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SALA
DE UN JUZGADO DE PAZ. a UN COSTADO, UN ESCRITORIO SOBRE UNA TARIMA. CERCA,
UNA MESITA CON UNA MÁQUINA DE ESCRIBIR. uN ARMARIO CON PAPELES. EN UN
LUGAR DESTACADO, LA BANDERA ARGENTINA.
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EN
ESCENA, EL JUEZ OLIVA, CONVERSANDO CON CAROLINA, SECRETARIA DEL JUZGADO.
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OLIVA:
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Para
que se dé una idea Carolina, el juez De María, el que antes estaba acá,
casaba veinte parejas por día.
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CAROLINA:
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Pero
eso cuándo fue... ¡hace veinte años!
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OLIVA:
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Esto
era un ir y venir de jóvenes, de parientes, de risas; había flores, se
hacían chistes... Una vez -escuche bien, Carolina- De María casó a
veinticinco parejas.
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CAROLINA:
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Doctor...
¿eso no es demasiado trabajo?
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OLIVA:
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¡No!
Uno se contagia del clima de fiesta. Participa... se siente bien... ¡Yo
siempre lo dije! Un juez de paz es como una partera: da a luz.
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CAROLINA:
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Qué
lástima. (Toma unos expedientes y los guarda). Ahora la gente lo piensa
dos veces antes de casarse.
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OLIVA:
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(Se
fija en el libro de actas). Hoy
lo pensaron tres, porque no vinieron ni los que están anotados.
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CAROLINA:
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Es
que... doctor... casarse es una decisión impor-tante. ¡Para mí, al
menos! Es... para toda la vida.
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OLIVA:
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(Sonríe
con picardía). Por suerte pronto
voy a tener en este juzgado un casamiento de los que a mí me gustan.
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CAROLINA:
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(Sacude
su pelo, le sigue el juego). ¿Está
seguro...?
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OLIVA:
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¡A
ver! Déjeme fijarme. Sí, la tengo agendada. ¿El 28?
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CAROLINA:
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¡Sí!
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OLIVA:
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¿Iglesia?
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CAROLINA:
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Del
Sagrado Corazón.
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OLIVA:
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¿La
fiesta...?
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CAROLINA:
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En
un salón de Peña y Ayacucho. Muy coqueto... Es todo un primer piso. Y
tenemos lista de regalos en Ici y en el Bazar Inglés.
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OLIVA:
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Le
voy a decir a Telma de ir a elegirlo juntos. Ella tiene muy buen gusto.
Además, la conoce. (Pausa). ¿Contenta...?
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CAROLINA:
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Lo
quiero mucho a Juan Eduardo. Hace tres años que viene a casa. Hizo todo
como se debe. Pidió mi mano... Les preguntó a papá y a mamá donde querían
que viviésemos... Papá se encariñó con él. A veces salen a tomar café
juntos. Mamá lo adora.
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OLIVA:
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De
pronto me acordé de mi casamiento. Todavía vivía mi abuela... Me
acuerdo de su cara brillante, mientras nosotros bailábamos el vals...
(Silencio). ¡La voy a extrañar, Carolina!
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CAROLINA:
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¡Por
qué! La luna de miel sólo dura dos semanas.
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OLIVA:
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Después
va a dejar de trabajar...
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CAROLINA:
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¡No!
¡A mí me gusta este trabajo!
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OLIVA:
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No
se olvide que lo conozco a Juan Eduardo.
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CAROLINA:
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Sí...
él va a preferir que me dedique a la casa.
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OLIVA:
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¿Qué
le dije? La voy a perder, Carolina.
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CAROLINA:
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¡No
se me ponga triste! Espero convencerlo... ¡Por lo menos hasta que llegue
el primer chico!
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En
ese momento se asoma tímidamente, despacio, en silencio, Rubén. Es un
muchacho cálido, de rasgos afilados, morocho, que está embretado en un
traje de fiesta que se ve que no es suyo y que no acostumbra a usar. Oliva
y Carolina lo miran con desconfianza. El juez se aleja hacia su
escritorio.
