? Mil veces miro y mil veces encuentro lo mismo, formas extrañas pero conocidas. Un solo lugar es el que espero conocer, el espacio circundado por tus brazos, la morada en que espero rendirme y sólo navegar en la agonía de ser tuya.

Alejandro: Si supiera que su agonía de no ver es la hermana de la mía por no saber. Ver y saber, cuán unidas van esas palabras; como si en vez de palabras se tratase de un hecho y sus seres y que en este mismo se jugara la vida de alguno de ellos, indefectiblemente. No se trata de palabras, es apariencia, como lo es en definitiva tu visión, como lo es en definitiva mi ignorancia.

Pausa. Patrizia se va al tiempo que Horacio sale de la casa.

Horacio: ¿Dónde está, Alejandro? ¿Dónde está aquella conjetura que provoca en mis días el desequilibrio constante de mi pensamiento? No llego a verla y no verla es como desconocer que existe el ocaso y que en este se conjugan la maravilla de la naturaleza y la escasa sabiduría de la mirada del hombre, que reconoce belleza allí donde sólo hay fenómeno.

Alejandro se encamina hacia la casa.

Alejandro: (Para sí) ¿Qué incendio atroz será necesario para provocar en un hombre el ansia de enfrentar lo que desconoce?

Se va.

Horacio: ¿Qué es lo que haría que yo esté más allá del horizonte, más allá de la línea que divide lo visto de lo no visto? No lo sé. ¿Tan ciego estoy que no alcanzo a ver lo que no me pertenece? ¿Acaso haya algo que me pertenezca? ¿Qué es ver y qué es tener sino acompañar con los brazos lo que ya ha venido hacia uno?

Pausa. Llega Patrizia del otro lado de la reja.

Patrizia: ¿Está allí, entre las mil formas del jardín o es acaso el resultado de ellas? ¿Qué es más grato a mi vista, lo que veo o lo que deseo? Si él está entonces concibo imágenes y si él no está entonces ya no seré fértil para crear o para ver. Falta estaré de su presencia si lo que está frente a mí no es más que una fiel imitación de su carne, más pura tal vez por el deseo de verlo, por la creciente angustia que alimenta la certeza de su ausencia. Pronto no estaré y ya no habrá más que pena queriendo ocupar el espacio que ocupo, obligándome a ceder ante ella y siendo yo una desterrada de su amor y de lo que haya ante sus ojos, como una luna ciega por el sol que la ilumina y la oculta a la vez con su propia luz, ingenuo el sol de velar lo que él mismo hace visible. Soy tu luna, la invisible compañera que no puede verte.

Horacio: Sólo verla sería hallar la forma más unificada de la muerte, ¿porque qué es la muerte sino una forma que día a día va mudando para serle más agradable a cada moribundo que pisa esta tierra y que no hará nada más que enriquecer su rebaño? Y ella no es una forma más, es la vida perdida de todas ellas, que lejos de sentirse extraviadas han hallado en una sola mujer toda la verdad, que dista mucho de ser semejante a la cotidiana, aunque la muerte lo sea y está mucho más próxima a ser la forma que ha encontrado el amor en el sinnúmero de leyes que lo gobiernan pero que siempre transgrede para hacerse mucho más huidizo, mucho más imposible. ¿Pues qué es ella sino la imposibilidad misma de verla?

Pausa. Patrizia se va. Cae la tarde. Alejandro sale de la casa y se queda detrás de Horacio.

Horacio: (Sin voltear a verlo) Alejandro, sobre mi escritorio la dejé.

Alejandro saca un sobre de un bolsillo.

Horacio: Dáselo. (Se encamina hacia la casa). Traeme una respuesta, Alejandro, traeme una respuesta.

Pausa. Alejandro sale por el portón.


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