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En la
secundaria ya abarcaba todo el proceso de la representación:
escribía, dirigía y actuaba: farsas en clave estudiantil sobre
algunos clásicos (recuerdo las brujas de “Macbeth”); y también
actuaba obras que salían en libros. Seguían las imitaciones,
ahora de cantantes: Sandro, Johnny Tudesco, Palito, Lito Nebbia,
Tito Rodríguez, Leonardo Favio, Raphael y algunas cantantes en
mi inglés inventado. Antes de fumar, la voz me llegaba al Puma
Rodriguez. Hacia el final del secundario, en el colegio ya era
la voz oficial de Radio Colonia. Yo mismo hacía los libretos de
noticias en los campamentos de Bariloche, hacía reír y
ejercitaba la ironía filosa. Así coseché amores y odios,
seguidores y detractores, igual que Ariel Delgado. Una vez yendo
al ventisquero Frías nos perdimos cruzando el Tronador por Pasos
de las Nubes. Mientras algunos pibes lloraban y todos estábamos
asustados en medio de la bruma de las nubes, yo seguí (fiel a
los escuchas) trasmitiendo desde el lugar de los hechos. Varias
veces nombré: “dolor de los familiares”, “muerte” y
“congelamiento”. Cuando llegamos, empapados, al ventisquero
Frías me mantearon. Desde siempre se persigue a la prensa libre.
En la colimba
fui al taller de actuación de Rudy Chernicoff, mi primer
maestro. Ahora sí, los textos en serio. Junto a la carrera de
Psicología que había empezado, desarrollé una corta y olvidable
carrera de actor. Desde 1972 hasta 1975, mucho teatro en barrios
y escuelas.
En 1975,
primera revelación: Roberto Durán. Fui su alumno y luego con
otros alumnos y él formamos Teatro del Sur: Ingmar Bergman,
Ibsen. Las clases de Roberto Durán eran maravillosas, sus
ejercicios dramáticos y sus análisis del texto estuvieron
después en mis obras. Primer y enorme gracias. La dramaturgía me
clavó su espina.
La psicología
copó mi vida hasta 1979, año en que fui al taller del dibujante
y grabador Roberto Páez: segunda revelación. Mucho de lo que sé
y trasmito en los talleres acerca del proceso creativo lo
aprendí junto a él. Segundo y enorme gracias.
En 1981,
después de ver “Marathón” y de disfrutar de su texto, comprendí
que mi camino de dramaturgo seguía hacia Ricardo Monti: tercera
revelación. De Monti aprendí lo fundamental de la dramaturgia:
imagen, estructura, texto, alma, poesía. Tercer y enorme
gracias.
Hacia 1984
formé parte de un taller autogestivo con Gabriel Díaz, Roberto
Pogoriles, Víctor Winer, Mauricio Kartun, Horacio Del Prado,
Eduardo Rovner. Amigos y fenomenales dramaturgos, cada cual a su
estilo. A ellos, salud. Por lo bebido y por beber.
Vinieron
algunas pocas obras y luego la televisión con “Hombres de Ley”
(la amistad de Gerardo Taratuto y de Maria José Campoamor, dos
excelentes guionistas, entretenimiento y profundidad al mismo
tiempo).
Desde 1990
hasta 2000, la escritura pública se aquietó (la privada nunca:
parte de lo escrito después, nació en esos años), aunque seguí
como profesor de talleres de creatividad y escritura. Fue una
etapa de pensar, intentar conceptuarlizar y desarrollar la
pedagogía de la escritura (teatral) en la que me siento cómodo.
También la familia, la Psicología y otros desarrollos me tomaron
entero. Pero en 1990, volví.
También, desde
2001 formo parte del Taller de los Jueves junto a otros
dramaturgos: Susana Gutierrez Posse Lucía Laragione, Susana
Poujol, Susana Torres Molina, Víctor Winer, y últimamente Héctor
Levy-Daniel. A ellos, gracias por su compañía, su talento para
escuchar y comentar, y para compartir, cada tanto, uno que otro
champancito.
Desde entonces
he escrito tres obras breves (El Inocente, Crac y La Tierra del
Cielo); tres comedias: Una amistad de años, Password y Algo
contigo; Antígonas, linaje de hembras, Andar sin Pensamiento, y
una novela: Los Niños Transparentes.
Bueno, ahora,
aquí estoy hasta el final.

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