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OJOS DE CIERVO RUMANOS De Beatriz Catani Dir.: Beatriz Catani ARGUMENTO: Un padre que cría a su hija. La nutre. La cuida. La sana. La injerta. Como a una más entre sus plantas de naranjas. E intenta reiteradamente salvar algo en ese territorio anegado que denuncian los ciervos ahogados a los costados de los caminos y las plantas que se apestan, pero sus esfuerzos sólo parece concurrir al eterno fracaso. A un eterno retorno al mismo destino: la frustración. Dacia conserva pocos recuerdos de su madre que, por lo que sabe, la dio a luz prematuramente en un accidente automovilístico, por lo que debió terminar su gestación en el "muslo de su padre". Éste se ocupa de su crecimiento en una maceta, alternando sus labores con sugerentes paseos verticales por el tronco de un árbol sin vida. La niña de treinta y cinco años, sólo recuerda de ese ser que la trajo al mundo alguna canción en rumano, lengua que desconoce y su peculiar mirada con un ojo "virado" al verde. Benya, su hermano, nacido también curiosamente en circunstancias extrañas: "en el hueco de un árbol", la ayuda a rastrear sus comunes orígenes entre viejos discos de pasta rayados y los juegos eróticos con que se reconocen. ANÁLISIS: En Loma Hermosa. Dio a luz antes de morir asesinada. Una mujer (de 26 años) embarazada de ocho meses fue asesinada de un balazo en la cabeza en su casa de la villa de emergencia La Esperanza, situada en Loma Hermosa, partido de Tres de Febrero, pero antes de morir dio a luz a su bebé... La Nación, lunes 18 de marzo de 2002... Loma Hermosa... La Esperanza... En un mismo instante, la muerte gestando vida... Siniestro, insondable humor... Patéticas ironías de realidades que nos tocan vivir. Beatriz Catani nace en la ciudad de La Plata, un 5 de julio de 1955. En marzo de 1976 tiene 20 años y la imagino ya muy interesada por la historia. Recuerdo que en el año 1978 dirigí un psicodrama grupal en La Plata. Fue en unas Jornadas de Encuentro organizadas por la Asociación Platense de Psicodrama, que dirigía por aquél entonces Dalmiro Bustos. Se trató de una mostración de cómo utilizaba las técnicas psicodramaticas, en la Asociación Argentina de Psicoterapia, como colaborador de Alberto Fontana, su director, en el trabajo con Grupos de Psicoterapia. La misma impuso que considerara a la totalidad de los concurrentes (aprox. 200 personas) como una unidad, en la misma forma en que lo hacía con los Grupos en tratamiento (que promediaban las quince personas). La dramatización adquirió las características de un verdadero happening y en el momento crítico del acontecer, todos los presentes bailaron desenfrenada y espontáneamente, una tarantela. Esta danza deviene del folklore del sur de Italia y es un baile de muerte que representa al fatídico arácnido: la tarántula. La verbalización y elaboración del material posterior que posibilitó Fontana, nos reveló a todos el clima que en aquellos momentos se vivía en esa comunidad: se sentían danzando compases de muerte. Creo que todos en el país vivíamos ese clima. Tal era el duelo a elaborar por tantos muertos y desaparecidos queridos, por tanta frustración y dolor repetidos a lo largo de nuestras historias de vida. La obra de Beatriz recuperó en mi todas estas imágenes. Produjo la asociación que a pocas horas, leyendo un diario, me detuvo en la noticia con que inicié aquí este trabajo. Me remitió a las sarcásticas bromas repetitivamente eternas de nuestra sociedad. Y a la irremediable regresión que deviene de tanto golpe recibido. Es un bello texto que descree desde la estructura dramática, de nuestra cultura logocéntrica que con tanto explicarse todo, no alcanza a dilucidar razones para tanta irracionalidad sucedida, sucediendo y por suceder. En encadenamiento inagotable de símbolos, desde la misma pluralidad de significados que los mismos conllevan, nos induce a aquella perplejidad primera: ¿quién soy? Aquella que el hombre intentó responder en sus mitos. Dionisos, Sísifo, Edipo están aquí otra vez. Su rudimentaria comprensión de la naturaleza, del sentido de su existencia y de su relación con el tiempo, nos es re-presentada aquí en la relación de estos tres seres: Dacia, Benya y el Padre. En el eterno retorno. En el sempiterno volver a empezar. En la androginia de un padre que como Zeus, completa una gestación interrumpida por la madre. En el incesto entre un filial hermano o un progenitor y quien termina amamantándolos - cual a Rómulo y Remo, la loba que funda una ciudad -, su hermana y su hija con sus pechos secos. En las catástrofes y la peste como castigo divino. En esa savia de vida añorada que nutre el alma y el cuerpo aún después de muerta la fuente misma de la que mana, como ilustró mencionada al pasar entre otros, nuestra difunta Correa. Beatriz Catani nos sumerge con su obra y en una búsqueda metafísica, en los grandes misterios de la vida. Esos para los que el hombre aún busca razonables respuestas. Y lo hace, como sucede en las profundas crisis de todo un pueblo, cuando azota la peste, desde su lugar. Desde su, nuestra, realidad. Desde esta sociedad y por sus incomprensibles contradicciones. Por sus repetidas e incesables frustraciones. Por todo esto es que, como en los grandes cataclismos, nos invita una vez más a volver nuestra mirada al cielo preguntándonos: ¿Cómo y de qué fuimos hechos, capaces de tanta desazón? Pienso que la obra vista, fue acertadamente dirigida por su autora quien dispuso una escenotecnia al servicio expresivo de sus ideas, en la mezcla sutil y difícil de elementos tan reales como las plantas o el jugo de naranjas, con la propuesta ficticia y conmovedora, de "cultivar" a una persona en una maceta. Seguida eficazmente por un elenco excelente en cuanto a entrega y verdad emocional, pero con algunos leves deficits – como ya venimos viendo, son denominador común en los actores que se acostumbran a trabajar en espacios intimistas. Sobre todo en sus dicciones que por momentos, para mi gusto, dificultan la receptividad clara de lo que dicen. Norberto Montero Teatro Del Pueblo 16.03.02 |
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