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El estreno de La tiniebla significó la definitiva afirmación de Rafael Spregelburd entre los dramaturgos más valiosos del nuevo teatro argentino. A medida que se desarrollaba sobre el pequeño escenario del Auditorio de Psicología (Universidad de Buenos Aires), La tiniebla iba ratificando contundentemente que su escritura encerraba una concepción dramatúrgica diferente, que no repetía los esquemas ya conocidos de los maestros Roberto Cossa, Griselda Gambaro o Ricardo Monti.

Una situación narrativa de definición ambiguamente "tradicional" (dos presos encerrados, visitados por una prostituta y vigilados por una guardacárcel) comenzaba a "fugarse", a "desviarse" hacia otras direcciones: la autoseñalización del artificio teatral, la indefinición de las identidades, la imposibilidad de comprender el relato salvo por la percepción constante, emocional y sensitiva más que intelectual, de dos elementos complementarios: la metamorfosis y la muerte. En el espacio de la celda se generaba la simbolización de una visión de mundo ligada a nuestra percepción de fin de siglo: una mezcla de clausura (del progreso, de las salidas existenciales, de la trascendencia), de imperio de la muerte (de las ideologías, de los sueños y las utopías, del concepto de "lo nuevo") y de repetición, como vana elocuencia, de un perpetuo cambio sin sustancia. Spregelburd escenificaba un mecanismo paradójico: su dramaturgia empezaba a significar en el lugar donde perdía deliberadamente su capacidad de "significación directa".

Discípulo del director Ricardo Bartis y de su "teatro de la multiplicidad", Spregelburd sobresale como creador de extrañas formas narrativas, en las que poco a poco el centro de atención va desplazándose de la sustancia de lo narrado y las formas de narrar a la pregunta por la naturaleza misma del lenguaje como constructor (y poderoso perturbador) de lo real. De la construcción del relato y el relato de dicha construcción Spregelburd elige derivar hacia los dominios borrosos donde el lenguaje se devora a sí mismo. Su última creación, en colaboración con Andrea Garrote, Dos personas diferentes dicen hace buen tiempo, marca una profundización todavía mayor en este campo de preocupaciones.

Jorge Dubatti
(Crítico)
 


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