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| DIARIO INTIMO Rostro ingenuo y bello de una joven, que ilumina un haz de luz cerrado. Querido diario: Estoy destruida, no doy más. Hoy ha sido un día terrible para mi. Lo único que deseo es cerrar los ojos y descansar. Por suerte, mañana es lunes y empieza la semana. Los hombres volverán al trabajo y me dejan más tranquila. Hay algunos, que aún durante semana, igual le dan y le dan, pero son los menos. ¿Porqué estoy hablando contigo, querido diario, en vez de dormir? Es que algo diferente hoy me sucedió. No me quejo, yo misma elegí lo que hago. Tengo una buena forma, algunos dicen perfecta. Y estoy en un momento de mi vida que no soy ni muy dura ni muy blanda. Estoy justa. Ya vendrán los tiempos en que ponga fofa. Ahí voy a estar para cualquier cosa pero, por ahora, un día de vida es vida. Es mi momento y lo aprovecho. Soy dócil. Conmigo pueden hacer lo que quieren. Y me la aguanto. Soy fuerte. Así que esta confesión que te hago, diario mío, no es una queja. Sólo deseo ordenar los pensamientos de esta jornada tan excitante y confusa. Todo empezó hace una semana, por casualidad. Unos muchachos, atléticos ellos, estaban conversando y riendo mientras se cambiaban. Uno de ellos me acercó al grupo. Algunos estaban desnudos y ni hicieron el menor amague de taparse cuando el que llegaba, me presentó: "¡Miren qué linda!". Todos me miraron de arriba abajo. Y por todos lados cuando mi acompañante me hizo girar. Exclamaciones, comentarios, "está divina" y cosas por el estilo. "Pasamelá" exigió más de uno ya con los ojos brillantes. Los varones son así. De casualidad, me miré en el espejo: estaba preciosa. Entonces me dije: "¿Por qué las otras pueden y yo no?". Las veo por televisión y me pregunto con cierta envidia: "¿Qué tienen estas que yo no tenga?". Hoy, domingo casi noche, con la última chispita de un sol que se retrasa en el cielo puedo decirte, querido diario, que el mundo es pura vanidad, que la fama es puro cuento y que no todo lo que reluce es oro. No detallo la situación con el grupo de muchachos porque no viene al caso. La cuestión es que me puse las pilas, me fui abriendo paso a través de una infinidad de dificultades, con buenas y males artes. En dos días (el encuentro con los chicos buenos mozos fue el viernes) aprendí más de todo lo que aprendí en mi corta vida. Metí los codos, desplacé a otras, hice las mil y unas, y logré lo que quería: meterme primera primero que todas. ¡Ah, cabecita de novia, deslumbrada por las luces del centro, chorlita! Pero, ¿quién no sueña con su momento de gloria? Miles de miradas puestas sobre mi: autoridades, periodistas, gente famosa, varias cámaras de TV que me seguían para todos lados. Yo estaba preciosa. Con la mejor buena onda y dispuesta a pasarla bien. Te digo, querido diario, que yo me muero de democrática. Soy condescendiente con todos los varones. Pero no todas somos iguales. Va a en la mentalidad de cada una. Y también en la responsabilidad por el oficio que una eligió. Así es que a las seis y diez en punto del domingo, en el centro de todo, estaba yo. Se abre la luz y rostro de mujer se completa: es una pelota de fútbol. Blanca, redonda, lustrosa. Sí, ahí estaba yo, protagonizando el partido en directo por "Fútbol de Primera". ¡Qué ingenuas somos nosotros, qué ilusas! ¡Románticas incorregibles, soñadoras sin remedios! Pero así nacimos y así hemos de morir. Y, te digo, me atrevo a hablar por todas. Fueron los noventa minutos más horribles de mi vida. Yo que me entregué enamorada y me golpearon desde el silbato inicial de la manera más despiadada con cualquier cosa que les viniera en urgencia: pies, codos, rodillas, tibias y peroné. Pantorrillas, hombro, nuca y cadera. |
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