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El juez Oliva atiende un juzgado de paz, secundado por su secretaria Carolina. Con nostalgia recuerda épocas en que la gente acudía en gran número a casarse, y se pregunta a qué se debe que hoy la gente se resiste tanto a formar familia. Está sumido en esas cavilaciones cuando poco a poco aparecen Nilda y Rubén, dos particulares novios, secundados por sus parientes Eduardo y Amadeo, el simpático abuelo Federico y Daniela, una muchacha de vida liviana que oficiará de testigo de casamiento. Los novios no reúnen los requisitos necesarios y Oliva se enfrascará con ellos en una contienda demencial.
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