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" Cuanto más quiero a la gente… " Ella tenía el color de las bambalinas en otoño; cuando la temporada ha terminado y las sacan a morir bajo el puñal del sol, de la humedad y de la lluvia. Entonces le pregunté que porqué no sacaba a pasear a la nena para que tomaran las dos un poco de aire porque el departamento era tan interno y ella se venía quejando de dolores de cabeza, y había un olor a encierro más con un perro adentro, que dicen que los dobermans expelen sus pelos como púas y alimentan la flor de las alergias. Ella me dijo que sí, que le venía bien. Porque a lo mejor se encontraba con Raquel, y, entre las dos, iban a ver las vidrieras y a controlar si los precios de tapados y pullovers no habían aumentado. Pero también me dijo que ya que ella salía con la nena y tenía que cuidarla mientras empujaba el cochecito y había tantos peligros en la calle, porqué yo no sacaba al perro, cuando llegara la hora porque estaba acostumbrado a salir a hacer sus cosas a las siete y recién todavía eran las seis. Yo estaba con el problema de los libros de la casa Figueroa, entremeses contables que me iban a llevar un par de tiempos, porque Figueroa quería disponer de plata negra para dólares y eso dependía de mí, de mi habilidad de contador y que había que ganarse la diaria aunque fuera a contrapatria, jugando a la inflación y que aunque era cierto que jugaba para otro, de eso vivíamos y no había otro cristo que lo hiciera. Así que discutimos – es un decir – y para no hacerla muy larga, ella terminó llevándose a pasear al perro y a la nena con vistas a encontrarse con Raquel. Cuando se hicieron las nueve y no volvía, yo, no sé si porque me sentía muy solo, sin ella sin el perro y sin la nena, salí de casa y encaré por la calle Rivadavia, total, lo de Figueroa era pan comido y el a esa hora ya estaba terminando. Y me encontré con ellos. No hablo de mi mujer y de Raquel. Hablo de mi nena y de mi perro, que se encontraba inmóvil, sentado, fiero, quieto, junto al cochecito, las frenadas, la policía, los pungas, las vidrieras . Ahora sé que ella estaba cincuenta metros más allá, dentro de la galería, mirando los tapados y si habían aumentado los pullovers, junto a Raquel y ambas olvidadas de la criatura que estaba en la vereda. Total: yo me quedé con el perro y a ella le dieron la tenencia de la hija, según la ley argentina, que solamente contempla el adulterio y aún éste, si está perfectamente comprobado. Yo quiero mucho a la gente, aún sin mi mujer y sin mi hija, sigo queriendo a la gente, pero cada vez que paso por la calle Rivadavia, parafernalia de tontas y vidrieras, de pungas y de enredos, de coches y frenadas, yo, que quiero mucho a la gente, cuanto más quiero a la gente, más me confío en mi perro.
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