Fragmento
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Fragmento de Ruido de Rotas Cadenas  de Ricardo Halac

Versión del año 2000, a partir de nuevas puestas en escena.

 

SALA DE UN JUZGADO DE PAZ. a UN COSTADO, UN ESCRITORIO SOBRE UNA TARIMA. CERCA, UNA MESITA CON UNA MÁQUINA DE ESCRIBIR. uN ARMARIO CON PAPELES. EN UN LUGAR DESTACADO, LA BANDERA ARGENTINA.

 

EN ESCENA, EL JUEZ OLIVA, CONVERSANDO CON CAROLINA, SECRETARIA DEL JUZGADO.

OLIVA:

Para que se dé una idea Carolina, el juez De María, el que antes estaba acá, casaba veinte parejas por día.

CAROLINA:

Pero eso cuándo fue... ¡hace veinte años!

OLIVA:

Esto era un ir y venir de jóvenes, de parientes, de risas; había flores, se hacían chistes... Una vez -escuche bien, Carolina- De María casó a veinticinco parejas.

CAROLINA:

Doctor... ¿eso no es demasiado trabajo?

OLIVA:

¡No! Uno se contagia del clima de fiesta. Participa... se siente bien... ¡Yo siempre lo dije! Un juez de paz es como una partera: da a luz.

CAROLINA:

Qué lástima. (Toma unos expedientes y los guarda). Ahora la gente lo piensa dos veces antes de casarse.

OLIVA:

(Se fija en el libro de actas). Hoy lo pensaron tres, porque no vinieron ni los que están anotados.

CAROLINA:

Es que... doctor... casarse es una decisión impor-tante. ¡Para mí, al menos! Es... para toda la vida.

OLIVA:

(Sonríe con picardía). Por suerte pronto voy a tener en este juzgado un casamiento de los que a mí me gustan.

CAROLINA:

(Sacude su pelo, le sigue el juego). ¿Está seguro...?

OLIVA:

¡A ver! Déjeme fijarme. Sí, la tengo agendada. ¿El 28?

CAROLINA:

¡Sí!

OLIVA:

¿Iglesia?

CAROLINA:

Del Sagrado Corazón.

OLIVA:

¿La fiesta...?

CAROLINA:

En un salón de Peña y Ayacucho. Muy coqueto... Es todo un primer piso. Y tenemos lista de regalos en Ici y en el Bazar Inglés.

OLIVA:

Le voy a decir a Telma de ir a elegirlo juntos. Ella tiene muy buen gusto. Además, la conoce. (Pausa). ¿Contenta...?

CAROLINA:

Lo quiero mucho a Juan Eduardo. Hace tres años que viene a casa. Hizo todo como se debe. Pidió mi mano... Les preguntó a papá y a mamá donde querían que viviésemos... Papá se encariñó con él. A veces salen a tomar café juntos. Mamá lo adora.

OLIVA:

De pronto me acordé de mi casamiento. Todavía vivía mi abuela... Me acuerdo de su cara brillante, mientras nosotros bailábamos el vals... (Silencio). ¡La voy a extrañar, Carolina!

CAROLINA:

¡Por qué! La luna de miel sólo dura dos semanas.

OLIVA:

Después va a dejar de trabajar...

CAROLINA:

¡No! ¡A mí me gusta este trabajo!

OLIVA:

No se olvide que lo conozco a Juan Eduardo.

CAROLINA:

Sí... él va a preferir que me dedique a la casa.

OLIVA:

¿Qué le dije? La voy a perder, Carolina.

CAROLINA:

¡No se me ponga triste! Espero convencerlo... ¡Por lo menos hasta que llegue el primer chico!

 

En ese momento se asoma tímidamente, despacio, en silencio, Rubén. Es un muchacho cálido, de rasgos afilados, morocho, que está embretado en un traje de fiesta que se ve que no es suyo y que no acostumbra a usar. Oliva y Carolina lo miran con desconfianza. El juez se aleja hacia su escritorio.

CAROLINA:

¿Señor? (Rubén la mira. Traga en silencio). ¿Qué desea?

RUBÉN:

¿Acá casan?

CAROLINA:

Sí señor, acá casamos. ¿Usted viene por el trámite?

RUBÉN:

Este... no.

 

Rubén mete la mano en el bolsillo y saca un papel arrugado. Se lo extiende.

CAROLINA:

Ah, usted está citado... (Sacude su pelo). Un momen-tito, por favor. (Va a fijarse al fichero). Pero... esto era para ayer.  (Lo mira). ¿Usted se dio cuenta que esto era para ayer? (Rubén la mira confundido. ella mira al juez, que no responde). Señor, usted estaba citado para casarse ayer. Esto caducó.

RUBÉN:

¿Eh...?

CAROLINA:

Venció. ¡No sirve más!

 

Le devuelve el papel. Rubén se queda mirándolo un rato, después se vuelve hacia la puerta.

RUBÉN:

¡Eduardo!

 

Silencio. Entra un hombre un poco más grande que él, con cara picada de viruela, también con saco y corbata, pero camisa oscura.

EDUARDO:

Buenos días, señorita...

CAROLINA:

Buenos días, señor.

EDUARDO:

(Hace una pequeña reverencia). Yo soy un compañero de Rubén...

RUBÉN:

(Bajo). Testigo.

EDUARDO:

¡Testigo! (Rie). Testigo de casamiento...

CAROLINA:

Yo ya le expliqué al señor que su citación era para ayer.

 

Silencio enervante. Carolina se cruza de brazos.

EDUARDO:

Qué lástima... porque afuera estamos todos...

RUBÉN:

Ayer no pudimos venir. Explicále.

EDUARDO:

Ayer no pudimos venir... Es una barbaridad... Nos sucedió algo terrible...

OLIVA:

¿Se imagina, muchacho, si empieza así su vida matri-monial cómo puede terminar?

 

Silencio. Ruben hace gesto a Eduardo de qué hacemos.

EDUARDO:

¿El señor juez no podría contemplar esta situación..?

OLIVA:

(Irritado). ¿Cómo dice?

RUBÉN:

¡Tuvimos un problema serio!

CAROLINA:

Por favor, no insistan... Pidan otra fecha y vengan el día que corresponde.

OLIVA:

(Ocupado). Buenos días.

 

Ruben cambia una mirada con Eduardo que no sabe qué decirle. Los dos miran al juez y salen despacio, sin hacer ruido, así como entraron.

CAROLINA:

¿Estuve mal?

OLIVA:

Uno ya no sabe cuándo está mal y cuándo está bien.

CAROLINA:

¿Voy a buscarlos...?

OLIVA:

La entiendo, Carolina... Pero tenemos que dar una imagen de seriedad.

CAROLINA:

Nadie viene a casarse.

OLIVA:

Vamos a terminar en la puerta de calle ofreciendo nuestros servicios como hacen en los locales comerciales.

 

No pueden decidirse.  Ahora entran agitados, aunque en actitud respetuosa, Amadeo y Daniela. Amadeo es flaco, alto, de cabello canoso. Tiene traje, pero no corbata, y lleva un viejo sombrero. Es morocho, de piel curtida. Le tiembla la voz de los nervios. Daniela es joven, tiene una minifalda, zapatos de taco alto y una carterita cruzándole el pecho. Está muy pintada y hay algo estrafalario en su atuendo.

Fin del fragmento de Ruido de rotas cadenas.

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