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CAROLINA:
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¿Señor?
(Rubén la mira. Traga en silencio). ¿Qué desea?
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RUBÉN:
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¿Acá
casan?
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CAROLINA:
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Sí
señor, acá casamos. ¿Usted viene por el trámite?
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RUBÉN:
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Este...
no.
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Rubén
mete la mano en el bolsillo y saca un papel arrugado. Se lo extiende.
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CAROLINA:
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Ah,
usted está citado... (Sacude su pelo). Un momen-tito, por favor. (Va a
fijarse al fichero). Pero... esto era para ayer.
(Lo mira). ¿Usted se dio cuenta que esto era para ayer? (Rubén la
mira confundido. ella mira al juez, que no responde). Señor, usted estaba
citado para casarse ayer. Esto caducó.
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RUBÉN:
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¿Eh...?
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CAROLINA:
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Venció.
¡No sirve más!
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Le
devuelve el papel. Rubén se queda mirándolo un rato, después se vuelve
hacia la puerta.
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RUBÉN:
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¡Eduardo!
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Silencio.
Entra un hombre un poco más grande que él, con cara picada de viruela,
también con saco y corbata, pero camisa oscura.
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EDUARDO:
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Buenos
días, señorita...
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CAROLINA:
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Buenos
días, señor.
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EDUARDO:
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(Hace
una pequeña reverencia). Yo soy
un compañero de Rubén...
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RUBÉN:
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(Bajo).
Testigo.
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EDUARDO:
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¡Testigo!
(Rie). Testigo de casamiento...
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CAROLINA:
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Yo
ya le expliqué al señor que su citación era para ayer.
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Silencio
enervante. Carolina se cruza de brazos.
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EDUARDO:
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Qué
lástima... porque afuera estamos todos...
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RUBÉN:
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Ayer
no pudimos venir. Explicále.
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EDUARDO:
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Ayer
no pudimos venir... Es una barbaridad... Nos sucedió algo terrible...
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OLIVA:
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¿Se
imagina, muchacho, si empieza así su vida matri-monial cómo puede
terminar?
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Silencio.
Ruben hace gesto a Eduardo de qué hacemos.
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EDUARDO:
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¿El
señor juez no podría contemplar esta situación..?
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OLIVA:
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(Irritado).
¿Cómo dice?
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RUBÉN:
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¡Tuvimos
un problema serio!
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CAROLINA:
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Por
favor, no insistan... Pidan otra fecha y vengan el día que corresponde.
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OLIVA:
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(Ocupado).
Buenos días.
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Ruben
cambia una mirada con Eduardo que no sabe qué decirle. Los dos miran al
juez y salen despacio, sin hacer ruido, así como entraron.
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CAROLINA:
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¿Estuve
mal?
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OLIVA:
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Uno
ya no sabe cuándo está mal y cuándo está bien.
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CAROLINA:
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¿Voy
a buscarlos...?
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OLIVA:
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La
entiendo, Carolina... Pero tenemos que dar una imagen de seriedad.
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CAROLINA:
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Nadie
viene a casarse.
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OLIVA:
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Vamos
a terminar en la puerta de calle ofreciendo nuestros servicios como hacen
en los locales comerciales.
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No
pueden decidirse. Ahora
entran agitados, aunque en actitud respetuosa, Amadeo y Daniela. Amadeo es
flaco, alto, de cabello canoso. Tiene traje, pero no corbata, y lleva un
viejo sombrero. Es morocho, de piel curtida. Le tiembla la voz de los
nervios. Daniela es joven, tiene una minifalda, zapatos de taco alto y una
carterita cruzándole el pecho. Está muy pintada y hay algo estrafalario
en su atuendo.
Fin
del fragmento de Ruido de rotas cadenas.
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