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Carlos W. Sáenz |
Carlos W. Sáenz (1956 - ) Un texto de Alejandro Tantanian En la noche eterna, sufrir puede ser una patria. María Negroni, Museo Negro Vergangenheitsbewältigung: superación del pasado 9. Última carta encontrada [1] : El destino golpea con su maza aberrante mi cuerpo de enamorado. Yo que pensé que nada parecido al amor me sería otorgado, hoy vengo a entender que mi corazón es tuyo y el tuyo, mío. Yo, que abrumé las páginas cenicientas de mis diarios con epigramas propios del más oscuro de los escépticos. Yo, que alcancé la fama frente a auditorios atorados de personas que venían a escuchar al apóstol de los cínicos. Yo, que intenté por todos los medios de desembarazarme del amor. Yo, entonces, hoy, aquí, tengo que desandar mis pasos y desarmar las ideas de mi edificio intelectual: hoy mi corazón es de alguien y en tu mirada puedo descubrir las manos alzadas de todas las vestales suplicando les sea perdonado el castigo de la sexualidad; veo en tus ojos los míos y me pierdo en los pliegues de tu rostro; mi corazón estalla frente al latido luminoso del tuyo; soy, hoy, amor, el hombre más feliz de la tierra; pero el golpe del destino marca un nuevo comienzo. Tu cuerpo, el que venero, guarda el veneno que te dará el fin. Tu cuerpo cobija entre sus vísceras la enfermedad, y hoy, frente al dolor y la zozobra, rescato la dicha de tu mirada, salvo la aventura del compromiso. Yo, que tanto tiempo descreí de la voluntad y el poderío del Amor, hoy reconozco a mi cuerpo atravesado por un rayo: el más furioso y constructor de todos, pero a este rayo le sobrevino el rigor de la tormenta y mi cuerpo no haya consuelo. Hoy que debería brillar sobre el enorme sol, mi alma se retira a los conocidos recintos del dolor. Quisiera poder recuperar el olvido. Olvidar lo que sabemos. Desoír el llamado exacto de la enfermedad. Quisiera poder hoy abrazar la dicha de las aguas del olvido y sólo recordar el momento extraordinario en donde nos juramos amor eterno. “La eternidad se mueve” – dijiste. Y hoy, suspendido en el tiempo, aferrado al recuerdo de tu cuerpo sano (la enfermedad estaba ahí cuando te conocí, pero el no saber anulaba la desdicha: hoy que sabemos, la fragilidad de tu cuerpo es la expresión inequívoca de tu visitante, esa fragilidad que antes sostenía la belleza de tu cuerpo hoy es la versión exacta de su decadencia), aferrado al recuerdo de tu cuerpo sano, decía, me fatigo y me inclino ante el peso inexistente de tu tristeza. Y yo que creí que era mi edificio el espacio para destinar y exilar la tristeza... No! No habrá hombre más triste que yo sobre esta tierra. Cuando creí construir mi obra más amada, cuando supe que mi Teatro sería recordado como la empresa más extraordinaria llevada a cabo en este país, me viene a sorprender el amor más puro y la tristeza más honda. Descreía de Cristo, pero hoy, ante la certeza de tu ocaso, entiendo la cruz como nadie podrá jamás entenderla. Llueve en Buenos Aires: hoy el cielo me acompaña. Dejo estos cuerpos hundidos en el lago. Son siete. Dejo los planos, los datos y las coordenadas de emplazamiento. Alguien terminará mi obra. Yo acabo de construir mi Teatro de la Melancolía. Está terminado. Se aloja en mi corazón que, habiendo conocido el amor durante el tiempo necesario para que una semana se fugue, reconoció el dolor más hondo y se hundió en las tinieblas. En las agua oscuras de mi alma, se alza, colosal, la obra más perfecta: soy el edificio que soñé. Pero no dejaré rastros. Prefiero habitarlo solo. No hay en él espacio para el amor. Sólo la Melancolía, enfermedad mortal, me habita. No olvides nunca que te amo. El tiempo no puede moverse más, la eternidad tampoco. Tu Carlos. [1] Éste es el último documento que conservamos de Sáenz. Nada se sabe de él después de lo que aquí leeremos. Nada es posible aseverar sobre el destino de su obra magna ni sobre su persona. Nos llegó hace unas horas la noticia - mientras ultimábamos detalles para el dictado de esta conferencia (que da el marco teórico a esta presentación de la obra de Carlos W. Sáenz) – sobre la aparición de tres cuerpos enterrados en las zonas de Bajo Flores, Caballito (para ser más precisos en el lago artificial sito en el Parque Centenario) y Recoleta, en la ciudad de Buenos Aires, vestidos en negro y con los bolsillos repletos de piedras parecidas a ésta que supimos encontrar sobre el escritorio del taller de la calle Maza. Los cuerpos estaban en estado de descomposición avanzado y algunas huellas encontradas en los mismos revelan la identidad del asesino. Recordemos - antes de leer la carta que cierra nuestro encuentro - un breve párrafo que se incluye en la historia de Pérez Diez: “Pasó la vida entera huyendo, aferrado a su soledad y a sus ropas de mujer. Pasó la vida entera escondido en el paisaje que la Naturaleza le reserva a los seres como él: la fuga, el silencio, la desaparición.”
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