Gato encerrado
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Gato encerrado

A mí no me hablen de gatos. Y mucho menos de gatos furiosos y encerrados. Cuando los dioses o los brujos me ponen en el camino uno de esos animalitos de pelambre suave, generalmente tranquilos e inofensivos que ronronean mimosos ante la continuidad de la caricia, mi corazón se abalanza contra mi garganta y se despierta un aletazo de horror que, inevitablemente, me hace revivir aquellas horas inenarrables cuyo protagonista fue un oscuro y mínimo felino en el patio de una casa de pensión.

Odio las descripciones; nunca fui muy bueno en Geografía, aunque sin descuidar mi poca, poquísima afición a la zoología, Botánica y mucho menos Anatomía, como se verá mas adelante.

Pero me veo obligado a describir, aunque sea a grandes rasgos como se comunicaban los dos patios descubiertos del Hotel, Residencial y Pensión ¨¨Pavich¨¨, donde me tocó habitar en aquellos primeros años de estudiante. Pues eran dos patios cálidamente abiertos a las perfumadas noches tucumanas, separados ambos, o mas bien unidos, por una breve galería techada, festoneada de macetas, en uno de cuyos lados estaba el dormitorio de Sassone y señora, los dueños del ¨¨Pavich¨¨, y en el otro, el comedor de los pensionistas. La galería cubierta tenía entonces esas dos puertas, a los costados y una más, sí, una maldita mil veces puerta más que era la única comunicación de un patio con el otro. Esta última siempre quedaba abierta por las noches con el simple objeto de que los pensionistas que llegaban tarde y algo mareados por el vino, la grapa o la aloja no se la llevaran por delante, como mas de una vez había ocurrido, despertando las iras de Sassone y señora.

Yo habitaba en el patio de adelante, en una pieza grande, de techos altos, cama antigua de bronce trabajado, un roperito cualunque y una mesa donde se amontonaban mis pertrechos de estudiante, pieza que estaba junto a la puerta de entrada. Y ella vivía en el patio de atrás, en la tercera pieza a mano izquierda. Ella. Ah ¡ella!... Se llamaba Adelaida, pero lo mas interesante no era su nombre y apellidos sino todo lo que los dioses o los brujos habían repartido alrededor de su esqueleto amado. Y mas interesante aún, al menos para mi, era que su marido pertenecía al Cuerpo Oficial de Bomberos de la Provincia, y que, pendularmente, con la rigurosidad del almanaque, al hombre le tocaba guardia durante la noche por medio, sin fallar una sola en el mes, cosa que era aprovechada por Adelaida para recibir mi visita apasionada y hacerme conocer las delicias de su lecho conyugal. Y así, noche por medio, con el temblor sigiloso del amor, quien esto narra atravesaba la puerta de la galería cubierta y se introducía estremecido en la tercera y bien lubricada del segundo patio, a mano izquierda.

Adelaida, la mujer del bombero, no era la que se dice un mujerazo de revista, pero estaba lejos de ser una mujer poco notable. Su figura equidistaba entre la refinada estilización de Boticcelli y la abundante carnosidad de las mujeres del Renacimiento.

Era una hembrita potable, tierna, ansiosa, mas bien tirando a la modestia de la venus criolla y yo no era el único que la miraba de reojo, irse y venir en las reuniones cotidianas del comedor, o en las súbitas apariciones que hacía por los patios. No. Había otros. Y no sé por qué, el que mas aprensión me producía era un negro tucumano, de apellido Mairata. Pero qué digo aprensión. Eran celos!.. Unos celos rabiosos e incontenibles que aquel indio peludo me provocaba con solo que posase sus ojos sobre ella. Además, no puedo negar que Mairata tocaba muy bien la guitarra, y mas de una noche nos entretuvo con su voz bastante bien entonada, en esas fiestas que se armaban por cualquier cosa en el segundo patio. En una oscura celda de mi corazón, yo maliciaba de ellos, y aunque sin motivo, les juro que tenía que alejar el pensamiento por que se me retorcía el corazón.

Una noche, en vísperas de mi examen de Anatomía, coincidió funestamente con la fecha, de por medio, en que me tocaba visitarla. Pero a la hora en que debía transponer su puerta tras la cual me aguardaban los placeres, yo me encontraba en mi cuarto, el del alto techo, el de la cama de bronce trabajado, el roperito cualunque, tratando de concentrarme en los vericuetos de la placenta, el triangulo de Demichaelis y el cordón umbilical. Es que ella, cálidamente me había sugerido que esa noche no, que esa noche yo tenía que ponerme en la materia, que a ver si por culpa de ella, que no faltarían noches, etc,etc,etc.

Y ahí estaba yo, con la vista fija en el Testut y el corazón que se me salía del pecho, cruzaba la galería y empujaba temblorosamente la tercera puerta del segundo patio, a la izquierda. Luché vigorosamente lo digo con sinceridad, por concentrarme en la boquilla de Ginecología que era la que llevaba mas floja, pero en el libro sólo veía sus grandes ojos criollos, su boca húmeda y sobre todo su ombligo sonrosado.

No pude más. Cerré el libro de un golpe tal vez al recordar que esa noche Mairata no había salido como acostumbraba hacerlo, camino del boliche, con la guitarra bajo el brao, y cautelosamente salí de mi cuarto después de haber mandado al diablo mi lección de Anatomía. No hago más que cruzar mi patio largo y encarar la galería cuando algo salta delante de mi, entre bufidos y arañazos, encarando con fiereza contra la puerta, la remaldita puerta que esa noche alguien había dejado cerrada.

Encaré nuevamente, una vez repuesto del susto los bufidos redoblados del gato de Sassone, que daba saltos, gritos y maullidos, llegando hasta lo alto de esa puerta, una y otra y otra vez, en una batahola infernal, desenfrenada. Lo confieso: tuve miedo de que me saltara encima porque un gato encerrado, acorralado, es una bestia rabiosa que le parece al cristiano como el arremeter de un tigre de Bengala.

Despacito, descorazonado, me volví de puntillas a mi pieza y me sumergí de cabeza en el Testut, ahuyentando la imagen de una Adelaida, tal vez en brazos de Mairata, tal vez nó.

A fuer de serles sincero, diré que gracias a un tierno felino, aprobé mi examen de Anatomía. Pero desde esa noche en que los brujos y los dioses del amor y del miedo me envolvieron, por favor: no me hablen de gatos, de zambas, de guitarras, de patios tucumanos y mucho menos me hablen de puertas cerradas y arañadas.

Porque revivir tamaña historia me estremece de los pies a la cabeza.

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