Casada
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CASADA

Una sala de costura. Un maniquí de pié redondo, máquina de coser, un espejo. Una mujer lleva un vestido de novia, mal acomodado. Es AZUCENA, 45 años. Recorre agitada la habitación. Se acomoda el vestido, ajusta un bies, habla furiosa hacia la puerta.

AZUCENA:

¡No, no y no! ¡No, Mauro! No voy a abrir la puerta. Estábamos bien así, ¿por qué arruinaste todo? ¿Te fallé en algo yo? ¿No estuve siempre al lado tuyo? ¿Fui mala madre acaso? (pausa) Entonces..., ¿por qué me haces una cosa así? Después de dieciocho años y dos hijos, la relación se desgasta un poco, pero estábamos bien. Bueno, más o menos bien. Estábamos como millones de parejas en el mundo. ¡Como podíamos! Y no te quejes que no es poco. Claro, pero para vos no era suficiente.

¿Por qué lo hiciste? Respondé. ¿Por qué?

¿Por qué me pediste que nos casáramos?

Se quita el vestido y lo pone en el maniquí. Bajo la luz, la falda y los volados son pequeñas olas, blancas y livianas. Es una visión fantasmal, pero tranquilizadora. AZUCENA, modista, trabaja sobre el vestido, mientras habla. Se escuchan patadas en la puerta.

AZUCENA:

No patees la puerta porque no te voy a abrir. (Lagrimea) Fui una buena madre. Nunca me negué a tus caprichos sexuales, que la verdad, siempre fueron bastante exóticos. (otros golpes) ¿Y cómo me pagas? ¡Queriendo casarte por registro civil y todo! Sólo un egoísta como vos, puede pedirme algo así.

Mirá con lo que me salís. ¿A mi qué me importa si te dieron el divorcio?

Se oyó un murmullo oscuro, algo parecido a un ronquido apenas audible detrás de la puerta.

AZUCENA:

No te pongas seductor, Mauro.

Ni juez, ni cura ni nadie. Si hay que ir a vivir con alguien que me gusta, yo lo hago. Vos me gustabas, y lo hice. Pero no me pidas que me case.

Suena el teléfono. Azucena mira el reloj. Se escucha el contestador: unos compases de "Sueños de una noche de verano" de Mendelssohn y la voz de Azucena: "Te comunicaste con "Sueños de novia", estoy ocupada. Dejá tu mensaje, por favor".

Voz: ¡Azu, soy Mariela! (risitas) Divina, vengo retrasada, disculpame. (risitas)

Azucena va hacia el maniquí. Se arrodilla y trabaja en el ruedo.

AZUCENA:

Andate, Mauro. No me hagas escenas en el trabajo. La clienta está por llegar y tengo que estar tranquila. ¡La gente se pone muy loca cuando se casa! Todo es un problema: si invitaciones clásicas o modernas. Tipo fotito de bebé y "nacimos el uno para el otro".

O están los que se hacen los poetas: Benedetti, Neruda, Machado. O aforismos chinos tipo "la piedra cae en el arroyo. La piedra es, el arroyo no". (Cara de desconcierto) (Pausa) ¿Mauro, a vos no se habrán corrido tarjetas, ¿no?

Sonido indefinido detrás de la puerta.

AZUCENA:

También están las ideológicas. Te invitan al casamiento y además te bajan línea acerca del amor y del sentido de la vida. Parecen un libro de filosofía.

Se acerca a la puerta y habla hacia afuera.

AZUCENA:

Decí la verdad, Mauro. ¿Vos nunca pensaste "para qué carajo me habré casado?". El que diga que no, que tire la primera piedra. Yo tengo un diagnóstico diferencial de peleas matrimoniales: más de dos por mes, o sea 24 al año no lo aguanta ni la Madre Teresa.

¿Y vos te querés casar, marrano? Maurito, no hay que hacer ola. Así estamos bastante, más o menos bien. O algo así. No hay que tentar al demonio, che.

Los preparativos son tan agotadores que la luna de miel tenés que hacerla en una spa. Para lunas de miel, también existen los optimistas: "23 ciudades en siete días". Nosotros ya somos grandes.

Para casarse hay que tener entrenamiento. A vos te duele la ciática y a mi este trabajo me mata la dorsal.

Yo pensé especializarme en matrimonio: un gimnasio acá, pequeño. (va hacia la puerta): aerobic para resistencia); gim step para que entre el vestido; gimnasia consciente para las que se creen que el matrimonio es joda. Un servicio completo. Pero no tenía capital.

Suena el teléfono. Ella corre atenderlo.


E-mail: jhh2002@hotmail.com                                                                                   Espacio cedido por ARGENTORES