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La partera prodigiosa - 1989 Café de los Angelitos (Bar de Gabino y Cazón) Para el tango, la esquina de Rivadavia y Rincón resultaba inolvidable. Para Fabio y, por qué no, acaso también para Iris, esa esquina y aledaños iba a resultar particular y desagradablemente difícil de olvidar.- Por la calle Rincón, a unos ochenta metros de la esquina del tango, hay una puerta en el fondo de un largo corredor, puerta que ahora se encuentra semiabierta, dibujando en el vano la figura de una mujer ataviada con guardapolvo blanco. Por el pasillo, caminando lentamente, avanza la pareja hacia la calle. Fabio e Iris caminan despacito, ella con gesto dolorido y tentando pasos cortos, de piernas juntas, mientras él la sostiene, amoroso y cariacontecido. Bajan con mucho cuidado el umbral, vacilan un instante, se miran, murmuran algo y encaran para el lado del Café. Al fondo del corredor, ni bien ha desaparecido la pareja, la única puerta en el fondo se cierra silenciosamente ocultando la figura de la mujer que sonríe. Minutos más tarde, sentados ante la mesa del café, Fabio mantiene baja la cabeza mientras ella murmura, sollozando inaudiblemente, el nombre del muñeco informe que hace rato le terminan de quitar. Todos los acuerdos previos a que habían arribado, se desmoronan ante la sanguinolenta realidad. Pasa un rato, un par de cafés, y en una mirada mutua, cargada de silencio convienen en que tienen que partir. Y salen, caminando despacito, en busca de un taxi, de otro bar tal vez, hasta que ella se reponga y puedan presentarse sin ulterioridades en la casa de ella, barrio de Flores, calle Yerbal. La juventud olvida pronto -según dicen-; los días siguen pasando y ellos continúan con su amor al pairo, besándose, haciéndose el amor sin mencionar para nada lo ocurrido a aquella tarde en las cercanías del Café de los Angelitos (Bar de Gabino y Cazón). Hasta que ocurre por segunda vez. Y esta vez hay miedo en el acuerdo de aquellos dos infelices de casi veinte años, y desesperación en la búsqueda del dinero que les permitirá transponer con pesadumbre, aquel pasillo largo en cuyo fondo está esperando una mujer vestida de blanco que sonríe. Pero esta vez, Fabio, por más que se rebusca en los bolsillos, no encuentra ni una miserable migaja de coraje y antes de volver a vivir aquella escena, antes de repetir aquella caminata lastimosa y sus secuelas, opta por abandonarla y por huir. Sí, inopinada e impensadamente, un buen día, cuando ya estaba todo acordado, todo listo para el caso, se toma el tren para cualquier parte y huye dejándola sola, a merced de aquel muñeco informe que se estaba formando hace tres meses. Siguen días, meses, años; el tiempo, como una paradoja, es tierra fértil para que germine y eche raíces la culpa gigantesca de un Fabio ya maduro, con canas en las sienes, que resuelve el regreso a Buenos Aires. Ni bien desciende del tren, corre hacia el Barrio de Flores; llama en la que otrora fue la puerta querida de la calle Yerbal. Caras y voces extrañas lo reciben. ¿Iris?,: nada sabe de ella. Dos viejitos jubilados que ahora son los propietarios, rebuscan inútilmente en su memoria pero no atinan a aportarle datos acerca de aquella familia, ni de aquella muchacha, ni de nada. Fabio, entonces, como siguiendo la estrella de un destino inexorable, encamina sus pasos hacia la esquina del Café de los Angelitos. Se demora un rato allí, rememorando, tal vez con amargura otros días y otras horas, y por fin, como si otra voluntad la manejara, sale y recorre los ochenta metros que lo separan de la casa del pasillo largo, sita en la calle Rincón. En el momento en que llega, lo paraliza una imagen dolorosamente conocida: es la de dos adolescentes que bajan el escalón del umbral. Ella, camina despacito y él trata de sostenerla con un gesto entre amargo y protector. Casi tropieza con ellos y al abrirles paso ve su propio rostro en la cara de él, mientras que la muchacha es la viva imagen de Iris, la cariacontecida de veinte años atrás. Mudo, pálido, alelado, vuelve su mirada hacia el interior del larguísimo pasillo, y allá en el fondo reconoce, inconfundiblemente, recortada en el vano de la puerta, la figura de una mujer vestida de blanco que sonríe: es el rostro de la Iris verdadera, con la huella de veinte años después.- DURA LEX; SET LEX en los tribunales y en la vida con sumo afecto a la señora Sonia García del poder judicial de Tunuyán (1999) Edgardo La Torre Tunuyán - Mendoza
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